viernes, 4 de julio de 2014

569. La imagen más amable de Jesús




Homilía para el domingo XIV del tiempo ordinario, ciclo A
Mt 11,25-30

 

Texto evangélico:
En aquel momento tomó la palabra Jesús y dijo: “Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y se las has revelado a los pequeños. Sí, Padre, así te ha parecido bien.
Todo me ha sido entregado por mi Padre y nadie conoce al Hijo sino el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar.
Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados y yo os aliviaré,
Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí,
que soy manso y humilde de corazón,
y encontraréis descanso para vuestras almas.
Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera.

Hermanos:

1. Queremos deleitarnos en el Evangelio de hoy. Guardémoslo en la memoria, capítulo 11 de San Mateo. Es uno de los pasajes del texto sagrado de los cuatro Evangelios que más han tocado el corazón de los cristianos. ¡Cuánta dulzura se desprende de esas palabras que brotan del corazón de Jesús!
En el pasaje que hemos escuchado tenemos una revelación y una invitación, y las dos forman una perfecta unidad. Dejémonos, pues, conducir por las palabras del texto sagrado hasta donde el Señor nos permita llegar.

2. Estamos en un momento de oración de Jesús. San Lucas, en el lugar correspondiente, lo dirá con más énfasis. Escribe de esta manera: “En aquella hora, se llenó de alegría en el Espíritu Santo y dijo. Te doy gracias, Padre…” (Lc 10,21). Nosotros nos llenamos de sentimientos dulces y sabrosos al oír a Jesús. Pero esa alegría Jesús la experimentó primero: “se llenó de alegría en el Espíritu Santo”. La nuestra fluye de esa primera que saboreó Jesús.
Podemos imaginar con qué semblante, con qué ojos, con qué labios risueños Jesús pronunció estas palabras contemplando las maravillas de Dios en los sencillos. De esa alberca de la alegría de Jesús rebosa hasta nosotros el gozo que nos invade.

3. Jesús daba gracias, bendecía, alababa al Padre. Es la expresión que brota de ese trance de alegría, que no acaba de agotarse. Daba gracias por la conducta que observaba en el Padre. Al Padre le complacía revelarse a los que se llama pequeños, sencillos, humildes. Es que Jesús mismo era uno de ellos (lo hemos visto anunciado en Zacarías, primera lectura de hoy); esos son los suyos. En cambio, los sabios, los entendidos, los importantes quedaban fuera de esa área. Estos no podían entenderle; los sencillos sí. Y la razón es patente: se trata de una revelación, y para ello nada vale la ciencia. La revelación es un don gratuito que Dios da a quien quiere darlo. Bien pensado, solo puede darlo a los que están vacíos de sí, a los sencillos y humildes.

4. Hermanos, recordemos que de estos mismo hablábamos el domingo pasado, día de san Pedro y san Pablo: “¡Bienaventurado ti, Simón, hijo de Jonás!, porque esto no te lo ha revelado ni la carne ni la sangre…” (Mt 16,17). El conocimiento verdadero del Dios verdadero no lo recibimos por la vía de la ciencia, sino por el don de la revelación personal; y entonces, el conocimiento es al mismo tiempo fruición. Cuando Dios viene al corazón sencillo y el hombre conoce a Dios se producen al mismo tiempo dos cosas en una: luz y sabor. Conocer a Dios es saborear a Dios, experimentar a Dios, hallar en él nuestra seguridad y confianza.
Dios, a quien Jesús llama el Padre, se complace en derramarse así en los sencillos; mientras que los entendidos, con muchas elucubraciones, quedan fuera de esta intimidad.

5. Ahora, ¿por qué ocurre así? El secreto nos lo comunica Jesús a continuación. Esto ocurre porque primero ha ocurrido en él, y porque él nos lo ha traspasado, como hermanos suyos que somos.
Escuchemos ahora de nuevo a Jesús, frase a frase, palabra a palabra.
Lo primero dice Jesús: Todo me ha sido entregado por mi Padre. es la base firme de todo lo demás: Dios, el Padre, se ha volcado del todo en Jesús. Como se dice en el Evangelio de san Juan: “Yo y el Padre somos uno” (Jn 10,30).
Desde aquí entendemos lo que viene a continuación en las siguientes frases:
Primera: y nadie conoce al Hijo sino el Padre.
Segunda: y nadie conoce al Padre sino el Hijo,
Tercera: y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar, por ejemplo a mí.

6. En esta secuencia de frases el centro es Jesús. ¿Quién puede conocer a Jesús? Nadie, absolutamente nadie: solo el Padre. El misterio de Jesús es divino. Solo Dios lo conoce, y Dios lo puede revelar.
Pero Jesús nos invita a ir hasta el Padre, de donde él ha venido. El Padre es el origen y la meta de todo: de Él venimos, en Él desembocamos.
¿Quién conoce al Padre? solamente uno: Jesús, el Hijo.
Y yo, ¿no podré conocer al Padre? Sí podré conocerlo, si Jesús  mismo, que tiene la llave y el secreto del verdadero conocimiento me lo transmite. Una vez más, y por último, escuchemos la misma frase: y nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar.

7. Ahora podemos pasar a la invitación que Jesús hace: Venid a mí todos – dice - todos los que estáis cansados y agobiados y yo os aliviaré.
Ir a Jesús es el secreto de toda nuestra religión. La experiencia del camino de la vida es dura: cansancio, agobio y dolor.
Es la experiencia que ha tenido el pueblo de Israel con la Ley de Dios, como lo ha explicado san Pablo, pues este es uno de los ejes de su doctrina. La Ley – que los judíos llamaban el yugo de la Ley – ha sido don de Dios, ciertamente, pero no nos ha dado lo último que buscábamos.

8. Jesús nos abre la última palabra de Dios para pasar de la Ley al Evangelio. Venid a mí…, aprended de mí. ¿Qué significa “aprended de mí”? Significa: sed discípulos míos, ponemos bajo mi escuela. La ley de Jesús, el yugo de Jesús, los mandamientos de Jesús, todo, absolutamente todo, es él mismo.
Como yo soy manso y humilde de corazón vais a experimentar que mi yugo es llevadero y mi carga ligera.  Como es Jesús así son los preceptos de Jesús: exigentes, sí por cierto, pero al mismo tiempo suaves como la suavidad divina de Jesús. Y encontraréis descanso para vuestras almas.

8. Señor Jesús, nos lo estás diciendo todo y no necesitamos más. Nos basta acogerte a ti, y tú serás nuestra luz, nuestro gozo y nuestra paz, y tú nos llevarás hasta el corazón del Padre. Amén.

Guadalajara, Jal. 4 de julio de 2014.

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