viernes, 1 de agosto de 2014

577. Porciúncula: Si alguna, inspiración divina, viniera a nosotras (Santa Clara)


"Si alguna, por inspiración divina,
viniera a nosotras..." (Santa Clara)
Al aire de la Porciúncula – 2 de agosto

Escribo desde un convento de capuchinas, uno de los setenta... que existen en México. Las capuchinas profesan la Regla de santa Clara. Se llaman, pues, clarisas-capuchinas y, abreviando, sencillamente capuchinas.
Un convento, pese a las pequeñas miserias que arrastramos los humanos, es un oasis. Allí encuentras a personas buenas de la cabeza a los pies, hoy quizás abuelitas en silla de ruedas amorosamente atendidas día y noche por una hermana que recibe este servicio como gracia. Allí entras en la iglesia y sientes el canto de los ángeles; la paz revolotea sobre tu alma. Donde acaso revolotean otros pájaros..
En Ejercicios a clarisas hay que volver a santa Clara. ¿Quién es Clara de Asís (1193-1253), unos diez años más joven que Francisco en cuanto a su nacimiento, y bastante mayor que él a la hora de morir? Clara para nosotros es poesía, es un jardín, es la mujer soñada que ha habitado en los más puros sueños. La verdad es que para conocerla, hay que estudiarla; ir despacio a sus pocos escritos y desmenuzarlos, con cuidado y reverencia palpando sus palabras.
Clara es un proyecto de vida evangélica a la vera de Francisco.
Como testigo predicador de Jesús en Ejercicios habrá que volver a gustar el carisma, la identidad de Clara que tanto ha fascinado en el curso de la historia. Muchas jóvenes han acudido a Clara de Asís. En el panorama de la Iglesia la Orden de santa Clara sigue siendo la orden que más vocaciones convoca. ¿Por qué? Muchos jóvenes acuden a Francisco de Asís. Y la misma pregunta. Y una respuesta simple, no evasiva, es que en ellos han visto a Jesús de Nazaret.
Y desde mi celda me hago la ilusión de que por los caminos invisibles de la informática a lo mejor a alguna joven anhelante le pueda llegar este mensaje como carta, que en este momento es como un soliloquio sereno en la noche, y en otro coloquio para las hermanas. Seguiré…

* * *

Ni Francisco ni Clara hicieron propaganda de su fraternidad; ni mandan a sus hermanos que organicen promoción vocacional, ninguna forma de proselitismo. Sencillamente vivieron; y vivieron con una vida atractiva, con un estilo que irradiaba y de por sí atraía. En ellos se cumplió muy bien aquello que se dice de la vida cristiana como tal: La Iglesia no crece por proselitismo sino «por atracción»” (Papa Francisco, en La alegría del Evangelio 14, recogiendo una frase de Benedicto XVI en Aparecida, 13 mayo 2007). Francisco, e igual Clara, piensan que vendrán por divina inspiración: “Si alguna, por divina inspiración, viniera a nosotras queriendo abrazar esta vida…”  Dios actúa sin reglas que nosotros podamos imponerle.
Ni Francisco ni Clara definieron con una formula sencilla, concisa, emblemática – escolar, si se quiere – su carisma. Francisco dijo pura y simplemente: “La Regla y vida de los hermanos menores es esta: Observar el santo Evangelio de Nuestro Señor Jesucristo, viviendo en obediencia, sin nada propio y en castidad”. Obediencia, pobreza y castidad – o simplemente “Obediencia” (ser recibido en obediencia, prometer obediencia) – era el marco oficial de los votos: vivir ahí nuestra vida que no es otra que seguir el santo Evangelio como hermanos y como menores. Como “hermanas pobres”, dijo santa Clara: es igual. Pobreza, Minoridad es un “status” espiritual, social, eclesial que afecta a las raíces del ser, y debe transformar el talante de la persona y la postura que ha de adoptar en la vida,
La Regla de los hermanos menores es la “regla y vida”, que quiere Francisco fundir en una vivencia: vivimos una vida muy concreta; que esa misma vida esté penetrada del Evangelio, y que para nada se aparte del Evangelio
Vivir el Evangelio: esto es muy elástico…; y quizás muy subjetivo…; pero, a lo mejor, es lo más comprometedor. ¡Nada menos que vivir todo el Evangelio en todos los detalles de la vida! Una regla del todo carismática. Sí, por cierto, con la confianza de que el Espíritu nos va a conducir. No fue fácil el momento en que se le dijo a Fran cisco: Pon tu vida en palabras, en regla, en normas… ¿Es que una vida puede quedar constreñida y codificada en una normativa…? . Los hermanos se reunían todos los años por Pentecostés e iban repasando su vida, y ajustando, por el Espíritu, lo que hubiera que ajustar. Así nació la Regla como “experiencia de vida”. Francisco, conforme los años iban pasando, escribió una “regla narrativa”; igual Clara. Quizás Clara lo tuvo más fácil: copio la regla de Francisco y le damos una versión vital femenina.
Desde el día en que al joven Clara, a sus 18 años, la noche del Domingo de Ramos acudio, fugada, a la Porciúncula donde moraban Francisco y sus hermanos, y allí, cortados los cabellos, Francisco la consagró al Señor, tuvo claro su proyecto: Seré esposa de Jesús, al estilo de la vida de Francisco.
Clara al principio de su Regla marca un detalle esencial: se remite a Francisco, ya santo, “el bienaventurado Francisco”. Comienza así la Regla de santa Clara: “La forma de vida de la Orden de las Hermanas Pobres, instituida por el Bienaventurado Francisco, es esta: Observar el santo Evangelio de Nuestro Señor Jesucristo, viviendo en obediencia, sin nada propio y en castidad”.
Francisco – lo mismo Clara – escribe una regla y vida, es decir, una regla vivencia y narrativa. Tomemos un texto de santa Clara y veremos, plasmado en breve párrafo, el carisma de Clara y de su fragante familia.

