jueves, 28 de noviembre de 2013

466. Al concluir el Año de la Fe . Conferencia en el Instituto Superior Salesiano, Tlaquepaque, Jalisco



Instituto Superior Salesiano (ISS) – Tlaquepaque, Jal.
Jornada de estudio – 22 noviembre 2013

CONCILIO VATICANO II
BALANCE Y PERSPECTIVAS PARA LA FE


OBJETIVO: Al celebrar los cincuenta años del inicio del Concilio Vaticano II, que inspiró la proclamación
del año de la fe, hacemos un balance sobre el modo con que la doctrina conciliar ha marcado el cristianismo
actual con el fin de subrayar las perspectivas que abre a la misma fe de la Iglesia.

PRIMER MOMENTO: Balance
1. El Concilio Vaticano II. Balance
                Expone:  Fr. Rufino María Grández
                              
SEGUNDO MOMENTO: Reflexión
2. Reflexión por grupos (coordina: Hna. Nubia Celis, vd)
                Se distribuye la asamblea en cuatro grupos. Cada uno reflexionará sobre cada una de las
Constituciones conciliares (de manera guiada)
a)        Lumen gentium: Opción por una Iglesia comunional
b)       Dei Verbum: Primacía de la palabra de Dios en la Iglesia
c)        Sacrosanctum concilium: Centralidad de la liturgia y la eucaristía
d)       Gaudium et spes: Diálogo amistoso con el mundo contemporáneo

TERCER MOMENTO: Perspectivas
3. El Concilio Vaticano II. Perspectivas
                Expone: P. Antonio Velasco Jiménez, vd
 
 












El Concilio Vaticano II – Balance
Fr. Rufino María Grández, OFMCap.

Apreciado P. Rector,
apreciados maestras y maestros,
queridos alumnos y visitantes:

Me toca compartir con ustedes el primer momento de esta Jornada de estudio, que, como está anunciado en el cartel de invitación, ha sido estructurada en un triple movimiento: Balance – Reflexión en cuatro grupos de las cuatro Constituciones conciliares – Perspectivas.
Agradezco al P. Rector esta encomienda, que la tomé como gesto de estima y deferencia, y que enlaza, como la mayoría de ustedes pueden recordar, con aquel acto inaugural del curso académico 2012-2013, cuando en torno al mismo interés por la herencia del Concilio expuse aquel tema: A los 50 años del Concilio: el rostro de la Iglesia (Lección inaugural del curso académico 2012-213 en el Instituto Superior Salesiano Cristo Resucitado - 20 agosto 2012). Es oportuno recordar que a los 40 años de la constitución conciliar sobre la sagrada liturgia escribió el Papa Juan Pablo II la carta apostólica Spiritus et sponsa (4 diciembre 2003) con esta guía: Una mirada a la constitución conciliar – De la renovación a la profundización – Perspectivas.
Queremos cerrar de este modo el Año de la Fe, que tiene su broche de oro pasado mañana, Domingo de Cristo Rey. Esperamos con gozo la exhortación apostólica anunciada para este día: Evangelii gaudium, El gozo del Evangelio. Seguramente que allí encontraremos la “vera effigies” de su pontificado. El Papa Francisco anunció que se retiraba a un convento para unos días de oración. Saben ustedes que sin oración no hay teología, sin mística no hay Escritura. Y uniendo cátedra y vida cotidiana de nuestras comunidades (la gran mayoría de nosotros vivimos en comunidad consagrada) queremos concluir el Año de la Fe, memorial eclesial del Concilio, expresándonos como creyentes integrando vivencias espirituales y síntesis académicas. Para mí, en lo profundo, esta Jornada Académica no es solo una ocasión excelente de reflexión intelectual: de indagar, escribir, comunicar, cosa que me satisface. Me satisface más saber que, con un motivo académico hoy en uso en los centros ecelesiásticos, estamos celebrando una Jornada de Iglesia, con este gozo sustantivo de corazón y de familia, de sabernos Iglesia y vivirnos como Iglesia.
Continuando el pensamiento, permítanme una anécdota en al que tiene parte este Instituto. Arriba, junto a las aulas, una hermana de las Pías Discípulas del Divino Maestro me pidió un retiro sobre el Año de la Fe. Esto fue en el mes de enero. Un retiro en el que evocamos Porta fidei, el Concilio, el Sínodo de la Nueva Evangelización, y hablamos de “El don de la Fe como vida y vida en abundancia”. No me pareció ninguna indiscreción volcar este retiro en Internet, indicando de dónde procedía. Pues bien, ese retiro a la fecha (viernes, 19 de noviembre) ha tenido 2.219 visitantes. Por lo tanto, gracias a Las Pías Discípulas del Divino Maestro, de la Familia Paulina, aquí presentes, que me estimularon a ser vocero de la fe.

I
Memoria y ambientación

Concilio, un hecho que hoy lo vemos como historia

Quiero comenzar con una constatación para situarnos en el Balance. Ninguno de los alumnos del Instituto había nacido – pienso – cuando comenzó el Concilio. Ustedes comenzaron a oír Vaticano II cuando eran adolescentes. El Concilio era historia, no convivencia, y menos gestación. Es como si a mí en el Seminario me hubieran hablado de Pío XI. Yo nací en el pontificado de Pío XI: nací al final de 1936 y Pío XI concluyó al inicio de 1939. Jamás se me ocurrió pensar que yo soy contemporáneo de Pío XI. Cuando siendo mayor, ya profesor en nuestro colegio de Teología, un anciano profesor, hermano de comunidad, que había explicado 30 años en el Laterano me habló de la majestad de Pío XI – aquello sí que era un pontífice – yo pensé que me hablaba de tiempos arcaicos, como una evocación medieval, porque nuestra fascinación de niños en el Seminario había sido Pío XII, que nos parecía el no va más. ¿Quién le sucedería? Pues le sucedió un Papa muy diferente de Pío XII, que convocó el Concilio Vaticano II, y que definitivamente dentro de unos meses va a ser San Juan XXIII.
Para ustedes el Concilio Vaticano II es historia, Juan XXIII es historia y hasta el mismo Pablo VI es historia. Sin quererlo, nuestra perspectiva de pensamiento está en distinto plano. Para mí el anuncio del Concilio, la gestación, la celebración de las cuatro sesiones del Concilio no son historia sino que todo ello es parte de mi historia, carne de mi historia; el antes y después del Concilio pertenecen a la modulación misma de mi vida.

La mayor gracia del siglo XX

Hay que confesar que el Concilio ha sido la mayor gracia que ha recibido la comunidad cristiana en el siglo XX. Si bien para un sector minoritario el Concilio ha sido una puñalada a la tradición, y los pontífices que lo han llevado a cabo y lo han fomentado, es decir, todos ellos, unos traidores. La toma de postura reciente, como decisión definitiva de los lefebvrianos, ha sido lamentable. Ha sido un tajo para romper con la Iglesia, porque lo que se rechaza no es ya la interpretación abusiva del Concilio, sino que se rechaza el texto mismo del Concilio.

