domingo, 6 de abril de 2014

521. Amor y resurrección



Meditación exegética en torno al Evangelio
de la resurrección de Lázaro Jn 11,1-45,
una escena teológico-sacramental


1. El Evangelio de la resurrección de Lázaro nos abre los ojos hacia un abismo de luz sin fondo. Es como el universo, del que no se sabe dónde se origina, cómo se expansiona, dónde concluye - ¿encerrado en dónde? – si es intrínsecamente un universo limitado, por lo tanto finito. Solo lo infinito puede contener a lo finito; pero cuando “lo finito” queda inserto en lo infinito, él mismo adquiere las propiedades de infinito, sin dejar de ser finito.

2. Esta meditación es una meditación sobre el amor. El amor…, el único que existe, que explosiona en Dios y del que percibimos una centellita. Al fin, mi vida ha sido – y sigue siendo – una centillita de ese amor divino. Y desde el amor, como peregrino cristiano, como estudioso, como adicto a las divinas Escrituras es como se entiende lo entendible. Arranco, pues, por intuición, y por lectura del texto, de este cordial sentimiento, presentimiento y confirmación: la escena de la resurrección de Lázaro es la evdiencia de cómo el amor de Dios, manifestado en Jesucristo, termina en resurrección, se concluye en vida. Si no hubiera resurrección, no habría amor. Así de claro y contundente, así de simple este dogma sustentante de nuestra fe.

2. Hay tres resurrecciones en el Evangelio y ninguna de ellas es resurrección en el sentido “ontológico”. Para situarnos como seres pensantes – o mejor, como amantes pensadores – digamos primero qué es resurrección.
¿Recuperar la vida perdida? No. Eso es “reviviscencia”. En el Evangelio se narran tres resurrecciones: Lázaro, el hijo de la viuda de Naím y la muchacha hija de Jairo. Ellos tres, según el escritor, volvieron a la vida de antes con todas las incertidumbres que la vida tiene en sí. Si morir es dejar “esta vida”, retrotraer a una persona a esta vida, ¿es hacerle un bien?, ¿es ponerle de nuevo en el mismo riesgo y aventura del vivir? En este momento no habla un cristiano, sino que tiene la tribuna un Filósofo Griego que uno lleva dentro.
Si uno ha llegado al destino de la ruta última del ser, ¿qué significa resucitarle? ¿Arrancarle de Dios para que otra vez reemprenda el camino?
Por eso, queda por responder a esta pregunta: ¿Qué es morir? ¿Qué comporta el morir?
Si, racionalmente hablando, las tres resurrecciones de Jesús son lo mismo que las resurrecciones obradas por Elías y Eliseo, y luego por Pedro, Jesús no es la resurrección y la vida, como ni Elías ni Eliseo ni Pedro eran la resurrección y la vida.

4. Podríamos, pues, comenzar nuestro discurso meditativo que en el Evangelio no hay tres resurrecciones, sino una sola: la de Jesús. La resurrección no es una marcha atrás para recuperar los despojos perdidos y continuar la vida vivida; la resurrección es una marcha a la vida, a la consumación de la vida que solo puede ser consumada en Dios. Dios es nuestra vida. Y para llegar a  esta vida hay que pasar por el abismo oscuro de la muerte.

5. La muerte, así vista desde esta perspectiva divina, es el abandono de todo – de todo lo que nos circundada, incluido el mundo en que estamos y somos – y queda certificada en el abandono de uno mismo. La muerte, vivida en cristiano, es la última posibilidad de amar a Dios, abandonándose en Él, perdidos todos los puntos de apoyo y todas las seguridades. Hoy se han escrito libros de las experiencias que algunos han tenido y han regresado a la vida; dicen que han entrado por un túnel de luz y, al final, se han visto anegados en una indecible paz. Ignoro si a eso el llaman los científicos “hipnosis de muerte”. La experiencia como tal es repetida. Pero ninguno de ellos, en realidad, ha regresado a la vida, sino que no habían muerto todavía.

