viernes, 17 de enero de 2014

490. El Cordero de Dios que quita el pecado del mundo



Homilía en el domingo II del tiempo ordinario, ciclo A
Jn 1,29-34

Texto evangélico
Al día siguiente, al ver Juan a Jesús que venía hacia él, exclamó: “Este es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Este es aquel de quien yo dije: “Tras de mí viene un hombre que está por delante de mí, porque existía antes que yo. Yo no lo conocía, pero he salido a bautizar con agua, para que sea manifestado a Israel”.
Y Juan dio testimonió diciendo: “He contemplado al Espíritu que bajaba como una paloma, y se posó sobre él. Yo no lo conocía, pero el que me envió a bautizar con agua me dijo: “Aquel sobre el que veas bajar el Espíritu y posarse sobre él, ese es el que bautiza con Espíritu Santo”. Y yo lo he visto y he dado testimonio de que este es el Hijo de Dios.

Hermanos:
1. El Evangelio de hoy, que es el testimonio de Juan Bautista acerca de Jesús, descansa sobre tres soberanas afirmaciones:
- Jesús es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo.
- Jesús es el que bautiza con Espíritu Santo.
- Jesús es el Hijo de Dios.
Celebrábamos el domingo pasado el Bautismo de Jesús, que lo narran, cada uno con sus características propias, los tres primeros Evangelios: Mateo, Marcos, Lucas. El cuarto Evangelio, Evangelio de Juan, no narra el Bautismo de Jesús, sino que nos presenta otro cuadro: el testimonio que da Juan el Bautista sobre la persona y el bautismo de Jesús, una sublime escena de revelación, que es la que acabamos de escuchar. Y de esta manera se hace un suave paso, en la liturgia, entre el Bautismo del Señor y los sucesos siguientes de la vida pública.

2. Jesús es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Esa frase la hemos tomado para presentar la Sagrada Hostia antes de recibir la Comunión. El sacerdote tiene en su mano derecha la hostia que acaba de partir y la muestra sobre el cáliz que simultáneamente eleva con su mano izquierda. Proclama a Cristo como el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. La comunidad adora y antes de recibirlo dice con gratitud y humildad: Señor, yo no soy digno de que entres en mi casa…
Jesús entra en  nuestra humilde casa y su presencia nos purifica de todo pecado, nos santifica, nos vivifica con la vida que él ha traído al mundo y cumple en nosotros el misterio para el cual ha venido a la tierra. El misterio pascual se está realizando en el corazón del creyente que ha recibido al Cordero de Dios. Nuestra vida, con esta adhesión a Cristo, Cordero de Dios, Hijo de Dios, adquiere su plena dimensión.

3. Esto es lo que creemos los cristianos. Decimos estas cosas cuando acabamos de comenzar la Semana (corrección: Octavario) de oración por la unidad de los cristianos, que dura todos los años del 18 de enero al 25 de enero, fiesta de la conversión del apóstol San Pablo. Cristiano es aquel que confiesa a Jesús  y veindo en su persona
- que él es el Hijo de Dios,
- y que él es el Salvador de nosotros y del mundo entero.
Si no confesamos a Jesús con estos dos títulos no podemos llamarnos Cristianos. Quienes tenemos esta fe somos en la tierra torno al 33 % de la población mundial.
Los que nos llamamos cristianos no somos un grupo visiblemente compacto; no formamos un solo rebaño con un solo pastor, sino que formamos diversas confesiones y comunidades. Así nuestros hermanos ortodoxos, ellos y nosotros separados hace más de 1.000 años; nuestros hermanos nacidos de la Reforma, multiplicados en varias confesiones, cuya división se consumó hace cerca de 500 años.
¿Cómo es posible que, confesando ellos y nosotros a Jesucristo como Hijo de Dios y Salvador, cómo es posible que leyendo ellos y nosotros con amor el mismo santo Evangelio, no nos podamos dar el abrazo de reconciliación entre hermanos…?
Nos divide nuestra visión diferente de la Eucaristía, de la sucesión apostólica, del servicio del sucesor de Pedro, de puntos concretos de entender la común fe. Es cierto, en este caso, que es más lo que nos une que lo que nos divide. Pero la división, que produce recelos mutuos y nos quita fuerzas, no se corresponde con la oración de Jesús que pedía al Padre en la Cena. Jesús oró al Padre en  Cena pro los apóstoles y por los que habían de creer en él por la palabra de los apóstoles. En el Evangelio de san Juan está escrito: “No solo por ellos ruego, sino también por los que crean en mí por la palabra de ellos, para que todos sean uno, como tú, Padre, en mí, y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros para que crea el mundo que tú me has enviado” (Jn 17,20-21).
¿Qué es la unidad, hermanos? Es el punto adonde tiende todo amor. Así, la unidad entre los esposos, la unidad en las familias, la unidad en la Iglesia. Unidad no es ciertamente uniformidad; pero unidad es lo contrario a la división. No pensemos que cuanto más división más riqueza; eso es falso. Hemos de estar unidos, muy unidos, siendo diferentes, como diferente es la mujer y el marido, pero Dios los hizo para ser entre los dos uno.

4. Este es, pues, hermanos, el mayor dolor que lleva dentro de su corazón la Iglesia: la desunión. Es una obra de tal magnitud que solo Dios la puede hacer, pero Dios espera nuestra colaboración. Por eso, el principal apoyo de parte nuestra para la unidad es la humildad y la oración: que Dios intervenga y nosotros no se lo impidamos con nuestro orgullo.
Esto que acabamos de expresar es lo que entendemos por la Unidad de los Cristianos, la Unidad de los que creemos en Cristo, como Hijo de Dios y Salvador del mundo.

