miércoles, 7 de mayo de 2014

546. El Cantar de los cantares al aire de la Päscua



El Cantar de los cantares
al aire de la Pascua


Fascinación y misterio
Por decirlo lo más resumido posible el Cantar de los cantares, libro muy distinto de todos los demás de la Biblia, es el libro del amor.
Es una contemplación del amor en el puro encuentro del hombre y de la mujer bajo el palio de la belleza pura, sin el nombre de Dios, siendo todo él divino. (El nombre de YHWH aparece únicamente en Ct 8,6, expresión que puede interpretarse como idiomática o como teológica). El Cantar de los cantares intenta decir esa palabra nunca dicha – amor, amada mía, amado mía – que cada vez que se pronuncie parece anunciar, con una irradiación de ondas expansivas, que se dice algo infinitamente más bello de lo que se dice. Porque el amor tiene esa única cualidad: que al expresarse, del modo que sea – palabra, danza, contacto, compenetración sexual – quiere significar algo más grande, más bello, más fascinante que eso mismo que se está expresando por el acto amoroso. El acto amoroso es finito y confinando; el amor que lo inspira se abre a lo infinito y quiere ser inmortal.
En la lectura del Cantar uno entra en el deseo amoroso y su lenguaje se entiende amando, solo amando; anhelando y solo anhelando. Porque el Cantar, que puede ser el cantar anhelante de un pueblo, al final es “mi Cantar”, mi anhelo abierto a la belleza, a lo más puro y gratificante, a mi propio yo tocado y herido por el amor. El Cantar era yo mismo oculto en mis más hondas profundidades. Desde el día de la creación, desde el éxtasis de Adán al verse por primera vez con su mujer y reconocerse a sí mismo en ella (¡Esta sí que es hueso de mi hueso y carne de mi carne! Gen 2,23), el Cantar de los cantares puede leerse como el libro del reencuentro en las propias raíces
Esto es ya entrar en el Cantar de los cantares con aires poéticos (no podía ser de otra manera) y con aires místicos: es que el Cantar de los cantares, si no es mística, acaso lo diluyamos en un “divertimento”.


Partimos de la experiencia
Para poder formular un pronunciamiento armónico de lo que sea, uno tiene que partir de un sistema, de una plataforma de pensamiento en la que se apoya y desde la que emite. Aquí se trata del “amor”, de esa suprema experiencia de amor que tiene la humanidad en todas las culturas, de la que guarda en su memoria, y del modo más concreto y simple de “mi experiencia” de amor, en este caso concreto en una vida que bordea la cima.

Como el lenguaje amoroso está tan maleado, a lo mejor el lector evidente puede pensar que “experiencia de amor” es experiencia de amoríos, de trampas, de sensaciones furtivas que desacralizan el amor. Un “iniciado en el amor” – y a los iniciados hablamos – descarta cualquier representación grosera e impertinente o maliciosa. No hablamos de esto. Hablamos del amor, sin más, sin restricciones, sin ulteriores calificativos; y, siendo cristianos, hablamos del amor en Pascua.
El amor de un adelantado en la peregrinación puede ser anunciado con tres primeras afirmaciones que son referentes que nos lo aproximan para entrar en nuestro estudio.

1. Una sensación o intuición nos dice que – hayamos o no conseguido la dulzura, la fuerza, la oblación dolorosa del amor – el amor es lo más bello que existe y puede existir; que es el punto de confluencia de todos los corazones; que es el lenguaje universal que puede iniciar el diálogo humano. Uno puede pensar que nace amando – la succión del pecho de la madre es el primer acto del amor apetitivo, biológico y humano – que vive amando, y que muere bajo la misma corriente del amor. No podemos alentar, no podemos emitir ningún acto de nuestro ser viandante que no tenga una “ratio amoris”.

2. Ahora bien y en segundo lugar, la misma experiencia original de la que partimos nos abre los ojos a esta realidad: el amor se universaliza en expresiones sin fin (auténticas o pervertidas), y que de esta manera el amor asume toda la gama de las sensaciones humanas. Expresiones según las culturas; según los momentos de la vida en el itinerario personal. Expresiones diversas cuando uno, en vuelo, se lanza a investigar las huelas del amor.

