jueves, 27 de marzo de 2014

516. Domingo IV Cuaresma, A – Jesús me ilumina con la luz del Bautismo



Homilía en el domingo IV de Cuaresma, ciclo A
Jn 9,1-41




Texto evangélico:
Y al pasar, vio Jesús a un hombre ciego de nacimiento. Y sus discípulos le preguntaron: «Maestro, ¿quién pecó: este o sus padres, para que naciera ciego?» Jesús contestó: «Ni este pecó ni sus padres, sino para que se manifiesten en él las obras de Dios Mientras es de día tengo que hacer las obras del que me ha enviado: viene la noche y nadie podrá hacerlas. Mientras estoy en el mundo, soy la luz del mundo».  
Dicho esto, escupió en la tierra, hizo barro con la saliva, se lo untó en los ojos al ciego, y le dijo: «Ve a lavarte a la piscina de Siloé (que significa Enviado)». Él fue,  se lavó, y volvió con vista. Y los vecinos y los que antes solían verlo pedir limosna preguntaban: «¿No es ese el que se sentaba a pedir?». Unos decían: «El mismo». Otros decían: «No es él, pero se le parece». Él respondía: «Soy yo».  Y le preguntaban: « ¿Y cómo se te han abierto los ojos?». Él contestó: «Ese hombre que se llama Jesús hizo barro, me lo untó en los ojos y me dijo que fuese a Siloé y que me lavase. Entonces fui, me lavé, y empecé a ver». Le preguntaron: « ¿Dónde está él?». Contestó: «No lo sé».
Llevaron ante los fariseos al que había sido ciego. Era sábado el día que Jesús hizo barro y le abrió los ojos. También los fariseos le preguntaban cómo había adquirido la vista. Él les contestó: «Me puso barro en los ojos, me lavé y veo». Algunos de los fariseos comentaban: «Este hombre no viene de Dios, porque no guarda el sábado». Otros replicaban: «¿Cómo puede un pecador hacer semejantes signos?». Y estaban divididos. Y volvieron a preguntarle al ciego: «Y tú, ¿qué dices del que te ha abierto los ojos?». Él contestó: «Que es un profeta».
Pero los judíos no se creyeron que aquel había sido ciego y que había comenzado a ver, hasta que llamaron a sus padres  y les preguntaron: «¿Es este vuestro hijo, de quien decís vosotros que nació ciego? ¿Cómo es que ahora ve?». Sus padres contestaron: «Sabemos que este es nuestro hijo y que nació ciego; pero cómo ve ahora, no lo sabemos; y quién le ha abierto los ojos, nosotros tampoco lo sabemos. Preguntádselo a él, que es mayor y puede explicarse». Sus padres respondieron así porque tenían miedo a los judíos: porque los judíos ya habían acordado excluir de la sinagoga a quien reconociera a Jesús por Mesías. Por eso sus padres dijeron: «Ya es mayor, preguntádselo a él».
Llamaron por segunda vez al hombre que había sido ciego y le dijeron: «Da gloria a Dios: nosotros sabemos que ese hombre es un pecador». Contestó él: «Si es un pecador, no lo sé; solo sé que yo era ciego y ahora veo».  Le preguntan de nuevo: « ¿Qué te hizo, cómo te abrió los ojos?». Les contestó: «Os lo he dicho ya, y no me habéis hecho caso: ¿para qué queréis oírlo otra vez?, ¿también vosotros queréis haceros discípulos suyos?». Ellos lo llenaron de improperios y le dijeron: «Discípulo de ese lo serás tú; nosotros somos discípulos de Moisés.  Nosotros sabemos que a Moisés le habló Dios, pero ese no sabemos de dónde viene». Replicó él: «Pues eso es lo raro: que vosotros no sabéis de dónde viene, y, sin embargo, me ha abierto los ojos. Sabemos que Dios no escucha a los pecadores, sino al que es piadoso y hace su voluntad. Jamás se oyó decir que nadie le abriera los ojos a un ciego de nacimiento;  si este no viniera de Dios, no tendría ningún poder».  Le replicaron: «Has nacido completamente empecatado, ¿y nos vas a dar lecciones a nosotros?». Y lo expulsaron.
Oyó Jesús que lo habían expulsado, lo encontró y le dijo: «¿Crees tú en el Hijo del hombre?». Él contestó: «¿Y quién es, Señor, para que crea en él?». Jesús le dijo: «Lo estás viendo: el que te está hablando, ese es». Él dijo: «Creo, Señor». Y se postró ante él. Dijo Jesús: «Para un juicio he venido yo a este mundo: para que los que no ven, vean, y los que ven, se queden ciegos».
Los fariseos que estaban con él oyeron esto y le preguntaron: «¿También nosotros estamos ciegos?». Jesús les contestó: «Si estuvierais ciegos, no tendríais pecado; pero como decís “vemos”, vuestro pecado permanece.

Hermanos:
1. Este Evangelio que acabando de escuchar se puede descomponer en una serie de escena, que nos dan un ritmo dramático in crescendo, hasta concluir en un desenlace terminante, que es un veredicto de salvación y – tristemente – de lo contrario, de condenación, de rechazo: «Para un juicio he venido yo a este mundo: para que los que no ven, vean, y los que ven, se queden ciegos». Lo más trágico es que los fariseos queden incluidos en ese veredicto de condenación: como decís “vemos”, vuestro pecado permanece.
No hace falta haber estudiado alta teología, clases especializadas de Biblia, para caer en la cuenta de que el episodio que referimos no es simplemente un caso que ocurre en la vida de Jesús Nazareno, sino que es el drama completo de su vida, y que es como la anticipación del juicio final.