5. Pero hay otro problema inmenso, abrumador: ¿Y las demás religiones del mundo? Porque aparte de los cristianos están los Judíos, nuestros primeros hermanos en la fe de Abraham, que no aceptan a Jesús como Mesías, Hijo de Dios y Salvador, y viven con mucho fervor la fe de las santas Escrituras que Dios confió a Moisés y los Profetas…
Vienen los Musulmanes, que no creen en Jesús, aunque lo respeten, y suman más del 20 % de la población mundial: y vienen las religiones de Oriente, religiones milenarias del Hinduismo, el Budismo…
Todas las religiones llevan a Dios. No molestemos a nadie, y cada quien se baste con su conciencia, haga el bien que pueda y siga adelante su camino. Este irenismo pacífico, que en el fondo es relativismo, tampoco es la solución.
Como no es el momento de tratar de estas gravísimas cuestiones del destino humano, digamos tan solo, hermanos, que oremos unos por otros para que Dios nos conduzca a todos por los caminos que solo Él conoce, como Padre amantísimo de toda la humanidad.
Y nosotros, creyentes cristianos y católicos, no nos cansemos de dar gracias, mirando a Cristo, nuestro hermano y Señor, diciéndole:
Tú eres el Cordero de Dios que quitas mi pecado y el pecado del mundo. Amén.
Guadalajara, Jalisco, viernes 17 enero 2014.
Cántico de comunión: Cordero de Dios, Jesús

Aviso desde ahora para “Comentarios”

Este blog de “Las hermosas palabras del Señor” quiere ser sencillamente anuncio del amor de Jesús en medio de mis hermanos, los hombres, con toda consideración y deferencia. Si alguien quiere dejar un comentario, que sea algo sencillo y breve para consuelo de la común fe, como un eco que el Espíritu suscita. No pretende el blog entrar en diálogo erudito (en sí mismo útil, pero ajeno a mi intención). No busca ninguna alabanza, pero se agradece el testimonio espontáneo del creyente que al contacto con esta proclamación de Jesús, el Señor, se ha visto iluminado, fortalecido; y más cuando proviene de personas humildes y sencillas. Se pide, además, que si alguien opina, se identifique: mínimo, nombre y apellido; mejor, si se añade un dato de su condición específica, por ejemplo, Rosa Fondevilla, catequista en mi parroquia. Si el texto-comentario sale de estos parámetros, bien a pesar mío,  será borrado. Finalmente, el autor del blog no se siente obligado a “opinar sobre la opinión”; nadie, por tanto, se crea tenido en menos por no acusar recibo del eco recibido; piense, por el contrario, que todo tiene eco en mi corazón. Gracias.
Guadalajara, Jalisco, 17 enero 2014
Rufino María Grández, hermano menor capuchino, sacerdote.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Estimado fray Rufino:
Es preciso aclarar que una cosa es ampararse en el anonimato (normalmente con fines oscuros), y otra muy diferente el derecho legítimo de toda persona a la privacidad, o intimidad, disfrazando para ello su identidad mediante seudónimos, reconocido en la Declaración Universal de Derechos Humanos. En lo que a este lector respecta (y si se me permite expresarlo) la firma que se inserta en los escritos no es seudónimo. Fray Rufino podrá recordar que mis escritos a la revista se remontan a “años ha” (últimamente a través de e-mail).
Ciertamente creo que es más importante qué es lo que se dice y no quién lo dice. Marco Aurelio, el gran emperador filósofo, se enorgullecía en aprender hasta de los esclavos, y Plinio el Joven, el gran escritor y científico, solía conversar con sus esclavos y debatir temas con ellos. A las personas se las conoce por su intelecto, como reconoce el poeta:

En el hombre no has de ver
La hermosura o gentileza
Su hermosura es la nobleza
Su gentileza, el saber

Respecto a la influencia del Espíritu en cada uno de nosotros, san Pablo nos da la pauta (1 Corintios XII). No todos los cristianos valemos para todo, aunque lo intentemos.
Discúlpeme si he sido demasiado extenso.
Juan José.

Anónimo dijo...

Estimado fray Rufino:
La unidad de los cristianos sigue siendo nuestra asignatura pendiente. Es terrible que después tantos años de separación sigamos caminos distintos, sigamos cada uno en nuestro pedestal particular. Y cuando se dice pedestal no se está hablando de algo abstracto. Quien haya estado en Roma, concretamente en la Plaza de San Pedro del Vaticano, habrá podido observar que, encima de la famosa columnata de Bernini, en todo su perímetro están ubicadas preciosas estatuas: todas ellas elevadas en su pedestal, pero separadas unas de otras. Para el que esto escribe su visión le recuerda la propia situación del cristianismo: cada iglesia sigue en su pedestal a pesar del escaso trecho doctrinal que nos separa. Todos creemos en Jesucristo. Todos tenemos la misma fe. Pero mantenemos particularismos en importantes conceptos, a veces en trascendentales conceptos. Sería muy largo relatarlos aquí.
Nacimos para estar juntos, pero estamos divorciados. Jesucristo rogó al Padre por nuestra unidad, pero estamos desunidos.
¿Hasta cuándo abusaremos los cristianos de la paciencia de Jesucristo?.
Saludos.
Juan José.

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