sábado, 1 de febrero de 2014

496. La Presentación del Señor: Evangelio, Liturgia, Piedad



La Presentación del Señor

(antiguamente: La Purificación de María)

Evangelio – Liturgia – Piedad

Reflexiones y orientación
Previo aviso
Este año de 2014 la fiesta de la Presentación del Señor concurre con el IV domingo del “tiempo ordinario”. Por ser tiempo “ordinario” la fiesta del Señor sustituye a los textos dominicales

1. Cuando el año 1969, a raíz del concilio Vaticano II (1962-1965) se modificó el Calendario Romano, con respecto a al fiesta del 2 de febrero (La purificación, la Candelaria…) se tomó esta decisión: “En la Purificación de la Bienaventurada Virgen María. Se cambia el título de la fiesta de este día. Se dice: En la Presentación del Señor, con lo que se puede entender de modo más claro que se trata de una fiesta del Señor” (Calendarium Romanum, Typis polyglottis Vaticanis 1969, p. 115).
Y, al dar el comentario histórico, al Calendario instaurado, se dice. “La fiesta de la Presentación del señor en el templo, de la que hay testimonio ya en el siglo V en Jerusalén, fue aceptada en Roma en el siglo VII con el título de Hypapante. Y desde el siglo X los libros litúrgicos occidentales exaltaron la purificación de María, que a partir de entonces el dio el nombre a la fiesta. Sintonizando plenamente con la tradición de las Iglesias orientales el Código de rúbricas (Codex rubricarum) en el año 1960 habrá declarado que esta celebración tenía que considerarse como fiesta del Señor” (Calendarium Romanum, p. 86).

2. Obviamente no se trata de establecer una oposición entre “o fiesta del Señor, o fiesta de la Virgen”. Se trata de acentuar una perspectiva u otra y de llegar a la raíz. ¿Es esta una fiesta de la Virgen? Sin ninguna duda, pero purificando hasta al raíz el sentido de nuestra fe. Por ello Pablo VI, al reordenar el culto mariano tras el Concilio, mediante la célebre Exhortación apostólica Marialis cultus (documento fechado precisamente “el día 2 de febrero, Fiesta de la Presentación del Señor, del año 1974, undécimo de Nuestro Pontificado”), escribía de esta celebración este párrafo de tanta densidad espiritual:
“También la fiesta del 2 de febrero, a la que se ha restituido la denominación de la Presentación del Señor, debe ser considerada para poder asimilar plenamente su amplísimo contenido, como memoria conjunta del Hijo y de la Madre, es decir, celebración de un misterio de la salvación realizado por Cristo, al cual la Virgen estuvo íntimamente unida como Madre del Siervo doliente de Yahvé, como ejecutora de una misión referida al antiguo Israel y como modelo del nuevo Pueblo de Dios, constantemente probado en la fe y en la esperanza del sufrimiento y por la persecución (cf. Lc 2, 21-35)” (Marialis cultus, 7).

3. Pablo VI, por su gran amor a la vida consagrada, instituyó este día como Día de la vida consagrada, y por todas partes, los llamados “consagrados”, nos juntamos para celebrar este día tan hermoso, y el obispo y pastor de la diócesis se agrada de presidir esta Eucaristía festivo. Pero ¡cuidado!: este es un aspecto devocional, no litúrgico de la fiesta. Si acaparásemos esta fiesta como fiesta “neutras”, de los consagrados, aparte de gran injusticia e ignorancia, sería una ofensa a los laicos. Es un aspecto devocional laudable. Pero el sentido bíblico, de donde dimana la liturgia no puede restringirse de ninguna manera a los religiosos; es una fiesta sencillamente de los bautizados, que en al oblación de Cristo, ofrecido al Padre, hallan su consagración, la verdadera ofrenda, que es ofrenda eucarística.