“Siguiendo a Mons. Lefebvre, afirmamos que la causa de los graves errores que están demoliendo la Iglesia no reside en una mala interpretación de los textos conciliares - una "hermenéutica de la ruptura" que se opondría a una "hermenéutica de la reforma en la continuidad" -, sino en los textos mismos, a causa de la inaudita línea escogida por el concilio Vaticano II. Esta línea se manifiesta en sus documentos y en su espíritu: frente al "humanismo laico y profano", frente a la "religión (pues se trata de una religión) del hombre que se hace Dios", la Iglesia, única poseedora de la Revelación "del Dios que se hizo hombre" quiso manifestar su "nuevo humanismo" diciendo al mundo moderno: "nosotros también, más que nadie, tenemos el culto del hombre" (Pablo VI, Discurso de clausura, 7 de diciembre de 1965). Mas esta coexistencia del culto de Dios y del culto del hombre se opone radicalmente a la fe católica, que nos enseña a dar el culto supremo y el primado exclusivo al solo Dios verdadero y a su único Hijo, Jesucristo, en quien "habita corporalmente la plenitud de la divinidad" (Col. 2, 9)” (Declaración del 30 de junio de 2013).

La gracia del Concilio, que nos ha puesto ante una era nueva, coincidente con la evolución misma de la humanidad, es una gracia que no han disfrutado nuestros hermanos de la Iglesia Ortodoxa. Lo decimos con sumo respeto, con veneración y súplica. Esta reflexión que hago me la sugería uno de mis profesores de Jerusalén, concretamente el profesor de Patrística, P. Lino Cignelli, hoy difunto. Él veía en la Iglesia Oriental, tanto ortodoxa como católica, una especie de anquilosamiento, que lo deducía de esta simple observación: no ha pasado un Concilio. Naturalmente, esta apreciación suena ofensiva; dejémosla ahí, sin entrar en discusión – de la que probablemente no somos capaces – pero con la sospecha de que es verdad. La Iglesia necesitaba un Concilio que le hiciera revisarse desde sus raíces.

Dos referencias: dónde estábamos y hasta dónde llegamos en el Concilio

Para entender el Concilio son necesarios dos puntos de refererencia: dónde estábamos antes del Concilio y hasta dónde llega el Concilio. Observando, además, algo sumamente interesante: que el mismo Concilio fue la mejor formación permanente que ha tenido la Iglesia, y que en los pocos años que duró el Concilio – cuatro años desde que comenzó hasta que terminó avanzó la teología más que en unas cuantas generaciones de enseñanzas. Los Obispos entraron con una teología bastante esclerotizada y salieron con una teología fresca y nueva. El Concilio fue para ellos una conversión teológica, es decir, una conversión eclesial.
 Un ejemplo: Las misiones. Es una delicia leer el decreto “ad gentes”: qué es la misión, las misiones. El documento es una maravilla; rezuma la fragancia de todo el Concilio, de una Iglesia recién nacida en Pentecostés. Pero tuvo ocho redacciones, hasta llegar al último día del Concilio. La aprobación fue rotunda con la votación más alta: solo cinco votos negativos frente a 2.394 “placet”.
Si una persona ávida de cosas espirituales, que no se ha metido por estos terrenos de documentación eclesiástica, me preguntara qué es el Concilio, podríamos responderle: “Mira, lee el documento sobre las Misiones (documento “ad gentes”), y ¡eso es el Concilio!”.

Benedicto XVI: una síntesis entrañable del Concilio ante el clero de Roma (14 febrero 2013)

No voy a contar cómo se encendió de repente la luz del Concilio, como inspiración, en el alma ingenua de Juan XXIII, sin haberlo pensado antes. Ya lo referí, con gozo y deleite, en la conferencia antes aludida.
Una síntesis entrañable de lo que fue el Concilio nos la ha hecho Benedicto XVI en una charla espontánea, efusiva, extendida que tuvo el 14 de febrero de este año al clero de Roma, del cual quería despedirse, pues acaba de anunciar la entrega que hacía del ministerio petrino. “Entrañable”, digo, porque esa amplia conversación (9 páginas apretadas) se lee con la admiración y ternura que merece un pontífice de esta categoría, sabio y santo.
En noviembre de 1962 el joven teólogo Ratzinger ya era perito oficial del Concilio. Rememora el Papa el entusiasmo con que comenzó el Concilio. Oigámosle:

Así pues, fuimos al Concilio no sólo con alegría, sino con entusiasmo. Había una expectativa increíble. Esperábamos que todo se renovase, que llegara verdaderamente un nuevo Pentecostés, una nueva era de la Iglesia, porque la Iglesia era aún bastante robusta en aquel tiempo, la práctica dominical todavía buena, las vocaciones al sacerdocio y a la vida religiosa ya se habían reducido algo, pero aún eran suficientes. No obstante, se sentía que la Iglesia no avanzaba, se reducía; que parecía una realidad del pasado y no la portadora del futuro. Y, en aquel momento, esperábamos que esta relación se renovara, cambiara; que la Iglesia fuera de nuevo una fuerza del mañana y una fuerza del hoy. Y sabíamos que la relación entre la Iglesia y el periodo moderno, desde el principio, era un poco contrastante, comenzando con el error de la Iglesia en el caso de Galileo Galilei; se pensaba corregir este comienzo equivocado y encontrar de nuevo la unión entre la Iglesia y las mejores fuerzas del mundo, para abrir el futuro de la humanidad, para abrir el verdadero progreso. Estábamos, pues, llenos de esperanza, de entusiasmo, y también de ganas de hacer nuestra parte para ello”.

Hermenéutica de la continuidad, no de la discontinuidad y ruptura

Esta interpretación que en tono coloquial hace el Papa del Concilio, en un clima distendido y como un anciano que en la cima de su vida, va en coherencia con el discurso crítico que pronunció ante la Curia Roma en 2005, en el cual dijo, en contra de la opinión de la hermenéutica de discontinuidad:

"De esta manera, se considera el Concilio como una especie de Asamblea Constituyente, que elimina una Constitución antigua y crea una nueva. Pero la Asamblea Constituyente necesita una autoridad que le confiera el mandato y luego una confirmación por parte de esa autoridad, es decir, del pueblo al que la Constitución debe servir. Los padres no tenían ese mandato y nadie se lo había dado; por lo demás, nadie podía dárselo, porque la Constitución esencial de la Iglesia viene del Señor" (Discurso a la Curia Romano el 22 de diciembre de 2005).

La llamada Escuela de Bolonia (Instituto para las Ciencias Religiosas de Bolonia),

El Papa Francisco, que va produciendo tantas sorpresas, ha dado una no pequeña en los medios intelectuales con una carta escrita a Mons. Agostino Marchetto del 12 de octubre dada a conocer el 12 de noviembre con ocasión de un determinado acto académico. Marchetto se ha batido el cobre, por así decir, contra la mentalidad de la Escuela de Bolonia, autora de la Historia del Concilio en 5 volúmenes, que propugna que el mensaje del Concilio no está tanto en los documentos cuanto en el evento mismo y en el espíritu que los mueve. Los documentos serían, más bien, acuerdos tácticos para concordar las diversas posturas. El Papa le escribía:

Querido Mons. Marchetto,
Con estas  líneas deseo mostrarle mi cercanía y unirme al acto de presentación del libro: “Primato pontificio ed episcopato. Dal primo millennio al Concilio ecumenico Vaticano II”. Le ruego que me sienta espiritualmente presente.
La temática del libro es un homenaje al amor que Usted tiene a la Iglesia, un amor leal y al mismo tiempo poético. La lealtad y la poesía no son objeto de comercio: no se compran ni se venden, son simplemente virtudes enraizadas en un corazón de hijo que siente la Iglesia como Madre; o para ser más preciso, y decirlo con ”aire” ignaciano de familia, como “la Santa Madre Iglesia jerárquica”.
Este amor Usted lo ha manifestado de muchos modos, incluso corrigiendo un error o imprecisión por parte mía, -y por esto le doy las gracias de corazón-, pero sobre todo se ha manifestado con toda su pureza en los estudios realizados sobre el Concilio Vaticano II.
Una vez Le dije, querido Mons. Marchetto, y hoy deseo repetirlo, que Le considero el mejor intérprete del Concilio Vaticano II. Sé que es un don de Dios, pero sé también que Usted lo ha hecho fructificar.
Le estoy agradecido por todo el bien que nos hace con su testimonio de amor a la Iglesia y pido al Señor que le recompense abundantemente.
Le pido por favor que no se olvide de rezar por mí.Que Jesús Le bendiga y la Virgen Santa Le proteja.

