martes, 3 de junio de 2014

554. Intimidad: el testamento de Pablo, el testamento de Jesús



Despedida de Pablo a los “presbíteros” de Éfeso

El testamento de Jesús 
en forma de oración al Padre

Meditatio” al latido del corazón

en la lectura de estos días


La semana que precede a Pentecostés es de una intimidad entrañable.
Intimidad que se convierte en dulzura del alma.
Quieta dulzura que fluye de la paz y la armonía de ese fondo que se llama corazón.
Comencemos esta evocación con un recordatorio.
Antes de la reforma litúrgica (…1969) que siguió al Concilio (1962-1965) celebrábamos la Fiesta de Pentecostés como una fiesta de algún modo autónoma, la gran Fiesta del Espíritu Santo, y como tal tenía su octava. La octava de Pentecostés desaparece con la reforma. Fue una decisión muy acertada; así quedaba en claro que Pentecostés es la misma fiesta de Pascua, en la cual aparece la donación del Espíritu. Textos litúrgicos de la octava con la constante mención del Espíritu Santo pasaron a la semana antecedente.
La “eucología” (o parte oracional) de esta semana, las lecturas patrísticas nos catequizan sobre el Espíritu Santo, que es el Espíritu de Jesús, el cual recibió María en el momento de la Encarnación.


Encuadre: pautas previas

Para ponernos espiritualmente en órbita, recordemos que en la Carta circular sobre la preparación y celebración de las Fiestas Pascuales de la Congregación para el culto divino y la disciplina de los sacramentos (16 enero 1988), se nos explica muy claro el espíritu de la cincuentena pascual. Citamos algunos textos:

100. La celebración de la Pascua se continúa durante el tiempo pascual. Los cincuenta días que van del domingo de Resurrección al domingo de Pentecostés se celebran con alegría, como un solo día festivo, más aún, como el «gran domingo».
101. Los domingos de este tiempo han de ser considerados y llamados como «domingos de Pascua» y tienen precedencia sobre cualquier fiesta del Señor y cualquier solemnidad. Las solemnidades que coincidan con estos domingos, han de anticiparse el sábado precedente. Las celebraciones en honor de las Santísima Virgen o de los santos, que caen entre semana, no pueden ser trasladadas a estos domingos.
107. El domingo de Pentecostés concluye este sagrado período de cincuenta días con la conmemoración de la donación del Espíritu Santo derramado sobre los apóstoles, el comienzo de la Iglesia y el inicio de su misión a todos los pueblos, razas y naciones.
Se recomienda la celebración prolongada de la Misa de la Vigilia de Pentecostés, que no tiene un carácter bautismal como la Vigilia de Pascua, sino más bien de oración intensa según el ejemplo de los apóstoles y discípulos, que perseveraban unánimemente en la plegaria juntos con María, la Madre de Jesús, esperando el don del Espíritu Santo.

Desde Mileto, puerto de mar, Pablo llama a los presbíteros de Éfeso

1. Estamos en el tercer viaje apostólico de Pablo. Pablo regresa Jerusalén. “Desde Mileto – recuerda su compañero de fatigas Lucas, médico carísimo – envió recado a Éfeso para que vinieran los presbíteros de la Iglesia” (Hech 20,17). Lucas, que es un artista de la pluma, recupera mentalmente el discurso que Pablo, que ya se va haciendo mayor (y los latinos llamaban “senex”, anciano), dirigió a aquel grupito, que representaba muy bien a toda la comunidad de Éfeso. Puntualiza el escritor los detalles de este viaje de regreso a la comunidad madre de Jerusalén. “Pablo se había propuesto no hacer escala en Éfeso para no tener que demorarse en Asia, pues tenía prisa por estar en Jerusalén, si era posible, el día de Pentecostés” (v. 16).
Jerusalén y Pentecostés: ¡qué evocación para Pablo, que no había vivido allí, a los cincuenta días de la resurrección de Jesús, la invasión del Espíritu a la Iglesia! Percibimos que esta Iglesia apostólica celebraba Pentecostés como fiesta de Jesús, que nosotros vamos a celebrar el domingo. Para ganar tiempo llamó, pues, a los presbíteros de Éfeso. La Iglesia de Éfeso para él era principalísima. Lucas nos ha informado, páginas atrás, que aquella permanencia “duró dos años, y así todos los habitantes de Asia, lo mismo judíos que griegos, pudieron escuchar la palabra del Señor” (Hech 19,10, estancia que, añadiendo meses, será contabilizada luego de "tres años": 20,31). Más tarde, cuando el evangelista Juan escriba el Apocalipsis, los primeros mensajes serán las siete cartas celestiales a las Iglesias de Asia, comenzando por Éfeso, y siguiendo por Esmirna, Pérgamo, Tiatira, Sardes, Filadelfia y Laodicea (cf. Ap 2-3). Éfeso y su contorno, ¡tierra bendita de la fe apostólica!

2. Llamó, pues, a los presbíteros de Éfeso: “Vosotros habéis comprobado – comenzó a decirles – cómo he procedido con vosotros todo el tiempo que he estado aquí, desde el primer día que puse el pie en Asia, sirviendo al Señor con toda humildad, con lágrimas y en medio de las pruebas que me sobrevinieron por las maquinaciones de los judíos, cómo no he omitido por miedo nada de cuanto os pudiera aprovechar, predicando y enseñando en público y en privado, dando solemne testimonio tanto a judíos como a griegos, para que se convirtieran a Dios y creyeran en nuestro Señor Jesús. Y ahora, mirad, me dirijo a Jerusalén, encadenado por el Espíritu. No sé lo que me pasará allí, salvo que el Espíritu Santo, de ciudad en ciudad, me da testimonio de que me aguardan cadenas y tribulaciones” (20,18-23).