3. Por otra parte, y en tercer lugar, esa condición mistérica del amor, a que hemos aludido, nos hace concluir que el amor, ese amor que yo experimento en mí, se emparienta con almo misterioso, que, definitiva, tiene que ser algo divino. Y aquí estamos palpando ese nudo de enlace de lo humano y lo divino.
El amor adquiere entonces una cualidad indeleble: es inefable.
Y el corazón amante y pensante aquí se rinde: el amor es excesivo, rebasa lo que la mente humana puede analizar. La misma sabiduría no lo puede capturar.
Con este amor tenemos que convivir entre la felicidad de la alegría y la felicidad del dolor. El amor es una espina en el corazón: despierta la infinita potencia del gozo y acucia la sensibilidad para el dolor.
Pertenece a la categoría del misterio (no del enigma) y sacraliza toda la vida.
En la escatología cristiana Pablo ha hecho una rotunda afirmación: el amor es lo que queda cuando todo pasa, cuando ya todo ha fenecido y el tiempos e convierte en eternidad, cara a cara con Dios amante. El amor será entonces la única actividad de la patria por los siglos de los siglos.
Seguirá siendo misterio, pero ya de otro modo: pasará a ser el misterio de la vida de Dios volcada en él.

La humanidad pensante sobre el amor
Puesto el amor en el punto de gravedad del devenir humano, todas las culturas han tenido un lenguaje para cantar el amor.
Nos remitimos al pequeño estudio sobre “Mistagogía del amor” (blog “Las hermosas palabras del Señor”, donde nos referimos a dos grandes síntesis del amor, sustentadas por la filosofía griega: Platón y Aristóteles).
Pero en un amplia panorámica habría que asomarse al mundo oriental en las religiones milenaria de la India, China y Japón.
Para el Islam el amor no es un precepto ni una palabra secundaria, añadida a otros preceptos. El amor define al Dios Grande y Misericordioso, hasta el punto de que los teólogos expositores de la fe del Islam es una Religión de amor, pese a que la propaganda pueda decir otra cosa. Y lo que sí es evidente es que el sufismo ha alcanzado bellísimas cotas místicas del amor, que de todo corazón las puede aceptar la religión cristiana.
(Véase, por ejemplo, en una web del Islam Webislam.com el amplio artículo El Amor en el Islam, de  Moucharaf Paraiso, publicado el 03/08/2011 [Fuente: Islam en Mar de Plata]).


“La bandera de su amor” (Ct 2,4): los colores y el ondeo de esta bandera

1. Fibra poética
El Cantar de los cantares no es ningún tratado filosófico sobre el amor (Platón y Aristóteles, por ejemplo). Es un poemario de cierto carácter dramático, escénico.
La poesía no se interpreta “analizando” “desentrañando, sino entrando en la vibración misma del poeta. El significado de la poesía se da “significando”, porque el poeta se comunica con el vuelo poético, “poetizando”. La metáfora y el símbolo son connaturales al poeta.
¡Qué bella eres, amada mía! El placer embriagante que produce esta frase contemplativa ese es su significado.

2. Significar por los cinco sentidos
El lector de poesía se rinde y se entrega, se abandona al vuelo de lo que el poeta le sugiere. El buen lector se deja llevar.
- El significado del cantar es visual (en ocasiones el lector esta viendo y deleitándose con una danza).
- Es odorífero: la esposa está perfumada.
- Es auditivo: el Cantar es para cantarlo, pues tal sería la forma original de este sartal de canciones.
Los cinco sentidos son vías de conocimiento, si bien la comunicación se hace por otro tiempo de contacto que la adhesión mental. La verdad del conocimiento sensitivo es primordial en la estructura humana.

3. Via pulchritudinis
El pensamiento actual, lo mismo en teología que en filosofía, le está dando una singular importancia a la estética. Por la estética alcanzamos una reinterpretación del ser. Lo verdadero es en sí mismo bello. Y lo amable necesariamente es bello, pues la belleza es puerta obligada del amor, en el sentido de que no se puede amar sino lo que se perciba como bello. Y nada que no se me mestura a mí con la categoría de lo bello puede ser apetecido por mí.

