viernes, 28 de febrero de 2014

506. Padre Larrañaga – Con la Biblia y Antonio Machado



El joven poeta Ignacio Larrañaga
(A los cuatro meses de muerte:
Guadalajara, 28 octubre 2013
Guadalajara, 28 febrero 2014)


Por aquellos años cincuenta la Poesía florecía en nuestros Teologados. Había firmas de eclesiásticos que, en su día podrían haber pasado directamente a la Real Academia de la Lengua Española; tal José luis Martín Descalzo; tal José María Cabodevilla; tal José María Javierre.
En mi provincia capuchina – la de Larrañaga – ha habido firmas que han ennoblecido la poesías: Damián Iribarren, Ignacio Rueda, Era de la generación de Larrañaga.
Pedro Casaldáliga era un nombre que o conocía de una revista colegial de Claretiano. Luego el nombre de Pedro Casaldáliga ha sido un obispo emblema de las causas de los pobres en Brasil, en Mato Grosso. Pedro Casaldáliga.
En este clima de juventud, de ilusión arrolladora por Cristo, surgió la revista poética llamada Vértice, nombre muy sugestivo que eleva. Aquí vino a mojar la pluma de Ignacio Larrañaga (que entonces se llamaba con el nombre tomado en el noviciado, Fray Jesús maría de Azpeitia. Luego, tras el Concilio, se pudo recuperar, a voluntad, el nombre de casa: Ignacio Larrañaga). Casaldáliga sigo escribiendo poesía, incluso poesía en la lengua y de Brasil.
Larrañaga siguió escribiendo poesía sin verso (que sepamos). Su estilo de El Pobre de Nazaret, El Hermano Francisco… es estilo es “poético”, ¡atención!, sin que con esto queramos rebajar la hondura propia de cada uno de estos libros; fue una opción de estilo, personalizado y vitalista. El soñador Ignacio era poeta “a radice” y su literatura muy bella es poética en su íntima contextura.
Hoy, por primera vez, se publica aquella colección de poemas de su juventud. Quien haya leído literatura de Larrañaga, dará una palmadita y dirá:
¡El Larrañaga de joven tenía que escribir así…!
El valor, pues, de este minipoemario es el descubrir que el corazón anchuroso…, generoso de los libros de Larrañaga ya estaba vibrando igual en sus años mozos, con una nota que el crítico literario no puede descarta: Larrañaga era poeta, también sus compañeros “verticistas” – así se llamaban – de la causa de Jesús.
Y ¿por qué “Larrañaga con la Biblia y Antonio Machado…”? Porque así lo vimos escrito, cuando a los 50 años de sacerdote describían su semblanza de Jubiloso Jubileo (2002): “Padre Ignacio, viaja por todo el mundo con una liviana y pequeña maleta ‘muy pequeña’. Sin embargo, siempre le acompañan dos libros: la Biblia y los poemas de Antonio Machado, poeta español”.



Mi última tarde

Ignacio se define así mismo cuando dice: Me crece el alma como una rama alta / cargada de pájaros y flores y nidos. Este Ignacio, germen creciente del que va a ser luego el famoso Padre Ignacio Larrañaga siente que lleva dentro un templo de silencio, y que el panorama de su espíritu es una roca solemne en el desierto. El desierto, sí, el desierto espiritual, será un día su salvación.
La vivencia, poéticamente densa y esencial, se hace unidad y armonía interior. Es el momento de la simplicidad, de la verdad, del encuentro. Lo dice bellamente: Mi momento solemne, entero, todo.
Y ahora surge dentro, el hombre religioso y esencial que Ignacio lleva dentro, que es Ignacio, como oración pura, oración: ¡Mira, Señor, que en las simas del espíritu / me nace un labio ardiente y enorme, / una grieta de tierra seca!, que es el salmo matinal: “Oh Dios, tú eres mi Dios, pro ti madrugo… como tierra reseca, sin agua”.
Se hace el momento de la interioridad. Y viene el verso mágico, el más bello:
Y se apagó la tarde.

