sábado, 22 de febrero de 2014

504. Domingo VII, Amad a vuestros enemigos




Homilía en el domingo VII del tiempo ordinario, ciclo A

Mateo 5,38-48

Texto evangélico:
Habéis oído que se dijo: “Ojo por ojo, diente por diente”. Pues yo os digo: no hagáis frente al que os agravia. Al contrario, si uno te abofetea en la mejilla derecha, preséntale también la otra; al que quiera ponerte pleito para quitarle la túnica, dale también la capa. A quien te requiera para caminar una milla, acompáñale dos; a quien te pide, dale, y al que te pide prestado, no lo rehúyas.
Habéis oído que se dijo: “Amarás a tu prójimo” y aborrecerás a tu enemigo. Pero yo os digo: amad a vuestros enemigos y rezad por los que os persiguen, para que seáis hijos de vuestro Padre celestial, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y manda la lluvia a justos e injustos. Porque si amáis a los que os aman, ¿qué premio tendréis? ¿No hacen lo mismo también los publicanos? Y, si saludáis solo a vuestros hermanos, ¿qué hacéis de extraordinario? ¿No hacen lo mismo también los gentiles? Por tanto, sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto.

Hermanos:
1. El Evangelio de hoy continúa y termina aquellos párrafos que escuchábamos el domingo pasado: las seis antítesis que Jesús establece entre lo antiguo y lo nuevo: Habéis oído que se dijo, pero yo os digo. La diferencia no es en un grado más que añade Jesús a lo anterior. Si se trata de un grado más, estamos dentro del mismo sistema.
Lo que quiere traer Jesús es la novedad de Dios, la suprema novedad de Dios que le es posible alcanzar el hombre en esta tierra.
León Tolstoy, egregia figura de la literatura rusa, fue un convertido al Evangelio, un iluminado, si bien tomara unas opciones muy discutibles con respecto a la Iglesia. Comentando estos versículos del Sermón de la montaña dijo que amar a la manera exigida por Jesús significa “ser bueno a la manera divina”. Efectivamente, hermanos, de esto se trata, de ser buenos a la manera divina. Es el versículo final, que se aplica no solo a la última de las contraposiciones sino a todas ellas.
Dice Jesús: “Sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto”, que en el Evangelio de san Lucas suena de otra manera: “Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso” (Lc 6,36). En el fondo es la misma sentencia, la misma consigna: Mirad a Dios e imitad a Dios. Sólo Dios puede ser la medida de nuestros actos, ese Dios que un día nos ha de juzgar.

2. Quisiera en este punto citar a  san Francisco de Asís para ver cómo los santos han entendido la vida desde la sensibilidad de Dios. Cómo debe portarse el minsitro cuando ocurre que algún hermano, por la debilidad humana, por el engaño del demonio, ha pecado. Y Francisco escribió una breve carta al superior del tal hermano, que él no llamaba superior, sino ministro y siervo, y le decía:
“...Y en esto quiero conocer si tú amas al Señor y a mí, siervo suyo y tuyo, si hicieras esto, a saber, que no haya hermano alguno en el mundo que haya pecado todo cuanto haya podido pecar, que, después que haya visto tus ojos, no se marche jamás sin tu misericordia, si pide misericordia. Y si él no pidiera misericordia, que tú le preguntes si quiere misericordia. Y si mil veces pecara después delante de tus ojos, ámalo más que a mí para esto, para que lo atraigas al Señor; y ten siempre misericordia de tales hermanos”.

3. Hermanos, ante unas palabras de este género, ante una actitud semejante, uno se pregunta: ¿Se puede gobernar una orden con estos criterios? ¿Se puede gobernar la Iglesia con esta manera de pensar? ¿Dónde está la corrección, el justo castigo…?
Son preguntas que nos hacemos, quizás, porque no hemos conocido el milagro más divino que existe que es el de la divina misericordia. Si la conocemos, sí podremos hablar y desde ahí tratar de organizar la Iglesia, comunidad de santos y pecadores.
Juan Pablo II sufrió un atentado de muerte, del que, gracias a Dios fue salvado. Juan Pablo II visitó al agresor en la cárcel, que era decirle: Hermano mío, te perdono. Y dejó que la justicia, fuera de su competencia, siguiera su curso.
Benedicto XVI sufrió la tradición de uno de sus hombres de confianza. Dejó que la justicia vaticana actuara, y en determinando momento levantó la pena. Perdonó de corazón.

