sábado, 7 de junio de 2014

556. Es Pascua, es Pentecostés



Homilía para el domingo de Pentecostés, ciclo A

Jn 20,19‑23

Texto evangélico:

Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por medio a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: "Paz a vosotros". Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Seño?‑. Jesús repitió: "Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo".
Y dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: "Recibid el ftefÉtitu Santo; a quienes les perdonéis los pecados les quedan perdonados; a quienes se tos retengáis, les quedan retenidos".



Hermanos:

1.  Vamos a hablar del Espíritu. El Espíritu Santo no es un tema; el Espíritu Santo es Dios. Y Dios no es un tema, que el hombre pueda dominar, sobre el cual pueda opinar. Mientras emitimos opiniones estamos fuera del asunto. Dios no es objeto. Dios es vida, vida infinita, vida que se derrama, vida que nos envuelve y nos penetra.
La actitud humana ante Dios ha de ser, ante todo, una actitud pasiva de quien ha caído en un océano infinito, y en él se ve anegado con inmensa gratitud. El hombre deificado hablará de Dios amando, dando gracias, celebrando. No cabe otro lenguaje posible de la criatura frente a su Creador.

2.  Para hablar del Espíritu Santo podemos partir del mismo Evangelio de hoy, que es Evangelio de la resurrección del Señor. El Espíritu nacía de la resurrección. En cierto momento, san Juan, que es el testigo y redactor de esta escena, nos había advertido cuando Jesús, con frases de la Escritura, había prometido para los que creyeran en él ríos de agua viva. "Dijo esto refiriéndose al Espíritu que habían de recibir los que creyeran en él. Todavía no se había dado el Espíritu porque Jesús no había sido glorificado" (Jn 7,30).
Llegó, pues, el momento en que Jesús glorificado iba a dar el Espíritu. Y ocurrió en la misma tarde de la resurrección. Comienza el Evangelio de hoy: "Al anochecer de aquel día, el primero de la semana". Fue al atardecer y fue el día primero de la semana. Atardecer, que es una hora grávida de amor, una hora propicia a la intimidad, una hora eucarística. La escena tiene la densidad de una hora sacramental.

3.  Vino Jesús y les entregó su saludo. Les entregó la Paz. Dos veces lo dijo: Paz a vosotros. Y era tan verdadera la palabra paz como la palabra vosotros. La paz de Dios, que es el conjunto de los bienes infinitos de Dios, se posaba en la comunidad.
Les enseñó las manos y el costado. Las manos del crucificado, el costado del atravesado eran el manantial de la paz, don supremo que todos anhelamos.
Los discípulos se llenaron de inmensa alegría. Esta escena es repetición, porque es el cumplimiento, de algo que había acontecido en la Cena.
Les envió con el mismo envío celestial que él había traído del Padre.
Podemos considerar que todo esto es el sacramento, el signo visible, de todo lo prometido en los discursos de despedida de la Cena, para que quedara eternamente cumplido y establecido.

4.  Y de pronto Jesús hizo algo que nunca había hecho sobre sus discípulos, sopló sobre ellos y les dijo: Recibid el Espíritu Santo. Esto era la coronación de todos.
Tenemos en esta escena cuatro cosas que acabamos de mencionar:
    la paz
    la alegría
    el envío
    el Espíritu.
La escena nos evoca espontáneamente la primera página de la Biblia en la creación del primer hombre, tierra de la tierra. "El Señor Dios modeló al hombre del polvo del suelo e insufló en su nariz aliento de vida; y el hombre se convirtió en ser vivo" (Gen 2,7).
Sobre los animales no insufló Dios; sobre el hombre sí. El hombre iba a vivir con el mismo aliento o Espíritu que salía del seno de Dios. De ahí su soberanía sobre toda la creación, su dignidad inmarchitable, su capacidad de comunicarse con Dios, su destino divino e inmortal.
En una palabra, el hombre estaba alentando con el mismo aire de los pulmones de Dios. Dios creaba al hombre sencillamente divino. El Espíritu de Dios, ese Espíritu que nos puso en el mundo lo llevamos en el barro de nuestro cuerpo, en todas las células de nuestro ser.

