sábado, 5 de abril de 2014

520. Domingo V Cuaresma, A – Jesús es la vida y da la vida (Resurrección de Lázaro)




La resurrección de Lázaro


Homilía en el domingo V de Cuaresma, ciclo A
Jn 11,1-45

 

Había caído enfermo un cierto Lázaro, de Betania, la aldea de María y de Marta, su hermana. María era la que ungió al Señor con perfume y le enjugó los pies con su cabellera; el enfermo era su hermano Lázaro. Las hermanas le mandaron recado a Jesús diciendo: «Señor, al que tú amas está enfermo». Jesús, al oírlo, dijo: «Esta enfermedad no es para la muerte, sino que servirá para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella».  Jesús amaba a Marta, a su hermana y a Lázaro. Cuando se enteró de que estaba enfermo se quedó todavía dos días donde estaba. Solo entonces dijo a sus discípulos: «Vamos otra vez a Judea».  Los discípulos le replicaron: «Maestro, hace poco intentaban apedrearte los judíos, ¿y vas a volver de nuevo allí?». Jesús con­testó: «¿No tiene el día doce horas? Si uno camina de día no tropieza, porque ve la luz de este mundo; pero si camina de noche, tropieza porque la luz no está en él». Dicho esto, añadió: «Lázaro, nuestro amigo, está dormido: voy a despertarlo». Entonces le dijeron sus discípulos: «Señor, si duerme, se salvará».  Jesús se refería a su muerte; en cambio, ellos cre­yeron que hablaba del sueño natural. Entonces Jesús les replicó claramente: «Lázaro ha muerto, y me alegro por vos­otros de que no hayamos estado allí, para que creáis. Y ahora vamos a él».  En­tonces Tomás, apodado el Mellizo, dijo a los demás discípulos: «Vamos también nos­otros y muramos con él».  Cuando Jesús llegó, Lázaro llevaba ya cuatro días ente­rrado. Betania distaba poco de Jerusalén: unos quince estadios;  y muchos judíos habían ido a ver a Marta y a María para darles el pésame por su hermano.
Cuando Marta se enteró de que lle­gaba Jesús, salió a su encuentro, mien­tras María se quedó en casa. Y dijo Marta a Jesús: «Señor, si hubieras esta­do aquí no habría muerto mi hermano. Pero aún ahora sé que todo lo que pi­das a Dios, Dios te lo concederá». Jesús le dijo: «Tu hermano resucitará». Marta respondió: «Sé que resucitará en la resu­rrección en el último día». Jesús le dijo: «Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no mo­rirá para siempre. ¿Crees esto?». Ella le contestó: «Sí, Señor: yo creo que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo».
Y dicho esto, fue a llamar a su her­mana María, diciéndole en voz baja: «El Maestro está ahí y te llama». Apenas lo oyó, se levantó y salió adonde estaba él: porque Jesús no había entrado todavía en la aldea, sino que estaba aún donde Marta lo había encontrado. Los judíos que estaban con ella en casa consolándo­la, al ver que María se levantaba y salía deprisa, la siguieron, pensando que iba al sepulcro a llorar allí. Cuando llegó María adonde estaba Jesús, al verlo se echó a sus pies diciéndole: «Señor, si hu­bieras estado aquí no habría muerto mi hermano».  Jesús, viéndola llorar a ella y viendo llorar a los judíos que la acom­pañaban, se conmovió en su espíritu, se estremeció  y preguntó: «¿Dónde lo ha­béis enterrado». Le contestaron: «Señor, ven a verlo».
Jesús se echó a llorar. Los judíos comentaban: «¡Cómo lo quería!». Pero algunos dijeron: «Y uno que le ha abier­to los ojos a un ciego, ¿no podía haber im­pedido que este muriera?». Jesús, con­movido de nuevo en su interior, llegó a la tumba. Era una cavidad cubierta con una losa. Dijo Jesús: «Quitad la losa». Marta, la hermana del muerto, le dijo: «Señor, ya huele mal porque lleva cuatro días».  Jesús le replicó: «¿No te he di­cho que si crees verás la gloria de Dios?». Entonces quitaron la losa. Jesús, levan­tando los ojos a lo alto, dijo: «Padre, te doy gracias porque me has escuchado; yo sé que tú me escuchas siempre; pero lo digo por la gente que me rodea, para que crean que tú me has enviado». Y dicho esto, gritó con voz potente: «Lá­zaro, sal afuera». El muerto salió, los pies y las manos atados con vendas, y la cara envuelta en un sudario. Jesús les dijo: «Desatadlo y dejadlo andar». Y muchos judíos que habían venido a casa de María, al ver lo que había hecho Jesús, creyeron en él.

