viernes, 10 de enero de 2014

485. Paz humana para Euzkadi



Paz humana para Euzkadi

Soy una persona de 77 años, a quien la vida algo le ha enseñado; un sacerdote de 53 años de ministerio (Pamplona 1960), consagrados a la causa del Señor que ha recibido tantísimo de las personas que a ti se han acercado. Un religioso de 57 años de profesión (Sangüesa 1956) que ha tratado de seguir la ruta del Evangelio al estilo de Francisco de Asís como capuchino, orden muy arraigada en el País Vasco. Y modestamente un estudioso (doctorado en el Studium Biblicum Franciscanum de Jerusalén), que sigue explicando la Palabra siempre insondable de la Biblia.
Es un preámbulo que puede ayudar a comprender el alcance concreto – no me atreveré a decir la profundidad – de lo que uno quiere transmitir. Si lo que se recibe “al modo del recipiente se recibe” (Aristóteles), igual lo que se transmite, se entrega desde lo que uno es, desde lo que uno vive.

Estamos en días cruciales para orientar y acaso decidir el futuro de la paz en Euzkadi, desde la liberación progresiva de presos de ETA, a partir de Inés del Río, de Tafalla. He vivido en Navarra y también en Álava hasta mi venida a México (2002) todo lo que ha ido pasando desde el nacimiento de ETA (31 julio 1959) con los primeros asesinatos que comenzaron, si no me equivoco, 5 años después. Los eclesiásticos y los religiosos hemos estado muy sensibilizados.
Fue el “reventón” de una larga historia secular, en la cual las órdenes religiosas que hemos estado tan mezcladas con el pueblo (franciscanos, capuchinos, sacramentinos…) tantas cosas tenemos que contar, al menos en nuestras crómicas internas; y antes de contarlas reflexionarlas y purificarlas. Creo conocer a fondo la nuestra de capuchinos, que es muy hermosa, llena de generosidades; por otro lado, triste, con desgarrones y desilusiones. Seguramente que los informados saben la enorme contribución que los capuchinos han dado a la música vasca con grandes figuras; últimamente con la creación del Archivo Eresbil, que pasó al Ayuntamiento de Errenteria. Quizás no se sepa que fueron los capuchinos quienes, uniendo fe y cultura, dieron a luz la primera (si no me equivoco) publicación en euskera, Zeruko Argia (Luz del Cielo)…, allá por los años 20 o algo antes. Todos los de mi generación hemos conocido a “venerables” capuchinos amantísimos de su cultura y ajenos a la política que luego se ha ido fraguando.
Las cosas se fueron enrareciendo y en los conventos – sin exagerar, por supuesto – ha habido simpatizantes activos de la causa, implicados incluso con acciones que ni san Francisco ni ningún santo de la corte celestial jamás han bendecido. Pero quizás sea esta una constante de la historia. Aquí en México entre los héroes que “dieron patria” (1810) están dos curas rebeldes. Hidalgo y Morelos, próceres nacionales en las Fiestas Patrias.
El asunto vasco, que así podemos llamar a todo este conjunto de aspiraciones de las gentes de Euskalherria, es un asunto en sí mismo complejo, que tiene diversas vertientes, entre sí inseparables. Si se lo mira como mero asunto político queda estrangulado.
Es un asunto histórico, se quiera o no se quiera, que no viene de anteayer, sino de siglos atrás. La Universidad, el cuerpo de intelectuales, sería la voz autorizada para emitir una opinión, incluso un veredicto.
Es un asunto social, eminentemente social, que implica a todos los ciudadanos como tales, se vean o no como agentes de este proceso. Por el hecho de que me afecte a mí, no tengo por qué ser yo luchador en la palestra.
Es un asunto en que quedan implicadas convicciones religiosas, porque tradicionalmente el pueblo vasco se ha nutrido de la fe católica como parte de sus esencias. La cruz blanca en el fondo de la ikurriña pienso que es un testimonio de aquella adhesión a los principios católicos que imperaba en los tiempos del Nacionalismo vasco hace algo más de un siglo.
