martes, 26 de noviembre de 2013

465. Papa Francisco: Cómo debe ser una homilía para que comunique la alegría del Evangelio



Exhortación apostólica “La alegría del Evangelio”:
Cómo debe ser, según el Papa Francisco, una homilía

Cuando hace cerca de tres años iniciamos este blog sobre “Las hermosas palabras del Señor”, el primer número que pusimos fue este “La homilía, cuyo centro es Cristo”, que venía a decir: cómo tenía que ser una homilía según el Papa Benedicto XVI, que tan bellas homilías ha legado a la Iglesia.
Hoy se hace pública la exhortación apostólica del Papa Francisco, fruto del sínodo de la nueva evangelización y guía y estilo de su ´pontificado, titulada La alegría del Evangelio (Evangelii gaudium). Uno de los “siete temas” en los que quiere detenerse largamente (n. 17) es este: “La homilía y su preparación”.
Sin negar absolutamente una coma a lo que piensa el Papa Benedicto XVI sobre la homilía, el Papa Francisco – ya muy famoso por sus homilías diarias en Santa Marta – nos ha dicho cosas muy bellas acerca de lo que debe ser una homilía, que debemos saber, al unísono, en íntimo diálogo cordial, los que escuchan las homilías y los que las preparan y predican. Vale la pena reflexionar con detalle sobre estos puntos y llevarlos a la práctica.


La homilía, piedra de toque
135. Consideremos ahora la predicación dentro de la liturgia, que requiere una seria evaluación de parte de los Pastores. Me detendré particularmente, y hasta con cierta meticulosidad, en la homilía y su preparación, porque son muchos los reclamos que se dirigen en relación con este gran ministerio y no podemos hacer oídos sordos. La homilía es la piedra de toque para evaluar la cercanía y la capacidad de encuentro de un Pastor con su pueblo. De hecho, sabemos que los fieles le dan mucha importancia; y ellos, como los mismos ministros ordenados, muchas veces sufren, unos al escuchar y otros al predicar. Es triste que así sea. La homilía puede ser realmente una intensa y feliz experiencia del Espíritu, un reconfortante encuentro con la Palabra, una fuente constante de renovación y de crecimiento.

Renovemos nuestra confianza en la predicación
136. Renovemos nuestra confianza en la predicación, que se funda en la convicción de que es Dios quien quiere llegar a los demás a través del predicador y de que Él despliega su poder a través de la palabra humana. San Pablo habla con fuerza sobre la necesidad de predicar, porque el Señor ha querido llegar a los demás también mediante nuestra palabra (cf. Rm 10,14-17). Con la palabra, nuestro Señor se ganó el corazón de la gente. Venían a escucharlo de todas partes (cf. Mc 1,45). Se quedaban maravillados bebiendo sus enseñanzas (cf. Mc 6,2). Sentían que les hablaba como quien tiene autoridad (cf. Mc 1,27). Con la palabra, los Apóstoles, a los que instituyó «para que estuvieran con él, y para enviarlos a predicar» (Mc 3,14), atrajeron al seno de la Iglesia a todos los pueblos (cf. Mc 16,15.20).

El contexto litúrgico
Homilía: Diálogo entre Dios y su pueblo
137. Cabe recordar ahora que «la proclamación litúrgica de la Palabra de Dios, sobre todo en el contexto de la asamblea eucarística, no es tanto un momento de meditación y de catequesis, sino que es el diálogo de Dios con su pueblo, en el cual son proclamadas las maravillas de la salvación y propuestas siempre de nuevo las exigencias de la alianza» (JUAN PABLO II, Carta apost. Dies Domini, 31 mayo 1998, 41).Hay una valoración especial de la homilía que proviene de su contexto eucarístico, que supera a toda catequesis por ser el momento más alto del diálogo entre Dios y su pueblo, antes de la comunión sacramental. La homilía es un retomar ese diálogo que ya está entablado entre el Señor y su pueblo. El que predica debe reconocer el corazón de su comunidad para buscar dónde está vivo y ardiente el deseo de Dios, y también dónde ese diálogo, que era amoroso, fue sofocado o no pudo dar fruto.

