viernes, 25 de julio de 2014

575. Domingo XVI1 - La parábola del tesoro escondido y encontrado



Homilía en el domingo XVI del tiempo ordinario

ciclo A, Mt 13,44-52:

Texto evangélico:
“El reino de los cielos se parece a un tesoro escondido en el campo: el que lo encuentra, lo vuelve a esconder y, lleno de alegría, va a vender todo lo que tiene y compra el campo.
El reino de los cielos se parece también a un comerciante de perlas finas, que al encontrar una de gran valor se va a vender todo lo que tiene y la compra.
El reino de los cielos se parece también a la red que echan en el mar y recoge toda clase de peces; cuando está llena, la arrastran a la orilla, se sienta, y reúnen los buenos en cestos y los malos los tiran. Lo mismo sucederá al final de los tiempos: saldrán los ángeles, separarán a los malos de los buenos y los echarán al horno de fuego. Allí será el llanto y el rechinar de dientes.
¿Habéis entendido todo esto?”. Ellos le responden: “Sí”. Él les dijo: “Pues bien, un escriba que se ha hecho discípulo del reino de los cielos es como un padre de familia que va sacando de su tesoro lo nuevo y lo antiguo”.


Hermanos:

1. Continuamos este domingo, y terminamos esta sección, con las parábolas de Jesús. Ya dijimos que las parábolas han sido invención de Jesús; antes de él no se conocían en la literatura judía.
Cada una de las parábolas tiene una fuerza creadora, que no se termina en sí misma. Todas ellas implican al sujeto que oye; todas son dramáticas, en cuanto que todas son llamadas a la acción del hombre como respuesta a Dios.
De nuevo tres parábolas, y nuestra predicación se va a centrar en la primera, tan breve, tan sugestiva. Esta parábola representa infinitas historias que se han dado en la vida de la Iglesia, y felizmente se siguen dando. ¡Ojalá que, al pronunciarla, el que la dice y el que la escucha puedan exclamar: Ese soy yo! El que ha dejado todo con alegría, con decisión porque ha encontrado algo más grande. Es la parábola del tesoro escondido y encontrado

2. El día 24 de abril del año 2005 el Papa Benedicto XVI iniciaba su pontificado con una misa en la Plaza de San Pedro, en la que espiritualmente estábamos reunidos toda la cristiandad. Entre tantas cosas bellísimas que dijo este Papa lleno de bondad y de sabiduría, una fue esta: “Cada uno de nosotros es el fruto de un pensamiento de Dios. Cada uno de nosotros es querido, cada uno es amado, cada uno es necesario. Nada hay más hermoso que haber sido alcanzados, sorprendidos, por el Evangelio, por Cristo. Nada más bello que conocerle y comunicar a los otros la amistad con él”.
Él tenía en ese momento 77 años y apeló a su edad para decir a los jóvenes, hablándoles de la amistad con Cristo: “Así, hoy, yo quisiera, con gran fuerza y gran convicción, a partir de la experiencia de una larga vida personal, decir a todos vosotros, queridos jóvenes: ¡No tengáis miedo de Cristo! Él no quita nada, y lo da todo. Quien se da a él, recibe el ciento por uno. Sí, abrid, abrid de par en par las puertas a Cristo, y encontraréis la verdadera vida”.
Este es el lenguaje de uno que ha encontrado a Cristo y lo ha seguido con entusiasmo toda la vida. Este es un creyente convencido, que con su vida y su palabra está contagiando. Estas palabras iluminan la luminosa parábola de Jesús.

3. En la parábola de Jesús se habla de cuatro elementos vitales que vamos a considerar:
1) Un encuentro: el encuentro del tesoro.
2) Una alegría: la alegría desbordante, imperecedera, transformadora del encuentro del tesoro.
3) Una renuncia: vender todo para conseguir el tesoro.
4) Una nueva vida: la vida del seguimiento, la vida con el tesoro.

4. Lo primero es el encuentro. Y para saber qué es un encuentro voy a volver de nuevo a unas frases del Papa Benedicto, que han tenido una gran fortuna, y que el Papa actual, Papa Francisco, las ha vuelto a recoger en su encíclica titulada La alegría del Evangelio: “No me cansaré de repetir – dice el Papa Francisco – aquellas palabras de Benedicto XVI que nos llevan al centro del Evangelio: «No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva» (Evangelii gaudium 7, citando a Deus caritas est 1).
El comienzo de la vida cristiana es un encuentro. Esto es serio y fascinante; porque la tentación es ser cristiano por costumbre, por cultura, por herencia, porque sí…nos asedia, y eso desvirtúa el cristianismo.
El verdadero cristiano ha tenido un verdadero encuentro con Jesús de Nazaret. El encuentro es un acontecimiento sorpresa, es un enamoramiento, es el descubrimiento de algo maravilloso que existe y que yo no sospechaba que existiera.
Podemos ser cristianos desde el regazo de nuestras madres, y es gracia que así sea, pero debe llegar un momento en la vida en que uno afirme su fe de una forma iluminada, vigorosa y entusiasmaste. El cristiano, por definición, es – debiera ser – un convencido enamorado.
Así pinta Jesús al hombre de la parábola, en cuya reflexión podríamos continuar tiempo y tiempo. Con personas así el mundo cambiaría, sin duda; el mundo, comenzando por nuestro entorno.
La característica de este encuentro es la alegría. Quien encuentra a Jesús ha hallado la felicidad y para siempre su rostro se unge de alegría. El cristiano, de propia naturaleza, es una persona que irradia y contagia esa alegría que le sale de dentro. No será la carcajada y el chiste, que, como viene, pasa. Será una alegría que para siempre se queda en los ojos, en los labios, en la frente.
Dicen los intérpretes que esta palabra, la alegría, es justamente “la punta” de la parábola, lo que más quiere recalcar Jesús para que asimilemos esto: que la novedad que él trae, viene como una bocanada constante de alegría.

5. Comprendemos que ante un hallazgo así es lógico todo lo que viene. La renuncia es ciertamente real; renuncia total para entrar en el nuevo camino del reino de Dios. Una renuncia dura, por ser completa, pero una renuncia muy llevadera.
Esta renuncia nos lleva a la consagración en el reino. El reino de Dios, que es el último don de Dios a los hombres, nos trae la vida divina para hacerla nuestra como vida cotidiana.
El reino de Dios es el tesoro.
El reino de Dios es la perla preciosa.
¡Y pensar que todo esto lo tenemos, si queremos, al alcance de la mano…! Porque Jesús  nos lo ha dado…
La parábola de la red con toda clase de peces va por otro lado y apunta al juicio final de la historia, adonde ha de ir la existencia real y personal de la Iglesia (que entonces será la Iglesia glorificada), y, como antagónico, la existencia de peces malos que hay que tirar a la basura: y los echarán al horno de fuego. Allí será el llanto y el rechinar de dientes, dice la tremenda frase de Jesús.

6. Concluimos, hermanos, diciéndole a Jesús:
Te pedimos, Jesús, hermano nuestro y Señor de la historia, la alegría del Evangelio. Que te encontremos con un  gozo exuberante  e inmarcesible. Y que ese gozo sea el tono, el vigor, y la fuerza fecunda de nuestra vida- Amén.

Tlalpan (México D.F.), viernes, 25 julio 2014.

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