sábado, 10 de mayo de 2014

548. Domingo IV de Pascua: Buen Pastor



Jesús, el Buen Pastor, nos da vida, vida abundante

Homilía en el Domingo IV de Pascua, ciclo A

Jn 10,1-10

Texto evangélico:
“En verdad, en verdad os digo: el que no entra por la puerta de las ovejas. sino que salta por otra parte, ese es ladrón y bandido, pero el que entra por la puerta es pastor de las ovejas. A este le abre el guarda y las ovejas atienden a su voz, y él va llamando por el nombre a sus ovejas y las saca fuera. Cuando ha sacado todas las ovejas fuera, camina delante de ellas, y las ovejas lo siguen, porque conocen su voz: a un extraño no lo seguirán, sino que huirán de él, porque no conocen la voz de los extraños”.
Jesús les puso esta comparación, pero ellos no entendieron de qué les hablaba. Por eso añadió Jesús:
“Yo soy la puerta de las ovejas. Todos los que han venido antes de mí son ladrones y bandidos; pero las ovejas no los escucharon.
Yo soy la puerta: quien entre por sí se salvará y podrá entrar y salir, y encontrará pastos. El ladrón no entra sino para robar y matar y hacer estragos; yo he venido para que tengan vida y la tengan abundante”.

Hermanos:
1. Todos los años el domingo IV de Pascua es el domingo del Buen Pastor. Ese domingo se lee el capítulo X del Evangelio de san Juan, que recoge esta figura del pastor, tan arraigada en la  Biblia. Se hacen tres secciones de todo el texto de Jesús Pastor y un año se lee la primera, otro la segunda y el tercero la tercera.
Domingo del Buen Pastor que evoca muchas páginas de la Biblia, y muy especialmente el Salmo 23:
El Señor es mi pastor, nada me falta:
en verdes praderas me hace reposar,
me conduce hacia fuentes tranquilas
y repara  mis fuerzas;
me guía por el sendero justo
por el honor de su nombre.

2. El pasaje del Buen Pastor está todo lleno de simbolismos. Advierte el mismo evangelista: Jesús les puso esta comparación, pero ellos no entendieron de qué les hablaba. El lenguaje poético es aquí lenguaje simbólico; lo que parecía una parábola es, más bien, una alegoría, Veamos:
- Ser pastor, dueño de las ovejas, o ser ladrón.
- Entrar por la puerta o saltar por la barda.
- Entrar y salir las ovejas, con libertad, como en casa propia.
- Conocer la voz de las ovejas.
- Llamar cada una por su nombre.
- Ir el pastor delante y seguirle las ovejas.
Y estos símbolos culminan en una declaración soberana: yo he venido para que tengan vida y la tengan abundante.
Es una frase que está indicando cuál es la función mesiánica de Jesús, cuál es el sentido de su vida, cuál es la herencia que va a dejar después de su muerte, que llega hasta nosotros. Todo esto se resume en una palabra: vida. Y a esta palabra Jesús le da un calificativo: vida abundante.

3. Aquí se centra nuestra reflexión, y vemos que esa proclamación rebasa la misma parábola. Jesús ha venido para que tengan vida, mejor dicho, para que tengamos vida, y una vida en abundancia, no una vida raquítica que parece que no es vida. Una persona que está enferma, pero que está pálida, que es asmática, que se mueve con dificultad…, vive ciertamente, pero de esa vida no habla Jesús.
Jesús nos quiere a todos con vida, nos quiere sanos, con salud para derrochar y contagiar. Yo he venido para que tengan vida y la tengan abundante.