6. Pero Lázaro había muerto, muerto en lo que el ser humano llama muerte, muerto y enterrado; no como los otros dos difuntos, que todavía no habían pasado al sepulcro. En el sentido obvio de la descripción Jesús lo arranca de la muerte y lo mete de nuevo en la vida. Pero ¿lo arranca de Dios de donde ya estaba, si efectivamente morir significa pasar a la eternidad, entrar en el destino eterno, en eso que la teología llama el juicio personal, individual, particular, en el que se decide el sí y el no por toda la eternidad?
El autor sagrado, obviamente, no trabaja con esta teología. Pero el intérprete se la puede hacer tal pregunta. Imposible responder, porque no estaba en la mente del escritor. El escritor nada sabía.

7. El escritor – el evangelista, la comunidad que está detrás de él – es un autor confesante que va a proclamar el amor victorioso de Jesús sobre todo enemigo, incluíos pecado y muerte. El último enemigo en ser vencido será la muerte, dirá Pablo.
Y ahora se yergue Cristo en medio de la comunidad que cree, bendice, confiesa y celebra. Y aquí surge el relato necesario para expresar y anunciar la fe de forma dramática, humana, divina y, sobre todo, terriblemente amorosa.
En esta tarde calurosa y serena de Guadalajara, Jalisco, este es el pensamiento que me envuelve y me acompaña y tanto más (es un episodio que a cualquier humano le acontece) el paso por el hospital te hace ver más de cerca los linderos de la muerte que será un día, no sé si cercano, no sé si lejano.

8. En este drama sacro Jesús anticipa que va a resucitar a Lázaro, como si el milagro programado perteneciera a la misión de Jesús, resurrección y vida.
Entonces Jesús les replicó claramente: «Lázaro ha muerto, y me alegro por vos­otros de que no hayamos estado allí, para que creáis. Y ahora vamos a él». 
Jesús es el provocador del milagro que va a realizar. La figura de Jesús en los Sinópticos es distinta de la de Juan, si bien siendo uno y el mismo. La fe las unifica.

9. Jesús va, por tanto, a presagiar su propia resurrección y a anunciar que él es la vida del mundo, solo él, en obediencia al Padre.
No sabemos en realidad donde estamos; solo que estamos fuera de Judea – la boca del lobo –, al parecer en Galilea. La tradición que ha recogido el episodio ignora el lugar.
Jesús actúa como ser divino que ahora está en la tierra: lo sabe todo, lo domina todo.

10. Pero esta escena tiene una dinámica, la dinámica de la conjunción indisoluble – en sí misma inexplicable – de lo divino y humano. Lo divino se hace “historizable”, como si la historia humana, detectora de lo divino, pudiera registrarlo en su experiencia cotidiana: lo divino y lo humano se ponen al mismo plano.
Jesús va a actuar como Dios y simultáneamente (sin que nadie jamás sabrá explicarlo) va a actuar como hombre. No es el Hombre y Dios en dos planos, no es el Hombre y Dios disueltos en un mismo “mezclado”. Es un Hombre que es Dios, es un Dios que es Hombre. Es un Ámbito Divino que es Naturaleza (naturaleza es lo que nace, crece, se reproduce y muere), y es una Naturaleza que recibe el Ámbito Divino, la Morada donde Dios vive. Lo empírico y lo transcendente se encuentran en un sistema “nuevo”, con la novedad absoluta de la fe, la celebración y el sacramento. Nada de esto dice el texto; pero si uno ha de pensar las afirmaciones las tiene que recoger fluyentes del mismo texto. Lo Divino y loa Humano se encuentran, porque ese es el sentido de la Encarnación.

