sábado, 11 de enero de 2014

487. ¿Por qué Jesús pidió ser bautizado por Juan?



Meditación teológica sobre el porqué del bautismo de Jesús
Homilía: la entrega anterior "Jesús, consagrado por el bautismo como el Hijo amado"

1. Tratamos de abordar cosas sublimes. Y el temor ante lo desconocido, que en este caso es mysterium, por tratarse de la persona de Jesús, te estremece de adoración.
Se trata de esta pregunta para entrar en el bautismo de Jesús: ¿Por qué Jesús pide ser bautizado? ¿Qué sentimientos le llevan a dar este paso? Si somos serios, al punto nos percatamos de que no se trata de meros acontecimientos biográficos que puedan tener una respuesta cómoda y comprensible al alcance de todos.
Si al Papa Francisco se le pregunta: “¿Por qué se hizo jesuita?”, el Papa puede contar una historia, como contó a los jóvenes: Yo estudiaba química, y a mis 17 años el día de san Mateo en 1953 entré a una iglesia silenciosa a confesarme… y sentí que Dios me llamaba. Bella y edificante historia vocacional, que tiene un punto de inflexión bien concreto; una historia que tantísimos otros (religiosas, sacerdotes, religiosos…) la pueden personalizar de otra manera.
La “vocación” de Jesús no se puede referir así; no es una “historia vocacional” más. Por eso, al hacer la pregunta meditativa de esta reflexión, es justo que alguien pregunte: Pero ¿es que tú puedes preguntar por qué Jesús pidió ser bautizado? ¿Es que tú quieres aplicar a la vida de Jesús, el Señor, el mismo criterio histórico que aplica el que escribe la vida de un personaje? ¿Es que tú sabes cómo fue la juventud de Jesús de Nazaret, cuál fue su desarrollo humano hasta llegar al bautismo…?
Evidentemente que no. De la anterior biografía de Jesús al bautismo  no sabemos apenas nada. “¿Cómo es este tan instruido si no ha estudiado?” (Jn 7,15). Dato de gran interés y evidentemente histórico. Jesús no ha frecuentado el ciclo de estudios rabínicos, no ha sido como Saulo de Tarso que se formó en Jerusalén “a los pies de Gamaliel” (Hch 22,3). De Jesús, la gente de su pueblo, sorprendida, decía: “¿De dónde saca todo eso? ¿Qué sabiduría es esa que le ha sido dada? ¿No es este el carpintero, el hijo de María…?” (Mc 6,3). Si Lucas nos refiere lo que pasó con el niño Jesús de 12 años, con una respuesta que sale de todo esquema: “¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que yo debía estar en las cosas de mi Padre?” (Lc 2,49), no nos da tampoco con ello una vena psicológica para seguir la evolución humana de Jesús. Más bien, la frase de Jesús referida por Lucas es para dejarnos plantados ante el misterio.
En suma, no hay vía psicológica asequible a nosotros que pueda explicar la decisión de Jesús de pedir a Juan que lo bautice.

2. Pero ahí está el hecho ante el cual los exegetas se quedan atónitos. Benedicto XVI ha escrito bellísimas páginas (Jesús de Nazaret, La esfera de los libros, 2007, pp. 38-47). En determinado momento, al haber llegado a tales honduras, teme de sí mismo y se pregunta: “Con esta interpretación y asimilación eclesial del bautismo de Jesús, ¿nos hemos alejado demasiado de la Biblia?” (o.c. 43). Lo dice a propósito de la imponente teología que crea la reflexión del estudio del texto sagrado. Es que acaba de afirmar: “El bautismo de Jesús se entiende así como compendio de toda la historia, en el que se retoma el pasado y se anticipa el futuro…” (o.c. 42).
No se puede abordar el bautismo por la mera vía histórica, si bien es un hecho en la historia, sin sumergirnos simultáneamente en la fe y la teología de la Iglesia que nos lo ha transmitido.
Nuestra modesta consideración, con el apoyo de la Escritura, gira en torno a dos puntos:
- Jesús que entra en el bautismo.
- Jesús que sale del bautismo.
¿Cómo se juntan las dos experiencias, que son una sola e indivisa?

