sábado, 8 de marzo de 2014

510. Domingo I Cuaresma A – La victoria de nuestro Salvador



Homilía en el domingo I de Cuaresma, ciclo A
Mateo 4,1-11

Texto evangélico:
Entonces Jesús fue llevado al desierto por el Espíritu para ser tentado por el diablo.
Y después de ayunar cuarenta días con sus cuarenta noches, al fin sintió hambre. El tentador se le acercó y le dijo: “Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en panes”. Pero él le contestó: “Está escrito: No solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios”. Entonces el diablo lo llevó a la ciudad santa, lo puso en el alero del templo y le dijo: “Si eres Hijo de Dios, tírate abajo porque está escrito: “Ha dado órdenes a sus ángeles acerca de ti y te sostendrán en sus manos, para que tu pie no tropiece con las piedras”. Jesús le dijo: También está escrito: “No tentarás al Señor, tu Dios”. De nuevo el diablo lo llevó a un monte altísimo y le mostró los reinos del mundo y su gloria, y le dijo: “Todo esto te daré, si te postras y me adoras”. Entonces le dijo Jesús: “Vete, Satanás, porque está escrito: Al Señor, tu Dios, adorarás y a él solo darás culto”.
Entonces lo dejó el diablo y he aquí que se acercaron los ángeles y le servían.



Hermanos:
1. Al escuchar este pasaje del Evangelio, una palabra se levanta del corazón como primer eco para dar una respuesta a lo que produce dentro la fuerza del texto proclamado:
- Un relato sublime.
- Un relato sagrado, que de ninguna manera se resuelve en una crónica biográfica de un personaje ilustre.
- Un relato que nace de la teología y de la fe.
- Un relato que brota de una comunidad pascual que adora a su Señor, que ha depositado en él su amor, y que en torno a él está celebrando el culto de la Eucaristía.
Con la sensibilidad que uno va adquiriendo al paso que va estudiando los Evangelios y los va leyendo y releyendo meditativamente, yo puedo pensar que las dos frases más importantes del Evangelio de hoy son la primera y la última.

2. La primera dice que Jesús fue llevado al desierto por el Espíritu para ser tentado por el diablo. Las tentaciones de Jesús no son obviamente esas tentaciones agresivas, y tantas veces groseras, que uno siente bullir en la carne o en el espíritu; esas tentaciones de los siete pecados capitales al descubierto, que han dado origen a tantas novelas, las pasiones humanas revueltas y descontroladas. Jesús va al desierto conducido por el Espíritu, suavísimamente, amorosamente conducido por el Espíritu. Su desierto, más que la arena pálida y reseca de lo que se llama “el desierto de Judea”, va a ser ese lugar del corazón, una paisaje donde Dios habita para el diálogo y el amor.
Jesús fue llevado al desierto por el Espíritu, el mismo Espíritu que lo llevó al seno de la Virgen María, el mismo Espíritu que lo llevará a la Cruz, el mismo Espíritu que lo arrancará del sepulcro, el mismo Espíritu que Jesús derramó en la tarde de resurrección sobre los apóstoles reunidos en el Cenáculo, el mismo Espíritu del día de Pentecostés, que fue el Sinaí del Evangelio.
Jesús fue llevado al desierto por el Espíritu, el Espíritu de su intimidad con Dios. Y hasta diríamos: el mismo Espíritu es el desierto de Jesús, deleitoso como el amor más dulce y consentido, cruel como la muerte que arrebata la vida.
Jesús fue llevado al desierto por el Espíritu.

3. Y la segunda frase más importante es la final. Entonces lo dejó el diablo y he aquí que se acercaron los ángeles y le servían. Los ángeles sirven a Jesús; esto quiere decir que estamos en su santa Pascua.
Si, hermanos, esta es una escena pascual. Y así la vive la comunidad el domingo, reunida para celebrar el culto del Señor.
Estamos, pues, es una escena mística, para explicar el misterio de Jesús, y hace falta una sabiduría espiritual, como dijo san Pablo, para poder hablar de tales cosas.
Escribía san Pablo a la Iglesia de Corinto: “Pero nosotros hemos recibido un Espíritu que no es del mudo; es el Espíritu que viene de Dios, para que conozcamos los dones  que de Dios recibimos. Cuando explicando verdades espirituales a hombres de espíritu, nos las exponemos en el lenguaje que enseña el saber humano, sino en el que enseña el Espíritu” (1Co 2,12-13).

