jueves, 30 de enero de 2014

495. Domingo IV A - Los Bienaventurados de Jesús



Homilía en el domingo IV del tiempo ordinario, ciclo A
Mt 5,1-12a

Texto evangélico
Al ver Jesús el gentío, subió al monte, se sentó y se acercaron sus discípulos, y abriendo su boca les enseñaba diciendo:
Bienaventurados los pobres ne le spíritu, porque de ellos es el reino de los cielos.
Bienaventurados los mansos, porque ellos heredarán la tierra.
Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados.
Bienaventurados los que tiene hambre y sede de la justicia, porque ellos quedarán saciados.
Bienaventurados los misericordiosas, porque ellos alcanzarán misericordia.
Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios.
Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos será llamados hijos de Dios.
Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos.
Bienaventurados vosotros cuando os insulten y os persigan y os calumnien de cualquier modo por mi causa. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en los cielos, que de la misma amanera persiguieron a los profetas anteriores a vosotros.

Hermanos:
1. Esta página del Evangelio fascina por su belleza, y en este momento aparece ante nuestros ojos como el retrato mismo de Jesús, no trazado por manos humanas – por un pintor, por un literato, por un escultor – sino por el mismo Padre celestial y el Espíritu Santo. Es exactamente el autorretrato de Jesús. Es una página que nosotros seleccionamos para poder explicar cuál es la esencia pura del Evangelio. Así hablaba Jesús, así era Jesús, así quiere que seamos sus discípulos.
Comenzamos, pues, con un homenaje de agradecimiento a nuestro Señor que se ha dignado de esta manera abrirnos su corazón.

2. Es justo que para entender este lenguaje comencemos dando algunas sencillas explicaciones. Y la primera es que este pasaje, inicio de lo que llamando el Sermón de la montaña está dirigido a los discípulos. Estamos en el monte, y esta circunstancia nos sugiere ciertamente que lo que Jesús dice desde el monte, desde este monte, este humilde cerro de Galilea frente al lago, que es el nuevo Sinaí, está dicho para que los cuatros vientos de la tierra lo lleven al mundo entero. Que se entere el mundo de lo que Jesús dice; pero primero que se enteren – que nos enteremos – sus discípulos.
No es una doctrina esotérica lo que Jesús proclama para un grupo sospechoso de iniciados, pero es una doctrina del Espíritu que solo en cuanto discípulos podemos entenderla. Notémoslo bien, mis hermanos: solo en calidad de discípulos podemos entender las palabras de Jesús. Solo el pobre de espíritu puede entender “Bienaventurados los pobres”. Solo el misericordioso puede entender “Bienaventurados los misericordiosos”. Solo el limpio de corazón puede entender “Bienaventurados los limpios de corazón”. No pretendamos que lo entiendan los que están fuera de esta órbita de revelación y amor, porque las Bienaventuranzas son palabra revelada del Señor, acaso el ápice del Evangelio.

 3. Otro punto importante para penetrar en el secreto de estas palabras es la pregunta obvia que surge al escuchar el texto. ¿Cuántas son las Bienaventuranzas de Jesús? Y el Catecismo responde, trasladando verbalmente do este pasaje de san Mateo: Ocho son las Bienaventuranzas de Jesús. Los pobres, los mansos, los que lloran, los que tienen hambre y sed de la justicia, los misericordiosos, los limpios de corazón, los que trabajan por la paz y los perseguidos por causa de la justicia.
Pero ocurre que, al terminar, la enumeración de estas ocho bienaventuranzas, sigue inmediatamente el texto: Bienaventurados vosotros cuando os insulten y os persigan y os calumnien de cualquier modo por mi causa. ¿Es una prolongación de la octava bienaventuranza? ¿Es un comentario a todas ellas, describiendo la condición del cristiano en este mundo, que ha de ser muchas veces incomprendido y perseguido, como lo fueron los profetas anteriores a nosotros? Está diciendo Jesús que también todos sus discípulos son profetas de Dios, como fueron los profetas del Antiguo Testamento.
Para el evangelista Lucas las Bienaventuranzas son cuatro… En el Apocalipsis, a lo largo del libro, encontraremos siete Bienaventuranzas. Esto quiere decir, hermanos, que las Bienaventuranzas son cuatro, ocho, cuarenta… Más aún, todas las palabras de Jesús son Bienaventuranzas si se dirigen a trazar el plan de la vida nueva que él trae al mundo; o, si se quieren, las Bienaventuranzas del Sermón de la montaña tiñen con una luz celestial todas las palabras que Jesús dirige a sus discípulos.

5. Estamos, pues, hermanos en la tierra sagrada de las Bienaventuranzas, que es la tierra del Evangelio. El Evangelio es esa dicha proclamada a los pobres, a los humildes.
Las Bienaventuradas, así entendidas en su esencia, más que camino de virtudes son felicitaciones que de parte del Padre celestial da el Señor a los que han sido elegidos.
¡Qué suerte la vuestra – les viene a decir, o  nos viene a decir – porque mi Padre celestial os ha dado un corazón pobre, humilde, misericordioso, buscador de Dios, paciente hasta el martirio…! ¡Qué suerte la vuestra! ¡Felicidades!
Si esto es verdad, ¡qué engañados estamos cuando vamos en busca de las riquezas, de la gloria mundana, del aplauso de los hombres!
El papa Francisco, que nos ha hablado de la revolución de la ternura en el misterio de la Encarnación, como misterio de Dios y estilo de los cristianos, nos ha hablado en esta su encíclica que estoy citando, La alegría del Evaneglio, de la belleza escondida que hay en la pobreza, de la alegría de los pobres! “Puedo decir que los gozos más bellos y espontáneos que he visto en mis años de vida son los de personas muy pobres que tienen poco a qué aferrarse” (n. 7). “La belleza misma del Evangelio no siempre puede ser adecuadamente manifestada por nosotros, pero hay un signo que no debe faltar jamás: la opción por los últimos, por aquellos que la sociedad descarta y desecha” (n. 195).

6. En las palabras de Jesús resuena el eco de los antiguos profetas, que han visto que la acción de Dios recae los pobres y humildes. Así lo había dicho Sofonía, 600 años antes de Jesús, en el texto que hoy leemos: “Dejaré en medio de ti un resto, un pueblo humilde y pobre que buscará refugio en el nombre del Señor” (Sof 2,12).
No nos extrañe, pues, que el Papa escriba en su encíclica: “Por eso quiero una Iglesia pobre para los pobres. Ellos tienen mucho que enseñarnos. Además de participar del sensus fidei, en sus propios dolores conocen al Cristo sufriente. Es necesario que todos nos dejemos evangelizar por ellos. La nueva evangelización es una invitación a reconocer la fuerza salvífica de sus vidas y a ponerlos en el centro del camino de la Iglesia” (n. 198).

7. Solo en Jesús podemos ver el verdadero pobre de Dios, el que ha puesto su riqueza en Dios, su poder en Dios, toda su confianza en Dios.
Pidámosle a Jesús:
“Señor Jesús, ábrenos tu corazón, y enséñanos desde tu intimidad esa ruta del humilde y el pobre que marcó tu existencia en medio de nosotros. A ti el amor y la gloria, y toda la entrega de nuestro corazón”. Amén.

Guadalajara, Jalisco, jueves, 30 enero 2014

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