martes, 31 de diciembre de 2013

481. La bendición del Año Nuevo



Meditación sobre la bendición que se da todos los años
en Año Nuevo – Libro de los Números 6,22-27


Texto bíblico:
El Señor habló a Moisés: “Di a Aarón y a sus hijos, esta es la fórmula con la que bendeciréis a los hijos de Israel:
“El Señor te bendiga y te proteja,
(el Señor) ilumine su rostro sobre ti y te conceda su favor,
el Señor te muestra su rostro y te conceda la paz”.
Así invocarán mi nombre sobre los hijos de Israel y yo los bendeciré”.

Hermanos:
1. Más que la homilía habitual de los domingos esto es una meditación sobre el texto sagrado de la bendición que mandó Moisés a Aarón y a los hijos de Aarón, de la tribu de Leví, a los sacerdotes. Es la bendición principal del Antiguo Testamento, bendición que compartimos la liturgia judía y la liturgia cristiana.
La Biblia que usamos en la liturgia, e decir, la Biblia oficial de la Conferencia episcopal española, tiene un sencillo comentario que nos adentra en el clima espiritual que evoca la Bendición de Aarón. Dice así:
“Bello texto, por su forma poética y su contenido, con triple invocación del nombre divino. Se usa en la liturgia cristiana de Año Nuevo. El rostro luminoso de Dios benévolo ilumina la existencia del pueblo de Israel y de todo buen israelita, lo colma de bienes, lo guarda de todo peligro; en una palabra, le concede la paz (véase Salmo 80,4.8.20). En textos antiguos los padres bendicen a sus hijos (Gén 27; 48; 49), los reyes a sus súbitos (2Sam 6,18; 1Re 8,55), los hermanos a sus hermanas (Gén 24,60). En la tradición sacerdotal, la bendición corresponde al sacerdote (véase también Lev 9,22-23).

2. Bendecir es decir bien, desear lo mejor. Hay una bendición descendente, que es la bendición de Dios a los hombres; y una bendición ascendente, que es la bendición de los hombres dirigida a su Dios, el buen decir de los hombres que se eleva hacia Dios, esto es la acción de gracias y la alabanza. No podríamos nosotros bendecir a Dios, si primeramente Él no nos hubiera bendecido a nosotros. Es la misma ley o dinámica del amor: no podríamos nosotros amar a Dios, si primeramente Él no nos hubiera amado. De esta forma la bendición humana responde a la bendición de Dios.

3. Para nosotros, cristianos, la bendición, que en hebreo se dice Berajá, es por antonomasia la Eucaristía. En la Eucaristía se contiene toda bendición, porque en la Eucaristía se contiene todo el bien de la Iglesia.
La piedad judía está toda ella impregnada de la bendición. ¡Qué hermoso y sublimé es ver toda la vida desde la bendición!
Podemos abrir un libro de la fe y de la piedad de Israel, y observar las bendiciones de la mañana. Está la bendición de la creación del cuerpo humano, la bendición de la restitución del alma humana, la bendición que se reza para el estudio de la Torá.
“Una de las primeras cosas que el hombre dice por la mañana, es la bendición que alaba a Dios por crear este prodigioso mecanismo que es el cuerpo humano, y por Su poder que nos conserva la vida y la salud” (Ravi Hayim Halevi Donin, Rezar como judío: Guía para el libro de oraciones y el culto en la sinagoga. Jerusalem 1986, p. 242).
“Después de la bendición por la creación del cuerpo humano viene una bendición en la cual agradecemos a Dios por haber creado en nuestra seno un alma pura, que Él, en su inmensa bondad, nos restituye diariamente” (o.c., 243).
Esta bendición dice así:
“Dios mío, el alma que me has dado es pura. Tú la creaste, Tú la formaste, Tú me la insuflaste y Tú la guardas dentro de mí, y Tú me la quitarás un día y me la restituirás para la vida futura. Mientras mi alma subsista en mí, yo te agradezco, Señor, mi Dios y Dios de mis Padres, Soberano de todas las criaturas, Dueño de todas las almas. Bendito eres Tú, Señor, que restituyes las almas a los cuerpos inanimados” (pp. 243-244).
El piadoso judío sigue bendiciendo a Dios por el privilegio que se le ha concedido de estudiar la Torá (que nosotros, cristianos, llamamos el Pentateuco, los cinco primeros libros de la Biblia), y el judío entiende que la Torá, suprema revelación de Dios para todos los siglos, fuente inagotable de vida, en su integridad es la Torá escrita (los cinco libros de Moisés) y la Torá transmitida viva en la Tradición, contenida en el Talmud.
En suma, toda la vida es respirar en bendición, en alabanza, en acción de gracias, y en correspondencia con esa respiración constante de obediencia y amor, la vida del creyente debe ser limpia e inmaculada ante Dios y ante los hombres.
Todo esto significa bendecir a Dios.
Y ¿qué significará que Dios nos bendice a nosotros, porque de la bendición de Dios arranca toda bendición?

