sábado, 8 de febrero de 2014

498. Domingo V A - Vosotros sois la sal de la tierra, la luz del mundo



Homilía en el domingo V del tiempo ordinario, ciclo A

Mateo 5,13-16

 
Desde la Casa Noviciado de las Clarisas Capuchinas, Guadalajara-Zapopan, Jalisco

Texto evangélico:
Vosotros sois la sal de la tierra. Pero si la sal se vuelve sosa, ¿con qué la salarán? No sirve más que para tirarla fuera y que la pise la gente.
Vosotros sois la luz del mundo. No se puede ocultar una ciudad puesta en lo alto de un monte. Tampoco se enciende una lámpara para meterla debajo del celemín, sino para ponerla en el candelero y que alumbre a todos los de casa. Brille así vuestra luz ante los hombres, para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en los cielos.

Hermanos:
1. El domingo pasado iniciábamos el Sermón de la Montaña – que son tres capítulos del Evangelio de San Mateo, Evangelio reservado para este año –, si  bien la circunstancia de caer el domingo en la fiesta de la Presentación del Señor, motivó que el relato de la Presentación de Jesús al Padre en el templo de Jerusalén, se sobrepusiera al texto del domingo. Pero es bueno tener este dato para mejor entender el texto proclamado. Vosotros sois la sal de la tierra; Vosotros sois la luz del mundo.
¿A quién está hablando Jesús? Exactamente a quienes acaba de dirigir la proclamación de las Bienaventuranzas. Porque esto nos da la primera clave de interpretación.

2. Acaso podríamos pensar: Jesús está hablando a los apóstoles. Ellos sí van a ser la sal de la tierra y la luz del mundo. Los apóstoles, los obispos, sucesores de los apóstoles, tienen la triple misión de regir al pueblo de Dios, de enseñar y de santificar. Ellos son los destinatarios de estas palabras magníficas de Jesús.
Hermanos, esto no es cierto: sería empequeñecer las palabras de Jesús. Si digo “a los apóstoles” y excluyo a los demás, estoy desfigurando las palabras de Jesús.
Con los apóstoles podríamos pensar en los sacerdotes como dirigentes de la comunidad. Ellos tienen la misión, en sus debidas proporciones, de enseñar, santificar y gobernar. Los sacerdotes, y especialmente los párrocos, son estrechos colaboradores de los obispos en la sublime misión de la Iglesia. Esta teología jerárquica para entender la misión de la Iglesia, no vale para entender las palabras de Jesús. La particularizan y le quitan su vigor.
Hace algo más de 100 años, en 1912, apareció en España una revista que todavía sigue, incluso ha dado el nombre a una editorial importante: Sal Terrae, la Sal de la Tierra. La fundó un célebre y celoso jesuita, P. Remigio Vilariño, autor entre otras obras, de una Vida de Jesús, que ha hecho tantísimo bien. La revista Sal Terrae iba dirigida principalmente a los sacerdotes y tenía una sección muy importante de predicación. Tantas veces se nos ha dicho a los sacerdotes: Vosotros debéis ser la Sal de la Tierra.

3. Pues bien, hermanos, lo que Jesús dice en este pasaje es: Vosotros, discípulos míos, sois la sal de la tierra.
De esta comparación se pueden sacar muchas conclusiones.
Una obvia es esta: la sal es lo que da el sabor a los alimentos. Es una aplicación muy oportuna. Nosotros, como cristianos, tenemos que dar el sabor a la vida. Incluso podemos ir más adelanté, haciendo otras aplicaciones en la misma línea: Si quieres dar sabor, tienes que desaparecer, como la sal que en la olla desaparece y entonces el cocido sabe sabroso.
Es una oportuna aplicación, pero veamos por dónde van exactamente las palabras de Jesús, que nos está entregando el corazón del Evangelio. Pero si la sal se vuelve sosa, ¿con qué la salarán? No sirve más que para tirarla fuera y que la pise la gente.
Hay dos cosas que Jesús nos enseña y transmite:
Una es un mensaje bellísimo de salvación, de identidad, de compromiso.
Otra es – y no podemos olvidarla – una amenaza de condenación.