4. Nos resulta difícil, incluso imposible, escenificar lo que escenifica físicamente el Evangelio. Jesús transportado al alero del templo, Jesús llevado a un altísimo monte desde el que se divisan los reinos del mundo. Nos resulta difícil hasta imaginar la misma presencia física del diablo frente a Jesús.
Más bien, comenzamos a pensar “en el Espíritu” que eso tiene que ser otra cosa, y que ese lenguaje “espiritual” de los Evangelios nos tiene que llevar a otra cosa. San Marcos, al dar testimonio el primero de este episodio sobrenatural, no escenificó momentos de tentación, aunque sí nos dice que “vivía con las fieras y los ángeles le servían” (Mc 1,13). Ni siquiera dice que ayunaba, sino que los ángeles le servían.
La Carta a los Hebreos nos da el fundamento esencial cuando escribe: “No tenemos un sumo sacerdote incapaz de compadecerse de nuestras debilidades, sino que ha sido probado en todo como nosotros, excepto en el pecado. Por eso, comparezcamos confiadamente ante el trono de la gracia, para alcanzar misericordia y encontrar gracia para un auxilio oportuno” (Hb 4,15-16).

5. Este cuadro evangélico no es tanto el cuadro de las tentaciones de Jesús, cuanto el cuadro de la victoria de Jesús. Lo que aquí queda claro es que Jesús, el todo santo, el verdadero Hijo de Dios, así declarado en el Bautismo que antecede a las tentaciones, es el Vencedor del pecado; porque este Jesús del que escribieron los Evangelios no es otro que el Jesús de nuestra Pascua.
Cuando una persona viene al confesionario para celebrar el sacramento de la reconciliación, confiesa sus pecados; pero yo le digo: Mire, es cierto que en la confesión decimos nuestros pecados; sin embargo, lo más importante no es esto. Lo más importante es que Dios, que es el que me ha traído a sus pies, este Dios se acerca a mí y me da un abrazo de Padre y me estrecha junto a su corazón. Esta es la realidad principal del sacramento: el abrazo de Dios, la ternura de Dios.
Pues de igual modo, hermanos, lo que se nos está anunciando en esta misteriosa escena del inicio de la vida pública de Jesús es que  Cristo, el que me entrega el Evangelio, el que me va a dar su sangre en la Cruz, es el Vencedor del pecado, el que quita el pecado del mundo, el que se alza victorioso y misericordioso sobre mis pecados.
Adán sucumbió al pecado; Cristo triunfó del pecado, y su triunfo es mi victoria, la victoria de toda tentación en mi vida.

5. Cristo Jesús, amor infinito de Dios que llega a tu Iglesia y se derrama sobre ti, acepto tu triunfo como la victoria sobre mis pecados. Tú eres mi salvador, tú eres mi fuerza y mi perdón, tú eres mi esperanza en tiempo y eternidad. Amén.

Guadalajara, Jalisco, sábado, 8 marzo 2014.

1 comentarios:

Anónimo dijo...

REFLEXIONES SOBRE LA BIBLIA (continuación).

EL HECHO RELIGIOSO.

El origen o punto de partida del hecho religioso entre los israelitas tiene su origen en la época de los Patriarcas. Algunos estudiosos señalan que el nombre de Yahvé tiene su origen en los textos cuneiformes, y sugieren que la divinidad de Israel habría sido, en principio, una divinidad secundaria de los semitas del oeste. Los textos del reino de Mari y del reino de Ugarit así lo sugieren. En estos lugares se encontraron nuevos nombres **portadores-de-la-divinidad** con el nombre de YAWI o YAHAWI. No hay que olvidar que esta costumbre estaba muy enraizada en los territorios del FÉRTIL CRECIENTE. Recuérdese el conocido nombre del faraón Tutankamón (imagen-de- Amón). En estos casos es posible que se tratara, no del nombre de una divinidad en concreto, sino de un vocablo que indicaba la existencia de Dios o de su poder creador, ya que esta forma se hallaba en los citados textos unida a otro nombre, como Yahawi-Dagan, o Yahai-Addu.

Algunos exegetas encuentran indicios de que la divinidad israelita tendría un origen egipcio. En tal caso habría sido adoptada durante la estancia de los israelitas en Egipto. Basan su alegato en el culto monolátrico de Atón, impuesto por el faraón Amenofis IV (Akenatón), y en el paralelismo existente entre el himno al citado dios y el Salmo 104, dedicado a Yahvé creador.

Otros opinan que la divinidad israelita proviene de una divinidad egipcia guerrera, el dios Soped, protector del nomo (provincia) número 20 del delta y de la región del Sinaí. Soped, en calidad de dios guerrero y de la tempestad que habitaba en lo alto, era el dios protector de los mineros semitas que cumplían sus penas en el monte Sinaí. Su nombre ha sido hallado con el nombre de YAHU. Los semitas lograron un sincretismo entre Soped y YAHU-EL-SHADDAI, dios de los madianitas, que forzosamente conocería Moisés. Otros egiptólogos estiman que que YAHVÉ se podría identificar con el dios egipcio Seth, dios tonante que vivía en las montañas, y que el pueblo de los hicsos identificó con su dios Baal cuando se hallaban en Avaris.

Juan José

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