4. Para entender el hermoso texto de esta bendición de Israel que llega hasta nosotros hemos de tomar la verdadera perspectiva que ofrece el texto:
- Es una bendición formulada con tres miembros, cada uno de los cuales tienen una ondulación de dos partes.
- Es una bendición en la que en cada uno de los tres miembros se invoca y se nombra el nombre santísimo de Dios: Yahweh, que nadie es digno de pronunciar. Una bendición que, al presentarnos el rostro de Dios, nos da, por así decir, todo lo que la teología dice de bello y sublime de Dios. En esta bendición se contiene, en realidad, toda la Teología; incluye, pues, nuestra profesión de fe en el Dios revelado.
- Es una bendición que va dirigida a toda la comunidad de Israel, a toda la asamblea santa de Dios, pero que incide persona e individualmente en cada uno. El Señor me bendice a mí.
- Es una bendición que produce y trae lo que expresa en sus palabras. Por eso, el texto sagrado concluye de forma grave y solemne: Así invocarán mi nombre sobre los hijos de Israel y yo los bendeciré. “Yo los bendeciré” es la promesa formal con la que Dios se comprometió a estar siempre con nosotros, a “decir bien” de nosotros, a estar de nuestra parte, a amarnos, a salvarnos.
En resumen, la gracia de esta bendición – que descubre nuevas dimensiones en la Cruz de Cristo – es creerla, gustarla y sentirla como acción y experiencia de Dios en nosotros.
Acerquémonos, por tanto, a cada uno de esos tres miembros: tres deseos eficaces que expresamos a Dios con la confianza y la seguridad de que Él los va a realizar.

5. El Señor te bendiga y te proteja. ¿Quién es ese Dios que se dispone a bendecirnos? Es el Dios de la historia de Israel; por lo tanto, el Dios del acompañamiento, el Dios del amor, el Dios de la protección.
Bendecir es colmar de beneficios, de todo lo que resulta ser un bien para el hombre, sea en el cuerpo sea en el alma,  El Señor bendice mis proyectos, las hondas aspiraciones que bullen en mi ser, que, quizás, ni a los más íntimos me atrevo a manifestar, pues las podrían considerar como vanidad, como fantasías de un creído e iluso. Pero, si están ahí, por algo están, alguien las ha puesto. Esos deseos personales abiertos a lo infinito Dios los bendice. Son aspiraciones de vida que abrigo en mi intimidad. Son míos, muy míos. No sé yo cuáles serán los secretos de ese hermano mío con quien convivo.
Dios me bendice y llega hasta las raíces del ser, porque ese Dios de mi acompañamiento es el Dios que un día me llamó a la vida, y me creó a mí como alguien suyo, único e irrepetible. “El Señor te bendiga y te proteja”.
La bendición de Dios es protección, lo que está sugiriendo que mi vida corre peligro. Soy como una ciudad asediada de enemigos. Ahora bien, el Señor es mi baluarte, Él es mi bastión, mi defensa.
Dios es amoroso, por eso me bendice; pero también es fuerte, por eso me protege. Ignoro el rumbo y los azares de mi vida futura. Pero sí sé una cosa muy segura: El Señor me ha de proteger, no puedo sucumbir.
En una palabra, el Señor amoroso que aparece como bendición de amor – no como juez y  castigador – el Señor es la seguridad rotunda que me salva.