Se me va la voz por las desnudas ramas
de árboles sin carne;
por nidos olvidados y rotos,
por el sol enfermo, que huye.

En las inmensidades de mi espíritu
se ha levantado un templo de silencio
como una roca solemne en el desierto.

La tarde se puebla de ansiedad y sombras.
Vuelan los pájaros por horizontes perdidos,
Por rumbos ignorados, por caminos de niebla.

El viento corre por la tarde, de ansiedad
maniático, loco, a la deriva,
contra las peñas, contra las ruinas,
contra la soledad honda de los pueblos.

- Mi momento solemne, entero, todo.-

Me crece el alma como una rama alta
cargada de pájaros y flores y nidos.

¡Mira, Señor, que en las simas del espíritu
me nace un labio ardiente y enorme,
una grieta de tierra seca!
¡Ven pronto y remedia mi ansiedad,
apaga mis entrañas y mis abismos!

¡Pronto… y derramaré en tu aurora
mi alta rama de pájaros y flores y nidos!

(Campanadas heladas, solas, inmensas,
como un paisaje de lejanía y misterio).

Y se apagó la tarde…


Canto al apóstol

Para quien ha sabido cómo fue la vida y pasión de Ignacio de Ignacio Larrañaga, iluminado por un rayo dívino el día del Sagrado Corazón de Jesús de 1957 (véase La rosa y el fuego), este poema tiene una clave nueva: ¡Esto fue él! Esto es su historia, esto es el autorretrato proféticamente anunciado.
Quisiéramos ahora que al estrofa final, las más inspirada por el Espíritu, llegara a su cumplimiento. Murió como aquí se dice con el cuerpo volcado sobre la pendiente de la muerte. En el lecho, ladeado el cuerpo sobre el buró, con la mano apoyada en la mejilla: dormía, la paz sonreía, serena, sobre su plácido semblante. Así le encontraron de madrugada, cuando el reloj tocaba a la oración matinal del día 28 de octubre del año de gracia de 2014.
Ahora los millares y millares de hermanos y hermanas que han sido iluminados por las enseñanzas de Ignacio, contempla y suplican: se encenderá en las alturas un inmenso rosal
cuajado de rocío y de sol.



¿Qué vientos empujan tu remo?
¿A dónde vas con tus brazos cuajados de estrellas
y tus ojos ardidos de sol?
¿Dónde te nacen las raíces eternas
del sueño, de la mirada y el amor?

Te vi encender con fuegos altos y agudos
los bosques internos del hombre
donde pastan la avaricia, el orgullo y la impiedad.

Te vi llegar hasta dentro del hombre
donde empieza la región de la niebla
y se pierden los caminos de Dios.
¡Cómo inundabas de resplandores rusientes
sus ojos de eterna noche!

Levanta tu voz de bronce, profeta,
como un torreón medieval,
contra la soledad muda de los hombres,
contra esa jauría de megalómanos
que en cada calle se levantan una estatua y un dios.

Mira que van a salir a tu camino
voces profanas de oriente y de luna
que quieren devorar tu voz de bronce, eternamente alzada.

Enciende esa estrella que llevan los hombres
apagada en la mitad de tu frente.

Han surgido ante tus ojos
infinitos caminos sobre espacios mudos;
y hay pozos de naufragio y duelo y muerte
que esperan cada tarde tu mirada de ansiedad.

Rompe esa voz, como un arpa, contra las ciegas luces
que ahogan el ángel del hombre
y enlutan su inocencia, sus ojos y su frente.

Acelera tu latido, que flotan
Aires de impaciencia y urgencias de agonía.

Cuando se vuelque definitivamente tu cuerpo
por las pendientes de la muerte
se encenderá en las alturas un inmenso rosal
cuajado de rocío y de sol.