Es un asunto sencillamente humano, pues si la política (es decir, lo referente a la polis) no tiene como fin el humanizar más y más al individuo y la sociedad, sería bien miserable.
Para nosotros, creyentes, que hemos descubierto en la fe el quicio de nuestra vida y la suprema posibilidad de humanización del hombre, la paz de Euzkadi no es un asunto meramente político, sino humano, radicalmente humano, inseparable de unos principios religiosos (los que sean), que dan el sentido al hombre, y, por tanto, a la sociedad.
El sábado pasado (4 de enero) se tuvo en Durango la concentración de expresos etarras excarcelados, ampliamente bandeada por la prensa local y nacional. Y lo que pasa en la tierra madre se puede leer al instante tras el Atlántico. Allí estaban los expresos y se hicieron, como se la calificó, la foto de familia. Tras la declaración no se admitieron preguntas; no se habían de contestar. Un periodista espetó:
- Y ¿no tenéis que pedir perdón? Porque detrás de esto hay 329 muertos (creo que es el número exacto que dijo).
Era una forma de encararse… Estaba, se diría, fuera de las reglas de juego del acto. Pero estaba sacando a flote una verdad soberana, y como ciudadano tenía derecho a hacerlo. Nadie respondió. A lo mejor entre aquellos sesenta y tantos había quienes lealmente hubieran querido decir:
- Sí, yo pido perdón, porque fui un asesino. Sí, yo pido perdón a la familia, porque he pedido perdón a Dios.
Las reglas del juego político se lo impedían.
Quienes hemos dedicado nuestra vida al servicio del Evangelio tenemos una palabra que decir, no en el orden político – ahí están los partidos – sino más radical.
“Llegará incluso una hora – dijo Jesús – cuando el que os dé muerte piense que da culto a Dios” (Jn 16,2). Los presos vascos nunca se han considerado unos delincuentes comunes en cuanto a régimen carcelario; su causa ha sido muy distinta; se han visto como luchadores por la  patria. La ETA no quiere matar – oí decir – pero en tiempo de guerra hay muertos…
Para que un joven idealista tome en sus manos una pistola, se ha desarrollado dentro de él un proceso de autoconversión a la causa para legitimar los propios actos y saber que lo que voy a hacer, fuera de ley, está conforme a grandes ideales por los que arriesgo la vida.
Y con todo, la muerte está ahí, y has matado a un ser humano concreto, a un esposo, a un padre de familia…, no a un “ente abstracto” de la sociedad; has matado a Juan Pérez García, esposo de Elena, y padre de Elenita y Toño, no a un “número de la Guardia Civil”. Has matado a un ser humano.
Es inútil evadirse de este humanismo, ante el cual se tiene que rendir toda filosofía, para reconstruir la paz y la convivencia. Sin perdón la sociedad sigue en quiebra. Perdón que el cristiano lo ve como don divino. Y tenemos el valor de decir a las víctimas:
- Hermano, hermana, perdona, aunque no te pidan perdón. Perdona, porque Jesús nos perdonó y nos enseñó el perdón. Perdona, por amor, para que puedas orar confiadamente, poderosamente, el Padrenuestro: “Padre…, perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden”.
Si a los asesinos no les damos esta suprema posibilidad de perdón, estamos yugulando las más bellas posibilidades del ser humano, que no ha nacido para matar sino para amar.
Las muertes de ETA no pueden contabilizarse como mero asunto político (independencia, autodeterminación, amnistía…); son, por encima de todo, muerte de seres humanos, que desde su silencio siguen clamando. Y si no partimos de ahí jamás se construirá una paz humana para Euzkadi.

Guadalajara, Jalisco, 10 enero 2014
Rufino María Grández Lecumberri

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