La letra y el espíritu del Concilio, ¿son ecuacionalmente lo mismo? Cuestión muy delicada, que requiere sus perfiles. Podemos precisar dos matices:
1° El espíritu del Concilio está en la misma letra del Concilio, y no hay que rebuscar en historia de intrigas y de polémicas – cosa muy propia de todo apasionada discusión humana – para encontrar allí, y no en la letra, la intención del Concilio, el espíritu del Concilio.
2° Esto de base, tampoco tendremos reparo a decir que la aplicación del Concilio, y en virtud del contenido mismo del Concilio, se llega a concreciones que superan la mera letra del Concilio; por ejemplo, en la lengua de la liturgia.
Y con esto podemos pasar a presentar una panorámica de balance que nos ofrecen las cuatro Constituciones del Concilio.

Balance simple del Concilio: un “sensus Ecclesiae” sereno, gozo y lleno de esperanza

Tratamos de hacer un balance del Concilio, de lo que ha aportado a la Iglesia.
En el plano de las discusiones técnicas abundan las opiniones. El campo de las probabilidades es anchurosos; y el derecho a la libre opinión pertenece al cartel de los derecho humano. Con todo, científicamente he de advertir que el uso método de la crítica, que lleva al descontento, como talante para acceder al Concilio, es corrosivo. El que empieza criticando nunca podrá gustar; él mismos e amarga con su propia amargura.
Por el contrario, un balance global del Concilio, que fluye de sí mismo sin esfuerzo, es un nuevo “sensus Ecclesiae”, que es uno de los frutos de los Ejercicios apetecido como talante de vida, según lo expuso san Ignacio en las reglas para sentir con la Iglesia, material final de los Ejercicios que él titula así: “Para el sentido verdadero que en la iglesia militante debemos tener, se guarden las reglas siguientes” (EE, 352-367).
El “sensus Ecclesiae” es el mirar la Iglesia con los ojos de Cristo.



II
Las cuatro Constituciones, como los cuatro pilares del Concilio


1. La liturgia: primer fruto del Concilio, un documento emblemático

La primera flor del Concilio
La liturgia fue la primera flor del Concilio, flor y fruto. Esto sucedió porque desde finales del siglo XIX bullía en la Iglesia un  despertar litúrgico, que siguió floreciendo pujante en el siglo XX, como teología y como pastoral.
El día de san Agustín de 1999 el teólogo Ratzinger publica su “Introducción al espíritu de la liturgia”, bestseller con cuatro ediciones en un año. En el Prefacio escribía recordando a un hombre de corazón similar y maestro, Romano Guardini:

"Una de mis primeras lecturas luego del inicio de mis estudios teológicos, al comienzo de 1946, fue la opera prima de Romano Guardini, 'El espíritu de la liturgia', un pequeño libro publicado en la Pascua de 1918 como volumen inaugural de la colección 'Ecclesia orans', a cargo del abad Herwegen, muchas veces reeditada hasta 1957. Con justa razón, esta obra puede ser considerada como el inicio del movimiento litúrgico, ya que contribuyó de manera decisiva a hacer que la liturgia, con su belleza, su riqueza oculta y su grandeza que trasciende al tiempo, fuese redescubierta como centro vital de la Iglesia y de la vida cristiana. Dio su contribución para que la liturgia se celebre en forma ‘esencial’ (término tan apreciado por Guardini); la quiso comprender a partir de su naturaleza y de su forma interior, como oración inspirada y guiada por el mismo Espíritu Santo, en la que Cristo sigue haciéndose contemporáneo a nosotros, irrumpiendo en nuestra vida" (Introducción al espíritu de la liturgia, Prefacio).

Los teólogos más sensibles de aquellos tiempos en el área católica eran también teólogos y estetas de la liturgia, Joseph Ratzinger entre ellos. Luego, al hacer la evaluación completa del Concilio, se pudo ver que la liturgia no fue solo el tema primero como el más preparado, sino el tema que debía campear con una primacía teológica en una asamblea eclesial. Dijo Benedicto XVI al hacer su balance del Concilio:

“Ahora, en retrospectiva, creo que fue muy acertado comenzar por la liturgia. Así se manifiesta la primacía de Dios, la primacía de la adoración: «Operi Dei nihil praeponatur». Esta sentencia de la Regla de san Benito (cf. 43,3) aparece así como la suprema regla del Concilio. Alguno criticaba que el Concilio hablara de muchas cosas, pero no de Dios. Pero sí que habló de Dios. Y su primer y sustancial acto fue hablar de Dios y abrir a todos, al pueblo santo por entero, a la adoración de Dios en la celebración común de la liturgia del Cuerpo y la Sangre de Cristo. En este sentido, más allá de los aspectos prácticos que desaconsejaban iniciar de inmediato con temas polémicos, digamos que fue realmente providencial el que en los comienzos del Concilio estuviera la liturgia, estuviera Dios, estuviera la adoración”.

El “status” previo de la liturgia ante el concilio era la encíclica “Mystici corporis”, (29 junio 1943) desembocadura del movimiento litúrgico nuevamente vigorizado tras la segunda guerra mundial; el Concilio fue mucho más allá.
Al describir ese milagro litúrgico que se opera en el mismo Concilio y tras el Concilio, podríamos hacer comparaciones entre la liturgia de antes del Concilio y la de hoy. Los que somos testigos de las dos podemos citar cosas absolutamente sorprendentes; en el curso de esta conferencia citaré alguna. Pero quede lejos de nosotros la fácil tentación de “ridiculizar” la liturgia de antes; si así lo hiciéramos, nos mostraríamos obtusos para la experiencia de lo divino que ese tipo sugería, y además, colateralmente, podríamos caer en una grave injuria a nuestros hermanos de Oriente, que han conservado y conservan una liturgia con gran dosis de su carácter apofático. Además, si se fuera a escudriñar las pintorescas curiosidades que, invocando al Concilio, se han llevado a cabo en determinados ambientes, aquí lo superficial y ridículo tendrían su parte.
(Sobre la liturgia de antes en comparación con la de hoy, puede verse los estudios de la Unioversidad de Comillas con ocasión del 40° aniversario del Concilio. Véase:
http://www.upcomillas.es/personal/jmmoreno/cursos/Liturgia/VaticanoII.htm#anterior)



Tres grandes criterios
Una definición descriptica de la liturgia podría ser ésta: La liturgia es el acontecimiento mistérico del Misterio Pascual en su integridad, que lo celebra todo el pueblo santo de Dios, expresándolo en su propia lengua. En torno a los tres polos aquí mencionados podemos ver toda la renovación litúrgica, a saber:
- Misterio pascual
- celebración de todo el pueblo santo de Dios
- en la propia lengua.

