miércoles, 9 de octubre de 2013

453. Domingo XXVIII C – A Dios, ahora mismo, darle gracias



Homilía en el Domingo XXVIII del tiempo ordinario, ciclo C
Lc 17,11-19

Texto del Evangelio:
Yendo Jesús camino hacia Jerusalén, pasaba entre Samaría y Galilea. Cuando iba a entrar en una ciudad, vinieron a su encuentro diez hombres leprosos, que se pararon a lo lejos y a gritos le decían: «Jesús, maestro, ten compasión de nosotros». Al verlos, les dijo: «Id a presentaros a los sacerdotes». Y sucedió que, mientras iban de camino, quedaron limpios. Uno de ellos, viendo que estaba curado, se volvió alabando a Dios a grandes gritos y se postró a los pies de Jesús, dándole gracias. Éste era un samaritano. Jesús tomó la palabra y dijo: «¿No han quedado limpios los diez?; los otros nueve ¿dónde están? ¿No ha habido quien volviera a dar gloria a Dios, más que este extranjero?». Y le dijo: «Levántate, vete; tu fe te ha salvado».
Hermanos:
1. ¡Ojalá pudiéramos leer siempre el Evangelio como una página nueva que por primera vez se abre a nuestros ojos, atónitos de admiración y de sorpresa! No creamos que el Evangelio de hoy ya nos lo sabemos, que solo nos hacía falta recordar algún que otro detalle.
El Evangelio de hoy nos habla de diez leprosos, apartados de la sociedad y más del culto divino de Israel; nos habla de aquel acto de fe de los hombres en desgracia física, que arrancó un milagro de Jesús compasivo…«Jesús, maestro, ten compasión de nosotros», le decían. Le estaban tocando en el punto más débil de su persona. ¿Qué más quería Jesús que derramar compasión?
Nos habla de los sacerdotes, a los que había que presentarse según la Ley. Nos habla de la gloria de Dios. Nos habla de “dar gracias”. ¿A quién? ¿A Dios? ¿A Jesús? A los dos.
El Evangelio, que no deja de ser un relato de aquello que pasó, es simultáneamente un relato teológico de aquello que Dios es, de aquello que Dios hace. Y aquí, evidentemente, es más importante Dios que los leprosos.

2. ¿Quién es el Dios protagonista de esta escena? Dios, presente en Jesucristo, es el compasivo; el santo que purifica, el que cura toda lepra; el poderoso. Que puede dar al mundo salud.
Y ¿quiénes son los leprosos, que sin ellos no hay un milagro en la escena? Los leprosos de este Evangelio son una comunidad de excluidos, ajenos a la vida social e Israel, separados del culto. No pueden estar ni en el templo ni en la sinagoga: contaminaría con su enfermedad (así se creía que la lepra era una enfermedad contagiosa), y, sobre todo, con la letra, signo de muerte, estaban en una situación de impureza ritual, que no les permitía compartir la alabanza a Dios en la comunidad santa de Israel. Ser leproso era como estar muerto antes de que viniera la muerte.

3. En el plano espiritual, estos leprosos aparecen como hombres creyentes, y todos menos uno, como desagradecidos.
La suma desgracia en que se encontraban movió su fe para gritar a Jesús que tuviera piedad de ellos. Todos en grupo, como si fuesen una comunidad litúrgica, le aclaman y gritan: «Jesús, maestro, ten compasión de nosotros»
Han visto en Jesús el poder de Dios, y han clamado. Dios los ha escuchado. Tu fe te ha salvado, dirá Jesús al que vuelve agradecido. Y es lo que me dirá Jesús hoy a mí, si grito desde mi pura indigencia: Tu fe te ha salvado. La salvación es mucho más que la salud: la salud se refiere al cuerpo; la salvación se refiere al cuerpo y al alma en su integridad.

