viernes, 28 de febrero de 2014

507. Domingo VIII A – El Dios entrañable de Jesús




 El Dios entrañable de Jesús

Homilía en el domingo VIII del tiempo ordinario, ciclo A
Mateo 6,24-34

Texto evangélico:
Nadie puede servir a dos señores. Por despreciará a uno y amará al otro; o, al contrario, se dedicará al primero y no hará caso del segundo. No podéis servir a Dios y al dinero.
Por eso os digo: no estéis agobiados por vuestra vida pensando qué vais a comer, ni por vuestro cuerpo pensando con qué os vais a vestir. ¿No vale más la vida que el alimento y el cuerpo que el vestido? Mirad los pájaros del cielo: no siembran, ni siegan, ni almacenan y, sin embargo, vuestro Padre celestial los alimenta. ¿No valéis vosotros más que ellos? ¿Quién de vosotros, a fuerza de agobiarse, podrá añadir una hora más al tiempo de su vida? ¿Por qué os agobiáis por el vestido? Fijaos cómo crecen los lirios del campo: ni trabajan ni hilan. Y os digo que ni Salomón, en todo su fasto, estaba vestido como uno de ellos. Pues si a la hierba, que hoy está en el campo y mañana es arrojada al fuego, Dios la viste así, ¿no hará mucho más por vosotros, gente de poca fe? No andéis agobiados pensando qué vais a comer, o qué vais a beber, o con qué os vais a vestir. Los paganos se afanan por esas cosas. Ya sabe vuestro Padre celestial que tenéis necesidad de todo eso. Buscad sobre todo el reino de Dios y su justicia; y todo esto se os dará por añadidura. Por tanto, no os agobiéis por el mañana, porque el mañana traerá su propio agobio. A cada día el basta su desgracia.

Hermanos.
1. Al comienzo del Evangelio de este domingo nos encontramos con unas frases fulminantes de Jesús contra el dinero. Luego, parece que se cambia de escena y entramos en un idilio primaveral, suavísimo y poético; dos cuadros diferentes, dos teologías diferentes: una amenazadora, otra sedante y dulce.
Pero el que habla es el mismo, Jesús de Nazaret; y el Dios a quien Jesús anuncia es uno y el mismo, su Dios y Padre. Jesús no puede tener dos registros en su corazón, uno para amenazar y otro para consolar. Iría en contra de lo que ha proclamado: Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios. Limpios de corazón son los que no tienen el corazón enredado, alborotado y confuso, los que no tiene doblez, los que tienen el corazón unificado, los que son transparentes como el aire fresco de la mañana, los que tienen la mirada limpia como espejo de Dios.

2. Jesús, que es limpio de corazón, nos habla de Dios, su Padre, con unas palabras enérgicas y taxativas: No se puede servir a Dios y al dinero. Uno que está mordido por el dinero está de tal forma corrupto que las cosas de Dios le parecen quimeras, juegos de palabras o caprichos de gente ingenua y crédula.
Jesús nos está diciendo que el dinero aprisiona y esclaviza, que el dinero es una prisión, y que el que se encierra en este camino no podrá tener la dulzura de Dios, la trasparencia de Dios ni el gozo que tienen los que disfrutan de una relación filial con Dios. En suma, uno ensuciado con el dinero, es un alejado de Dios. Él mismo se impone esta desgracia, al desconectarse de Dios. Ya Dios no es la presencia suavísima y constante que da el tono a la vida: la ternura, la belleza, la sorpresa; todo lo más, Dios es una montaña en la lejanía.

3. Pero Jesús tiene otro Dios, que es el que vive y el que predica, que podemos anunciarlo con tres palabras:
- el Dios de la creación,
- el Dios de la historia,
- el Dios de la vida.
Este Dios de la cercanía es el Dios de Jesús, es mi Dios. Este es el Dios de mi fe; por lo mismo, el Dios de mi oración. Con este Dios yo puedo lanzarme a la vida, consciente de que él me dirige.
Jesús contempla las avecillas del cielo y las flores del campo. Todo poeta contempla esas cosas y se emociona. Pero Jesús no contempla eso solo; está contemplando al hombre, al hombre real, como aquella gente pobre que tiene ante sí. Nos dice, al final, que cada día tiene su desgracia; cada día es una aventura humana. No importa, no podemos desentendernos del dolor, pero hay algo más bello que ilumina el dolor e, incluso, lo transfigura.

4. A lo mejor, para comprender ea Dios de Jesús, tenemos que dejar amortiguados grandes conceptos y definiciones y pasar al terreno de la ternura, del silencio conmocionado. Decía un capuchino, muerto aquí en Guadalajara, hace cuatro meses (28 octubre 2013), el Padre Ignacio Larrañaga, que puso en marcha los Talleres de Oración y vida: “Cuando hablas de Jesús, si no hablas con lágrimas en los ojos, mejor que te calles”. Era, por lo visto, un consejo directo y espontáneo que él daba a los guías de oración. A lo mejor sea un decir, una especie de decir, pero ya entendemos qué es lo que quería decir. De Dios solo podemos hablar cuando lo hemos visto y palpado, cuando ha sido encuentro de amor en mi vida, una experiencia que me ha dejado un poso dentro que me da seguridad y paz.

