lunes, 21 de abril de 2014

536. Pascua: Mistagogía en torno al Lunes de Pascua



Mistagogía para los nuevos bautizados

y para quienes renovamos las promesas del bautismo.

Lunes de Pascua (Mt 28,8-15):

La experiencia de la resurrección, encuentro con Cristo pascual

La mentira y el dinero para destruir la resurrección


I. Recordatorio: Qué es mistagogía – Pascua, tiempo de mistagogía

1. En tiempos recientes ha aparecido una palabra que nunca la oí en mis años de seminario: mistagogía. Un término que ha sido “recuperado” de la tradición cristiana, y que es muy importante y fecundo, pues nos da un modo de acceso al contenido, al estudio, a la celebración de la Fe. Diversas veces, en estas páginas de Internet, he tenido la oportunidad de ofrecer alguna explicación:
“Mistagogía es el arte, ciencia y sabiduría propia del Mistagogo, como Pedagogía es el arte, ciencia y sabiduría del Pedagogo.
[Pedagogo, Paidagogo, en su sentido primario y original, ya olvidado, es el esclavo que lleva o conduce – agô – al niño – pais, paidós, paidá – a la escuela; de ahí el sentido figurado: el maestro que conduce al joven y le enseña el camino del correcto vivir].
Y Mistagogo es el que conduce (agô) al iniciado (mystês) al corazón del Misterio.
2. El Mistagogo de Dios es el Espíritu. Toda la liturgia tiene este aire mistagógico, y Juan Pablo ll, al convocar el Año de la Eucaristía nos recomendaba entrar por este camino y nos explicaba qué es: “Los Pastores deben dedicarse a la catequesis «mistagógica», tan valorada por los Padres de la iglesia, la cual ayuda a descubrir el sentido de los gestos y palabras de la Liturgia, orientando a los fieles a pasar de los signos al misterio y a centrar en él toda su vida” (Mane nobiscum Domine, 17)”. (Rufino María Grández, Cantad Eucaristía, Prólogo, en mercaba.org).
3. Los Obispos de la Conferencia Episcopal Española se expresaban así el año 2002:
“El último tiempo, durante la Pascua, es el tiempo de la mistagogía, de la profundización en la experiencia nueva de los sacramentos recibidos, mediante la renovación de las explicaciones y la recepción frecuente de los mismos. En él se atiende a la inteligencia más plena y fructuosa de los misterios recibidos, se desarrolla la experiencia espiritual de los nuevos fieles en la comunidad cristiana y se aprende a asumir los compromisos y responsabilidades propias del cristiano, miembro de la Iglesia (cf. Ritual de la Iniciación Cristiana de Adultos, 37-40)” (78ª  Asamblea plenaria de la Conferencia Episcopal Española, Orientaciones pastorales para el catecumenado, Madrid, 1 de marzo de 2002).
Y a continuación hablaban de las cuatro dimensiones de este itinerario:
1.     Catequesis apropiada, básica e integral (Catecismo de la Iglesia Católica, o Catecismos oficiales)
2.     Iniciación y educación en la liturgia y en la oración
3.     Aprendizaje de la vida cristiana
4.     Iniciación y educación para la vida comunitaria y para la misión.


II. Las mujeres vieron a Jesús Resucitado

4. Jesús se apareció a las mujeres que fueron “a ver el sepulcro”, “María la Magdalena y la otra María” (Mt 28,1). Marcos, con impresionante realismo, que va a garantizar nuestra fe, detalla: “María Magdalena, María la de Santiago y Salomé compraron aromas para ir a embalsamar a Jesús. Y muy temprano, el primer día de la semana, al salir el sol, fueron al sepulcro” (Mc 16,1-2). Son las Tres Miróforas (portadoras de perfume). Lucas, que también nos dice que “las mujeres fueron al sepulcro llevando los aromas que había preparado” (Lc 24,1), nos da estos nombres: “Eran María la Magdalena, Juana, y María la de Santiago” (v. 10). Pero el mismo evangelista, refiriendo el entierro del día viernes, nos ha remitido a otro dato de su Evangelio, cuando escribe: “Las mujeres que lo habían acompañado desde Galilea lo siguieron y vieron el sepulcro y cómo había sido colocado su cuerpo. Al regresar, prepararon aromas y mirra. Y el sábado descansaron, de acuerdo con el precepto” (Lc 23,55-56). Nos había dicho Lucas, efectivamente, que la compañía de las mujeres, primeras discípulas con los Doce, fue algo muy importante, esencial, en el ministerio público de Jesús. Eran mujeres favorecidas: “María la Magdalena, de la que habían salido siete demonios [se supone, de enfermedades]; Juana, mujer de Cusa, un administrador de Herodes; Susana, y otras muchas que les servían con sus bienes” (Lc 8,2-3). Las mujeres, en vida, en muerte y en sepultura, son evidencia del amor fiel, y esto precisamente en corazón de mujer.
San Juan se centra únicamente en María Magdalena (Jn 20,1).