Hermanos:

1. La resurrección de Lázaro es la tercera escena sacramental – así podríamos llamarla – que nos está acompañando en la Cuaresma para conocer quién es Jesús que nos lleva hacia su pascua. Ya desde el principio convinimos en esto: que el sujeto protagonista de la Cuaresma no soy yo, pecador, que me convierto y que hago obras de piedad, de penitencia y de caridad, para prepararme a la renovación pascual. El protagonista es Cristo. Recordémoslo:
- El primer domingo: Cristo vencedor en el desierto de las tentaciones.
- El segundo: Cristo transfigurado en la oración del monte Tabor.
- El tercero: Cristo da el agua viva a la samaritana y me la está dando a mí.
- El cuarto: Cristo ilumina a un ciego de nacimiento, como me ilumina a mí en el bautismo.
El quinto (hoy): Cristo Jesús saca del sepulcro a su amigo Lázaro, como un día me ha de sacar a mí.
El sexto, el próximo, será ya la entrada de Jesús en Jerusalén.
En todos estos domingos lo que se quiere mostrar es la transformación que Jesús puede obrar en cada uno de nosotros hasta transformarnos en su gloria pascual.

2. Vayamos, pues, al Evangelio de hoy. Si queremos dar una característica que distinga este Evangelio de una manera peculiar, diremos que es el Evangelio más familia. Tenemos un pueblo y una familia. Esta familia tiene un privilegio singularísimo. Y lo dice el Evangelio: “Jesús amaba a Marta, a su hermana y a Lázaro” (v. 5).
Uno que quiera escudriñar los Evangelios se hace preguntas que, a lo mejor tienen que quedar perdidas por los aires. ¿A quién de los tres amaba más Jesús? Acaso a María… Hay argumentos, pero quizás no contundentes. En asuntos de amor las cosas se insinúan más que se dicen.
Al nombre el pueblo, Betania, donde vivía Lázaro, dice el texto que era la aldea de María y de Marta, su hermana. Aquí María va por delante, si bien es cierto el orden se cambia cuando se dice que Jesús amaba a Marta, a su hermana y a Lázaro.
María es identificada con un rasgo: “María era la que ungió al Señor con perfume y le enjugó los pies con su cabellera; el enfermo era su hermano Lázaro”.

3. Aquí conviene hacer una ilustración exegética, que ha traído por siglos un malentendido. Como todo el mundo sabe, hubo una pecadora que ungió los pies al Señor, según refiere san Lucas (Lc 7,36-50). San Lucas no le da nombre; en realidad nos sabemos cómo se llama. Cómo aquí se dice que María era la que ungió al Señor con perfume y le enjugó los pies con su cabellera, se ha deducido: Ya tenemos el nombre de la pecadora y sabemos cuál era su hermana. La pecadora era María de Betania, hermana de Lázaro y de Marta. Como, por otra parte, san Lucas después de narrar lo de la pecadora dice que acompañaban a Jesús algunas mujeres y la primera era María la Magdalena, de la que habían salido siete demonios (Lc 8,2), pensando que los demonios son los pecados que la pecadora llevaba dentro, ya tenemos un nuevo rasgo de identificación: María de Betania era María la Magdalena, era la pecadora, era la hermana de Marta y de Lázaro.
Ahora bien, si María era de Betania, no podía ser de Magdala, que eso significa Magdalena. Al parecer, San Juan, al hablar con estos detalles, está anticipando lo que contará después, cómo esta María es la que ungió los pies al Señor en Betania, y cómo la casa se llenó del olor del perfume (Jn 12,1-11). Y así son mujeres distintas la pecadora sin nombre, la Magdalena, y María de Betania. Son detalles, importantes por ser del Evangelio, y son propios de una clase de Sagrada Escritura. Esta es la postura que ha adoptado la liturgia al revisar la fiesta de María Magdalena. María Magdalena es la que estuvo al pie de la Cruz, la primera testigo de la resurrección y que no se puede deducir que fuera la pecadora, ni tampoco María de Betania.

