viernes, 2 de mayo de 2014

544. Domingo III de Pascua – Emaús: El Resucitado en la fracción del pan



Homilía en el Domingo III de Pascua, ciclo A

Lc 24,13-35


Texto evangélico:
Aquel mismo día, dos de ellos iban camino de una aldea llamada Emaús, distante de Jerusalén unos sesenta estadios; iban conversaban entre ellos de todo lo que había sucedido. Mientras conversaban y discutían, Jesús en persona se acercó y se puso a caminar con ellos. Pero sus ojos no eran capaces de reconocerlo. Él les dijo: “¿Qué conversación es esa que os traéis mientras vais  de camino?” Ellos se detuvieron con aire entristecido. Y uno de ellos, que se llamaba Cleofás, le respondió: “¿Eres tú el único forastero en Jerusalén que no sabes lo que ha pasado allí estos días?” Él les dijo: “¿Qué?”
Ellos le contestaron: “Lo de Jesús el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y palabras, ante Dios y ante todo el pueblo; cómo lo entregaron los sumos sacerdotes y nuestros jefes para que lo condenaran a muerte, y lo crucificaron. Nosotros esperábamos que él iba a liberar a Israel, pero, con todo eso, ya estamos en el tercer día desde que esto sucedió. Es verdad que algunas mujeres de nuestro grupo nos han dado sobresaltado, pues habiendo ido al sepulcro, no habiendo encontrado su cuerpo, vinieron diciendo que incluso habían visto una aparición de ángeles, que dicen que está vivo. Algunos de nuestros compañeros fueron también al sepulcro y lo encontraron como habían dicho las mujeres, pero a él no lo vieron”.
Entonces él les dijo: “¡Qué necios y torpes sois para creer en todo lo que dijeron los profetas! ¿No era necesario que el Mesías padeciera esto y entrara así en su gloria?”
Y, comenzando por Moisés y siguiendo por todos los profetas, les explicó lo que se refería a él en todas las Escrituras. Llegaron cerca de la aldea adonde iban y él simuló que iba a seguir caminando: pero ellos le apremiaron diciendo: “Quédate con nosotros. porque atardece y el día va de caída”.
Y entró para quedarse con ellos. Sentado a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo iba dando.  A ellos se les abrieron los ojos y lo reconocieron. Pero él desapareció de su vista. Y se dijeron el uno al otro: “¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba la Escritura?” Y, levantándose en aquel momento, se volvieron a Jerusalén; donde encontraron reunidos a los Once con sus compañeros, que estaban diciendo: “¡Era verdad, ha resucitado el Señor y se ha aparecido a Simón”.
Y ellos contaron lo que les había pasado en el camino y cómo lo habían reconocido al partir al pan.

Hermanos:
1. Estamos plenamente inmersos en el tiempo pascual, 50 días de Pascua, de Resurrección a Pentecostés (que este año es el 8 de junio), siete semanas; para el cristiano el tiempo más rico y bello del año. Estas siete semanas se organizan de este modo:
Los tres primeros domingos de Pascua la liturgia de la misa nos invita a contemplar alguna de las apariciones de Jesús. Hoy es el tercer domingo de Pascua; vamos a contemplar la aparición de Jesús a los dos discípulos de Emaús, como acabamos de escuchar. El cuarto domingo todos los años está dedicado al Buen Pastor de su Iglesia. Los tres domingos siguientes escuchamos a Jesús que después de la última Cena da sus recomendaciones de despedida al grupo de discípulos.

2. Escena de los dos discípulos de Emaús, que han estado en Jerusalén en las fiestas de Pascua y esta tarde del domingo, del día primero de la semana, vuelven a su aldea  muy desanimados, sin saber qué pensar de todo lo sucedido. El relato de san Lucas es profundamente sugestivo en todos y cada uno de sus elementos. Esta caminata de 11 kilómetros que van de Jerusalén a la aldea, que termina en una mesa y en la bendición de Dios sobre el pan, vamos a considerarla como un camino espiritual del corazón. Este es un camino que comienza en el desconcierto y culmina en la alegría y en la felicidad que se da al reconocer a Jesús en la fracción del pan. Acaso podamos ver los momentos de un camino que nosotros estamos recorriendo al presente.

