jueves, 20 de marzo de 2014

514. Domingo III Cuaresma A – Jesús, manantial de vida, da el agua viva a la Samaritana





Homilía en el domingo III de Cuaresma, ciclo A
Jn 4,5-42


Texto evangélico:
Llegó Jesús a una ciudad de Samaría llamada Sicar, cerca del campo que dio Jacob a su hijo José; allí estaba el pozo de Jacob. Jesús, cansado del camino, estaba allí sentado junto al pozo. Era hacia la hora sexta.
Llega una mujer de Samaría a sacar agua, y Jesús le dice: «Dame de beber» Sus discípulos se habían ido al pueblo a comprar comida. La samaritana le dice: «¿Cómo tú, siendo judío, me pides de beber a mí, que soy samaritana?» (porque los judíos no se tratan con los samaritanos).  Jesús le contestó: «Si conocieras el don de Dios y quién es el que te dice “dame de beber”, le pedirías tú, y él te daría agua viva». La mujer le dice: «Señor, si no tienes cubo, y el pozo es hondo, ¿de dónde sacas el agua viva?; ¿eres tú más que nuestro padre Jacob, que nos dio este pozo, y de él bebieron él y sus hijos y sus ganados?». Jesús le contestó: «El que bebe de esta agua vuelve a tener sed; pero el que beba del agua que yo le daré nunca más tendrá sed: el agua que yo le daré se convertirá dentro de él en un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna». La mujer le dice: «Señor, dame esa agua: así no tendré más sed, ni tendré que venir aquí a sacarla». Él le dice: «Anda, llama a tu marido y vuelve». La mujer le contesta: «No tengo marido». Jesús le dice: «Tienes razón, que no tienes marido: has tenido ya cinco, y el de ahora no es tu marido. En eso has dicho la verdad». La mujer le dice: «Señor, veo que tú eres un profeta. Nuestros padres dieron culto en este monte, y vosotros decís que el sitio donde se debe dar culto está en Jerusalén».  Jesús le dice: «Créeme, mujer: se acerca la hora en que ni en este monte ni en Jerusalén adoraréis al Padre. Vosotros adoráis a uno que no conocéis; nosotros adoramos a uno que conocemos, porque la salvación viene de los judíos. Pero se acerca la hora, ya está aquí, en que los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y verdad, porque el Padre desea que lo adoren así. Dios es espíritu, y los que adoran deben hacerlo en espíritu y verdad».  La mujer le dice: «Sé que va a venir el Mesías, el Cristo; cuando venga, él nos lo dirá todo». Jesús le dice: «Soy yo, el que habla contigo».
En esto llegaron sus discípulos y se extrañaban de que estuviera hablando con una mujer, aunque ninguno le dijo: « ¿Qué le preguntas o de qué le hablas?». La mujer entonces dejó su cántaro, se fue al pueblo y dijo a la gente: «Venid a ver un hombre que me ha dicho todo lo que he hecho; ¿será este el Mesías?».
Salieron del pueblo y se pusieron en camino adonde estaba él. Mientras tanto sus discípulos le insistían: «Maestro, come». Él les dijo: «Yo tengo un alimento que vosotros no conocéis». Los discípulos comentaban entre ellos: « ¿Le habrá traído alguien de comer?».  Jesús les dice: «Mi alimento es hacer la voluntad del que me envió y llevar a término su obra. ¿No decís vosotros que faltan todavía cuatro meses para la cosecha? Yo os digo esto: Levantad los ojos y contemplad los campos, que están ya dorados para la siega; el segador ya está recibiendo salario y almacenando fruto para la vida eterna: y así, se alegran lo mismo sembrador y segador. Con todo, tiene razón el proverbio: Uno siembra y otro siega. Yo os envié a segar lo que no habéis trabajado. Otros trabajaron y vosotros entrasteis en el fruto de sus trabajos».
En aquel pueblo muchos samaritanos creyeron en él por el testimonio que había dado la mujer: «Me ha dicho todo lo que he hecho». Así, cuando llegaron a verlo los samaritanos, le rogaban que se quedara con ellos. Y se quedó allí dos días. Todavía creyeron muchos más por su predicación, y decían a la mujer: «Ya no creemos por lo que tú dices; nosotros mismos lo hemos oído y sabemos que él es de verdad el Salvador del mundo».

Hermanos:
1. La escena del encuentro de Jesús con la Samaritana es sencillamente deliciosa. Deliciosa contemplando a la mujer y viendo cómo aflora lo mejor de su corazón a medida que el diálogo avanza. Deliciosa mirando a Jesús desde el principio hasta el final, viéndole como llega jadeante del camino, cómo se sienta tal cual estaba, cómo él inicia una conversación que termina siendo una conquista de amor puro, y cómo culmina la conversación con una revelación divina de este caminante.
Cundo hemos explicado la Cuaresma, hemos afirmado con claridad que el protagonista de este tiempo sagrado que nos lleva a la Pascua no es el hombre buscador de Dios, el hombre o los distintos personajes que aparecen en los episodios de Cuaresma. Desde el principio al final de la Cuaresma el protagonista es Cristo; es este Jesús de Nazaret que hoy le vemos caminando por entre los campos sedientos hasta llegar al pozo de Jacob. Que el protagonista de la Pascua sea Jesús Resucitado es obvio. Diríamos que, por el contrario, el protagonista, el agento de la Cuaresma es el hombre pecador que se convierte y quiere llegar a Dios. Repitámoslo: el protagonista es siempre Jesús, hoy en este Evangelio: es Jesús el que busca a la Samaritana; es Jesús el que le va a dar el agua viva; es Jesús el que le va a cambiar la vida; es Jesús el que le va a hacer discípula misionera, como a los apóstoles.