4. Se trata de un libro poético contemplativo-fruitivo
La bandera del amor que ondea como trofeo del amado tiene muchas irisaciones, porque el amor, aposentado en el corazón de cada persona (en mí, por ejemplo) tiene muchos lances e incontables vivencias. Porque el amor es éxtasis fruitivo, pero también es silencio sostenido. San Pablo alude a 15 variaciones (quince verbos operativos) cuando habla del amor cristiano, don escatológico de Cristo. El amor aparentemente trivial, muy distinto del amor romántico, es el amor curtido, a mor probado como la fe. La fe sin la prueba no sería la fe de la perseverancia que ha preferido a Jesús sobre todas las cosas.
En el Cantar aparecen sí las varias vicisitudes del amor: la ausencia, la búsqueda fugitiva, el sobresalto, la ansiedad de la pérdida…, pero la tónica dominante es la fruición y la belleza del amor como encuentro del amado y la amada.


5. No existe fisura entre el amor humano y el amor divino de la Alianza
Si la palabra “erótico” no fuese una palabra totalmente desconfigurada por el uso y la lujuria, habría que afirmar sin rebozo que el amor del Cantar de los cantares es el amor erótico en el que relumbra el amor más puro. Ese amor en la belleza desnuda y pura viene del Creador, y en él se encarna el amor de Dios. Benedicto XVI revindicó la nobleza del “eros” como soporte concomitante de la “agápe” (encíclica Deus caritas est).
Definitivamente el amor de Dios a su criatura es un amor derramado y desbordado y donde existe la belleza allí se hizo presente amor gratuito y excelente con que Dios bendijo a todas las criaturas, desfiguradas luego por el pecado de origen.
El que lee entre líneas entiende que el Cantar de los cantares es un cantar nostálgico al paraíso perdido, cuando antes del pecado “los dos estaban desnudos, Adán y su mujer, pero no sentía vergüenza uno del otro” (Gen 2,25). Esta lectura adámica o genesíaca del Cantar se la siente vibrar en el fondo del poema. Es, en este sentido, un canto nostálgico a la inocencia perdida, y una profecía de que, al fin, será otra cosa, cuando el amor sea la palabra terminal de la historia en la alianza perfecta. En el estado de naturaleza caída el amor debe lidiar con los siete pecados capitales para que pueda emerger y verse no como mi triunfo ascético, sino como la gracia del Resucitado en mí. El amor es gracia, pura gracia; es el destello de la carne de Cristo. Así, el matrimonio cristiano, que expresa de un modo eminente lo humano y sublime del amor, debería ser la prueba fehaciente del Resucitado, de que Jesús ha resucitado: ¡Mirad cómo se aman!

6. El momento específico del amado y de la amada en el Cantar de los cantares
Ya lo mencionábamos (n. 4): la gama del amor, que abarca todo el ser y todas las edades del ser, y las múltiples posibilidades de la relación entre el yo y el tú, no está reflejada en el Cantar, porque no es un Tratado del amor, sino el Cantar divino al amor, refiriéndonos como trasfondo al amor que se ha originado en la Alianza.
No es el amor de una pareja que proyecta un matrimonio, que sueña con una casa y unos hijos, que planea un futuro. Es el puro amor caído del cielo como una llamarada divina. El poema final de la amada lo dice de maravilla:

Grábame como sello en tu corazón,
grábame como sello en tu brazo,
porque es fuerte el amor como la muerte,
es cruel la pasión como el abismo;
sus dardos son dardos de fuego,
llamaradas divinas.
Las aguas caudalosas no podrá apagar el amor,
ni anegarlos los ríos.
Quien quisiera comprar el amor
con todas las riquezas de su casa
sería sumamente despreciable (8,6-7).

Estos versos del Cantar pertenecen, en realidad a la humanidad… Ahí está el latido más noble de nuestro corazón, la vocación más sublime: amar; añade san Juan: Porque él nos amó primero. Quien pretendiera comprar, conquistar… amor con dinero ¡sería el más miserable…!
Una lectura informada del Cantar pide, ciertamente, muchos conocimientos filológicos y arqueológicos, que la exégesis debe proporcionar, no siempre con garantía. Con todo, la vibración última, la fibra del Cantar, nos la da el estado amoroso propio del lector, de la lectora en comunión con Jesús.