5. Jesús no está diciendo, ante todo, que nosotros, cristianos, tomemos conciencia de que somos sal, con la fuerza, con la virtud que tiene la sal, para, siendo lo que es, transformar la realidad del entorno.
La sal sirve para salar los alimentos y conservarlos de ese proceso de corrupción, al que está sometida la materia orgánica.
Mi misión en el mundo es hermosa y fortificante. No la puedo valorar por el radio de influencia al que llegue mi persona, sino por la calidad íntima que yo he adquirido unido a Cristo, unido a su Espíritu, poseído por este Espíritu que da vida.

6. Ahora bien, esta responsabilidad insoslayable del cristiano, Jesús la ensalza cuando ve lo que pasaría que si uno renunciara a ella. Si la sal pierde su sabor, no sirve para otra cosa. Si un leño no sirve para tallar una estatua, servirá para otra cosa, como material de construcción para fabricar el mango de una herramienta; o, en último caso, para hacer leña o carbón para el fuego. Pero si la sal no sirve para ser sal, hay que tirarla. Pasa a ser basura, desperdicio y que se echa al camino y la pisa la gente. Si un cristiano realmente no es cristiano…, no cumple su misión en este mundo, y es despreciado.
Dice Jesús: No sirve más que para tirarla fuera y que la pise la gente. Es una amenaza, que no la podemos saltar.

7. Jesús nos habla igualmente de luz y de la ciudad puesta sobre el monte. Y eso somos sus discípulos y eso debemos ser, sin ninguna pretensión orgullosa, pero conscientes de lo que llevamos entre manos. Sí, somos la luz del mundo, porque Jesús dijo: “Yo soy la luz del mundo; el que me sigue no camina en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida” (Jn 2,12).
Los judíos, como poseedores de la revelación de Dios en la Torá, en la Ley, podían verse como luz del mundo. San Pablo, en un texto apasionado y polémico, entra en escena diciendo: “Pero si tú te llamas judío y encuentras tu descanso en la ley y te glorías en Dios, conoces la voluntad divina y, al saberte instruido por la ley te crees capaz de discernir lo que es mejor; te consideras guía de ciegos, luz de los que viven en las tinieblas…Pues bien tú que enseñas a otros, ¿no te enseñas a ti mismo?; tú que predicas no robar, ¿robas tú mismo?...” (Rom 1,17-21).
Con su teología sobre la justificación, contraponiendo fe y obras, san Pablo nos está diciendo que la Ley no ha alcanzado lo que prometía. Pero que esto sí se alcanza en Cristo. Es largo su discurso y no podemos entrar en él.
Pero es también una advertencia a nosotros para interpretar las palabras de Jesús. Si somos luz, ciudad puesta en lo alto, tenemos que serlo desde Jesús como Jesús. No vamos a ser luz desde una cátedra universitaria, sino desde la cátedra inapelable de la vida.
Yo soy luz, quiero ser luz, no por mi discurso, sino por la transparencia de mi vida. Quiero que él reine en mí y que en mi conducta se muestre la bondad de Jesús, la misericordia de Jesús, la acogida de Jesús a todos, el perdón de Jesús (sintiéndome yo mismo perdonado); en suma, su verdad y su amor, la imagen de un mundo nuevo que él nos ha traído.
Es la súplica que le hacemos:
Señor Jesús, irradia tu presencia en mi corazón, para que allí donde esté puedan verte a ti en mí  y den gloria a vuestro Padre que está en los cielos.
Amén.

Guadalajara, Jalisco, sábado 8 enero 2014.

1 comentarios:

Anónimo dijo...

CONFIESO QUE ES UNA GRAN HOMILÍA.- ELOCUENTE.- DIRECTA.- IMPACTANTE.- CORDIAL.- INMENSA.- MARAVILLOSA.-

Sin se tratara de un examen le calificaría como SOBRESALIENTE.-

ENHORABUENA.-

Juan José.-

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