Misterio Pascual. “Misterio pascual” es una expresión que no aparece en la encíclica Mystici corporis. Desde la liturgia entra en la reflexión teológica en los años sucesivos. Louis Boyer (antes luterano, luego convertido al catolicismo, sacerdote del Oratorio), escribe en 1945 su célebre obra sobre el Misterio Pascual: Le Mystère pascal. Paschale sacramentum — Méditation sur la liturgie des trois derniers jours de la Semaine Sainte.
En su literalidad no aparece tampoco en el Nuevo Testamento; pero nosotros retraducimos todo el mensaje paulino a la luz de esta expresión: el misterio pascual de Cristo, que de manera indivisa es su muerte, resurrección y glorificación. Incluso a la luz del misterio pascual recuperamos su vida, desde la infancia, tanto que la categoría teológica se escribe y se interpreta toda la vida del Señor.
En la constitución sobre la Sagrada Liturgia es clave. La liturgia, la celebración del culto cristiano, nace de Dios y se centra en el Misterio Pascual de Cristo, En el capítulo primero, “Principios generales para la reforma y fomento de la sagrada Liturgia” se dice:

“Esta obra de redención humana y de la perfecta glorificación de Dios, preparada por las maravillas que Dios obró en el pueblo de la Antigua Alianza, Cristo la realizó principalmente por el misterio pascual de su bienaventurada pasión. Resurrección de entre los muertos y gloriosa Ascensión” (SC 5).

¿Qué celebramos en la Santa Misa? El Misterio Pascual de Cristo. ¿Qué celebramos en todos y cada uno de los sacramento? El Misterio Pascual de Cristo.
Diez veces aparece esta expresión en la constitución conciliar. Baste citar las dos siguientes al texto aducido: “por el bautismo, los hombres son injertados en el misterio pascual de Jesucristo” (n. 6). “Desde entonces, la Iglesia nunca ha dejado de reunirse para celebrar el misterio pascual: leyendo "cuanto a él se refieren en toda la Escritura" (Lc., 24,27), celebrando la Eucaristía, en la cual "se hace de nuevo presentes la victoria y el triunfo de su Muerte", y dando gracias al mismo tiempo " a Dios por el don inefable" (2 Cor., 9,15) en Cristo Jesús, "para alabar su gloria" (Ef., 1,12), por la fuerza del Espíritu Santo” (Ibidem)
El Misterio Pascual de Cristo adquiere una expresión suma en la celebración cristiana del Domingo. El Concilio ha rescatado el Domingo: “La Iglesia, por una tradición apostólica, que trae su origen del mismo día de la Resurrección de Cristo, celebra el misterio pascual cada ocho días, en el día que es llamado con razón "día del Señor" o domingo” (n. 106). Y allí se afirma lo que había olvidado: “…el domingo es el fundamento y el núcleo de todo el año litúrgico” (Ibidem).
Si uno acepta el Misterio pascual como eje central de la Liturgia, verán cómo van fluyendo conclusiones que van a transformar  profundamente el contenido de nuestras celebraciones:
- El Misterio pascual va esencialmente unido a la Historia de la salvación.
- La Historia de la salvación se proclama en la Sagrada Escritura, desde el principio hasta el fin, la cual tiene su lugar nativo para ser leída precisamente en la liturgia.
- La Biblia se entiende con su mistagogía adecuada, y la homilía será parte integrante y normal de la Liturgia de la palabra, que va esencialmente unida a la liturgia eucarística.
Con todo ello se inicia un proceso irreversible en la piedad de la Iglesia.
La belleza de la liturgia la percibimos cuando la vemos en una fusión total con la Iglesia.
Celebración de todo el pueblo santo de Dios. La participación de todo el pueblo de Dios no es un postulado para la operatividad y la estética, para que todo salga festivamente mejor, al verse todos implicados. Eso pertenece a la buena organización de un festival. Se trata de algo más radical. Quien preside la celebración es Cristo; y quien celebra es toda la comunidad, armónicamente ordenada. El sacerdote es el signo sacramental de Cristo, pero no suplanta a Cristo. Si, por ejemplo, el lector proclama, está anunciando a Cristo, que es el que habla, y el mismo sacerdote presidente en este caso se rinde ante Cristo presente en el lector. El lector no es un mandado del sacerdote.
Entendamos que no se trata de una democratización de la liturgia, sino de percibir que la celebración brota de la presencia de Cristo y percibir al mismo tiempo que la comunidad santa de los hijos de Dios está “concelebrando” el mismo y único misterio. Esa situación empobrecedora de la liturgia como acción del sacerdote y no del todo el pueblo de Dios, la describió en lenguaje coloquial Benedicto XVI con estas palabras:

“…la liturgia, que hasta entonces estaba casi encerrada en el Misal Romano del sacerdote, mientras que el pueblo rezaba con sus propios libros de oraciones, compuestos según el corazón de la gente; se trataba de este modo de traducir el alto contenido, el lenguaje elevado de la liturgia clásica, en palabras más emotivas, más cercanas al corazón del pueblo. Pero eran como dos liturgias paralelas: el sacerdote con los monaguillos, que celebraba la Misa según el Misal, y al mismo tiempo los laicos, que rezaban en la Misa con sus libros de oración, sabiendo básicamente lo que se hacía en el altar” (Encuentro con el clero de Roma. 14 de febrero).

Tal era el ambiente que evoca el Papa con delicadeza. Puedo aportar datos concretos del “Manual Seráfico” de los Capuchinos, como yo viví en mi juventud: “San José. Siendo el glorioso Patriarca San José Patrono de la Iglesia Universal y Protector especial de toda la Familia Seráfica, siguiendo las vivas exhortaciones de la Santa Sede, en todas nuestras iglesias se celebrará el Mes de San José, durante la Misa conventual, cantándose al final de la misma algunas letrillas en honor del santo” (Manual Seráfico, año 1948, n. 161). Cosa igual del ems de junio. “Mes de junio. El mes del Sagrado Corazón de Jesús debe ser celebrado en todas nuestras iglesias con un ejercicio apropiado durante la misa conventual” (Manual seráfico, 175).
Si de la Misa pasamos a la Liturgia de las Horas, apreciamos que en el Concilio y a raíz del Concilio se opera un cambio total. Para que un acto sea litúrgico hace falta de deputación de parte de la Iglesia, que se haga con fórmulas aprobadas por la Iglesia, y que al Iglesia lo reconozca como tal. La Liturgia de las Horas es liturgia si se cumplen estas condiciones. Explícitamente lo afirmaba la encíclica Mediator Dei (1943): “Para representar, para encarnar la Iglesia en la oración oficial, es preciso estar delegado para este efecto”
Luego se llega a descubrir que un simple bautizado, consagrado por Jesucristo como Sacerdote, Rey y Profeta, ya tiene el don de orar, y si en su casa, solo o con su familia, ora la Liturgia de las Horas está celebrando pura y simplemente la Oración de la Iglesia.
(Véase el comentario de Haymon-Marie Roguet, O.P., en La nueva ordenación general de la Liturgia de las Horas, Secretariado nacional de Liturgia, Subsidia litúrgica 12, Madrid 1971, pp. 23-24).

La lengua propia para la liturgia. Uno de los criterios o principios que ha transformado profundamente la liturgia ha sido el uso de la lengua propia en lugar del latín.  Las directrices provienen del Concilio, pero no como de pronto lo podemos imaginar. He aquí lo establecido por el Concilio sobre la lengua litúrgica:

“36. § 1. Se conservará el uso de la lengua latina en los ritos latinos, salvo derecho particular.
§ 2. Sin embargo, como el uso de la lengua vulgar es muy útil para el pueblo en no pocas ocasiones, tanto en la Misa como en la administración de los Sacramentos y en otras partes de la Liturgia, se le podrá dar mayor cabida, ante todo, en las lecturas y moniciones, en algunas oraciones y cantos, conforme a las normas que acerca de esta materia se establecen para cada caso en los capítulos siguientes”.