6. Y ahora, en la segunda y tercera bendición, pasamos a contemplar ese rostro sereno, apacible, que es lo más bello. Allí se sacia el alma y halla la felicidad. Dice, pues, la bendición: el Señor ilumine su rostro sobre ti y te conceda su favor. Hay miradas que fulminan, peor que el veneno mortal; pero hay otras miradas de infinita consolación, que nos introducen en la felicidad eterna. Esa es la mirada de Dios que está presente en la Bendición de Aarón.
Dios es para mí mirada de amor. Esta es la definición que sacamos de Él, al sentirnos así alcanzados por esa mirada que dulcemente nos acompaña. La mirada de Dios no es mirada inquisitoria, persecutoria, condenatoria. Es la mirada de la acogida, la mirada que, al sentirla, ya sabemos que contamos con el favor de Dios.
La mirada de Dios es, por tanto, nuestra suprema bendición.
Le podemos decir: Mírame, Señor, mi Dios, que tu mirada no me infunde miedo. Tu mirada es mi protección. Tu mirada es mi examen; y tu examen no es  mi condenación: es mi acogida y tu misericordia. Mírame, Señor, que con solo mirarme, quedaré bendecido.

7. Tercera bendición de Dios, también bajo los rayos benéficos de su divina mirada. El Señor te muestra su rostro y te conceda la paz.
 El día que veamos nosotros el rostro de Dios tendremos la paz, y la paz es al suma de todos los bienes y el anticipo de la eternidad.
Veremos un día el rostro de Dios; pero es que la bendición se nos da ya para hoy. Hoy mismo, sin aguardar a mañana, se nos da la posibilidad de disfrutar de la visión del rostro de nuestro Dios y Padre.
“Y yo los bendeciré”, yo les mostraré mi rostro.

8. Si nos hemos adentrado en el gozo espiritual de esta bendición, podremos alcanzar dos seguridades:
- La primera es que la bendición de Dios es para la vida presente, sin esperar a un futuro indefinido o al futuro de la eternidad. Dios me bendice hoy mismo y en esta mi circunstancia que vivo, acaso circunstancia de dolor y desorientación, circunstancia en que parece que falla el suelo de mis pies. Dios me bendice hoy, a mí, aquí. Es bendición concreta de Dios; bendición real, bendición garantizada por su divina palabra que no puede fallar.
- Y la segunda seguridad es que esta bendición de Dios, que se me ha otorgado y que yo, cristiano, la veo en Cristo y desde Cristo, es una bendición que se transforma en experiencia espiritual. Si Dios me bendice, experimento a Dios en mí. Dios vive en mí. Soy un bendecido por Dios y como bendecido camino por el rumbo de mi vida.

9. Ante todo lo dicho, mis hermanos, no hace falta concluir, sino de la manera más simple. Así sea.
Bendición de Dios, anticipo de todo el año, año de bendición. Bendición que suena en la solemnidad del 1 de enero, octava de Navidad, solemnidad de Santa María, Madre de Dios.
Mirando a la Madre con el Niño, decimos. Esa es la bendición, ahí está. ¡Bendita la Madre que nos la ha traído! Amén.