Jesús y el Cantar de los cantares

En el estilo de Grecia, bien en la escuela de Platón o bien en la de Aristóteles, se podía fundar una Academia del Amor, contertulios diletantes sobre aquello que Aristóteles llamó “la cosa más necesaria del vida”. Al fin, el ejercicio de una Academia Superior de Filósofos es el Banquete de Platón.
En el mensaje directo y escatológico de Jesús el estilo de una Academia no cuadro. Jesús no ha especulado sobre el amor – como tampoco Moisés – no ha poetizado al estilo del Cantar de los cantares. Y cuando Pablo canta al amor (1Cor 13), que parece va a desatarse al estilo de los vuelos del Cantar de los cantares, al fin, retorna a lo cotidiano y su lenguaje es distinto.
Para el cristiano Jesús es el Amor Crucificado – todo el amor de Dios en él vertido, en él revelado – pero la gramática de Jesús ha sido otra, y su poesía, pues todas las parábolas vibratoriamente son poesía del campo y de la vida, ha adquirido otro acento.
Con todo, tenemos la versión del Cantar de los cantares referido a Jesús, y esto para nosotros es una clave mística.

Jesús en el huerto y María la Magdalena (Jn 20,11-18)

La evocación del Cantar de los cantares, que de alguna manera podemos aspirarla en la escena de la unción a Jesús en los pies o en la cabeza (en los cuatro Evangelios, si bien en contextos y circunstancias distintas), tiene su representación más en el encuentro de Jesús Resucitado y María Magdalena, el primer día de la semana cuando a la madrugada fue a buscar a su amado, y luego “corrió” a notificar la ausencia a los discípulos. Ella se quedó llorando. Las evocaciones con el Cantar son múltiples.
Queriendo recoger la escena, lo que dice y sugiere, compusimos como felicitación pascual (abril de 1979) este poema que, partido en dos, ha pasado a la liturgia pascual.

Estaba María al alba,
llamándole con sus lágrimas

Vino la Gloria del Padre
y amaneció el primer día.
Envuelto en la blanca túnica
de su propia luz divina,
la sábana de la muerte
dejada en tumba vacía ,
Jesús alzado reinaba,
pero ella no lo veía.

Estaba María al alba,
la fiel esposa que aguarda.

Mueva el Espíritu el aura
en el jardín de la vida.
Las flores huelan la Pascua
de la carne sin mancilla,
y quede quieta la esposa
sin preguntas ni fatiga.

¡Ya está delante el esposo,
venido de la colina!

Estaba María al alba,
porque era la enamorada.

"¡María!", la voz amada.
"¡Rabbuní!", dice María.
El amor se hizo un abrazo
junto a las plantas benditas;
las llagas glorificadas
ríos de fuego y delicia;
Jesús, Esposo divino,
María, esposa cautiva.

Estaba María al alba,
con una unción preparada.

Jesús en las azucenas
al claro del bello día.
En los brazos del Esposo
La Iglesia se regocija.
¡Gloria al Señor encontrado,
gloria al Dios de la alegría,
gloria al Amor más amado,
gloria y paz, y Pascua y dicha!

Estaba María al alba;
es Pascua en la Iglesia santa.
Amén. ¡Aleluya!

Esta escena del encuentro del Resucitado con la Mujer fiel hasta la Cruz, y las demás escenas de aparición, son el hontanar de la mística cristiana.
Aquí podemos señalar la “reconversión del Cantar”. Sí, el Cantar es un libro de amor, y nos introduce desde dentro en el amor esponsal a Cristo Resucitado.
La Iglesia lee el Cantar de los cantares como libro navideño, en el oficio de lecturas: “Desde el día 29 de diciembre hasta el 5 de enero se leerá el primer año la Epístola a los Colosenses, en la que se considera la Encarnación del Señor en el marco de toda la historia de la Salvación, y en el segundo año, el Cantar de los Cantares, en el que se prefigura la unión de Dios y el hombre en Cristo: "Dios Padre se desposó con Dios su Hijo en el instante en que lo unió a la naturaleza humana en el seno de la Virgen, en el momento en que Dios, antes de todos los siglos, determinó que se hiciese hombre al final de los tiempos" (S. Gregorio Magno, Homilía 34 sobre los Evangelios).
Libro navideño por los desposorios de la Encarnación; libro pascual – todo pascual – porque el esposo de la Iglesia santa es Jesús Resucitado, el Señor.

Guadalajara, Jalisco, miércoles de la III semana de Pascua, 7 mayo 2014.

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