Había otras normas, que nos dispensamos el citarlas. El paso fue progresivo, pero se imponía por sí mismo, A los diez años de que entrara en vigor la constitución sobre la liturgia 245 lenguas vernáculas habían sido admitidas en el uso litúrgico: 144 de África, 32 de Europa, 48 de Asia, 9 de América y 12 de Oceanía.
La liturgia “culmen et fons”, cumbre y fuente

El número 10 de la constitución está dedicado a exponer este principio y criterio: la Liturgia, cumbre y fuente de la vida eclesial. Dice hermosamente el texto:
10. No obstante, la Liturgia es la cumbre a la cual tiende la actividad de la Iglesia y al mismo tiempo la fuente de donde mana toda su fuerza.

Esta soberana afirmación de que la liturgia es culmen et fons, más que un principio de elaboración de textos y de reorganización del culto, es un supremo criterio de valoración y comprensión de la piedad de la Iglesia. En concreto:
- La liturgia es cumbre, es vértice, pero no engulle todo, no absorbe todo. Ni hay que falsificar la liturgia insertando en la celebración armónica de nuestra fe cosas en sí laudables pero que tienen su puesto fuera del acto celebrativo.
- La liturgia es fuente. La liturgia es el eje radial de la Iglesia por cuanto que es el supremo acto vital que tiene la Iglesia hasta la vuelta del Señor.


2. Nueva conciencia de Iglesia: Lumen Gentium

La eclesiología, armazón del Concilio
No digamos cuál es el documento más importante, en su pura entidad, del Concilio: si es la constitución sobre la Divina Revelación (Dei Verbum), o si es la del culto cristiano (Sacrosan  ctum Concilium), de que acabamos de hablar, pero en cuanto a su función teológico-estructural bien podemos asegurar que el documento clave es la constitución sobre la Iglesia. Desde este documento englobante se ha de entender lo que se dice luego de otros asuntos particulares, que son partes de un todo: los Obispos, los Sacerdotes, los Seminarios, el Apostolado de los Laicos, la Vida Religiosa, la Actividad Misionera: incluso, la otra constitución mayor: la Iglesia y el Mundo.
Todo ello está trabajado desde una matriz. El Concilio Vaticano I, interrumpido abruptamente en 1870, se ocupó de la Iglesia y se detuvo en el primado del sucesor de Pedro, verdad que pasó a ser definida como dogma de fe. Evidentemente que si la eclesiología concluyera con el primado de Pedro, estaríamos con una eclesiología totalmente mutilada, y, en consecuencia, desfigurada; incluso, de un modo global, falsa.
Hay tres nuevas vertientes que han ido apareciendo para culminar en el Concilio, a saber:
- La Iglesia como Cuerpo Místico de Cristo.
- La Iglesia como Pueblo de Dios.
- La Iglesia como comunión.
En el momento en que el Concilio iba a tratar sobre este punto central, el recién elegido Papa, Pablo VI, escribe, al año, una encíclica sobre la Iglesia, Ecclesiam suam (6 agosto 1964). Su intención es límpida: no quiere interferir las labores del Concilio, pero quiere dar su primera palabra en el pontificado y precisamente como palabra estimulante para la Iglesia.
“Cuando, por la gracia de Dios, tuvimos la dicha de dirigiros personalmente la palabra, en la apertura de la segunda sesión del Concilio Ecuménico Vaticano II, en la fiesta de San Miguel Arcángel del año pasado, a todos vosotros reunidos en la basílica de San Pedro, os manifestamos el propósito de dirigiros también por escrito, como es costumbre al principio de un pontificado, nuestra fraterna y paternal palabra, para manifestaros algunos de los pensamientos que en nuestro espíritu se destacan sobre los demás y que nos parecen útiles para guiar prácticamente los comienzos de nuestro ministerio pontificio” (n. 2).
“Nos no pretendemos, sin embargo, decir cosas nuevas ni completas: para ello está el Concilio Ecuménico; y su obra no debe ser turbada por esta nuestra sencilla conversación epistolar, sino, antes bien, honrada y alentada. Esta nuestra encíclica no quiere revestir carácter solemne y propiamente doctrinal, ni proponer enseñanzas determinadas, morales o sociales: simplemente quiere ser un mensaje fraternal y familiar” (n. 3).

La Iglesia como Cuerpo Místico de Cristo: misterio y sacramento
La Iglesia es una “sociedad perfecta”, un organismo institucional y jurídico, con el sucesor de Pedro en el vértice que unifica los diversos poderes y funciones. Esta eclesiología que se desprende del Vaticano I es del todo incompleta. Lo más hermoso de la Iglesia está por dentro, y hay que descubrirlo: es la vitalidad que le viene de su unión con Cristo.
Nos los explica Benedicto XVI:

“En este sentido, Pío XII había escrito la Encíclica Mystici Corporis Christi como un paso para completar la eclesiología del Vaticano I.
Diría que la discusión teológica de los años 30-40, también de los 20, estaba completamente bajo este signo de la palabra «Mystici Corporis». Fue un descubrimiento que suscitó mucha alegría en aquel tiempo y también en este contexto creció la fórmula: Nosotros somos la Iglesia, la Iglesia no es una estructura; nosotros mismos, los cristianos, juntos, somos todos el Cuerpo vivo de la Iglesia. Y, naturalmente, esto es válido en el sentido de que nosotros, el verdadero «nosotros» de los creyentes, junto al «Yo» de Cristo, es la Iglesia; cada uno de nosotros, no «un nosotros», un grupo que se declara Iglesia. No: este «nosotros somos Iglesia» exige precisamente mi inserción en el gran «nosotros» de los creyentes de todos los tiempos y lugares”.

La eclesiología del Vaticano II es, ante todo, una eclesiología “teológica” en el más puro sentido de la palabra. El nacimiento de la Iglesia no es una obra, un proyecto del Jesús histórico; menos aún de la comunidad postpascual del Resucitado. Es un proyecto trinitario, que pertenece al mismo ser de Dios. Prestemos atención a uno de los primeros párrafos de la Lumen Gentium:

“. El Padre Eterno, por una disposición libérrima y arcana de su sabiduría y bondad, creó todo el universo, decretó elevar a los hombres a participar de la vida divina, y como ellos hubieran pecado en Adán, no los abandonó, antes bien les dispensó siempre los auxilios para la salvación, en atención a Cristo Redentor, «que es la imagen de Dios invisible, primogénito de toda criatura» (Col 1,15). A todos los elegidos, el Padre, antes de todos los siglos, «los conoció de antemano y los predestinó a ser conformes con la imagen de su Hijo, para que éste sea el primogénito entre muchos hermanos» (Rm 8,29). Y estableció convocar a quienes creen en Cristo en la santa Iglesia, que ya fue prefigurada desde el origen del mundo, preparada admirablemente en la historia del pueblo de Israel y en la Antigua Alianza [1], constituida en los tiempos definitivos, manifestada por la efusión del Espíritu y que se consumará gloriosamente al final de los tiempos. Entonces, como se lee en los Santos Padres, todos los justos desde Adán, «desde el justo Abel hasta el último elegido» [2], serán congregados en una Iglesia universal en la casa del Padre” (Lumen Gentium, 2).