I
Un texto de san Francisco y santa Clara

Esta expresión del genuino carisma de santa Clara lo encontramos, a modo de ejemplo, en la Regla de santa Clara, en un párrafo del texto, aparentemente ocasional. San Pablo, de modo ocasional, nos ha dado tratados de teología como cuando hablando a los Corintios de la colecta que va haciendo por las iglesias, dice de paso: “Pues conocéis la gracia de nuestro Señor Jesucristo, el cual, siendo rico, se hizo pobre por vosotros para enriqueceros con su pobreza” (2 Cor 8,9).  Eso es como el Himno de Filipenses (Flp 2,6-11).

Santa Clara, hablando de cómo la abadesa debe visitar a sus hermanas - ¡visitarlas estando en la propia casa! – cómo deben ser “la esclava – la sirvienta – de todas las hermanas”, y cómo las hermanas han de guardar la “unidad del amor mutuo”…, continúa:
“…Y las que no saben letras, no se cuiden de aprenderlas; sino que atiendan a que sobre todas las cosas deben desear tener el Espíritu del Señor y su santa operación, orar continuamente a él con puro corazón y tener humildad, paciencia en la tribulación y en la enfermedad, y amar a esos que nos persiguen, nos reprenden y nos acusan, porque dice el Señor: Bienaventurados los que padecen persecución por la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos (Mt 5,10). Mas el que persevere hasta el fin, éste será salvo (Mt 10,22)”.

Todo el párrafo (vv. 8-13), y una parte notable del capítulo, santa Clara lo ha tomado literalmente de la Regla de san Francisco (Regla bulada 10,7-12). Santa Clara entiende que en esto no se distinguen los hermanos menores de las hermanas pobres. El carisma evangélico evidentemente es el mismo. Es sorpresa que esto sea así; en lo hondo somos de la misma raza, engendrados por el mismo Espíritu.
¿Cómo se comprende este pasaje? Tratemos de ello.