4. El encuentro con la vida es el milagro de la existencia. No se puede definir la vida, dicen los filósofos. Efectivamente, para definir las cosas necesitamos conceptos previos de referencia. Pero superior a la vida no hay nada. La vida es la ebullición del ser. Es “la acción inmanente del ser”, así se decía los estudios de bachillerato. De la vida procede la acción, pero la vida es eso que motiva la acción. La vida está en la sangre, piensa la Biblia. Pero la vida es más que la sangre.
Hermanos, según esto, ¿qué será la vida de Dios? O ¿la vida del Espíritu, que es lo que te hace espiritual? La vida de Dios es lo que te diviniza, es vivir a la manera de Dios, ya aquí en la tierra. Y es la que nos da la inmortalidad y el gozo sempiterno.
Pues he aquí, hermanos, lo que nos dice Jesús: Yo he venido para que tengan vida, vida desbordante, vida irradiante, vida que contagia. Nos lo recuerda hoy san Pedro: “Él llevó nuestros pecados en su cuerpo hasta la cruz [lit., hasta el leño], para que muertos a los pecados vivamos para la santidad [lit. justicia]” (1 Pe 2,24).
Estamos hablando de Cristo, de aquel Jesús crucificado, de ese Cristo resucitado, Mesías e Hijo de Dios, que hoy, ahora mismo, vive y reina con el Padre, y que es para mí el manantial de mi vida.

5. Esta declaración soberana de la vida tiene un momento especial en la vida del cristiano, que es el bautismo. En el bautismo somos incorporados a la plenitud de la vida de Dios, que nos ha traído Jesucristo, porque bien amargamente la experiencia nos dice que lo que el mundo nos da no es la vida.
En el relato simbólico de Adán y Eva en el Paraíso, Dios había puesto en el centro el Árbol de la vida. Eso era el Paraíso, el jardín que tenía el Árbol de la vida. Los santos han llamado a la Cruz de Cristo el Árbol de la vida. Así, por ejemplo, el doctor seráfico san Buenaventura, algo después de san Francisco, en el siglo XIII, que escribió un pequeño libro de gran sabiduría: El Árbol de la vida y allí dibuja las ramas, las hojas, los frutos de este árbol de la vida, que es Jesús en la Cruz.

6. De la vida habla Jesús en estas comparaciones varias del pastor y del rebaño. El ladrón, que no entra por la puerta, sino que furtivamente salta por la barda no viene a dar vida, sino a robar, y, si es necesario, a matar. Todos los que han venido antes de mí son ladrones y bandidos; pero las ovejas no los escucharon.
Es terrible esta calificación que Jesús hace. Es terrible pensar que esto lo está diciendo de los guías espirituales de Israel, que no dan vida al rebaño de Dios. Pero es consolador lo que Jesús dice terminando la frase: las ovejas no los escucharon.
Es lo que se llama en teología “el sentir del pueblo de Dios”. El pueblo sencillo y creyente, por instinto que lleva en el alma, por olfato espiritual, percibe y sabe dónde está Dios y donde no está. Es lo que dice Jesús con otra declaración, identificándose a sí mismo: las ovejas lo siguen, porque conocen su voz: a un extraño no lo seguirán.
Cuando uno ha conocido a Jesús se establece una sintonía entre él y yo, y sin que nadie me lo diga yo sé que esto viene de él y esto, que huele raro, no viene de él.
Es que, como dicen los apóstoles, Cristo nos hace participar de su naturaleza divina.

7. Querido hermanos, estos son los misterios celestiales a los que nos invita a celebrar la Pascua, dentro de la cual estamos en estos 50 días, que se llaman la Cincuentena pascual.
Miremos a Cristo Resucitado.
Señor Jesús, tú que eres la puerta del rebaño de la Iglesia, el único y Buen Pastor de la Iglesia, condúcenos a nosotros por el verdadero conocimiento, y si un día se acerca el ladrón y el salteador vestido de pastor danos conocimiento para rechazarlo.
Señor Jesús, tú eres el buen Pastor, tú eres nuestra vida. Amén.

Guadalajara, Jal., sábado 10 mayo 2014, víspera del domingo del Buen Pastor (en la familia capuchina, María Madre del Buen Pastor).

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