sábado, 26 de octubre de 2013

456. Domingo XXX C – Yo soy un pecador - Orar con el corazón del publicano


Homilía en el Domingo XXX del tiempo ordinario, ciclo C
Lc 18,9-14 


Texto del Evangelio:
Dijo también esta parábola a algunos que confiaban en sí mismos por considerarse justos y despreciaban a los demás:
“Dos hombres subieron al templo a orar. Uno era fariseo; el otro, publicano. El fariseo, erguido, oraba así en su interior: “¡Oh Dios!, te doy gracias porque no soy como los demás hombres: ladrones, injustos, adúlteros; ni tampoco como ese publicano. Ayuno dos veces por semana y pago el diezmo de todo lo que tengo”. El publicano, en cambio, quedándose atrás, no se atrevía ni a levantar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho diciendo: “¡Oh Dios!, ten compasión de este pecador”.
Os digo que este bajó a su casa justificado, y aquel no. Porque todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido”.

Hermanos:
1. Esta es la parábola del fariseo y del publicano; quizás podemos decir, la parábola más cáustica de Jesús, con ese estilo de crítica espiritual que Jesús ha manifestado igualmente en la parábola del buen samaritano. Las dos giran en torno al templo; las dos quieren bajar hasta lo íntimo del corazón del hombre.
A lo mejor nosotros para representarnos figurativamente la escena nos imaginamos al fariseo como un rico de rozagantes vestiduras que, puesto en primera fila, erguido como se debe hacer la oración de los hijos de Dios, con el rostro radiante de felicidad. Y quizás vemos al publicano como un mendigo poco menos que andrajoso, en la última fila.
Quitemos esta imagen del rico y del pobre, porque Jesús no habla de esto; habla de otra cosa. Los fariseos no eran sin más ricos; había muchos fariseos pobres, aunque es cierto que Jesús en algún momento los acusa de ser amantes del dinero. Los publicanos podían ser ricos, como era rico el publicano Zaqueo que, en Jericó, recibió en su casa a Jesús. San Pablo antes de convertirse a Cristo era un fariseo, como él mismo nos lo dice, un fariseo redomado, un fariseo de pura ley.
Quizás los dos hombres de la parábola van igual de bien vestidos. Lo que Jesús va a comparar el corazón tan diferente de uno y de otro. Y la lección de esta parábola va a ser que nosotros – yo que hablo – quitemos definitivamente, para siempre, ese fariseo insensato, ese fariseo santo, que llevamos dentro y que puede estropear toda nuestra vida.
2. Comencemos por lo último, por la oración del publicano, que ojalá fuese nuestra oración: “¡Oh Dios!, ten compasión de este pecador!”. ¿Cuáles eran los pecadores de este pecador? No los sabemos.
A lo mejor su pecado había sido el dinero. En su oficio era muy fácil hacer trampas y aprovecharse de los demás para sacar un dinero que no le pertenecía. Zaqueo, el que invitó a Jesús en un episodio que en el Evangelio viene más tarde, dijo: “…si he defraudado a alguno, le restituyo cuatro veces más”. Los pecados de los fariseos iban más en estos abusos del dinero que en otros abusos de inmoralidad.
Pero tampoco nos quiere representar Jesús detalles de la vida del publicanos – de la vida del fariseo sí – quiere Jesús llevarnos hasta lo último del corazón del publicano, hasta lo último del corazón del fariseo, que aparentemente era un santo, y que estaba totalmente equivocado.

3. Hace poco más de un mes se publicaba una entrevista que le había hecho un jesuita al Papa, el director de la revista La Civiltá Cattolica, resumen de seis horas de conversación en tres días, una entrevista que ya ha dado muchas veces la vuelta al mundo. El padre Antonio Spadaro le pregunta al Papa:
“¿Quién es Jorge Mario Bergoglio?”. Se me queda mirando en silencio. Le pregunto si es lícito hacerle esta pregunta… Hace un gesto de aceptación y me dice: “No sé cuál puede ser la respuesta exacta… Yo soy un pecador. Esta es la definición más exacta. Y no se trata de un modo de hablar o un género literario. Soy un pecador”.
Resulta, pues, hermanos que lo mejor que puede definir al Papa Francisco, según él, es esta denominación: Yo soy un pecador.
Pues ¿qué pecados habrá cometido el Papa antes de ser Papa, como arzobispo de Buenos Aires, o antes de ser Obispo, o antes de ser jesuita a los 17 años?
No es este el asunto. Podemos estar seguros de que el Papa no ha hecho ningún disparate para decir que “Yo soy un pecador”.
“El Papa sigue reflexionando, concentrado, como si no se hubiese esperado esta pregunta, como si fuese necesario pensarla más. “Bueno, quizá podría decir que soy despierto, que sé moverme, pero que, al mismo tiempo, soy bastante ingenuo. Pero la síntesis mejor, la que me sale más desde dentro y siento más verdadera es esta: “Soy un pecador en quien el Señor ha puesto los ojos”. Y repite: “Soy alguien que ha sido mirado por el Señor. Mi lema, ‘Miserando atque eligendo’, es algo que, en mi caso, he sentido siempre muy verdadero”.
4. Volviendo de nuevo al texto del Evangelio, veamos cómo el fariseos es un hombre extremadamente piadoso y cumplidor. Las obras de la piedad judía son tres: la oración, el ayuno, la limosna. El fariseo es un perfecto ejemplo de virtud. En medio de la desolación del mundo él es diferente; sin duda que el camino está en él. ¡Oh Dios!, te doy gracias porque no soy como los demás hombres: ladrones, injustos, adúlteros. Este panorama desolador era el de entonces y el de hoy. ¿Adónde va esta sociedad perdida, esta cuadrilla de ladrones, injustos y adúlteros? El mundo va a la perdición. Pero yo no: te doy gracias, Dios mía.
El fariseo que pinta Jesús hace todo lo que debe ahcer e incluso le da propia a Dios.
Ayuno dos veces por semana. Pero ¡qué barbaridad, si no tenían obligación de ayunar más que una vez al año en el Gran Día de la Expiación, en el Yom Kippur, que observan los judíos! Es que ayuno por los pobres pecadores, para que se convierta… Yo, a la verdad, no lo necesito; otros sí…

5. Hermanos, si pensamos así caemos en la más pura hipocresía. Y a Dios le da asco. Ya lo habían dicho los profetas.
Entre ser un humilde y pobre pecador y un santo refinado y orgulloso (cosa que no puede ser) vale más ser un pobre pecador.

6. Ahora, hermanos, del templo de Jerusalén pasemos al cielo. ¿Qué pasaba en el cielo? Que a Dios nuestro Padre se le atragantaba la oración del fariseo perfecto, y se deshacía de ternura ante el publicano pecador, que ni se atrevía a levantar los ojos a lo alto.
¡Hijo mío, si supieras cuánto te amo! El amor de Dios es siempre amor misericordioso, amor ungido de ternura, amor creador que nos renueva cada día, amor que nos guarda para la eternidad.

7. Concluyamos, hermanos, con una oración a Dios nuestro Padre al son de la doctrina de su Hijo.
¡Dios mío y Padre mío, quita de mi corazón ese redomado fariseo que quiere asomar la cabeza y dame la oración humilde y confiada del publicano! ¡Oh Dios!, ten compasión de este pecador.

Alfaro, La Rioja (España), sábado, 26 octubre 2013

1 comentarios:

Anónimo dijo...

MALAK

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