11. El abismo de lo humano llega aquí a detalles enternecedores. Lo humano de Jesús en la escena tiene múltiples expresiones, de las cuales tomo una: las lágrimas. Jesús se echó a llorar.
Tres veces habla el Nuevo Testamento: una, esta; la segunda cuando en la bajada del Monte de los Olivos, viendo la ciudad, Dominus flevit; la tercera, en el huerto, no según los Evangelios, sino según la carta a los Hebreos, cuando Jesús oraba con poderoso clamor y lágrimas al que podía salvarle de la muerte.
Jesús llora: ¿por qué llora? ¿Llora indignado por el inicuo poder de la muerte que tronca vidas humanas, sin contemplación? Lágrimas de indignación. Así lo han pensado prestigiosos exegetas.
Pero la explicación más sencilla es que llora por amor. Por amor a Lázaro, amigo, por amor a Martha, por amor a María…
Y aquí medito yo en esta presencia del eterno femenino, que tiene como la flor más bella las lágrimas del amor. El texto sagrado no menciona las lágrimas de Martha (que sí las hubo, sin duda), sino las de María, lágrimas que van acompañadas de las lágrimas de los judíos (se entiende que son hombres): Jesús, viéndola llorar a ella y viendo llorar a los judíos que la acom­pañaban…, entonces la cascada de sentimientos de Jesús rompió en lágrimas.  ¿Por qué se había quedado María en casa…? Para llorar.
La humanidad divina de Jesús ha descendido a las lágrimas.

12. El teólogo pensante y amoroso ha de concluir que la resurrección de Lázaro, que ya venía en la mente y el corazón antes de llegar de un lugar desconocido a Betania, no es, en modo alguno una exhibición contundente de tu divininidad, sino una debilidad dulcísima de su amor. El amor es la fuerza suprema de Dios y es lo único en que podemos imitarlo: Él nos amó primero.
En la lógica del Espíritu, la conclusión se hace evidencia: lo resucitó porque lo amaba; lo resucitó porque las amaba; lo resucitó… porque la amaba, a la de las lágrimas. Jesús se hizo uno con María en las lágrimas. Exégesis mística, que tampoco es un capricho al aire, sino una intuición de quien al sentirse amado, sabe que el amor unifica. ¡Amor…, tortura y delicia de humano buscadores…!

13. El relato sacramental no acaba ahí. Acaba en mí. Si el amor que Cristo me tiene no fuera capaz de sacarme del sepulcro y resucitarme…, no quiero que me ame, porque no es amor de Dios. Amor de Dios es amor que quiere y comunica el bien, y no hay bien superior a la vida.
Si hay amor de Dios, hay resurrección.
Y si hay resurrección es porque Dios nos ama, mejor dicho, porque Dios me ama…
Al eco de este amor vendrá la muerte un día: me amó, me amó, me amó…
Yo soy la resurrección y la vida.
Me amó y me resucitó. Amén.

Guadalajara, Jalisco, tarde del domingo 6 de abril de 2014.

1 comentarios:

Anónimo dijo...

Muy estimado Fr. Rufino:

Seré muy breve.

1).- El universo está en continua expansión y se expande para todos los lados, lo cual no significa que sea visible. El universo no es “estático”, sino “dinámico”, estando en continua transformación. “El Universo es finito pero sin límites". Esto lo demostró Albert Einstein. Con nuestra mente finita es imposible entender lo infinito. "EL TODO ESTÁ EN TODO, Y TODO ESTÁ EN EL TODO. Si se quiere conocer el universo primero se debe tener en cuenta un pensamiento filosófico: "CONÓCETE A TÍ MISMO". Nuestro cuerpo es materia. Estamos compuestos por un conjunto de billones y billones de células que a su vez están compuestas de trillones de moléculas y átomos. Somos, en resumen, un “universo en miniatura” pero “delimitado” a ojos vista. Dios, ser infinito, creó de la nada la materia existente, que es finita, y las complejísimas leyes por las que se rige.

2).- Las resurrecciones realizadas por Jesús, así como por otros personajes bíblicos, fueron RESUCITACIONES. Volvieron a la vida con sus mismos cuerpos, para finalmente volver a morir. La única resurrección, propiamente dicha, fue la de Cristo. Su cuerpo, glorificado en la resurrección, ya no era reconocible ni por sus más íntimos allegados, y nadie tocó ese cuerpo glorificado.

3).- Jesús llora. Llora por Lázaro y llora por Jerusalén. Jesús siente emociones humanas porque fue un hombre. Siente y padece como hombre porque realmente fue hombre.

Cordiales saludos. Juan José.

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