viernes, 11 de abril de 2014

523. Viernes de Dolores



Viernes de la V semana de Cuaresma
Viernes de Dolores

El Viernes que precede al Domingo de Ramos ha sido en la piedad popular el Viernes de Dolores. La Madre Dolorosa, con el corazón traspasado por siete espadas, con su manto negro, recamado de amor – que eso significan todos los adornos y joyas que otras “madres dolorosas”, adoloridas, le han regalo a la Virgen, esas imágenes bellísimas que hoy se pasean por las calles de España – nos introduce en la Pasión de su Hijo amado. María es la puerta del corazón de su Hijo.
Desde aquí, de México, el nuevo Misal Romano (2002), utilizado en la liturgia en su versión castellana como “edición típica para México” (traducción adoptada también por Costa Rica, el Salvador, Guatemala, Honduras, Nicaragua, Panamá y Venezuela) desde hace unos meses, y que será obligatoria a partir de la Pascua de 2014 (20 de abril), tiene una rúbrica en el Viernes de la V semana de Cuaresma, a saber:

“Por decreto de la Congregación para el Culto Divino y al Disciplina de los sacramentos del 18 de marzo de 1995, en las parroquias e iglesias en las que hoy, antiguo Viernes de Dolores, siga habiendo gran afluencia de fieles para honrar a la Virgen María en su advocación de Nuestra Señora de los Dolores, se puede celebrar una misa votiva de esta advocación (cfr. 15 de septiembre)”.

Además de esto, la misa del día ofrece una oración colecta alternativa, con la mención de la Virgen María, que es esta:

Señor Dios,
que en tu bondad concedes en este tiempo a tu Iglesia
imitar devotamente a María santísima
en la contemplación de la Pasión de Cristo,
concédenos, por intercesión de la Virgen,
estar cada día más unidos a tu Unigénito
y alcanzar así la plenitud de su gracia.

Por lo demás, la liturgia sigue su ritmo interno. Nos va guiando el Evangelio de San Juan. El conflicto ha estallado irremediablemente y este conflicto acabará en muerte.
Los días pasados hemos leído el capítulo 8, del principio al final, hoy, viernes, leemos Jn 10,31-42.
De cara a la entrada en Semana Santa, hay dos puntos clave que podemos meditar para situarnos, en cuanto Dios nos dé su gracia, en la interioridad de Jesús:
1) El primero es que a Jesús le quisieron dar muerte apedreándolo. Un hecho histórico que debemos valorar para pasar de la muerte judía a la muerte romana de la cruz.
2) El segundo es que el conflicto de Jesús con su pueblo fue cada vez mayor.

1) Lo quisieron apedrear. “Entonces cogieron piedras para tirárselas, pero Jesús se escondió y salió del templo” (8,59), así termina el Evangelio de ayer.
“Los judíos agarraron de nuevo piedras para apedrearlo” (10,31), así comienza el Evangelio de hoy.
Jesús, de acuerdo este testimonio de san Juan, de cuya veracidad por el contexto no puede haber duda, podía haber muerto violentamente por apedreamiento sin haber pasado por el tribunal romano, como después sería apedreado su discípulo Esteban.
Esto nos dice cómo la muerte de Jesús se iba fraguando, y cómo no fue un mero acto de traición, compactado entre Judas y un sector judío que planificó las cosas para la captura de la noche del jueves. (Nota: la hipótesis de la captura la noche del martes al miércoles, en virtud de otro Calendario popular judío de la Pascua no ha prosperado).
Está claro que a Jesús había que eliminarlo.
Y está claro que a Jesús había que eliminarlo por su autopretensión, que convulsionaba no el orden establecido del Sanedrín, sino el sentido mismo del Judaísmo, de la Profecía, de la Biblia.
Jesús acepta cordialmente a Abraham (Evangelio de ayer); acepta también a Moisés, pero sus parámetros de comprensión son diferentes que los del Judaísmo. El drama es total.
Esto nos aboca a nosotros al misterio más íntimo de Jesús: ¿quién es él?, y ¿qué es lo que anuncia y se cree de sí mismo? San Juan nos lo ha anunciado con unas palabras inequívocas:
- Jesús es el Hijo del Padre.
- Ha sido enviado por el Padre.
- La mística de Jesús es la de la comunión con el Padre, y no hacer ni decir nada que no fluya de Él, hasta el punto de que “Yo y el Padre somos uno” (Jn 10,30, versículo anterior al Evangelio de hoy).
- Por eso la vida de Jesús se hunde en la intimidad del Padre antes que Abraham existiese.
- Por eso, la muerte de Jesús no es otra cosa que la proyección de la voluntad del Padre. Jesús hacía la obra del Padre cuando moría en la Cruz. Podrá haber diversas explicaciones tácticas, circunstanciales de la muerte de Jesús. Para San Juan es claro que la muerte de Jesús no es otra que: el Padre.

2) Pero aquí queda en pie la otra pregunta: ¿Cuál ha sido la ruptura de Jesús con su pueblo? Pregunta que ha sido una espada para el corazón de Pablo.
El drama íntimo de Jesús no lo podremos saber. Pertenece a la más alta mística, para la cual siempre será misterio. Su pueblo es ni más ni menos que “el Pueblo de Dios”.
Las palabras de Jesús, aun en su expresión tajante de condenación, tienen un sentido condicional, que, en definitiva, se remiten a Dios. Lo grave y gravísimo es que el hombre fracase, pero ¿qué decir si este fracaso lo asignamos a Dios, porque al fin el pueblo santo es el pueblo “de Dios”? Podemos plantear problemas, pero no resolverlos.
Y desde ahí actúa el Espíritu Santo para que nuestros corazones se vuelvan y se conviertan, que en eso está la gloria de Dios.
Para ello es la Semana Santa.

Guadalajara, Jalisco, Viernes de Dolores, 11 abril 2014.

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