Esta es la eclesiología de las Cartas de la cautividad. Es la eclesiología mística de los Padres. Es la eclesiología que debe recoger, de la tradición, el Concilio, que titula el primer capítulo “El misterio de la Iglesia”.
Estamos de acuerdo y siempre habrá que profundizar. Sin este último proyecto divino, la eclesiología se desvanece en la historia.

La Iglesia como Pueblo de Dios
Esto es nuevo, no como concepto, sino como acentuación y perspectiva. Se puede trabajar la eclesiología desde las Cartas de la cautividad, contemplando a la Esposa de Cristo santa e impoluta, o se puede trabajar la eclesiología desde las cartas a los Corintios, donde aparece muy clara la eclesiología vertida en comunidades cristianas llenas de conflictos, con la realidad cotidiana del pecado: “Ecclesia sancta et simul reformanda”. Se ha introducido, por tanto, con un vigor nuevo el concepto de “Pueblo de Dios”.
Un lector profano puede pensar que el concepto “Pueblo de Dios” es un concepto sociológico, en el que subyace un reclamo vindicativo: la Iglesia es “pueblo” frente a la jerarquía.
Esto es un error supino, aplicar unos parámetros civiles a una realidad divina. El concepto de “pueblo”, leído en la Biblia, es un concepto sacral, porque se trata del “pueblo de Israel”, mi pueblo, destinado a agregar en sí a todos los pueblos. Este “pueblo de Dios” es igual que “pueblo mesiánico”, es decir “pueblo de Jesús Mesías.
De nuevo acudimos al texto.
“Este pueblo mesiánico tiene por cabeza a Cristo, «que fue entregado por nuestros pecados y resucitó para nuestra salvación» (Rm 4,25), y teniendo ahora un nombre que está sobre todo nombre, reina gloriosamente en los cielos. La condición de este pueblo es la dignidad y la libertad de los hijos de Dios, en cuyos corazones habita el Espíritu Santo como en un templo. Tiene por ley el nuevo mandato de amar como el mismo Cristo nos amó a nosotros (cf. Jn 13,34). Y tiene en último lugar, como fin, el dilatar más y más el reino de Dios, incoado por el mismo Dios en la tierra, hasta que al final de los tiempos
…Este pueblo mesiánico, por consiguiente, aunque no incluya a todos los hombres actualmente y con frecuencia parezca una grey pequeña, es, sin embargo, para todo el género humano, un germen segurísimo de unidad, de esperanza y de salvación. Cristo, que lo instituyó para ser comunión de vida, de caridad y de verdad, se sirve también de él como de instrumento de la redención universal y lo envía a todo el universo como luz del mundo y sal de la tierra (cf. Mt 5,13-16)” (Lumen gentium, 9).

Todo el conjunto de cristianos – lo mismo jerarquía que laicos – somos pueblo de Dios. Y para un juego o una ironía del lenguaje teológico el afirmar que todos somos “laicos”, en cuanto Laós tou Theou, pues este es su origen etimológico; y todos somos “clérigos”, en cuanto que pertenece al kléros, es decir, a la elección de Dios.
Ahora bien, el término “Pueblo de Dios” nos remite a toda la peregrinación de Israel como su pueblo y ovejas de su rebaño, una peregrinación que integra todas las debilidades del ser humano. Por lo tanto, el pueblo peregrinante hacia la perfección del encuentro del Señor en al parusía, es un pueblo inserto en la historia humana, aquejado de todas las debilidades y miserias que van unidas a la “humana conditio” en su realización histórica. La Iglesia, que es “misterio”, ene l capítulo primero de la constitución, esta misma Iglesia, en el capítulo segundo, es “el Pueblo de Dios”.

La Iglesia como Comunión
De la eclesiología del Vaticano II se desprende el concepto de “Comunión”, que hay que precisar para no hipotecarlos abusivamente. No es un concepto vertical, sino transversal con referencia directa a Cristo, eje vivo de nuestra comunión cristiana. Existe la tentación sutil de precisar que la comunión se da cuando todos esta unidos al Papa. Esta comusión-sumisión, esta teología piramidal del misterio de la Iglesia es pobre. El Pueblo de Dios, que es al mismo tiempo Cuerpo de Cristo, está en comunión con Cristo, Cabeza, cuando en él se hace la unidad, y de él se recibe la vitalidad.
La Comunión no es un concepto jurídico-jerárquico, sino sacramental, El súbito díscolo peca contra la comunión del mismo modo que peca contra la comunión el superior arbitrario, que no escucha a todos y cada uno de los súbditos. No está en la comunión el superior que no discierne.
“El superior cuando manda se puede equivocar – dice el antiguo adagio, y añade: pero el súbdito, cuando obedece, nunca se equivoca”. Este solemne principio responde a una teología pobre e incompleta; ignora los matices  de una teología de comunión y casi concibe el mando como la fuente primordial de la voluntad divina.
La Teología de Comunión quiere tocar el centro mismo de la Comunión, que no es la jerarquía, sino Cristo. Con palabras muy sencillas y claras lo expresó Benedicto XVI en su citada charla a los Sacerdotes de Roma. Difícilmente se podrá decir mejor:

“Sin embargo, sólo después del Concilio se aclaró un elemento que se encuentra un poco escondido incluso en el Concilio mismo, o sea: el nexo entre Pueblo de Dios y Cuerpo de Cristo es precisamente la comunión con Cristo en la unión eucarística. Aquí nos convertimos en Cuerpo de Cristo; esto es, la relación entre Pueblo de Dios y Cuerpo de Cristo crea una nueva realidad: la comunión. Y diría que después del Concilio se ha descubierto cómo en realidad el Concilio encontró, orientó hacia este concepto: la comunión como concepto central. Diría que esto no estaba aún filológicamente maduro del todo en el Concilio; pero es fruto del Concilio el que el concepto de comunión se haya transformado cada vez más en la expresión de la esencia de la Iglesia. Comunión en las distintas dimensiones: comunión con el Dios Trinitario —que es Él mismo comunión entre Padre, Hijo y Espíritu Santo—, comunión sacramental, comunión concreta en el episcopado y en la vida de la Iglesia” (Benedicto XVI, Charla a los sacerdotes de Roma, 14 febrero 2013).
Una expresión privilegiada de la Comunión es la Colegialidad de los Obispos, tema afrontado por primera vez con profundidad, que requirió una “Nota explicativa” añadida al documento como parte de las Actas del Concilio.


3. La revelación (Dei verbum): Primacía de la Palabra de Dios en la Iglesia

La constitución sobre la Divina Revelación es la más dogmática de todas, si se puede hablar con este lenguaje en un Concilio en el que no se definió ningún dogma. Entró en la primera sesión y fue aprobado en el día de víspera de conclusión del Concilio. Es el documento que muestra, quizás como ningún otro, la capacidad de conversión de quienes se ponen como escuchas de Dios como oyentes de la Palabra. La evolución teológica de los obispos fue enorme. Tratemos de sintetizar los puntos capitales.