5. Así habla Jesús de Dios. Podemos conducir nuestros pensamientos a un punto central: el Dios del universo, que se refleja en la creación con esplendor, el Dios de la historia humana, que se ve en el curso de los acontecimientos leídos desde la altura, ese Dios cumple una función superior, cuando yo digo: Ese es el Dios de mi intimidad, el Dios de mi cada día, el Dios del ahora mismo que, a su sombra y amparo, estoy hilvanando estos pensamientos.
Dicho de otra manera: el ámbito pequeño de mi vida es tan digno de la presencia de Dios como el escenario del mundo entero y de la historia universal. Ese Dios de la historia universal no me sirve para adorarle si no es el Dios entrañable de mis días.
En suma, el Dios de la fe que Jesús nos anuncia y en el que él vive es el Dios de mi intimidad silenciosa y bullente, el Dios de mi alimentación, el Dios de mi ropa, el Dios de mi trabajo o el Dios de mi carrera, el Dios de mi matrimonio o el Dios de mi celibato.
Ese es el Dios de Jesús ante el cual broten las lágrimas de mi corazón.
Dios de mis paisajes, Dios de todos y cada uno de los días de mi vida, hasta mi encuentro definitivo con él.

6. Jesús de Nazaret, gracias por haberme revelado por obra del Espíritu Santo, como a la Virgen María, tu Dios y Padre, el Dios de tu esperanza, de tu abandono y de tu triunfo. Amén.

Guadalajara, Jal., viernes, 28 febrero 2014.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Salvo algunas “licencias” en la traducción del texto latino (siguiendo la costumbre de algunos de los antiguos “copistas” bíblicos, que donde pone “digo” escribieron “diego”), su homilía es una verdadera obra del pensamiento místico.

El Padre Ignacio Larrañaga llegó a afirmar: “Cuando hablas de Jesús, si no hablas con lágrimas en los ojos, mejor que te calles”. No obstante creo que para hablar de Jesucristo no es preciso tener los ojos llenos de lágrimas. Jesucristo no es (en presente, no en pretérito) una tragedia. El mensaje de Jesucristo es un mensaje de una alegre esperanza, de una esperanza que va más allá de la vida y de la muerte. Es un mensaje de vida, no de muerte.

Jesucristo nos habla que no se puede servir a Dios y al dinero. Es cierto, porque el dinero tiene el poder de abstraer el pensamiento y el sentimiento de los hombres. Jesucristo nos quiere las veinticuatro horas del día, no a tiempo parcial. Nosotros, cuando nos entregamos a él para servirle de la misma manera, no podemos tener otras preocupaciones, llámese económicas, o qué hemos de comer, o de vestir, o qué nos pasará mañana.

Cada mañana es un nuevo nacer en la vida de un hombre. Cada día tiene su propia historia. A cada día le basta su propio agobio y problema. Queremos saber lo que va a suceder mañana. Queremos saber todo con antelación para evitar la sorpresa del momento porque “más vale prevenir que lamentar”. Nuestro instinto nos lleva a querer intuir, incluso adivinar, lo que nuestra razón y nuestra inteligencia no es capaz de alcanzar. Queremos que nos “profeticen” el futuro. Queremos nuestra sibila. Pero no es posible. Y esa ignorancia produce muchas zozobras y miedos.

Nuestro mañana debe ser afrontado, sí, pero sin agobio. Sobre todo hemos de buscar el reino de Dios y su justicia. "SOBRE TODO" todo no excluye el trabajo diario. San Pablo nos lo recuerda de forma muy gráfica:
Ni comimos de balde el pan de nadie, sino que trabajamos con afán y fatiga día y noche, para no ser gravosos a ninguno de vosotros (…). Si alguno no quiere trabajar, tampoco coma. Porque oímos que algunos de entre vosotros andan desordenadamente, no trabajando en nada (…).

San Pablo trabajaba y predicaba. El ORA ET LABORA de San Benito. ORA ET LABORA, no al revés. Ni solamente orar, ni solamente trabajar. Ambas, sí, pero en su orden.

Juan José.

Anónimo dijo...

REFLEXIONES SOBRE LA BIBLIA (continuación).

RELACIÓN ENTRE RELIGIÓN Y PUEBLO.

En el Libro del Éxodo hallamos la respuesta que obtuvo Moisés de la propia divinidad cuando se atrevió a preguntar acerca de su identidad: **YO SOY EL QUE SOY**. Esta aparente leve frase define las principales características de la la misma.

Se trata de la divinidad presente desde los orígenes de su pueblo. Yahvé es la divinidad de Abraham, de Isaac, de Jacob y de Moisés. Es la divinidad de David y de los monarcas de Judá y de Israel. Es Yahvé quien aglutinará al pueblo israelita, como pueblo elegido, durante su cautiverio en Babilonia y en Asiria. En opinión mayoritaria de los exegetas, la religión israelita surge del resultado de un proceso evolutivo continuo.

El nombre de Yahvé aparece bajo la forma de un tetragrama formado por tres consonantes, pues hay una que se repite: YHWH. Es muy posible que este nombre derivara de la raíz HWY, que se relaciona con el concepto del SER. Eso es precisamente lo que expresa la divinidad cuando responde **YO SOY EL QUE SOY**, porque la definición de su esencia es la existencia misma. Es por eso que en el yahvismo se lleva hasta en sus últimas consecuencias la abstracción y el concepto de espiritualidad.

Por su propia naturaleza Yahvé no era posible reducirlo ni a imágines ni a símbolos de ninguna clase, y era invisible a los ojos de los mortales. Sin embargo era una divinidad muy presente, atenta a las oraciones y gustosa de los holocaustos. Dios protector, que se muestra unas veces temible y otras benéfico, manifiesta invariablemente su poder. En Yahvé reside la ley y la santidad. Pero es innombrable. La expresión Yahvé es la expresión verbal que lo define en su existencia y poder creador, pero no su nombre.

Juan José.

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