La primacía: El Espíritu del Señor y su santa operación

La primacía en la vida la tiene que realizar el Espíritu del Señor y su santa operación. Esto es el eje y centro de nuestra vida y de aquí se va a derivar espontáneamente todo lo demás. Por esencia somos – deberíamos ser – caristámicos igual que los profetas. Francisco quiso poner en la Regla: el Espíritu será el Ministro General de la Fraternidad. A esto los canonistas le echaron el alto; había que definir competencias. Pero si pensamos en la verdad de este punto de arranque caeremos en la cuenta de que el proyecto de vida franciscano, en masculino o en femenino, tiene unas posibilidades germinativas increíbles. Tantas cosas se podrían hacer con el humilde sello de “franciscano” que nos encontramos temerosos de pensarlas… Porque se trata de dar las riendas al Espíritu y a su santa inspiración, y desde allí irá saliendo.
A tal punto que para san Francisco una hermana pobre es una “esposa del Espíritu Santo” Santa Clara recuerda en la Regla lo que les escribió a ella y a sus hermanas Francisco como “forma de vida”: “Ya que, por divina inspiración, os habéis hecho hijas y esclavas del Altísimo Rey, Padre celestial, y os habéis desposado con el Espíritu Santo…” (cap. VI). Una hermana pobre es “esposa del Espíritu Santo”, el mismo título que san Francisco da a la Virgen María.
Si la hermana, como esposa, es confidente del Espíritu Santo, ¿qué otra regla puede querer…?

Derivaciones: un estilo de vida evangélico

La intimidad con el Espíritu, el ponerse bajo su santa operación, va a marcar todo un estilo concreto de vida. He aquí cuatro derivaciones que como estilo de vida fluyen de este vivir bajo el Espíritu de Dios y su santa operación. No es el caso de añadir otras más en el contexto en que Clara está hablando, pero estas cuatro sirvan como para otras que vayan saliendo.

1. La oración permanente con un corazón puro

Ante todo un estado permanente de oración, que no es tanto un estado psicológico, cuanto una disposición teologal del alma constante. Orar aquí no es “rezar”, sino permanecer ante Dios de continuo, estar abierto a él, enlazar con Dios con ese fondo de escucha y diálogo. Vivir en esa oración continua parece que viene a identificarse con el putnod e arranque: vivir bajo la inspiración del Espíritu, dulcemente sometidos a su santa operación.
Francisco (y luego Clara) indican que esta oración permanente se eleva a Dios con un corazón puro. Corazón puro no es tanto el corazón que guarda castidad, sino el corazón sencillo y transparente ante Dios, que procede siempre con intención recta, con “intención pura”.
Esa relación con el Espíritu, ese corazón puro – humilde, sencillo, puro – es lo constitutivo de nuestro carisma…

2. La humildad y paciencia en la tribulación y en la enfermedad

De la primacía del Espíritu del Señor y su santa operación se deriva igualmente estado vital continuo de humildad y de paciencia: y tener humildad, paciencia en la tribulación y en la enfermedad.
La humildad es el “estado de minoridad”, de la pequeñez, de la “sin importancia” ante Dios, estado de acogida y de infancia espiritual. La humildad y la paciencia van parejas. Y la paciencia es ese permanente estar en las actitudes que ha infundido el Espíritu.
Hay dos situaciones vitales en las que deben resplandecer: la tribulación y la enfermedad. Tribulaciones las tenemos muchas todos los humanos. El Señor nos las envía. Y la enfermedad  nunca ha de faltar en fraternidad, la mía o la de mis hermanos o hermanas. Santa Clara estuvo muchísimos años enferma.

3. El amor a los enemigos que nos persiguen

En tercer lugar, dentro de esta descripción,  se prevé una disposición permanente de aceptación serena de la hostilidad, se llame persecución, reprensión, o acusación calumniosa. Todo ello es una condición del discípulo prevista por el Evangelio.
Esta actitud que Jesús nos recomienda es ápice de amor, porque amar a los enemigos nadie lo puede hacer. Lo estamos viendo estos días en las hostilidades de Israel – Gaza. (del 8 de julio hasta hoy hasta de 1000 murtos en el campo de Gaza, incluídos, trágicamente, mujeres y niños).
Amar a los enemigos no es simple obra de humanidad (¡bienvenida la tregua de tres días que acaba de establecerse por ambas aprtes): es obra milagrosa de Dios mismo entre nosotros.