4. Han tenido fe, es verdad; pero no han tenido esa coronación de la fe, que es el postrarse a los pies de Jesús, y dar gloria a Dios y agradecer. La queja de Jesús nos invita a meditar y a ver si no se puede aplicar a nosotros en concreto. . Jesús tomó la palabra y dijo: «¿No han quedado limpios los diez?; los otros nueve ¿dónde están? ¿No ha habido quien volviera a dar gloria a Dios, más que este extranjero?».
La gratitud del creyente no es un acto de cortesía y de buena educación, cosa en sí misma muy estimable y que tanto favorece las relaciones humana; por ello, también como cristianos deben fomentar. La gratitud es como la flor de las buenas relaciones, y delata la elegancia y la nobleza de espíritu.
Aquí se habla, no tanto de la gratitud que nos debemos unos a otros - gratitud de los curados a Jesús – sino de la gratitud que debemos a Dios, nuestro Creador y Padre. ¿No ha habido quien volviera a dar gloria a Dios, más que este extranjero?, dice el Señor.
Dar gloria a Dios, es es agradecer: reconocer su presencia en medio de nosotros, y confesar con alegría que todos los bienes proceden de él, que nuestra vida entera es un regalo que disfrutamos de él. La oración del cristiano es petición, y así nos lo ha enseñado Jesús, pero antes que petición es adoración, alabanza, acción de gracias. Hoy y todos los días yo debo ensanchar los pulmones alabando y glorificando a Dios y dándole gracias, yo como persona, como como comunidad-Iglesia que celebra a diario la Eucaristía. La Eucaristía es el sacrificio de acción de gracias y de alabanza.

5. Hoy nos unimos a toda la Iglesia, hermanos, para alabar y bendecir y dar gracias por dos cosas que está ocurriendo.
El Papa consagra al mundo al Inmaculado Corazón de María. Para ello viene a Roma desde Fátima la imagen de la Virgen de Fátima. En el corazón de María, la humilde esclava del Señor, la Madre confiada por Jesús desde la Cruz, depositará el Papa las necesidades de la humanidad. Y a este acto se unirán diversos santuarios marianos. La verdad es que el mundo está lleno de la presencia de la Virgen María. Por todo ello damos gracias al Señor.

6. También le damos gracias a Dios por esa pléyade de cristianos que han dado testimonio de su fe hasta la sangre, y que hoy, en una gran celebración en Tarragona son agregados al número de los santos. Entre ellos se encuentran 33 hermanos de mi familia capuchina. Seguramente que estos hermanos poco entendían de toda la política que se fraguaba en España. Ellos a la hora de la verdad confesaron ser religiosos…, o sacerdotes y dieron su vida por el Evangelio.
Hace unos días el sagrado Sínodo de la Iglesia Armenia, ortodoxa, decidió canonizar, con el desagrado del gobierno de Turquía, a los mártires del genocidio armenio de 1915, cosa que harán dentro de dos años, en el 2015. No quieren un acto político; sino el testimonio de la fe de unos verdaderos testigos de Jesús.
Hoy, al venerar a nuestros mártires, les pedimos que intercedan para fortificar nuestra fe, y que sepamos vivirla con alegría y acogida, con perdón y reconciliación, con alabanza a Dios, único dueño de la historia, y a Jesucristo, a quien proclamamos en el Gloria de la Misa: Tú solo eres santo, Tú solo Señor, Tú solo el Altísimo en la gloria de Dios Padre. Amén.

Pamplona, miércoles, 9 octubre 2013.

Carta de un capuchino horas antes de su martirio

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Viva María



Hoy día 6 de Agosto de 1936, al vigésimo cuarto año y quizás último de mi vida, a las nueve y media de la mañana escribo esto para mi queridísima familia.

Queridísimo padres y hermanos:

Al recibir estos  renglones quizás ya no exista: espero tranquilo la muerte que para mí será la verdadera vida, porque muero por odio a la Religión y por ser religioso. No lloréis, padres queridos, como lloro yo al escribiros esta; no por miedo, sino porque sé que va a causaros pena mi muerte: no llore sobre todo Ud. queridísima madrecita mi amachu lastana: si le causa mucho dolor la noticia de mi muerte, le dé mucho consuelo el tener un hijo mártir, que desde el cielo le sigue queriendo muchísimo y rogando por Ud. y por todos los de la familia para que allí nos encontremos un día todos.

No sé cuándo llegará mi última hora: hace ya muchos días que la estoy esperando, y conmigo estos mis hermanos religiosos. Que Dios sea bendito por todo, y si quiere mi vida en testimonio de su doctrina y de su Religión, la ofrezco gustoso. Solamente pido que los que nos hemos amado en la tierra sigamos amándonos desde el cielo.