3. Jesús entra en el bautismo. Jesús ha venido de fuera, de Galilea,  a ser bautizado. No ha sido invitado por nadie. Él ha venido.
Es claro que Jesús en el bautismo de Juan, en la persona de Juan profeta, ve un signo de Dios. Es una ardua cuestión de alta especialización exegética el sondear cuál es la relación entre el movimiento de Juan y el movimiento de Jesús, que durante un tiempo pudieron haber coexistido. Cuando se escriben los Evangelios, para los autores sagrados, en su forma de redactar, eso es cuestión ya resuelta: Juan es el precursor que generosa y conscientemente da paso hacia Jesús. No nos atañe este asunto.
Volvamos a la cuestión: ¿Qué pudo mover a Jesús a recibir el bautismo como opción personal? Y aquí viene la hipótesis de respuesta.
Jesús vio que empezaba un mundo nuevo, este mundo que él llamaría Reino de Dios. Este mundo del que él era siervo, ministro, heraldo, iniciador… tenía que comenzar con una vorágine escatológica de renovación desde la raíz. El bautismo al que Jesús se incorporaba, como iniciador, era el estallido de la era definitiva, en él, en su persona, en su misión. El bautismo era ponerse en camino hacia Dios, quien hacía la obra final en la historia. El bautismo de Juan era válido. “Después de esto, fue Jesús con sus discípulos a Judea, se quedó allí con ellos y bautizaba” (Jn 3,22).  Más abajo el evangelista tratará de matizar: “aunque Jesús no bautizaba, sino sus discípulos” (Jn 4,2).
A partir de este momento desaparece el bautismo como actividad del grupo de Jesús, y no lo veremos sino después de la resurrección. Jesús no dirá “bautizaos”, sino “convertíos, aceptando el Evangelio”. Es decir, el inicio del nuevo mundo que está emergiendo es la adhesión a la persona de Jesús. Ahora bien, Jesús entenderá que su obra es el verdadero bautismo: “Con un bautismo tengo que ser bautizado ¡y qué angustia tengo hasta que se cumpla!” (Lc 12,50).
Podemos pensar: Jesús decide ir al bautismo, porque Dios inicia su obra definitiva en esta vertiente de la historia universal. Empieza el mundo nuevo desde las raíces. Jesús baja a las aguas en la verdad revelada de su ser.
Y en este punto sí que hay que adherirse a la gran reflexión de los teólogos y creyentes (Ratzinger – Benedicto XVI entre ellos) de que la inmersión en las aguas es la bajada al abismo del pecado del mundo. Jesús es “el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo” (Jn 1,29).

4. Jesús sale del bautismo. Lo que está viviendo Jesús es verdad y el Dios de la revelación lo confirma. Y aquí se funde la conciencia de Jesús con la experiencia total que el Padre le comunica:
Se inicia el  mundo nuevo. Y justamente en esta persona, en Jesús de Nazaret. Y aquí llegamos al punto terminal del bautismo, inicio de la vida pública de Jesús, expresado de modo concorde por los cuatro evangelistas con matices diferentes. Se abren los cielos; llega el Espíritu “como” una paloma, suena la voz del Padre. “Tú eres mi Hijo amado, en ti me complazco” (Mc 1,11); “Este es mi Hijo amado, en quien me complazco” (Mt 3,12); “Tú eres mi Hijo, el amado; en ti me complazco” (Lc 3,22).
De una forma narrativa y testimonial encontramos la confesión en boca de Juan el Bautista: “Y Juan dio testimonio, diciendo: he contemplado al Espíritu que bajaba del cielo como una paloma, y se posó sobre él. Yo no lo conocía, pero el que me envió a bautizar con agua, me dijo: “Aquel sobre quien veas bajar el Espíritu y posarse sobre él, ese es el que bautiza con Espíritu Santo”. Y yo lo he visto y he dado testimonio de que este es el Hijo de Dios” (Jn 1,32-34).

5. Esta es, pues, la estructura inicial de nuestra fe. El bautismo de Jesús es el comienzo del infinito. Después de su resurrección Jesús mandará entrar en esta dinámica. “Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación. El que crea y sea bautizado, se salvará; el que no crea será condenado” (Mc 16,15-16).
El signo de sus discípulos no va a ser la circuncisión (que afectaría solo a los varones), si bien Jesús había sido circuncidado. Va a ser el bautismo, que tiene su valor por el bautismo-muerte-resurrección de Jesús. Nuestro bautismo es simplemente Jesús. Y la teología de Pablo va a ser la teología bautismal.
El mundo nuevo arranca del punto cero: el bautismo. El bautismo no estaba previsto en la Torá.  El bautismo arranca del bautismo de Jesús, de su consagración incondicional al Padre que le venía desde siempre y que se manifestó cuando Jesús de Nazaret pidió al Bautista que lo bautizara, y así se cumplía, por ahora, toda justicia. Por eso se bautizó Jesús; por eso pidió el bautismo.

Guadalajara, 11 enero 2014, al iniciar la celebración del bautismo del Señor.

1 comentarios:

Anónimo dijo...

San Pablo nos dice claramente que Cristo, siendo Dios, se despojó a sí mismo, tomando forma de esclavo, hecho semejante a los hombres; y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz.

Pues bien, Cristo, humillándose también a sí mismo, bajó al Jordán para ser bautizado porque así convenía para que se cumpliese toda justicia, es decir, por obediencia. Cristo fue obediente al Padre en todo, hasta en lo más humillante.
Juan José.

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