Punto de partida erróneo: “De fontibus revelationis”
La doctrina común que se enseñaba en las aulas era esta: Las fuentes de la revelación divina son dos, a saber. La Escritura y la Tradición. Lo que no está en la Escritura está en la Tradición; por ejemplo, la verdad y dogma de la Asunción corporal de María no está en la Escritura (como es obvio), luego está en la Tradición. Se reveló a los apóstoles y se fue transmitiendo, poco menos que como un secreto arcano, por el conducto de la tradición.
Para estudiar y discutir el tema se preparó el esquema con el título De fontibus revelationis”; se partía, pues, de las dos fuentes de revelación. En una semana de discusión (14-21 noviembre 1962) se pudieron percibir dos mentalidades irreductibles. ¿Se podía seguir con el mismo esquema como “instrumentum laboris”? Se hizo una votación: 1.368 padres propiciaban que se continuara; 822 que se no, que se partiera de otro esquema. Los que querían que se retirara no alcanzaban los dos tercios necesarios (1.473), pero el malestar era evidente, no obstante el reglamento. Entonces intervino personalmente el Papa Juan XXIII, ordenando que se retirara el esquema y que se trabajara con otro.
Se había dado el golpe definitivo a la doctrina de las dos fuentes de la revelación, y el primer capítulo de la constitución Dei verbum, titulado “Naturaleza de la revelación” ya no hablará de las dos fuentes de la revelación.
Afirma el Concilio de entrada que “siguiendo las huellas de los Concilios Tridentino y Vaticano I, se propone exponer la doctrina genuina sobre la divina revelación y sobre su transmisión” (Dei verbum, 1). El concilio Vaticano I abordó la revelación respondiendo a problemas del tiempo: el racionalismo y el fideísmo. El Vaticano II no responde a problemas (revelación sobrenatural, no natural), sino que va a la raíz del asunto: el misterio de Dios, que con divina libertad quiere autocomunicarse en forma de revelación. Se centra teológicamente el asunto y de ahí fluye el discurso. La revelación se hace por el misterio de la Encarnación, y toda la revelación culmina en Cristo y su Evangelio. Cristo es la revelación plenaria de Dios. Dios no nos ha revelado nada que no esté revelado en Cristo.

No hay Revelación sino en la Tradición.
La revelación de Cristo se ha entregado a los Apóstoles y estos la entregan a la Iglesia, una Iglesia que permanecen, que es al de ayer y la de hoy. Esto es mucho más que una sucesión cronológica, aunque al incluya; es el ligamen vital que une, pro el Espíritu, la secuencia de Cristo-Apóstoles-Iglesia.
En el número 8 de la Dei verbum se llega a esta exposición y a una definición teológica de la tradición como nunca se había hecho.

“Así, pues, la predicación apostólica, que está expuesta de un modo especial en los libros inspirados, debía conservarse hasta el fin de los tiempos por una sucesión continua. De ahí que los Apóstoles, comunicando lo que de ellos mismos han recibido, amonestan a los fieles que conserven las tradiciones que han aprendido o de palabra o por escrito, y que sigan combatiendo por la fe que se les ha dado una vez para siempre. Ahora bien, lo que enseñaron los Apóstoles encierra todo lo necesario para que el Pueblo de Dios viva santamente y aumente su fe, y de esta forma la Iglesia, en su doctrina, en su vida y en su culto perpetúa y transmite a todas las generaciones todo lo que ella es, todo lo que cree” (Dei verbum, 8).

He aquí, pues, lo que es exactamente el contenido de la tradición: la Iglesia, en su doctrina, en su vida y en su culto perpetúa y transmite a todas las generaciones todo lo que ella es, todo lo que cree. Sin duda que el P. Congar, teólogo un tiempo suspecto, dio saltos de alegría cuando vio que el Concilio recogió una fórmula que a él le pertenecía. ¿Qué es, pues, la Tradición de la Iglesia? La doctrina, la vida, el culto, todo lo que la Iglesia es, todo lo que la Iglesia vive.

De aquí se pasará a describir la mutua relación esencial entre Tradición y Escritura en esta formulación memorable, en el número siguiente:

“Así, pues, la Sagrada Tradición y la Sagrada Escritura están íntimamente unidas y compenetradas. Porque surgiendo ambas de la misma divina fuente, se funden en cierto modo y tienden a un mismo fin” (Dei verbum, 9).

La triple fase de composición de los Evangelios
Los estudios bíblicos habían avanzado aceleradamente en los siglos XIX y XX y había una cuestión y la clave del progreso podría considerarse que era la aplicación del método histórico-crítico para explicar la génesis de los libros sagrados y poder hablar con otras perspectivas de la historicidad y de la interpretación. Las encíclicas pontificias desde león XIII (Providentissimus Deus) había afrontado los problemas del estudio científico de la Biblia; la Divino afflante Spiritu de Pío XII había dado carta blanca al estudio de los “géneros literarios”, solución de innumerables problemas.
En las aulas universitarias de la ciencia bíblica, por ejemplo, en el Pontificio Instituto Bíblico, el problema no era tal, porque estaba suficientemente aclarado. Y justamente en aquellos días, durante la celebración del Concilio, la Pontificia Comisión Bíblica publicaría la instrucción “Sancta Mater ecclesia” (De historica evangeliorum veritate, La verdad histórica de los evangelios”, 21 de abril de 1964), en la que se habla de la verdad de los Evangelio y de la génesis en tres etapas, lo que pasa a ser doctrina conciliar.

“La Santa Madre Iglesia firme y constantemente ha creído y cree que los cuatro referidos Evangelios, cuya historicidad afirma sin vacilar, comunican fielmente lo que Jesús Hijo de Dios, viviendo entre los hombres, hizo y enseñó realmente para la salvación de ellos, hasta el día que fue levantado al cielo. Los Apóstoles, ciertamente, después de la ascensión del Señor, predicaron a sus oyentes lo que El había dicho y obrado, con aquella crecida inteligencia de que ellos gozaban, amaestrados por los acontecimientos gloriosos de Cristo y por la luz del Espíritu de verdad. Los autores sagrados escribieron los cuatro Evangelios escogiendo algunas cosas de las muchas que ya se trasmitían de palabra o por escrito, sintetizando otras, o explicándolas atendiendo a la condición de las Iglesias, reteniendo por fin la forma de proclamación de manera que siempre nos comunicaban la verdad sincera acerca de Jesús. Escribieron, pues, sacándolo ya de su memoria o recuerdos, ya del testimonio de quienes "desde el principio fueron testigos oculares y ministros de la palabra" para que conozcamos "la verdad" de las palabras que nos enseñan (cf. Lc., 1,2-4)”.

Como refrendo e inspiración del texto se alude en nota a la citada instrucción “Sancta Mater Ecclesia”.

La Biblia en manos de teólogos y fieles
La Biblia debe ser el alma de la Teología. Lo sabíamos, con palabras explícitas desde León XIII. Con todo, durante decenios no era así. Tantas veces la Biblia ha sido la servidora de la Teología como “dicta probantia”: se probaba con la Escrituras las tesis previamente formuladas en la Teología dogmática. La Teología era la que definía el camino; la Escritura iba corroborando los pasos del pensamiento.
Mas no debe ser así. La Teología tiene sus fueros que la exégesis respeta. Hacer teología no es hacer exégesis de los textos escriturísticos, sino alzar el pensamiento de la Fe, alentado por un alma que le da aliento, la Escritura.
Tampoco la pastoral es la organización de grupos bíblicos; pero la presencia de la Biblia en manos de todos los cristianos es lo que debe inspirar la acción de la Iglesia.
El Concilio ha consagrado este camino, y la Biblia ha adquirido poco a poco en la comunidad cristiana – en las esferas intelectuales y en la convivencia del pueblo – una prestigio y una soberanía de la que antes no gozaba. Todo ello es fruto de un Concilio que marca pauta en la marcha de la Iglesia.


