viernes, 10 de enero de 2014

486. Jesús, consagrado por el bautismo como el Hijo amado



Homilía para el Bautismo del Señor, ciclo A,
Mt 3,13-17

Texto evangélico:
Por entonces viene Jesús desde Galilea al Jordán y se presenta a Juan para que lo bautice. Pero Juan intentaba disuadirlo diciendo: “Soy yo el que necesito que tú me bautices, ¿y tú acudes a mí?”.
Jesús le contestó: “Déjalo ahora. Conviene que así cumplamos toda justicia”.
Entonces Juan se lo permitió.
Apenas se bautizó Jesús, salió del agua; se abrieron los cielos y vio que el Espíritu de Dios bajaba como una paloma y se posaba sobre él. Y vino una voz de los cielos que decía: “Este es mi Hijo amado, en quien me complazco”.

Hermanos:
1. El Bautismo de Jesús es, todos los años, el domingo conclusivo del período de Navidad, domingo que sigue a la Epifanía, cierre de un período e inicio del otro: el tiempo ordinario que va a ir poniendo ante los ojos los hechos y palabras de Jesús en su vida pública.
A poco sensibles que seamos con la lectura de los santos Evangelios, nos damos cuenta de que este episodio soberano es de una importancia única. No es un rito que hay que cumplir, un ejercicio devoto – casi diríamos, rutinario – de un piadoso israelita que se atiene a las costumbres populares. Quitemos en absoluto una imagen de este género.
Ni tampoco es un buen ejemplo que Jesús quiere dar para sus seguidores. Él no necesita bautizarse, pero puede animar con su ejemplo a los demás. Nada de eso; sería anular el significado de plena sinceridad y autenticidad que ha tenido para él el ponerse a los pies del siervo y pedirle que lo bautice.

2. Bien al contrario, es una decisión consciente que él toma en la vida como inicio de la misión concreta para la que ha venido. El bautismo es la consagración de Jesús para la misión que el Padre le ha confiado. El protagonista es Jesús, ciertamente, que toma este decisión, pero queda implicada toda la Trinidad.
El bautismo es la carta teológica que tiene Jesús de sí mismo. Allí está él en su ser humano total y verdadero, y allí está la revelación que se le da como configuración de su auténtica identidad con que Dios le presenta al mundo.
En las historias de los profetas vemos cómo el comienzo de donde nace la misión es una llamada que le viene fuera de sí. Cuando celebramos el bautismo del Señor recordamos la llamada que un día se le hizo al misterioso siervo de Yahveh (Is 42,1-4.6-7):
“Yo, el Señor, te he llamado en mi justicia,
te cogí de la mano, te formé
e hice de ti alianza de un pueblo
y luz de las naciones,
para que abras los ojos de los ciegos,
saques a los cautivos de la cárcel,
de la prisión a los que habitan en tinieblas” (vv. 6-7).

3. Jesús conoce estos textos de las santas Escrituras. Su vocación profética no adviene del exterior, como un episodio que se diera un día memorable. La lleva dentro, es constitutiva de su ser.
Él ha unido su misión con un bautismo, un bautismo que tiene una calidad y una espesura distinta del bautismo de la gente. Su bautismo es su consagración profética, y más que profética.
El primer dato que nos dan los evangelistas Marcos y Mateo es que Jesús viene de Galilea al Jordán. “Y sucedió que por aquellos días llegó Jesús desde Nazaret de Galilea y fue bautizado por Juan en el Jordán” (Mc 1,9): así narra san Marcos. Mateo es más genérico, como lo hemos oído: Por entonces viene Jesús desde Galilea al Jordán y se presenta a Juan para que lo bautice.
En ambos casos hay una cosa en común: el bautismo es el final de todo lo que precede en Galilea. Galilea había sido la vida oculta; el Jordán - ignoramos en qué sitio preciso, si a la salida del lago de Genesaret o antes de la entrada en el Mar Muerto – es el inicio de la vida pública, etapa definitiva de su existencia. Claramente es el signo con que Jesús, de propia voluntad, concluye su etapa preparatoria para que su vida entre en la misión confiada.

4. ¿Qué sucedía, pues, en el alma de Jesús? Ningún indicio para pensar que Jesús viviera su bautismo como purificación – que era el sentido radical del bautismo que anunciaba Juan – sino que el bautismo aparece, a todas luces, como un bautismo de consagración.
Pero era un bautismo, es decir, una inmersión en las aguas, lo que simbólicamente estaba indicando que el bautizado se inmergía tanto en las aguas del pecado como en las aguas de la vida. Jesús bajaba hasta el fondo, hasta el fondo del ser y hasta el fondo de la creación; asumía en aquella bajada los pecados de humana criatura.
Nos sugiere tanto…, tanto… de por sí esa bajada y esa inmersión, que nada extraño que la tradición cristiana, muy representada por los iconos de Oriente, vea en el bautismo de Jesús, como verdadera teofanía, la transformación del mundo entero al contacto con el cuerpo santísimo de Cristo, el ungido de Dios.

5. San Pedro, por labios del narrador Lucas, en los Hechos de los Apóstoles, nos dice hablando del inicio de Jesús: “Me refiero a Jesús de Nazaret, ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo, que pasó haciendo el bien y curando a todos los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él” (Hch 10.38).
En realidad, el ápice de la teología del bautismo de Jesús, nos la da el mismo texto del Evangelio. Cuando Jesús sale del agua, “se abrieron los cielos y vio que el Espíritu de Dios bajaba como una paloma y se posaba sobre él. Y vino una voz de los cielos que decía: “Este es mi Hijo amado, en quien me complazco”.
La escena terrestre del Jordán se convierte en una escena celestial. Es la primera manifestación de la Trinidad en la vida de Jesús.
El bautismo de Jesús es, pues, para nosotros la puerta que nos abre los secretos de Dios: la Trinidad beatísima, la filiación divina de Jesús y la filiación del cristiano, que en el bautismo es constituido hijo de Dios, hermano de Jesucristo, heredero del Reino de los cielos.

6. El relato que hemos escuchado termina con esta frase: Y vino una voz de los cielos que decía: “Este es mi Hijo amado, en quien me complazco”.
Jesús es el Hijo amado, y al incorporarme él a sí mismo, ha hecho que yo también sea el hijo amado de Dios.
Jesús va a comenzar a actuar. Es el Hijo amado; cada una de las escenas que vienen a continuación es una obra, una palabra del Hijo amado. Jesús entra en diálogo y comunión con la humanidad y conmigo. Y en cada uno de los pasos de la vida de Jesús, yo, con él, soy el hijo amado del Padre. Amén.
Guadalajara, viernes, 10 de enero de 2014.

Recogemos esta nota de la primera homilía escrita en este blog sobre el Bautismo de Jesús:
Sobre el Bautismo de Jesús hemos escrito diversos textos que pueden verse en mecaba.org El pan de unos versos | Año litúrgico | Navidad |Bautismo de Jesús. Son los siguientes:
1. Desnudo el nuevo Adán, con alma pura
2. En él no está el pecado, nunca estuvo
3. A la fosa del mundo
4. Mi predilecto, el Padre dice
5. Oh santa Epifanía del Señor
6. La luz rompió del cielo sobre el Hijo
7. Comienza el Evangelio en el Jordán
8. La blanca vestidura del bautismo (Complementario del Bautismo)
9. La fragancia de Jesús

1 comentarios:

Anónimo dijo...

Perfecta y detallada homilía, P. Rufino.
Cordiales saludos.
Juan José.

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