2. De toda esa dinámica del relato, vamos a tomar un punto principal, que es el que motiva que se haya escogido este Evangelio como Evangelio para la Cuaresma, que nos va llevando a la Noche Pascual.
Este es un Evangelio bautismal, y el Bautismo es la iluminación del hombre con la luz de la Trinidad. ¿Quién es un cristiano? Una respuesta simple:
- El cristiano es un iluminado,
- iluminado con una luz que no tenía,
- que jamás la podía haber tenido, ni por sí mismo ni por otro,
- que Jesús, el Hijo de Dios encarnado, se la ha concedido por su santa humanidad,
- y que esta luz le abre un camino nuevo para esta vida y para la vida eterna.
Esto, y nada menos que esto, es el Bautismo. Con razón lo llamaron los santos Padres Fotismós, Iluminación.

3. Pero debemos proclamar que esto que acabamos de enunciar y anunciar no puede quedarse en una lección teológica, bella y admirable, sino que esto es una realidad vivencial, mía, que yo la tengo que sentir y vivir y gustar como algo que ha acontecido en mí. Yo soy un Iluminado por Jesús que camino por la vida con una visión nueva y maravillosa de la realidad, y que me hace afrontar cualquier dificultad, cualquier tribunal, cualquier juicio, como le pasa al ciego de nacimiento iluminando que, a partir de ahora, es una nueva persona.
Jesús es la luz del mundo, y yo soy el primer beneficiario de esa ñuz.

4. Jesús entra en acción sin que haya una petición formal y expresa de que actúe sobre el ciego.
Dice el texto sagrado: Dicho esto, escupió en la tierra, hizo barro con la saliva, se lo untó en los ojos al ciego, y le dijo: «Ve a lavarte a la piscina de Siloé”. Y añade san Juan de su parte que Siloé significa “Enviado”. Efectivamente el que ha estudiado un poquito de hebreo sabe cuál es el verbo enviar “Shalaj” y cuál es el participio de este verbo. San Juan ve, pues, un sentido místico en la escena, que, en definitiva, es el sentido verdadero. Nos está diciendo que tenemos que lavarnos en la psiscina de Siloé, en esa piscina espiritual que es Jesús. Esto se realiza en la Encarnación de Jesús, en su santa humanidad; y tiene su acto específico en el Bautismo.

5. Aquí, como en otras ocasiones en el Evangelio, Jesús hace un rito que no está prescrito en ningún pasaje de las santas Escrituras. Escupe en el suelo y hace barro con la saliva.
Escupió en la tierra, hizo barro con la saliva, se lo untó en los ojos al ciego, Son tres cosas diferentes, que determinan un solo gesto. Estamos al ´principio de la creación cuando Dios hizo a Adán del polvo de la tierra. ¿De dónde tomó el agua para hacer el barro? No lo dice el Génesis.
Aquí sí se dice de dónde se hizo el barro: con la saliva de Dios.
Dios no necesitaba barro para curar al ciego; le bastaba con la saliva; incluso, ni saliva le hacía falta: le bastaba con su palabra. Pero aquí Jesús quiso saliva, barro y agua. El agua es lo que le hizo ver; el agua le iluminó.
Claramente tenemos aquí lo que significa la Encarnación. La Encarnación del cuerpo de Jesús llega hasta mi cuerpo. Dicen los Santos Padres de la Iglesia que nada fue redimido que previamente no hubiera sido asumido. Jesús asume mi carne y cura en mi carne con su propia carne, con la realidad de su cuerpo pasible, con el sudor de su cuerpo, con la sangre de su cuerpo, con los padecimientos y muerte en cruz.

6. El Bautismo es el fruto de la Encarnación del Hijo de Dios. Uno que se bautiza pasa a poseer los dones de la Encarnación:
- la saliva de Dios,
- el aliento de Dios,
- el Espíritu de Dios,
- el poder de Dios,
- en una palabra, la vida de Dios.
Todo esto es la iluminación, el nacimiento de la santa Trinidad que se opera en el Bautismo del cristiano.

Señor Jesús, yo he sido bautizado, yo he sido "cristianado", yo he sido iluminado. Yo confieso que tu divina Encarnación está latiendo en mí.
Abre mis ojos, para que me dé cuenta de que soy un iluminado, de que tú vives en mí, de que tú eres la Luz del mundo y de que yo estoy inundado de esa luz. Amén.

Guadalajara, Jalisco, jueves 27 marzo 2014.

1 comentarios:

Anónimo dijo...

Para un juicio vino Jesucristo al mundo: PARA QUE LOS QUE CREEN QUE VEN, REALMENTE NO VEAN NADA, Y PARA LOS QUE NO VEN NADA, RECOBREN LA VISIÓN.

Los fariseos, ricos, sabios de la Ley, bien vestidos con sus reconocibles ropas con borlas en sus extremos, alabados y respetados, fueron tan ciegos que no vieron lo que tenían delante de sus ojos. Sus prejuicios eran superiores a su razón. El pobre ciego, primero vio y luego creyó. TODA UNA LECCIÓN FILOSÓFICA Y TEOLOGICA.

El filósofo Diógenes iba semidesnudo y sucio, pasaba hambre, y vivía en un miserable cubil. Pero era filósofo, era sabio, er un filósofo conocido y reconocido hasta por el propio y poderoso Alejandro Magno.

Es la cara y la cruz de la moneda.

Su homilía ha sido notable.
Juan José.

Publicar un comentario en la entrada

 
;