Romance sin ocaso

                                               (A san Lorenzo de Brindis, desde el eje del siglo XX)

San Lorenzo de Brindis fu un santo capuchino, externamente el más glorioso de nuestra Orden en los tiempos en que vivía Ignacio. No sabía él entonces, en el eje del siglo XX, que Juan XXIII lo proclamaría doctor de la Iglesia, con el título de Doctor Apostólico (19 marzo 1959.
San Lorenzo de Brindis fue un predicador encendido, alguien que se extasiaba de dulzura y amor, celebrando misa horas y horas, una enamorado de la Virgen maría, batido por la ternura, un embajador llevando mensajerías de paz…
El espíritu soñador de Ignacio soñaba, como hermano, con el soñador Lorenzo. Murió en la brecha, en una embajada; su cuerpo reposa en el monasterio de las Clarisas de Villafranca del Bierzo.

Han caído, Lorenzo muchas tardes
en tu sepulcro de dormido mármol.
Aquellos viejos y usados caminos,
aquellos que florecieron al milagro
de tu paso de ambición eterna,
se han abierto al polvo del espacio.
……..
Somos como estrellas fugaces;
brillamos para después apagarnos;
nos vamos por la recta del olvido.
Los siglos, siempre avaros, se han llevado
recio lastre de olvido y de silencio.
El hombre se ase al tiempo como a un árbol
para cruzar los siglos –erguidísimo-
Sobre enhiestas estatuas de aplausos.
Sacude sus ramas el árbol del tiempo
Y cae en el olvido el hombre humano.
……
Los hombres que vuelan sobre alas divinas
ignoran los tiempos y los espacios.
¡Lorenzo, miras tú sobre los tiempos,
sin ocaso
Los siglos solamente
van besando tus glorias a su paso…
…….
Desafiando al paso de los siglos
persistirás eternamente anclado
en Dios. Tu corazón recio de apóstol
ha abierto los caminos al milagro.
Caminaste el sendero de la vida,
tus manos por sus cruces derramando
con nostalgia impaciente de entregarte.
Tu espíritu de luz has derramado,
con tarde serena del estío,
en las ahogadas almas, en su ocaso,
en sus noches de sombras siderales.
Aquellos corazones derribados
al golpe ciego y fuerte de la carne
a tu contacto mágico sanaron…
…….
Aún persisten destellos de tu brillo.
¡Lorenzo, aún tu luz no se ha apagado!
Por esas mismas rutas y caminos
revibran todavía palpitando
girones de tu espíritu maduro;
y laten explosiones de entusiasmo
por los antiguos pueblos, por los viejos
caminos de las cosas, olvidados.

Mi ángel…

                                   (Al P. Director, el ángel que abre a la luz
                                   las curvas de mi ruta sacerdotal, en su día)

Resulta que el Director del Teologado era el P. Lázaro de Aspurz (más tarde, Lázaro Iriarte). Ignacio sintonizaba con esa visión fresca de al vida, de la historia de la Iglesia que traía el entonces joven profesor, P. Lázaro. Ignacio dice que él no tuvo nunca u director espiritual en sentido riguroso. Pero su aprecio y veneración pro el P. Lázaro era palpable. Un día e juntarían sus vidas cuando en al década de los 70 Ignacio Larrañaga promovió una generosa campaña en las capuchians de México, en cordial unióne spiritual con su maestro. Un día pediría al P. Lázaro que le escribiera la Historia de los Talleres de Oración y vida. Es verdad que,d esde el corazón, escribió en aquel verso: El ángel viajero (mi ángel) / encendió la aurora sobre mis curvas. / ¡Qué poema has esculpido, mi ángel, / sobre mi ruta desde aquel día!

Caminante de soledades vastas,
(alargado de ansia como una sombra
tras los sueños altos y excelsos)
siempre temblaba sobre mis carnes
el frío del silencio y de la tarde que huía.

