miércoles, 18 de junio de 2014

563. Angela Pustelnik, capuchina, la monja más joven de Suiza



Angela Pustelnik, capuchina, la monja más joven de Suiza


Esta foto que deleita suavemente la vista y el corazón de quien la contempla, que invita a la serenidad y a la paz, es la foto de una joven que el día de pascua de este año (26 de abril) pronunció, como capuchina, sus votos religiosos, diciendo en alemán la fórmula de su profesión religiosa por tres años: “Yo, hermana Elisabeth, para gloria de Dios, con la firme resolución de vivir más perfectamente el Evangelio, ya que el Señor me ha concedido esta gracia, ante las hermanas aquí presentes, en tus manos, Madre Mirjam, hago voto por tres años de vivir en obediencia, sin nada propio y en castidad. … Me confío de todo corazón a esta familia religiosa, a fin de que mediante la acción del Espíritu Santo y la intercesión de la bienaventurada Virgen María Inmaculada, juntamente con la de nuestro Padre San Francisco, la de nuestra Madre Santa Clara y la de todos los Santos, con la ayuda de las hermanas, con la ayuda de las hermanas, logre realizar mi consagración en servicio de Dios y de la Iglesia”.
Una periodista suiza, Nicole Kträttli, que trabaja en la redacción de la revista “Beobachter” (el Observador), y que es especialista en temas de educación (véase su foto y profesión en Internet), escribió un artículo: La monja más joven de Suiza (Die jüngste Nonne der Schweiz). El artículo ha pasado estos días a “Religión en libertad” y “Camino Católico”

Nos contaba la periodista Nicole Krättli la profesión a los 22 años de esta muchacha, empezando la historia desde dos años antes.
“El 15 de agosto de 2012 Angela Pustelnik cortó las pulseras hechas por ella misma, las dobló ordenadamente y las depositó en un baúl. Cada una de estas pulseras simbolizaba un éxito, como por ejemplo el examen de conducir o la selectividad. Fue el día en el que la joven de veinte años escondió sus largos cabellos rubios bajo un velo, sustituyó sus tejanos y camisetas de colores con el hábito, abandonó su vida en la pequeña ciudad de Bad Salzuflen en el norte de Alemania y se trasladó al convento de las hermanas capuchinas Leiden Christi en Jakobsbad, cerca de Appenzell. Ese día Angela Pustelnik se convirtió en Sor Elisabeth”.
Como yo viví en Suiza dos años, cursando la licencia en Teología (Fribourg, 1960-1962), los recuerdos de antaño se han despertado, nostálgicos, evocando paisajes, personas y escenas. La mirada de Ángela era como la mirada de quien quiere iniciar un diálogo. Y he querido conocer el convento de la Pasión de Cristo (Leiden Christi) que tiene su sitio en la red:
y que está en Jakobsbad, junto a Appenzell (donde hay convento de capuchinos)

¿Qué había pasado? He aquí la estampa de Angela antes de depositar su vida junto al sagrario del convento de Hermanas Capuchinas llamado Convento de la pasión de Cristo.

Ángela, joven alemana, había conocido a las capuchinas por Internet. Después de meses de correspondencia, el invitaron las hermanas a pasar unos días, con ella. Y allí fue, acompañada por su padre. “No había estado nunca en Suiza; no había estado nunca dentro de un convento; no había hablado nunca con una monja. Pero al llegar intuí enseguida: Estoy en el lugar donde Dios me quiere”.
Regresó a casa y tras un tiempo regresó para ser una hermana de la comunidad y seguir los pasos necesarios de integración: primero postulante, luego novicia, después profesa para tres años, luego, si todo ha madurado convenientemente, profesa para toda la vida, en la vida sencilla de la clausura.

¿Qué pasaría si en estos años la joven viera que eso de la vida escondida, monótona de una capuchina…, oculta a los ojos del mundo, no le va. Ella ha respondido con sencillez: “No consigo imaginar que llegue un día en que yo no quiera vivir en el convento. Pero si tuviera que suceder, Dios tendrá de todas formas un proyecto para mi”.
Esta sencillez y candor son signos del “buen espíritu”, así diría san Igancio de Loyola en los Ejercicios.
Con ella, ha profesado otra compañera, Hedwig (ahora hermana Chiara), de 43 años (10 años florista, luego secretaria en una parroquia), que junto con Ángela han cambiado el velo blanco de novicias por el velo negro de profesas.