Género peculiar, no una charla, no una clase;
breve; que brille el Señor más que el ministro
138. La homilía no puede ser un espectáculo entretenido, no responde a la lógica de los recursos mediáticos, pero debe darle el fervor y el sentido a la celebración. Es un género peculiar, ya que se trata de una predicación dentro del marco de una celebración litúrgica; por consiguiente, debe ser breve y evitar parecerse a una charla o una clase. El predicador puede ser capaz de mantener el interés de la gente durante una hora, pero así su palabra se vuelve más importante que la celebración de la fe. Si la homilía se prolongara demasiado, afectaría dos características de la celebración litúrgica: la armonía entre sus partes y el ritmo. Cuando la predicación se realiza dentro del contexto de la liturgia, se incorpora como parte de la ofrenda que se entrega al Padre y como mediación de la gracia que Cristo derrama en la celebración. Este mismo contexto exige que la predicación oriente a la asamblea, y también al predicador, a una comunión con Cristo en la Eucaristía que transforme la vida. Esto reclama que la palabra del predicador no ocupe un lugar excesivo, de manera que el Señor brille más que el ministro.

La conversación de la madre
Predicador y oyentes: en clave materna
139. Dijimos que el Pueblo de Dios, por la constante acción del Espíritu en él, se evangeliza continuamente a sí mismo. ¿Qué implica esta convicción para el predicador? Nos recuerda que la Iglesia es madre y predica al pueblo como una madre que le habla a su hijo, sabiendo que el hijo confía que todo lo que se le enseñe será para bien porque se sabe amado. Además, la buena madre sabe reconocer todo lo que Dios ha sembrado en su hijo, escucha sus inquietudes y aprende de él. El espíritu de amor que reina en una familia guía tanto a la madre como al hijo en sus diálogos, donde se enseña y aprende, se corrige y se valora lo bueno; así también ocurre en la homilía. El Espíritu, que inspiró los Evangelios y que actúa en el Pueblo de Dios, inspira también cómo hay que escuchar la fe del pueblo y cómo hay que predicar en cada Eucaristía. La prédica cristiana, por tanto, encuentra en el corazón cultural del pueblo una fuente de agua viva para saber lo que tiene que decir y para encontrar el modo como tiene que decirlo. Así como a todos nos gusta que se nos hable en nuestra lengua materna, así también en la fe nos gusta que se nos hable en clave de «cultura materna», en clave de dialecto materno (cf. 2 M 7,21.27), y el corazón se dispone a escuchar mejor. Esta lengua es un tono que transmite ánimo, aliento, fuerza, impulso.

Cercanía cordial del predicador
140. Este ámbito materno-eclesial en el que se desarrolla el diálogo del Señor con su pueblo debe favorecerse y cultivarse mediante la cercanía cordial del predicador, la calidez de su tono de voz, la mansedumbre del estilo de sus frases, la alegría de sus gestos. Aun las veces que la homilía resulte algo aburrida, si está presente este espíritu materno-eclesial, siempre será fecunda, así como los aburridos consejos de una madre dan fruto con el tiempo en el corazón de los hijos.

Recursos del Señor para cautivar a la gente
141. Uno se admira de los recursos que tenía el Señor para dialogar con su pueblo, para revelar su misterio a todos, para cautivar a gente común con enseñanzas tan elevadas y de tanta exigencia. Creo que el secreto se esconde en esa mirada de Jesús hacia el pueblo, más allá de sus debilidades y caídas: «No temas, pequeño rebaño, porque a vuestro Padre le ha parecido bien daros el Reino» (Lc 12,32); Jesús predica con ese espíritu. Bendice lleno de gozo en el Espíritu al Padre que le atrae a los pequeños: «Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque habiendo ocultado estas cosas a sabios e inteligentes, se las has revelado a pequeños» (Lc 10,21). El Señor se complace de verdad en dialogar con su pueblo y al predicador le toca hacerle sentir este gusto del Señor a su gente.

Palabras que hacen arder los corazones

En clima de diálogo: verdad, belleza, bien
142. Un diálogo es mucho más que la comunicación de una verdad. Se realiza por el gusto de hablar y por el bien concreto que se comunica entre los que se aman por medio de las palabras. Es un bien que no consiste en cosas, sino en las personas mismas que mutuamente se dan en el diálogo. La predicación puramente moralista o adoctrinadora, y también la que se convierte en una clase de exégesis, reducen esta comunicación entre corazones que se da en la homilía y que tiene que tener un carácter cuasi sacramental: «La fe viene de la predicación, y la predicación, por la Palabra de Cristo» (Rm 10,17). En la homilía, la verdad va de la mano de la belleza y del bien. No se trata de verdades abstractas o de fríos silogismos, porque se comunica también la belleza de las imágenes que el Señor utilizaba para estimular a la práctica del bien. La memoria del pueblo fiel, como la de María, debe quedar rebosante de las maravillas de Dios. Su corazón, esperanzado en la práctica alegre y posible del amor que se le comunicó, siente que toda palabra en la Escritura es primero don antes que exigencia.