4. ¿Qué significa, pues, hermanos “Amad a vuestros enemigos”? Significa lo que Jesús dijo en la Cruz. Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen.
Uno quisiera saber cómo Jesús de Nazaret leía esas frases termendas de los salmos, en las cuales, en defensa del justo, se pide que Dios se despierte, se levante, y actúe como un guerrero en contra de mis enemigos, que son los suyos.
Hay algo que de pronto cruje en nuestros corazones cuando tenemos que leer estos textos, y entonces, como podemos, hacemos unas aplicaciones espirituales.
El estilo personal y concreto aparece al vivo en estos pasajes de hoy, con ejemplos de la vida judía.

5. El último ejemplo que Jesús nos pone es que miremos al Dios del cielo, a quien llama Padre, para que veamos cuál es su estilo, y aprendamos a vivir al estilo de Dios.
Mirad al sol, que sale igual para los buenos y los malos.
Mirad a la lluvia, que es igual para los buenos y malos.
Los malos no merecen ni el sol ni la lluvia como yo, como nosotros, que somos los buenos. Pero el Dios del cielo está por encima de los buenos y de los malos, porque, al fin, a todos los trata como a hijos suyos.
Este lenguaje escandaloso del Señor nos hace reflexionar a  nosotros, hermanos.

6. Perdonar a mi enemigo, eso yo no lo puedo hacer si Dios no me cambia este corazón y me lo hace semejante al suyo. Amad a vuestros enemigos, dice Jesús.
El perdón ha de ser tan real, tan concreto, que se convierte en amor. Es el Evangelio más exigente que Jesús nos ha predicado.
Jesús podía habernos dicho: Olvídate de tu enemigo, déjalo, no existe, sé feliz, la vida sigue adelante.
No dijo eso. Lo que dijo fue: amad a vuestros enemigos y rezad por los que os persiguen, para que seáis hijos de vuestro Padre celestial.
Jesús dijo estas cosas, porque él las cumplió primero, y con su vida nos dio fuerzas para hacer nosotros lo mismo. Él fue delante, él nos enseñó el camino, él nos enseñó el triunfo del amor.

Señor Jesús, que saliste de este mundo sin ningún odio, con el corazón lleno de amor, yo perdono a todos los que me han ofendido, y pido perdón a todos los que he ofendido, y quiero presentarme ante ti sin ningún resentimiento y con el corazón lleno de amor.

Guadalajara, sábado 22 febrero 2014.

1 comentarios:

Anónimo dijo...

Ser buenos a la manera divina, siendo como somos humanos. Ser perfectos como nuestro Padre celestial es perfecto. ¡Qué difícil es comportarse como divino siendo humano!. ¡Qué difícil es comportarse como divino arrastrando las miserias y las imperfecciones humanas!. No somos ángeles. Somos hombres con visión humana. Somos lo que somos. Somos como somos. No podemos ni siquiera aproximarnos a la perfección si no es por los méritos de Cristo Jesús. Si no fuera por los méritos de la pasión y muerte de Cristo Jesús nuestra redención, nuestra aceptación por parte de Dios Padre, sería imposible. Nuestra justificación viene a través de Cristo Jesús. Nosotros, por nuestros méritos, no podemos alcanzarla.

Cuando san Esteban protomártir se hallaba al borde de la muerte grito **SEÑOR, NO LES TENGAS EN CUENTA ESTE PECADO**. Cuando Jesucristo estaba en la cruz, gritó **PADRE, PERDÓNALOS PORQUE NO SABEN LO QUE HACEN**.

En ambos casos se pidió a Dios que perdonase a los causantes de un mal, a los que cometieron un grave pecado. Los causantes del pecado no se arrepintieron, no pidieron perdón. Perdieron una gran oportunidad.

El hombre ha de perdonar las ofensas no una vez, sino hasta setenta veces siete, es decir, siempre. Los misericordiosos alcanzan la misericordia. Si perdonamos a los que nos ofenden, calumnian y persiguen de cual forma, nuestras ofensas, nuestras imperfecciones, serán perdonadas. Si perdonamos las imperfecciones de los demás, nuestras imperfecciones quedarán perdonadas. Es condición sine qua non. No cabe el odio y aún menos el rencor. El odio y el rencor destruyen por dentro al hombre. Jesucristo, conocedor del alma humana, nos dio la gran norma de conducta para evitar nuestra autodestrucción. Jesucristo termina con la espiral interminable de las venganzas. Termina con la negación del prójimo. Termina con un encadenamiento de comportamientos inhumanos, enarbolados desde tiempos inmemoriales en virtud de unas costumbres ancestrales crueles y hasta sangrientas. Termina con una especie de ley de la selva en las relaciones humanas. Jesucristo nos convierte en verdaderos seres humanos humanizados.

¡¡Oísteis que se dijo …. Pero yo os digo!!.

Juan José.

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