Guadalajara, Jalisco, 31 diciembre 2013.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Estimado P. Rufino:
Aunque este comentario se corresponde a un pasaje anterior, creo que por su importancia merece la pena transcribirlo.
A veces creo que, al igual que hizo alguna vez san Pablo, Ud. dicta a un secretario la homilía, habida cuenta de una frase :"Y pueden crear hijos traumados." ¿Quiso decir "traumatizados"?.
1. Llamamos misterio a aquello que no podemos explicar a través de la razón. Es un misterio la encarnación de Jesucristo en el vientre de María. Es un misterio la Santísima Trinidad. Es un misterio la Eucaristía. Todas ellas son realidades mistéricas, que el hombre no puede explicar por medios racionales. Sin embargo la Navidad, esto es, el nacimiento NATURAL de Jesucristo, después del periodo NATURAL su gestación en el vientre de su madre, creo que no se le puede llamar MISTERIO.
2. Jesucristo nació como los demás seres humanos, con una salvedad: fue engendrado por obra del Espíritu Santo. Y como los demás seres humanos, al menos en aquella época y lugar, permaneció bajo la tutela efectiva de su familia. Ahí radica la grandiosidad de Jesucristo, que siendo divino se hizo humano de principio a fin.
3. Herodes quiso matar a Jesucristo porque veía en él a un rival potencial en el trono. Quiso cometer con él un asesinato político, uno más en su larga carrera de sangre y terror. La Sagrada familia tuvo que emigrar por motivos políticos. La Sagrada familia no emigró por motivos económicos, como sucede hoy y lo leemos en los medios de comunicación. De hecho no hubo emigraciones masivas en la época de Herodes, como sucede hoy…., y como ha sucedido en épocas pretéritas de la humanidad. Basta con abrir un libro de historia para saberlo. La emigración fue una vergüenza, es una vergüenza, y será una vergüenza per secula seculorum. Hoy se ven unos centenares de emigrantes como un permanente goteo. En siglos pasados eran millares, eran pueblos enteros los que se lanzaban a recorrer cientos de kilómetros con ánimo de aposentarse de tierras fértiles.
4. No se debe confundir la expresión EMIGRANTE con la expresión NÓMADA. Abraham pertenecía a un pueblo nómada: el pueblo hebreo. Los hebreos eran nómadas que permanentemente se trasladaban de un lugar a otro, vivían en tiendas de campaña (no en poblaciones), poseían manadas de cabras y ovejas, utilizando asnos, mulas y camellos como portadores. Siguiendo a Abraham, los hebreos emigraron hacia Canaán, la tierra prometida por Dios. La Sagrada Familia no era una familia “nómada”, sino sedentaria. Así pues no se puede hacer un paralelismo entre ambos.
5. No se pueden juzgar las costumbres de hace dos mil años con las de hoy. Sería injusto y disparatado. San Pablo da unas pautas de conducta familiar de acuerdo con las costumbres de la época en la que vivió. Las relaciones matrimoniales no son las mismas a las de hoy. El marido era el PATER FAMILIA. Su autoridad sobre la mujer y los hijos no era discutida. Los evangelios nos dicen que Jesucristo permaneció SOMETIDO a esa autoridad.
Saludos.
Juan José.

Anónimo dijo...

Estimado fray Rufino:

Dice Ud. en el apartado 3º, párrafo 1º. "Para nosotros, cristianos, la bendición, que en hebreo se dice Berajá, es por antonomasia la Eucaristía. En la Eucaristía se contiene toda bendición, porque en la Eucaristía se contiene todo el bien de la Iglesia".

Ante esa afirmación tan rotunda sería preciso realizar alguna observación.

1.- No todos los cristianos admiten la Eucaristía. Solamente la admitimos los CATÓLICOS, los ORTODOXOS, los COPTOS, los ANGLICANOS y algunos LUTERANOS.

2.- Etimológicamente, EUCARISTÍA (palabra griega) significa ACCIÓN DE GRACIAS, no bendición. La Eucaristía es la mayor acción de gracias a Dios que realizamos los cristianos. La Eucaristía es la mayor acción de gracias que realiza un ser humano a Dios Creador y Eterno.

Jesucristo nos dejó la Eucaristía. La Nueva Alianza en su sangre, presencia real junto a su cuerpo.
El sacerdote bendice a Dios durante la Eucaristía por el pan y el vino que nos da, que han de ser consagrados.

Saludos.
Juan José.

Publicar un comentario en la entrada

 
;