4. Perseverar hasta el fin

El discípulo permanece y persevera hasta el fin. Igualmente esto viene de Jesús. Que podamos perseverar hasta el fin, cuando tantas veces los sentimientos te van tirando a otro lado… Para los hombres es imposible, no para Dios: Dios lo puede todo, Dios obra en el corazón.
Perseverar hasta el fin es algo que san Francisco lo tuvo muy fijo en su pensamiento; tomar el arado y no volver la cabeza atrás.
Hay muchos hermanos, hermanas, que nos han abandonado, “no han perseverado hasta el fin”. Lejos de nosotros cualquier juicio de reprobación, que sería obra del maligno en nuestro corazón.
Pero a esos hermanos que un día emprendieron otro camino (¡El Señor les bendiga y les aguarde…!) humildemente podemos rogarles: Si se han marchado, no quieran darlos lecciones…, que a lo mejor, otros que pasaron por las mismas tribulaciones y se quedaron, tengan una palabrita de aliento que comunicarnos.

II
Una vida contemplativa franciscana: ¿dónde están los núcleos?

1. Partimos del hecho de que el carisma franciscano-clariano es el mismo y único, con sus opciones radicales, que son estas:
- Sentirse en todo momento hijo de Dios en libertad, gozo y alabanza.
- Ser pobre ante Dios como los pobres de Yahveh, con una querencia instintiva hacia los pobres de la tierra, como lugar de morada y encuentro.
- Y paralelamente sentirse hermano entre los hombres hermanos.
- Con todo ello, identificado con Jesús en cruz, experimentar la llamada para proclamar el Evangelio de Jesús como Evangelio de paz, de la misericordia y la ternura de Dios.

2. Este carisma único como encuentro con el Evangelio, se diversifica en dos proyecciones, de las cuales una no es superior a la otra, sino que
- una es la proyección femenina en ese momento circunscrito de la historia,
- y otra es la proyección masculina de hermanos en misión, peregrinos y forasteros.

3. El carisma franciscano adquiere en Clara una forma específica en estas derivaciones:

- ser esposa y madre en la Iglesia,
- en la vigilia constante ante el esposo,
- que está pidiendo la minoridad del silencio y de la penitencia,
- favorecida por el retiro y la clausura,
- en una entrega constante en el amor sencillo y cotidiano a las hermanas,
- Con un corazón materno y fecundo ante la Iglesia, recogiendo en las propias entrañas el clamor del mundo,
- y abiertas, desde el centro de la fe en Cristo, a la acción de Dios en Cristo Jesús para manifestación de su gloria,
- colaborando con palabras esenciales, por la intercesión, por la oblación del ser, a toda la obra de Jesús en el mundo,
- en alabanza de la gloria del Padre.

Se deduce de aquí que la clausura ha de ser un elemento del todo flexible, y que la oración contemplativa con todo lo que la rodea y la dinamiza ha de ser el elemento central para configurar un estilo visible.

Por lo mismo preguntas esenciales en una pausa de retiro pueden ser estas:
- Cómo favorecer para que cada hermana siga adelante, sin desfallecer, en todo el plan de oración que Dios tiene para ella.
- Cómo favorecer para que la configuración interna y externa de la comunidad gire de cara a esa primacía del Espíritu del Señor y de su santa operación.


III
Efigie de la hermana pobre
(se llame clarisa, se llame clarisa-capuchina,
o con otra denominación)

        
En suma, efigie de la “hermana pobre” orante, la imagen que desde aquí presento a la joven “si por dina inspiración entre nosotras…”, tomando el lenguaje de la Regla, es esta. Esa hermana soñada con la que yo, hermano menor, quisiera compartir el único carisma que nos une

1. Enamorada, irradiando sabiduría y serenidad, ternura, fuerza y alegría.
2. Femenina, cultivando con esmero los dones con que el Señor le ha favorecido, el estudio entre ellos, el canto; que fomente la estética y el buen gusto en todo, y los dones de comunicación.
3. Definitivamente esposa de Jesús.
4. Ávida de la oración silenciosa.
5. Gozosamente partícipe en la liturgia.
6. Hermana muy hermana con las hermanas.
7. Ganando honestamente, con sus hermanas, el pan cotidiano
8. Sensible a cuanto acontece en la Iglesia y el mundo (aquí, a unos metros, un inmenso Centro de Migración, modelo en México, cuyo director o encargado, P. Rubén, es el Capellán de las hermanas).

En alabanza de Cristo y de su sirevo Francisco y de la humilde plantita (pianticella) Clara. Amén.

San Luis Potosí (México), ejercicios espirituales a las clarisas capuchinas, 1 de agosto de 2014, ante la fiesta de Santa María de los Ángeles o de la Porciúncula.

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