A la hora que se retiran los pájaros,
sentéme junto a un olmo viejo,
como niño perdido en la noche
(en la noche sin luna y sin estrellas),
como golondrina herida contra los cables.

El ángel viajero (mi ángel)
encendió la aurora sobre mis curvas.
¡Qué poema has esculpido, mi ángel,
sobre mi ruta desde aquel día!

¿Te acuerdas?-cuando mirábamos al sol
morirse entre ponientes augustos,
¡qué inundación de fuegos y estrellas,
y de horizontes de sueño nunca vistos,
hacías latir sobre mi frente!

Cuando yo dormía en brazos del viento,
tú mirabas desde una rama
si pasaba algún pájaro perdido.
Cuando yo lloraba, también llorabas tú.

¡No sé cómo decírtelo en este día, no lo sé…!
¡oh, los rapsodas trashumantes, poetas ciegos: versos)
¡No sé cómo decírtelo, mi ángel, no lo sé…!

Subiré a los árboles de mi ruta en flor,
sacudiré sus ramas, y caerá a tus pies
una lluvia de corazones de oro.

Los almadieros

Ya desparecieron los almadieros, y hoy los jóvenes tienen que ir al Internet para saber quiénes eran los almadieros, remeros de las almadías… Y encontrarán que en Burgui, al pie de los Pirineos navarros hay un fiesta anual de los Almadieros como exhibición de un menester montañero que duró siglos. Los almadieros bajaban por el río Esca, pro el río Aragón, por el río Ebro… hasta Tortosa las cargas de pino, que un día fueron los mástiles de las naves, los grandes travesaños de la construcción.
Ignacio los ha visto con sus propios ojos – los ha visto en el Roncal, los ha visto en Sangüesa… - y quiere sacar de aquellos ojos, de aquellos cuerpos curtidos un canto de vida.


Hombres sin efigie alguna en la frente
con el pecho audazmente erguido y solitario,
los almadieros son peregrinos
que vagan lentamente, palmo a palmo,
sobre el camino imborrable de los ríos.

Nunca arribó voz alguna de niño
hasta aquellas latitudes;
jamás se oyó resonancia alguna definida,
ningún aullido, ningún rumor…;
sólo el exangüe chasquido del agua,
sólo el fluir plomizo de su almadía
por el camino de todos los días, eternamente el mismo.

Yerguen sus poderosas frentes
por encima de ribazos, tapias y torreones;
y sólo les llegan campanadas de silencio
desde cúpulas de nieve, desde remotas distancias
como alas perdidas de la niebla que agoniza.

Bajo la sombra de cada chopo
anclan su tienda y atardecen y duermen.
Una gaviota fugitiva herirá mañana
sus ojos que reposan en paz y misterio;
y lanzarán su caravana flotante
río abajo (¡vereda fría!) siempre.

El día es un inmenso estadio olímpico
que el almadiero atraviesa de extremo a extremo
extendiendo los dominios de su mirada
por la redondez de los paisajes y lejanías.
Mientras el almadiero vence, triunfal, las curvas del río
y entra su almadía en la plenitud de la noche,
van naufragando las estrellas dentro de las aguas.

¡Almadiero, almadiero!, entrega tu frente a los vientos;
derrama tu sudor como simiente a las orillas del río,
que nada se pierde cuando la siembra es de retazos de la vida.
Huye de la voz humana y de sus avenidas
que la soledad seguirá siendo siempre
el refugio de los dolientes y fugitivos.

Agradecemos al Archivero del Archivo de Capuchinos de la antigua provincia capuchina de Navarra-Cantabria-Aragón, el historiador hermano José Ángel Echeverría (Pamplona), el habernos proporcionado el material de Vértice aquí contenido. La revista de factura casera se enviaba a los teologados con quienes compartíamos escritos e ilusiones. En algunos centros de estudios eclesiásticos habrá quedado conservada como testimonio de las mejores aspiraciones de la juventud.

Guadalajara, Jal., 28 febrero 2014.

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