Desafío: Prédica inculturada
143. El desafío de una prédica inculturada está en evangelizar la síntesis, no ideas o valores sueltos. Donde está tu síntesis, allí está tu corazón. La diferencia entre iluminar el lugar de síntesis e iluminar ideas sueltas es la misma que hay entre el aburrimiento y el ardor del corazón. El predicador tiene la hermosísima y difícil misión de aunar los corazones que se aman, el del Señor y los de su pueblo. El diálogo entre Dios y su pueblo afianza más la alianza entre ambos y estrecha el vínculo de la caridad. Durante el tiempo que dura la homilía, los corazones de los creyentes hacen silencio y lo dejan hablar a Él. El Señor y su pueblo se hablan de mil maneras directamente, sin intermediarios. Pero en la homilía quieren que alguien haga de instrumento y exprese los sentimientos, de manera tal que después cada uno elija por dónde sigue su conversación. La palabra es esencialmente mediadora y requiere no sólo de los dos que dialogan sino de un predicador que la represente como tal, convencido de que «no nos predicamos a nosotros mismos, sino a Cristo Jesús como Señor, y a nosotros como siervos vuestros por Jesús» (2 Co 4,5).

El pueblo entre dos abrazos: el bautismo y la gloria
144. Hablar de corazón implica tenerlo no sólo ardiente, sino iluminado por la integridad de la Revelación y por el camino que esa Palabra ha recorrido en el corazón de la Iglesia y de nuestro pueblo fiel a lo largo de su historia. La identidad cristiana, que es ese abrazo bautismal que nos dio de pequeños el Padre, nos hace anhelar, como hijos pródigos –y predilectos en María–, el otro abrazo, el del Padre misericordioso que nos espera en la gloria. Hacer que nuestro pueblo se sienta como en medio de estos dos abrazos es la dura pero hermosa tarea del que predica el Evangelio.

A continuación en esta Exhortación apostólica “Evangelii gaudium” se habla sobre “La preparación de la predicación” [de la homilía], nn. 145-159.
También tenemos que leerlos con mucha atención.

A gloria y alabanza de Cristo.
Amén

Fr. Rufino María Grández,
Martes siguiente a Jesucristo Rey del Universo,
Guadalajara, Jalisco, 26 noviembre 2013.

1 comentarios:

Anónimo dijo...

Estimado P. Rufino:
Después de leer el texto del Papa Francisco sobre la homilía, he de admitir que estoy completamente de acuerdo con lo expuesto.
1. Nadie podría ni imaginar que Jesucristo tuviese dificultades de dicción cuando hablaba a las gentes, o que se expresase de forma balbuciente. Por otro lado no se debe dejar de lado que las palabras de Jesucristo eran acompañadas por hechos (milagros) que certificaban la autoridad de sus palabras: (“Rabí, sabemos que has venido de Dios como maestro, porque nadie puede hacer estas señales que tú haces, si no está Dios con él”). La noticia de los milagros que realizaba Jesucristo se propagó rápidamente en las localidades del entorno, lo que produjo la masiva llegada a él de personas con enfermos y tullidos. De hecho esa fama le precedía siempre. Después del milagro de las bodas de Canaán “sus discípulos creyeron en él”.
2. Los discípulos fueron enviados a predicar el Evangelio entre las naciones, y lo hicieron acompañados de milagros que certificaban su autoridad y que atraían a las gentes. Por citar dos ejemplos se podría recordar a san Pablo y san Bernabé en su estancia en Listra, o a san Pedro y san Juan cuando se dirigía al Templo para orar. ¿Hubiera sido lo mismo sin signos?. Los signos vienen directamente de Dios, y eso lo entendieron siempre los oyentes. Pablo no tuvo éxito en su alocución ante el areópago de Atenas, a pesar de su alto nivel cultural y sus dotes, pero sí en Listra, como se ha dicho antes, o en Malta (con el episodio de la serpiente que le mordió).
3. Las homilías han de ser debidamente preparadas, y hoy más que nunca habida cuenta del nivel cultural de los fieles. Sólo así se evitará el sufrimiento del celebrante y sobre todo de los fieles que escuchan. ¿Pero todos los celebrantes alcanzan el mismo nivel?. Evidentemente no. Ya san Pablo nos lo dice claramente: “Pues a cada uno le es dada la manifestación del Espíritu, para provecho”.
4. La homilía constituye hoy un verdadero ejercicio intelectual para el celebrante, que ha de saber previamente lo que ha de decir y cómo. Sólo así comunicará podrá comunicar inteligiblemente a los fieles el mensaje de Cristo. Hemos de pensar que no todos los celebrantes alcanzan las dotes oratorias de san Juan Crisóstomo, pues de acuerdo con el dicho de "Quod natura non dat, Salmantica non praestat", lo que Dios no da no se puede crear.
Cordiales saludos.
Juan José.

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