5.  Cuando Jesús soplaba sobre sus discípulos no estaba haciendo un signo simbólico. Como Dios de Dios estaba creando al nuevo hombre, al nuevo Adán, a la nueva comunidad de los hijos de Dios, al hombre santo, que soy yo, como hijo de Dios, al hombre resucitado con Cristo resucitado.
Ese soplo de Dios, creador del hombre nuevo, aniquilaba los pecados, porque donde está el Espíritu de Dios no puede estar el pecado. Y ese Espíritu de Dios todo cristiano lo lleva dentro de su corazón. Justamente el bautismo es para que se actualice hoy lo que Jesús hizo en el cenáculo, para que yo sea la nueva criatura receptora de todos los dones divinos.

6.  En Pentecostés, en esta fiesta de las siete semanas, de los cincuenta días, cuando el pueblo judío recordaba el don de la Ley divina en el Sinaí en medio del fuego y del retemblar del monte, vino estruendosamente el Espíritu en el nuevo Sinaí de la Iglesia.
Los apóstoles se llenaron de Dios, de Espíritu Santo, y comenzaron a hablar las lenguas de los pueblos. El Evangelio se inauguraba para toda la humanidad. Había nacido la Iglesia.
No caben palabras humanas para hablar adecuadamente de las cosas divinas. Unas veces acudimos a lo grandioso; otras, a lo más humilde y sencillo.
No podemos capturar al Espíritu de Dios, no podemos definirlo. Tan solo podemos decir lo que hace.
Hace mucho siglos se compuso una dulce secuencia al Espíritu Santo:        Veni, Sánete Spiritus, et emitte caelitus, Lucís tuae radium, a la que luego algún monje desconocido le puso una música celestial, fruto de su contemplación. Hoy en todas las iglesias se reza o se canta esa secuencia. Y ha habido un exquisito poeta español, ya difunto (el jesuíta José Luis Blanco Vega, autor de muchos himnos litúrgicos), el que le ha dado una forma poética rimada en castellano. Es una gozosa secuencia que pide al Espíritu Santo los dones gozosos de su intimidad. Todos los necesitamos, todos los anhelamos.

 1.Ven, Espíritu Divino
manda tu luz desde el cielo.
Padre amoroso del pobre;
don, en tus dones espléndido;
luz que penetra las almas;
fuente del mayor consuelo.

2. Ven, dulce huésped del alma,
 descanso de nuestro esfuerzo,
tregua en el duro trabajo,
brisa en las horas de fuego,
gozo que enjuga las lágrimas
y reconforta en los duelos.

3. Entra hasta el fondo del alma,
 divina luz y enriquécenos.
Mira el vacío del hombre,
si tú le faltas por dentro;
mira el poder del pecado,
cuando no envías tu aliento.

4. Riega la tierra en sequía,
sana el corazón enfermo,
lava las manchas, infunde
calor de vida en el hielo,
doma el espíritu indómito,
guía al que tuerce el sendero.

7.  No quiero terminar esta homilía, hermanos, sin una evocación muy singular del día de hoy. Hace pocos días el Papa en Jerusalén, invitaba al Presidente de Israel y al Presiente de Palestina ‑ tres religiones distintas mirando a un único Dios verdadero ‑ a orar juntos, cada cual desde el punto de vista de su fe, por un interés común: la paz del mundo. Les abría su casa del Vaticano. Cortésmente aceptaron, tres hombres de paz, tres hombres de bien, y en este 8 de junio los tres orarán junto por la paz del mundo.
También nosotros oramos: Espíritu Santo de paz y de unión, une a todos los hombres como hermanos y danos la paz. Amén.
Guadalajara, Jalisco, viernes de la VII semana de Pascua, 6/VI/2014

Nota sobre José Luis Blanco Vega.
Los himnos más herniosos de la liturgia de las Horas son de él. "y tengo amor a lo visible " (Sal Terrae 1997) recoge, como selección, en su última parte, 39 himnos que están en la liturgia. Después de su muerte se ha podido escribir: "José Luis Blanco Vega (Mieres, Asturias, 1930 ‑ La Coruña, 2005). Jesuíta profesor de literatura y cine, apenas suena su nombre como poeta, aunque muchos de sus versos se leen, se rezan, se re‑producen masivamente por internet. Nacido en la comarca minera de Mieres, toda su vida, con cierta severi‑dad, padecería de los bronquios. Falleció un 25 de enero de 2005 como había vivido, escapándose de punti‑llas. Pero nos ha legado una millonaria herencia de buena poesía..." (Blog: Nido de Poesía, de Nicolás de la Carrera).

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