4. La riqueza sin fondo de este Evangelio anuncia la resurrección en Cristo, desde Cristo y por Cristo: Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no mo­rirá para siempre.
Esto no lo puede decir ningún nombre; esto solo lo puede decir el Hijo de Dios. La divinidad de Cristo Jesús aparece desde el primer momento. Por esta divinidad Jesús conoce lo que el hombre no puede conocer; por esta divinidad Jesús profetiza que esta enfermedad mortal no es de muerte, sino que será para gloria de Dios. El sepulcro de Lázaro, que tiene una piedra como la gran piedra que cierra la sepultura de Jesús, ese sepulcro va anunciar la gloria de Dios que se muestra en el Señor.

5. Pero al mismo tiempo esta escena nos da lo más humano de Jesús: sus lágrimas, y todo se mezcla, lo humano y lo divino, para que sepamos que nuestro Dios es Dios-Hombre, ayer, hoy y siempre. Y hasta nos atreveríamos a decir que nada muestra más lo humano que el amor de la mujer.
Cuando Jesús resucitó al hijo de la viuda de Naím, resucitó primero a la madre. Al verla, el Señor se compadeció de ella y le dijo: “No llores” (Lc 7,13). Jesús resucitó al hijo por las lágrimas de la madre.
Algo se puede rastrear en este Evangelio Jesús, viéndola llorar a ella y viendo llorar a los judíos que la acom­pañaban, se conmovió en su espíritu, se estremeció  y preguntó: «¿Dónde lo ha­béis enterrado». Le contestaron: «Señor, ven a verlo».
Jesús se echó a llorar.
Las lágrimas de María – parece – fueron las lágrimas definitivas, las lágrimas del milagro.
Hay muchos detalles ciertamente, pero este punto merece una atención y perspicacia del todo singular.

6. En suma hermanos, hagamos una profesión de resurrección y de vida, en tres artículos:
1° - En Jesús está la vida, y solo en él, una vida que atraviesa la barrera de la muerte.
2° - En Jesús está la divinidad y solo en él, una divinidad que llega hasta el fondo de nuestra humanidad, la muerte.
3° - En Jesús está la humanidad y sólo en él, una humanidad que recoge el cáliz de todas mis lágrimas.

7. Concluyamos:
Jesús, Hijo de Dios vivo, hoy y en la hora de mi muerte, tú eres mi vida. Amén.

Guadalajara, Jalisco, sábado 5 abril 2014.



Jesús, Marta y María forman uno,

porque el amor es unidad viviente;
en alas del amor acude Marta,
y por amor María permanece.

Si tú hubieras estado… dice Martha,
él estaría fuera de la muerte;
María dice igual, mas no repite,
que es ese su sentir muy dulcemente.

María corre, cierva enamorada,
al saber que Jesús está presente,
y ante Jesús su pena vierte y llora,
porque Jesús llorando la consuele.

Oh fuerza del amor cuando el amor
de adentro cae en lágrimas ardientes;
lloraba Cristo Dios ante mujer,
y Lázaro el amigo tiembla y siente.

La vida brota y rompe sepulturas
cuando el amor de Dios por sí florece,
y Lázaro se yergue en Cristo vida
cual fruto del amor de dos mujeres.

De dos que en Cristo unidas por la fe
un solo fuego de piedad encienden;
amor, amor invicto del futuro,
resurrección que en Cristo resplandece.

Guadalajara, Jal. sábado, 5 de abril de 2014
 

1 comentarios:

Anónimo dijo...

Muy estimado Fr.Rufino:

Siempre he creído que el el personaje central de este pasaje evangélico es, en primero lugar, Cristo, y en segundo lugar, Lázaro.

Usted se “enmaraña” en explicar la identidad de dos personajes homónimos, pero que resultan secundarios en una gran historia en la que Jesús nos descubre unas verdades eternas llenas de esperanza, llenas de verdad, y que son la “piedra del ángulo” de nuestra fe: la realidad de la resurrección de los que creemos en Jesús de Nazaret. Jesús, nuestro Jesús, emplea frases muy precisas y muy claras (como siempre).

1).- Yo soy la resurrección y la vida.

2).- El que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá.

3).- El que vive, y cree en mí, no morirá para siempre.

Y nos pregunta: ¿Crees esto?. Porque si lo creemos se cumplirá en nosotros la promesa, y si no lo creemos, no se cumplirá la promesa. El que no recoge con Jesús, desparrama.

Me temo que ha vuelto a perder usted una gran oportunidad de darnos una gran lección bíblica.

Cordiales saludos. Juan José.

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