Cuando se acerca la Madre para quitarles el velo blanco y ponerles el velo negro, el sacerdote, dice a la profesante: “Hermana, recibe este sagrado velo como signo de tu consagración a Cristo,  el Señor, en servicio de la Iglesia. Guárdalo sin mancha, para que, a la venida de Cristo, a imitación de la Madre Santa Clara, virgen humilde y pobre, seas imagen de la Iglesia: esposa totalmente entregada a Cristo, supremamente amado. Él vendrá a tu encuentro para otorgarte la vida eterna”.
Y la que acaba de profesar – Sor Chiara, Sor Elisabeth – dice: “Cristo ha puesto su sello sobre mí, para que no admita otro amado sino a Él” (Ritual de la profesión religiosa de las Hermanas Clarisas Capuchinas).

La Madre le entrega la Regla de Santa Clara y las Constituciones de las Clarisas Capuchinas, con las fórmulas correspondientes.

Y a continuación la Madre entrega el crucifijo, que la hermana va a llevar sobre el pecho, y el celebrante dice: “Hermana Elisabeth (hermana Chiara), recibe la Cruz de Nuestro Señor Jesucristo. Recuerdo las palabras que escribió la Madre Santa Clara: Si sufres con Cristo, reinarás con Él; si mueres con Él, poseerás el gozo eterno y tu nombre será inscrito en el Libro de la Vida”.
Y entonces Elisabeth responde: “Dios no permita que me gloríe, sino en la Cruz de nuestro Señor Jesucristo, por quien el mundo entero está crucificado para mí y yo para el mundo”.
* * *

Ya tenemos, pues, a dos nuevas hermanas que forman parte de esa comunidad de capuchinas de Jakcobsbad, junto a Appenzell, que en un convento muy bello, con una iglesia barroca muy hermosa, van a ganarse su vida honradamente trabajando con flores y plantas que van a ir a la Apotheke (Botica o Farmacia) que suministra la casa, viviendo en la intimidad constante con Jesús, el Señor. Ellas saben lo que escribía santa Clara a santa Inés de Praga, porque lo han estudiado en el noviciado:

“…te considero colaboradora del mismo Dios y apoyo de los miembros vacilantes de su Cuerpo inefable (cf. 1 Cor 3,9).
¿Quién, por consiguiente, me dirá que no goce de tantas alegrías admirables? Alégrate, pues, también tú siempre en el Señor, carísima, y que no te envuelva la amargura ni la oscuridad, oh señora amadísima en Cristo, alegría de los ángeles y corona de las hermanas; fija tu mente en el espejo de la eternidad, fija tu alma en el esplendor de la gloria, fija tu corazón en la figura de la divina sustancia, y transfórmate toda entera, por la contemplación, en imagen de su divinidad, para que también tú sientas lo que sienten los amigos cuando gustan la dulzura escondida que el mismo Dios ha reservado desde el principio para quienes lo aman.
Y dejando absolutamente de lado a todos aquellos que, en este mundo falaz e inestable, seducen a sus ciegos amantes, ama totalmente a Aquel que por tu amor se entregó todo entero, cuya hermosura admiran el sol y la luna, cuyas recompensas y su precio y grandeza no tienen límite; hablo de aquel Hijo del Altísimo a quien la Virgen dio a luz, y después de cuyo parto permaneció Virgen. Adhiérete a su Madre dulcísima, que engendró tal Hijo, a quien los cielos no podían contener, y ella, sin embargo, lo acogió en el pequeño claustro de su sagrado útero y lo llevó en su seno de doncella” (Carta III de santa Clara a santa Inés de Praga).

Sor Elisabeth está enamorada de su celda, que le parece, en su sencillez, encantadora y bella. Comparto su gusto.
A Sor Elisabeth, la monja más joven de Suiza (donde yo estudié), a Sor Chiara, profesa en la misma Pascua, vaya mi cordial felicitación de hermano menor capuchino. Seguramente que no nos vamos a ver en esta vida – aunque, nunca se sabe – pero aquí va mi sincero abrazo de hermano. Paz y Bien.

Guadalajara, Jalisco, 18 junio 2014.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Sor Elisabeth ha elegido la mejor parte, que no le será quitada.

MUCHAS FELICIDADES.

Juan José.

Anónimo dijo...

También tenemos el hecho histórico del actor y tenor mexicano JOSÉ MOJICA, que en la cúspide de la fama lo abandonó todo para ingresar en la orden franciscana con el nombre de JOSÉ FRANCISCO DE GUADALUPE MOJICA (OFM).
Juan José.

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