4. “Devocionalmente” yo puedo darle a esta fiesta un sentido misionero. Los misioneros que vinieron a América difundían La Candelaria. En ese día alzamos a Cristo, como Simeón, como luz de revelación para las gentes y gloria de tu pueblo Israel. Fiesta misionera: ¡Cristo luz de las gentes, y llevado justamente en brazos de una mujer, María!

5. El sentido bíblico nos lo ha explicado tan hermosamente Benedicto XVI en su volumen III de la cristología “Jesús de Nazaret”, La Infancia de Jesús (Planeta 2012, pp. 87-94).
El episodio de la Presentación tiene tres componentes:
- purificación de la madre
- rescate del hijo
- y, en el Evangelio, presentación, ofrecimiento.
“La palabra paristánai, traducida aquí como “presentar”, significa también “ofrecer”, referido a lo que ocurre con los sacrificios en el templo. Sobre el acto del rescate prescrito por la Ley, Lucas no dice nada. En su lugar se destaca lo contrario: la entrega del Niño a Dios, al que tendrá que pertenecer totalmente. Para ninguno de dichos actos prescritos por la Ley era necesario presentarse en el templo. Para Lucas, sin embargo, es esencial esta primera entrada de Jesús en el templo como lugar del acontecimiento. Aquí en el lugar del encuentro entre Dios y su pueblo, en vez del acto de recuperar al primogénito, se produce el ofrecimiento público de Jesús a Dios, su Padre” (Benedicto XVI, La Infancia de Jesús, p. 89).

6. Del Evangelio nace la inspiración de la liturgia. La Presentación de Jesús será:
- el ofrecimiento total de Jesús al Padre, entregado por manos de la Virgen María, a la que un día, por causa de su Hijo amado, una espada le había de atravesar el alma;
- y será el encuentro de Jesús con su pueblo – encuentro viviente hoy con co nosotros – representado el pueblo santo por medió de Simeón y Ana.
He aquí cómo se expresan los liturgistas:
“… La fiesta de hoy no se limita a permitirnos revivir un acontecimiento pasado, sino que nos proyecta hacia el futuro. Prefigura nuestro encuentro final con Cristo en su segunda venida. San Sofronio, patriarca de Jerusalén desde el año 634 hasta su muerte, acaecida en el año 638, expresó esto con elocuencia: "Por eso vamos en procesión con velas en nuestras manos y nos apresuramos llevando luces; queremos demostrar que la luz ha brillado sobre nosotros y significar la gloria que debe venirnos a través de él. Por eso corramos juntos al encuentro con Dios".
La procesión representa la peregrinación de la vida misma. El pueblo peregrino de Dios camina penosamente a través de este mundo del tiempo, guiado por la luz de Cristo y sostenido por la esperanza de encontrar finalmente al Señor de la gloria en su reino eterno. El sacerdote dice en la bendición de las candelas: "Que quienes las llevamos para ensalzar tu gloria caminemos en la senda de bondad y vengamos a la luz que brilla por siempre".
La candela que sostenemos en nuestras manos recuerda la vela de nuestro bautismo. Y la admonición del sacerdote dice: "Ojalá guarden la llama de la fe viva en sus corazones. Que cuando el Señor venga salgan a su encuentro con todos los santos en el reino celestial". Este será el encuentro final, la presentación postrera, cuando la luz de la fe se convierta en la luz de la gloria. Entonces será la consumación de nuestro más profundo deseo, la gracia que pedimos en la poscomunión de la misa:
Por estos sacramentos que hemos recibido, llénanos de tu gracia, Señor, tú que has colmado plenamente la esperanza de Simeón; y así como a él no le dejaste morir sin haber tenido en sus brazos a Cristo, concédenos a nosotros, que caminamos al encuentro del Señor, merecer el premio de la vida eterna”.
(Vincent RYAN. Adviento-Epifanía. Paulinas 1986, 119-125)

Guadalajara, Jalisco, 1 febrero 2014.

0 comentarios:

Publicar un comentario en la entrada

 
;