2. Pensemos, por lo tanto, en algunos momentos de esta escena, porque la Samaritana soy yo. Y lo que pasó, anunciado en el Evangelio, no es, en realidad, lo que fue un día, sino lo que está pasando hoy.
La primera palabra del relato, que desencadena las demás, fue esta: Dame de beber.
Jesús en la Cruz dijo: Tengo sed. Y la madre Teresa de Calcuta escuchó esta voz de Jesús, Tengo sed, y de esta palabra que acogió aquella sencilla mujer nació la obra maravillosa que realizó con los pobres. Sintió que Jesús le decía como a la Samaritana; Dame de beber. Y esa mujer de hoy se entregó por completo al sagrario y a los pobres, las dos cosas juntas e inseparables.
Jesús, pues, dice a la Samaritana: Tengo sed, dame de beber.

3. La mujer, en un primer momento, cuando todavía no conoce a Jesús, se muestra esquiva y es reacia y se excusa. Es la reacción de uno que no ha entrado todavía en amistad. Si no somos amigos, tenemos razones más que de sobra y siempre para presentar una excusa. Y le dice «¿Cómo tú, siendo judío, me pides de beber a mí, que soy samaritana?» (porque los judíos no se tratan con los samaritanos). La pregunta tan humana de Jesús, de un sediento que pide un trago de agua, la puedo tomar hasta como una ofensa. La mujer quiere escabullirse, pero no va a poder.

4. Ahora Jesús que ha entrado en acción no se echa atrás, e insiste: «Si conocieras el don de Dios y quién es el que te dice “dame de beber”, le pedirías tú, y él te daría agua viva».
Los intérpretes de la Biblia, afinando hasta el extremo el sentido de las palabras, nos hacen ver que en la frase de Jesús, el Señor se declara a la mujer como el don de Dios, y que la podemos traducir así:
Si conocieras el don de Dios,
si conocieras quién es el que te dice “dame de beber”,
a lo mejor… tú le pedirías a él.
El don de Dios, el que te está pidiendo de beber es el mismo. Jesús es el don de Dios y se está regalando a la mujer… pidiendo.
Ese es el don de Dios, Jesús mismo. NO hay que pensar en este momento en otra cosa, en el Espíritu Santo, en los sacramentos o en otras cosas divinas. El don de Dios al mundo es el mismo Jesús. Así fue para la Samaritana, así es hoy para el mundo, así es para mí. Jesús es, por definición, el don de Dios hoy para mí. Es el don de los dones, el don que contiene todos los dones. Es el regalo que Dios ha dado al mundo. Si Dios entregó a su propio Hijo por todos nosotros – dirá san Pablo – “¿cómo no va a darnos con él gratuitamente todas las cosas?” (Rm 8,32).

5. ¿Qué tiene, pues, Jesús para darnos? Se lo dice a la mujer: El agua viva. El agua viva es el agua manantial, el agua que nace y corre, no le agua del estanque, que se corrompe y que, de todas maneras, se gasta. Incluso Jesús le dice a la mujer que esa agua no va a estar fuera de ella, sino dentro; que va a sentir en su corazón un surtidor, siempre manante, un surtido de vida, vida, vida…, vida para siempre, vida más allá de la muerte, vida hasta la eternidad. Es el agua viva que él tiene y que puede dar. «El que bebe de esta agua vuelve a tener sed; pero el que beba del agua que yo le daré nunca más tendrá sed: el agua que yo le daré se convertirá dentro de él en un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna».
Y la mujer le responde: Señor, dame esa agua.
Jesús está deseando darle esa agua. Se la dará a ella, se la dará a su marido (a los cinco maridos que ha tenido), se la dará a todos los samaritanos. En una palabra, Jesús me la puede dar a mí.
En el momento supremo de la escena, Jesús se descubre como el esperado: «Soy yo, el que habla contigo».

6. La mujer, ya mujer enamorada del Hijo de Dios, creyó; dejó su cántaro y fue a la ciudad a anunciarlo.
La escena termina apoteósicamente, con una soberana confesión de fe: «Ya no creemos por lo que tú dices; nosotros mismos lo hemos oído y sabemos que él es de verdad el Salvador del mundo».
Una escena puesta en el camino de Cuaresma para que nosotros vivamos la misma experiencia. Jesús tiene el agua viva para mí, Jesús quiere bajar hasta el fondo de mi corazón y ser surtidor vivificante, Jesús quiere divinizarme, Jesús quiere darme esa relación divina que tiene con su Padre, Jesús quiere ser mi manantial, mi agua viva.

7. Oramos con la Samaritana: Señor, dame esa agua. Tú eres la vida, tú eres el manantial viviente de mi vida. Jesús, desborda en mí la vida que has traído de tu Padre. Amén.

Guadalajara, jueves, 20 marzo 2014.

Himno para este domingo: Agua del pozo quisiera

1 comentarios:

Anónimo dijo...

"LA SAMARITANA SOY YO".

Yo he tenido cinco maridos y cinco divorcios, y ahora vivo con un compañero sentimental. ¡Qué carácter tendría la señora para tener cinco divorcios!.

Pues es mejor decir YO SOY EL SAMARITANO, y hacer lo que él hizo, como recomendó Jesucristo a los fariseos.

Por lo demás, la homilía la considero notable.

Juan José.

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