3. Pablo es un profeta de Dios, y el Espíritu lo ha encadenado. ¡Qué hermoso llevar la vida encadenada por el Espíritu! Jesús y el Espíritu, esa es la vida interior de Pablo, que adora al Padre de nuestro Señor Jesucristo.
Pero nos vamos a detener en la frase siguiente: “Pero a mí no me importa la vida, sino completar mi carrera y consumar el ministerio que recibí del Señor Jesús: ser testigo del Evangelio de la gracia de Dios” (v. 24)
Esta despedida es su testamento. Esto es lo que Pablo deja a Éfeso, a Asia (Menor), al mundo entero: el Evangelio de la gracia de Dios.

4. El caso de Pablo me plantea a mí una pregunta: ¿Qué voy a dejar yo al mundo, cuando me vaya?
Esta pregunta tienen sentido partiendo del principio de que yo no soy una isla; de que yo he nacido con una vocación universal, de que los 7.000 millones y más de seres humanos que respiran en este planeta, aunque no nos conozcamos, son mis hermanos.
Dice Jesús que “la mujer, cuando va a dar a luz, siente tristeza (apretura), porque ha llegado su hora; pero, en cuanto da a luz al niño, ni se acuerda del apuro, por la alegría de que al mundo le ha nacido un hombre” (Jn 16,21). La mujer madre entrega al mundo un hombre. La mujer virgen no entrega al mundo un hombre; y el hombre célibe (es  mi caso) tampoco entrega al mundo un hombre. ¿Cuál es el don de vida que yo he de entregar al mundo, para que mi vida llegue a su plenitud?
Vida, vida…, es el clamor de la sangre en la mujer y en el hombre, con un océano de ternura, de gozo y paz. Vida e inmortalidad, un fruto de mi existencia, un don de mi ser que sea tan grande – y más – que yo mismo y que se pierda en Dios, se funda en Dios. ¡Hemos nacido para vivir y dar vida!

5. Pablo dice que esto que llamamos vida ya no le importa, que él quiere consumar su carrera dando lo que a él se le ha entregado: el Evangelio de la gracia de Dios.
Efectivamente Pablo entregó este don al mundo entero. Después de dos milenios llega hasta mí mismo y lo siento. Apóstol Pablo, hermano mío en la fe, te lo agradezco. He leído tus cartas y las seguiré leyendo como manantial de vida. Tú me enseñas a amar “vitalmente” a Jesús, amor de tu vida, amor de la mía.

6. Pero yo soy un minúsculo ser en la tierra. Rechazo frontalmente lo que dice el ateo: “Nacimos casualmente / y después seremos como si nunca hubiésemos existido. / Humo es el aliento que respiramos / y el pensamiento, una chispa del corazón que late. / Cuando esta se apague / el cuerpo se volverá ceniza, / y el espíritu se desvanecerá como aire tenue…” (Sab 2,2-3).
Soy un  minúsculo ser, pero soy tan grande que mis tentáculos interiores se entretejen con los 7.000 millones de hermanos míos que alientan en el planeta. Mi vida es un don de amor para ellos.
Cuando yo me muera, aunque nadie lo sepa, habré dejado una infinita siembra de amor que durará y fructificara por los siglos de los siglos.
El Espíritu Santo se encargará.

El testamento de Jesús como oración (Evangelio de san Juan 17)

El testamento de Jesús no fue un pliego escrito. Jesús no escribió nada, porque era tanto lo que tenía que decir – era “el todo” – que se lo encomendó al Espíritu. El Evangelio, que eso sería el testamento de Jesús, no fue escrito por él, sino que lo comenzaron sus primeros discípulos, para que lo siguiéramos escribiendo nosotros al dictado del Espíritu.
En la Cena de despedida hizo sus recomendaciones: el amor mutuo como resumen de todo. Eso era su testamento…
Sí…, pero luego… “Así habló Jesús y, levantando los ojos al cielo, dijo: Padre, ha llegado la hora…” (Jn 17,1). El testamento de Jesús se convirtió en oración, y como oración se quedó en el corazón del Padre.
Esa oración era la coronación de su vida, la coronación de la historia; era la “epíclesis” (la oración consecratoria) de su Pasión; de su Pasión, Muerte y Resurrección, la Oración del Misterio Pascual.
El testamento de Jesús terminaba en el Espíritu.
Y en este día, aparentemente un día cualquiera; en este punto minúsculo de la tierra; en ese sencillo aposento (que los religiosos llamamos “la celda”), el estamento de Jesús, llega a mi corazón.
El testamento de Jesús será la herencia de mi vida.

Guadalajara, Jalisco, martes de la VII semana de Pascua, 3 de junio de 2014.

1 comentarios:

Anónimo dijo...

Fray Rufino: En verdad que me ha impactado una frase de su discurso.
¿Qué voy a dejar yo al mundo, cuando me vaya?.
Esta frase suya, si se me permite la expresión, es de mucho calado. Cuando el hombre deja este mundo, ¿qué deja?.
Muchos responderán que un recuerdo, pero aún así el mismo recuerdo, o el objeto recordado, es también efímero. El hombre que se desvive por su gloria póstuma no se imagina que cada uno de los que se han acordado de él morirá también muy pronto; luego, a su vez, morirá el que les ha sucedido, hasta extinguirse todo su recuerdo, convirtiéndose en efímero el recuerdo o el objeto recordado.
Algunos viven y actúan con la idea de que van vivir mil años. Y olvidan lo más importante: practicar el amor al prójimo, practicar la virtud, pasar la vida confiando en Dios, no siendo ni tirano con los que te obedecen ni esclavo de los que te mandan.
Juan José.

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