5. De estos varios relatos, del final abrupto de Marcos (Mc 16,8), se percibe que hay un problema de definición histórica, que quizás nunca podamos aclarar.
Y al mismo tiempo se percibe también que la Iglesia, que nos transmite, estas experiencias primeras de la resurrección del Señor, tiene una convicción:
1) Que Jesús se dejó ver de las mujeres, sus fieles seguidoras, que se apareció a ellas.
2) Incluso más: que se dejó ver primero de ellas que de los apóstoles.
3) Y que les hizo mensajeras para los apóstoles, a quienes el Resucitado llama “mis hermanos”.
Todo esto al teólogo, al hombre de la fe, le da mucho que pensar. En el orden de la  verdad y de la vida, donde se despliega la existencia, en el orden de los últimos valores ante Dios, en suma, en el “orden del amor” (ordo amoris), ¿qué es lo que definitivamente cuenta: ser hombre, ser mujer u otra cosa?
Ungir el cuerpo del Señor, preparar los aromas y la mirra para ungirle, ¿puede haber algo más sublime de la criatura para con su Creador? Este servicio lo cumplieron dos ilustres varones, José de Arimatea y Nocodemo, con “unas cien libras de una mixtura de mirra y áloe” (Jn 19,39).
Todo queda relativizado ante lo absoluto, y lo absoluto es Cristo, su divino cuerpo, germen de resurrección.
Esto es importante para trabajar una cristología digna del Señor. Queda siempre por responder esta pregunta: ¿Qué es lo que realmente cuenta ante el Señor? ¿Qué es lo que él valora de la vida, de mi vida?

6. Pero estamos en Pascua y estamos afirmando que Jesús se dejó ver de las mujeres, se apareció a ellas. Y yo, cristiano, me centro aquí, porque, de la manera que a Dios le plazca, quisiera tener la experiencia de haberlo visto resucitado. El evangelista Mateo nos ha descrito la experiencia con unos momentos deliciosos. Ellas acababan de entrar en el terreno de lo divino: terror y alegría. Y entonces:
1) Jesús les sale al encuentro: ¡era él!
2) Jesús les saluda: ¡Alegraos!
3) Ellas se acercan.
4) Ellas se abalanzan a los pies de Jesús: lo abrazan.
5) Ellas lo adoran (con la proskínesis), como nunca anteriormente lo habían adorado, porque están adorando a Jesús Resucitado.
6) Jesús les confía una misión: el anuncio a “mis hermanos”, una misión de suprema intimidad y confianza.
7) Y ellas corren presurosas a cumplir la misión confiada.
Cada uno de estos matices yo los puedo ir desmenuzando en lo íntimo de mi corazón, pregustando, de alguna manera, el encuentro que Jesús quiere para mí, porque sí es cierto que él quiere dejarse ver por mí, aparecérseme a mí, por los caminos insondables del espíritu.