Agur, agur hasta el cielo.

No lloréis por mí, padres y hermanos queridos; sabed que muero mártir de Jesucristo y de su Iglesia.

Agur, agur, agur, agur, agur.

Antequera, fiesta de la Transfiguración del Señor de 1936.



Yo, Fr. Ignacio de G. [Galdácano]

Capuchino

(José Mari)

Fr. Ignacio había nacido en Galdácano el 7 de febrero de 1912, vistió el hábito capuchino el 3 de julio de 1927, fue ordenado sacerdote el 3 de abril de 1935. Fue sacado a la explanada del convento de Antequera (Málaga), para ser fusilado con otros cuatro compañeros junto al monumento de la Inmaculada el 6 de agosto de 1936.



Mártires de mi familia


El listado de esta pléyade de mártires se agrupa por regiones, por diócesis, por familias religiosas. “Entre los 480 mencionados, hay 3 obispos, 79 sacerdotes diocesanos, 3 seminaristas, 391 consagrados y 4 laicos. Las causas fueron introducidas en las diócesis de Ávila, Barbastro, Barcelona, Bilbao, Cartagena, Ciudad Real, Córdoba, Cuenca, Jaén, Lérida, Madrid, Menorca, Sigüenza-Guadalajara, Tarragona, Tortosa y Valencia”. El grupo más numeroso viene de Tarragona: 147.
Es lógico que cada familia religiosa tenga especial querencia por sus hermanos mártires. En esta Beatificación del Año de la Fe hay 33 capuchinos (ya anteriormente hubo otro grupo de 12 capuchinos valencianos y 5 monjas capuchinas, todos ellos mártires). He aquí los hombres de los 33 capuchinos que van a ser beatificados. Y un Himno para cantarles en la liturgia.

Convento de Jesús de Medinaceli, de Madrid
1. P. Andrés de Palazuelo del Torío (León)
2. P. Fernando de Santiago de Compostela
3. P. José María de Manila (Filipinas)
4. P. Ramiro de Sobradillo
5. Fr. Aurelio de Ocejo
6. Fr. Saturnino de Bilbao

Convento de El Pardo (Madrid)
7. P. Alejandro de Sobradillo
8. P. Gregorio de La Mata
9. P. Carlos de Alcubilla
10. Fr. Gabriel de Aróstegui
11. Fr. Primitivo de Villamizar
12. Hno. Norberto Cembranos de Villalquite (Donado terciario perpetuo)

Convento de Gijón
13. P. Bernardo de Visantoña
14. P. Arcángel de Valdavida
15. P. Ildefonso de Armellada
16. P. Domitilo de Ayoo
17. Fr. Alejo de Terradillos
18. Fr. Eusebio de Saludes
19. Fr. Eustaquio de Villalquite

Convento de Santander
20. P. Ambrosio de Santibáñez
21. P. Miguel de Grajal
22. Fr. Diego de Guadilla

Convento de Antequera (Málaga)
23. P. Ángel de Cañete
24. P. Luis de Valencina
25. P. Gil de Puerto de Santa María
26. P. Ignacio de Galdácano
27. Fr. José de Chauchina
28. Fr. Crispín de Cuevas
29. Fr. Pacífico de Ronda

Convento de Orihuela-Alicante
30. P. Eloy de Orihuela
31. P. Juan Crisóstomo de Gata de Gorgos
32. P. Honorio de Orihuela

Capuchinos de Tarragona
33. Fr. Carmelo de Colomers

Mártires de mi familia,
hermanos de pan y fe,
con vosotros celebramos
a Jesús, testigo fiel.

Es bello vuestro recuerdo,
que no queremos perder;
vuestra senda franciscana
es la que yo profesé.

Seguir siempre el Evangelio,
hecho ternura en Belén,
y en el altar del Calvario
proclamar a Cristo Rey.

Ser testigos de Jesús
tras las huellas de sus pies,
servir, amar, perdonar
y ofrecer la Paz y el Bien.

Y abrazar al mundo entero
sin mirar país ni piel;
por el más pobre y humilde
mi sangre yo verteré.

¡Gloria a ti, Jesús amado,
el amor que siempre fue,
el que espero como premio
y en la Iglesia te encontré! Amén.
 

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