3. Se trata de dos discípulos de Jesús que vuelven de la Pascua judía. Uno se llama Cleofás; a otro la tradición le ha dado un nombre: Simón.
Vuelven de Jerusalén. Son discípulos del Maestro, no se han retirado; no han sido traidores, no. Están sintiendo lo que ha pasado como una derrota. Viven en la oscuridad y en la tristeza y preocupación. No saben en qué va a terminar todo esto.
En la vida espiritual esto se llama “la noche oscura”. Si no se les hubiera aparecido Jesús, imaginamos qué cena más triste habría sido aquella, y cómo pronto se habrían ido a acostar para olvidar penas.
Unas personas así se encuentran prisioneras de su propio dolor y pocas ganas, o ninguna, tienen para hacer otra cosa que no sea sino lamentarse del fracaso ocurrido.

4. Jesús entra en acción, como un peregrino más, como un amigo, el amigo desconocido que a lo mejor está junto a nosotros sin darnos cuenta.
- “¿Qué conversación es esa que os traéis mientras vais  de camino?
Jesús quiere oír de los propios labios de ellos qué es lo que les pasa. Porque así ocurre: Jesús quiere oír de mis propios labios lo que a mí me pasa.
Y aquí san Lucas introduce una frase de los discípulos que nos hace sonreír:
- ¿Eres tú el único forastero en Jerusalén que no sabes lo que ha pasado allí estos días?
Jesús era el único que sabía toda la verdad, más para aquellos discípulos, al contrario, era el único que no se había enterado.

5. Y aquí comenzó el milagro: una catequesis amistosa, con tal amabilidad, con tal convencimiento, con tanto entusiasmo… que por momentos iba cambiando todo el panorama interior. Al ritmo de las palabras de Jesús, al eco que producía en ellos las palabras de la Escritura que Jesús les explicaba, los nubarrones se deshacían, amanecía el cielo sereno, y brotaba una alegría que era como una fuente nueva en su corazón.
Y cuando el amigo desconocido quería irse adelante a su destino, ellos le agarraron del brazo con confianza y le dijeron:
- No te puedes marchar, tienes que cenar con nosotros, tenemos mesa y cama para ti. ¡Quédate con nosotros!
Jesús estaba esperando esta invitación, porque él está esperando que le invitemos.

6. De pronto el relato mismo se ha transfigurado como el rostro de Jesús, porque ya no sabemos si estamos hablando de una cena de amigos o de la Eucaristía. Lo habían reconocido al partir al pan. Estas palabras no son palabras de una cena, sino de la Eucaristía.
Estas palabras nos están diciendo que el encuentro con Jesús en la Eucaristía es la mayor dicha que podemos tener en esta vida.
Y al instante se levantaron y corrieron a comunicar como testigos la noticia. Jesús dijo una vez que en el cielo seremos hijos de la resurrección. Estos nuevos apóstoles ya son hijos de la resurrección.

7. Señor Jesús, enséñanos una cosa: que estás viviente y Resucitado en al Eucaristía, y que cada comunión es una aparición del Resucitado. Amén.

Guadalajara, Jalisco, jueves 2 de mayo de 2014.

Sobre el Evangelio de Emaús (Evangelio, por otra parte, del Lunes de la octava de Pascua) puede verse estos himnos:
La ruta de Emaús sigue los pasos 
¿No serás tú, buen amigo...? 

1 comentarios:

Anónimo dijo...

¡¡¡¡ Excelente holimía, fray Rufino !!!!.

Saludos.
Juan José.

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