7. Esa aparición íntima la puede cumplir Jesús en su Iglesia, la puede cumplir en mí. No es algo imaginativo; es algo real. Es la gracia de la Pascua, la gracia del encuentro.
Pedro dirá: “Dios lo resucitó al tercer día y el concedió la gracia de manifestarse” (Hech 10,40). Jesús resucitado no es visible en el mundo donde está para este mundo donde nosotros estamos. Dios, y solo Dios, puede hacer esta “gracia” del empalme del mundo que viene y del mundo presente. Dios lo hizo con los apóstoles; y ¿no lo había hecho ya con las mujeres?
Sin duda Jesús quiere llegar a mi corazón e introducirme en el mudo nuevo de su Pascua. Jesús quiere que yo perciba su hermosura, sin duda tiene una misión para mí.
Sigue diciendo Pedro: “… no a todo el pueblo, sino a los testigos designados por Dios, a nosotros, que hemos comido y bebido con él después de su resurrección de entre los muertos” (v. 41).

8. La aparición de Jesús se les concedía en cuanto testigos, y el testimonio debía fundamentarse en esa singular donación que Jesús les hacía y en ese haber comido y bebido con él después de su resurrección de entre los muertos.
El comer y beber con Jesús, con una familiaridad humano-celestial, es lo que definitivamente les va a dar la categoría de testigos.


III. La mentira y el dinero para destruir la resurrección

9. La segunda parte de este Evangelio, me previene a mí, sea discípulo recién bautizado, sea discípulo de muchos años.
Cuando Jesús ha entrado en su vida definitiva se le va a hacer el mismo juicio que se le hizo en la Pasión. Y yo soy parte pasiva en ese juicio, que ya no lo padece él en directo, sino yo, discípulo suyo.
En su primer juicio
1) Interviene el Sanedrín y también el Gobernador.
2) Intervino el dinero de la compra.
3) Intervino la mentira en el juicio.

Mientras las mujeres iban de camino, algunos de la guardia fueron a la ciudad, y comunicaron a los sumos sacerdotes todo lo ocurrido. Ellos, reunidos con los ancianos, llegaron a un acuerdo y dieron a los soldados una fuerte suma encargándoles: “Decid que sus discípulos fueron de noche y robaron el cuerpo mientras vosotros dormíais. Y si esto llega a oídos del gobernador, nosotros nos lo ganaremos y os sacaremos de apuros (Mt 28,11-14)

Se repite la circunstancia en el primer de la resurrección, se sigue repitiendo en los días del testimonio del discípulo y de la Iglesia en el mundo. La comunidad apostólica tiene esta experiencia: “Por lo demás, hermanos, orad por nosotros, para que la palabra de Dios siga avanzando y sea glorificada, como lo fue entre vosotros, y nos veamos libres de la gente perversa y malvada, porque la fe no es de todos” (2Tes 3,1-2).
Es un duro veredicto, pero es verdad: “la fe no es de todos”.
Jesús ve la condición de sus discípulos en el mundo como perseguidos y arrojados por la Sinagoga y por otros tribunales. Debemos contar con la persecución y la exclusión.

Ms, por encima de todo: Cristo vive, Cristo resucitado es mi fuerza, y también mi dulcísima alegría.





1. Es Jesús quien se adelanta
y saluda a las mujeres:
“Alegraos, alegraos”,
dice con faz sonriente.
Y se alegraron cual nunca
se vieron así de alegres.

2. Era él bien perfumado
mas con perfume celeste.
¿Para qué aroma y mirra,
si todo su cuerpo huele?
A pura divinidad
es el olor que transciende.

3. Y al oír aquel saludo,
plenas de amorosa fiebre,
a los pies se le arrojaron
para abrazarle y tenerle,
y adorándole en su carne
lo besaban tiernamente.

4. Era un éxtasis nupcial
de comerle y de beberle,
los labios humedecidos
y el pecho a punto de muerte;
era la vida en  cascada
y un mundo nuevo naciente.

5. No temáis, Jesús decía,
vosotras, mujeres fieles;
el amor es inmortal
hasta alcanzar lo que quiere:
sois las primeras, yo soy
el que estaré para siempre.

6. Sois mensajeras, corred,
mis testigos y videntes,
y anunciad a mis hermanos
que en Galilea me tienen;
yo voy delante a la orilla
donde llamé de las redes.

7. Volaron las misioneras
ebrias de Jesús presente,
y su amor palpita y habla
como lámpara de aceite,
y eran, son y seguirán
cual Cirio resplandeciente. Amén.

Lunes de Pascua 2014.

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