4. El encuentro de la Iglesia y del mundo

Iglesia y mundo
La novedad más aparente del Concilio, la aportación más visible, ha sido el “encuentro de la Iglesia y del mundo”, según una orientación que muy expresamente la quiso el amado papa Juan XXIII. Se diría que su propio talante humano era la pauta del Concilio.
La palabra “mundo” en al escritura, y específicamente en el Nuevo Testamento es ambivalente, y esto, incluso, en una misma área de pensamiento. “Tanto amó Dios al mundo que envió a su Unigénito, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna. Porque Dios no envió su hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundos e salve por él” (Jn 3,16-17). Según esto el mundo es la comunidad de los hombres destinados a la salvación por el amor antecedente de Dios.
Pero repetidamente en el mismo Evangelio el mundo emerge como el lugar del maligno. “El mundo los ha odiado porque no son del mundo, como tampoco yo soy del mundo” (Jn 17,14). Y explícitamente en la primera de Juan: “No améis el mundo ni lo que hay en el mundo. Si alguno ama el mundo no está en él el amor del Padre. Porque lo que hay en el mundo – la concupiscencia de la carne, y la concupiscencia de los ojos, y la arrogancia del dinero – eso no procede del Padre, sino que procede del mundo” (1Jn 3,15-16).
Esa ambivalencia no es un  capricho del lenguaje, sino que responde a experiencias concretas en que nos debatimos los humanos.
Pablo VI, al concluir el Concilio, en la alocución final (7 diciembre 1965), con su talante acogedor ha querido dar la interpretación de la actitud asumida por el Concilio. Sus palabras son clave hermenéutica.

Pero hace falta reconocer que este Concilio se ha detenido más en el aspecto dichoso del hombre que en el desdichado. Su postura ha sido muy a conciencia optimista. Una corriente de afecto y admiración se ha volcado del Concilio hacia el mundo moderno. Ha reprobado los errores, sí, porque lo exige, no menos la caridad que la verdad, pero, para las personas, sólo invitación, respeto y amor. El Concilio ha enviado al mundo contemporáneo en lugar de deprimente diagnósticos, remedios alentadores, en vez de funestos presagios, mensajes de esperanza: sus valores no sólo han sido respetados sino honrados, sostenidos sus incesantes esfuerzos, sus aspiraciones, purificadas y bendecidas.
Ved, por ejemplo, que las innumerables lenguas de los pueblos hoy existentes han sido admitidas para expresar litúrgicamente la palabra de los hombres a Dios y la palabra de Dios a los hombres; al hombre en cuanto tal se le ha reconocido su vocación fundamental a una plenitud de derechos y a una trascendencia de destino; sus supremas aspiraciones a la existencia, a la dignidad de la persona, a la honrada libertad, a la cultura, a la renovación del orden social, a la justicia, a la paz, han sido purificadas y estimuladas; y a todos los hombres se le ha dirigido la invitación pastoral y misional a la luz evangélica” (Pablo VI, Alocución al Concilio, 7 diciembre 1965).

Este lenguaje de la Iglesia de cara al mundo, tratando de abrazarlo y entrar en un diálogo respetuoso y cordial era nuevo en la historia de los concilios. Y esto ha provocado la ruptura de un sector.

Los temas de la Constitución Gaudium et spes
Notemos, ante todo, el título de la constitución: “Los gozos y las esperanzas”. El texto comienza con dos bisan de palabras: dos positivas (gozos y esperanzas) y dos negativas (tristezas y angustias). El título previo no era así, sino que en esa construcción binarias se alternaban lo positivo y lo negativo, lo blanco y lo negro, es decir: Los gozos y tristezas, las esperanzas y angustias… Hubo un padre (y casi me atrevo a decir que fue español, pero no lo puedo afirmar) que sugirió un cambio de orden en las palabras, para que el título fuera bonito y optimista: los gozos y esperanzas, gaudium et spes. Y así quedó.
Una vez lanzado el principio de que la Iglesia se abría a la modernidad y abrazaba con simpatía al mundo, resulta un tanto secundario, para nuestro propósito de presentación global, desmenuzar los temas concretos.  Eran cuestiones que ciertamente afectaban a la humanidad en el momento presente, cuestiones muy graves.
El documento se abre con una información reflexiva, que se titula “Exposición preliminar” y suena así: Situación del hombre en el mundo actual. Y he aquí ahora los gozos ye speranzas, las tristezas y angustias de la humanidad en la hora presente, panorámica que se abre con gran vuelo, con una organización de temas bien estructurada:
Primera parte: La Iglesia y la vocación del hombre, y aquí se aborda:
1) El Hombre (esto es, La dignidad de la persona humana).
2) La Comunidad (la comunidad humana).
3) La Acción (la actividad humana en el mundo).
4) Colofón: misión de la Iglesia en el mundo contemporáneo.
Segunda parte: Abordaje de puntos concretos cruciales en la hora actual:
1) Matrimonio y familia.
2) Cultura.
3) Economía (la vida económico-social).
4) Política (la vida en la comunidad política).
5) La paz (y la comunidad de los pueblos).

Este es el espectáculo: el mundo, tal cual es, ante los ojos de los cristianos, que ejercen su responsabilidad como Iglesia de Jesús, fermento de la nueva familia humana. Valga el dicho de Terencio (165 a.C.): Homo sum, humani nihil a me alienum puto, Hombre soy, y nada que sea humano lo considero ajeno a mí.

CONCLUSIONES

Mi exposición reflexiva era el soporte informativo para pasar al segundo momento de este día de encuentro académico.
El trabajo avanza ahora con el diálogo de grupos de acuerdo a la orientación que haya dado la profesora hna. Nubia Celis, de Verbum Dei.
 No presento conclusiones, sino que el remate de todo lo dicho es un simple, sereno y firme testimonio:
- el gozo, el bienestar, de sentirse cristiano,
- y en esta hora salvífica,
- y en esta Iglesia que conformamos los discípulos de Jesús.
Gozo y bienestar, del cual fluye, espontáneo, un impulso interior: la decisión de entregar todas mis fuerzas a la Iglesia, como autor operante de la tradición en curso, como una partecita, altamente significante, por pequeña que aparezca, pero parte vida – y apelo al Concilio – de todo lo que la Iglesia es, de todo lo que ella vive.
A los pies de Cristo y bajo la protección de la Virgen santa, ¡he dicho!

Concluí este escrito en Guadalajara (Zapopan), Jalisco, el martes, día 19 de noviembre de 2013.
Fr. Rufino María Grández


Del corazón de Dios nació su Iglesia
(Ante el final del Año de la Fe,
meditando en el Concilio)

1. Del corazón de Dios nació su Iglesia,
cual hija muy querida y deseada,
muy digna de su pecho y su regazo
para un esposo amante preparada.

2. Iglesia de mi amor, amada madre,
la cuna en que nací, que me acunaba,
maestra veladora de mi infancia
mujer en quien mi alma maduraba.

3. Iglesia bella, luz de mis pensares,
salmodia de las cuerdas de mi arpa,
eras, por ser de Dios, radiante imagen
la toda pura, toda inmaculada.

4. También Pueblo de Dios que peregrina,
de todos mis pecados bien cargada,
herida y polvorienta y dolorida,
Iglesia con mi historia ensangrentada.

5. Iglesia de Jesús, de su costado,
Iglesia mía, Iglesia cotidiana,
y carne de mi cuerpo, barro mío,
Iglesia comunión en mis entrañas.

6. Iglesia una, abrazo que nos ciñe,
Iglesia que en su seno nos hermana:
¡Por ti y en ti a Cristo le cantamos,
oh Cristo eterno, a ti eternas gracias! Amén.

Guadalajara, Jalisco, 21 noviembre 2013.

1 comentarios:

Anónimo dijo...

HUT NEJAT

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