miércoles, 13 de agosto de 2014

582. Asunción de María – Assumpta est Maria in caelum

Para la homilía expresa de las Asunción de la Virgen María,
véase las entregas correspondientes de los años anteriores.



Una homilía al eco de la Asunción
en la misa funeral de mi madre (+ 15 agosto 2008)
In memoriam

Hoy es la Asunción de la Santísima Virgen María. Ya de víspera la Iglesia entona sus cantares a la Madre del Señor, comenzando con las primeras Vísperas.
Ant. 1 Subió Cristo al cielo y preparó una mansión de inmortalidad a su Madre purísima. Aleluya.
Ant. 2 Por Eva se cerraron a los hombres las puertas del paraíso, y por María Virgen han sido abiertas de nuevo. Aleluya.
Ant. 3 La Virgen María ha sido glorificada por encima de todos los ángeles y santos; venid, pues, y alabemos a Cristo, el rey cuyo reino no tendrá fin.
Mi corazón retorna a la celebración de esta fiesta hace seis años (15 agosto 2008). Moría mi madre, rodeada de sus seis hijos que habíamos pedido su bendición. Nos bendijo con una cruz en nuestra frente.
Antes de expirar varios de nosotros podíamos rezar junto a su cuerpo, que ya había rezado los ojos a este mundo aunque su corazón latía, el oficio nocturno (oficio de lecturas) de aquel día.
Expiró a las 4.15 horas. Antes del amanecer.
Con este recuerdo séame permitido transcribir la homilía del día siguiente, en la misa funeral. Suplico al lector que no piense que es un acto de ámbito privado, que el recato invita a guardarlo en el álbum familiar. Es un sencillo homenaje de fe de la “Ecclesia orans”. Es la homilía que entonces pronuncié; mejor dicho, las lágrimas me impidieron pronunciarla y pasé las hojas a uno de los concelebrantes, el superior provincial de los capuchinos, P. José Luis Iso (de Sangüesa).
Sean hoy un humildísimo testimonio de amor colocado a los pies de la Virgen Madre Asunto al cielo.

EN LA VIDA Y EN LA MUERTE
SOMOS DEL SEÑOR
Hermanos:

1. Como cristianos celebramos esta misa funeral de una hija de Dios y miembro de la Iglesia, mi madre y nuestra madre, Saturnina, así llamada por haber nacido el día de San Saturnino del año 1908. Hoy, tras una peregrinación de casi cien años, vuelve a las manos de su Creador y Padre.
Mi madre murió ayer, a las 4 y cuarto de la madrugada. Dos horas antes rezábamos junto a ella el Oficio divino de la Iglesia en la Asunción de María, los Maitines. Las antífonas que la Iglesia dirige a la Virgen se podían aplicar a una cristiana de respiración agonizante. Eran éstas: “Levántate, Virgen y Reina, y, digna de eterna hermosura, sube al radiante palacio del Rey eterno”. “El Señor la eligió y la predestinó, la hizo morar en su templo santo”. “¡Qué pregón tan glorioso para ti, Virgen María!”.
Muchas personas, al darnos el pésame, decían: Qué día más hermoso para morir.
Aunque quizás ninguna condolencia más grata que la frase que me dijo un feligrés, no sacerdote, ni religioso ni religiosa: “La vida de tu madre estaba empapada de Evangelio”.

2. La Eucaristía, que es la acción de gracias de Jesús al Padre, sacrificio de expiación y de intercesión, recoge esta vida para poner sobre ella la perla de la corona y presentar a Dios. Hemos sido salvados por Cristo Jesús, “que me amó y se entregó por mí”, dice san Pablo, y conscientes de que esta gracia, estamos ante el Dueño de la vida, que es Dios, el que nos ha amado desde toda la eternidad, y antes de la creación del mundo nos bendijo con toda bendición, haciéndonos hijos en el Hijo, y destinados a reproducir en nosotros la imagen del Hijo de su amor.
Estos son los divinos misterios que celebramos, cuya grandeza y hermosura no puede ser empequeñecida ni empañada por pequeñas consideraciones que nosotros  podamos hacer. Son momentos de los más nobles sentimientos que bullen en el corazón humano. ¡Qué cosa más hermosa que el amor a la madre! Con todo, es infinitamente más bello el amor que Dios nos tiene, que nos lo muestra de continuo en la vida, y que tiene acentos singulares en los momentos culminantes de la existencia, como nosotros somos testigos ahora en el tránsito de nuestra madre.. En la predicación cristiana mil veces he repetido: Lo más importante de la vida no es ni siquiera el amar a Dios; lo más importante es el saberse amado por Dios, sentirse amados por Él, porque su amor es fiel, es incondicional, y traspasa todas las barreras.
Uno de los pasajes de la Escritura para la misa funeral es el texto de san Pablo que acabamos de escuchar. En la vida y en la muerte somos del Señor. Y lo hemos escogido, porque era un ritornelo que venía muchas veces a los labios de mi madre: En la vida y en la muerte somos del Señor. Lo había aprendido en la Iglesia.
Y ¿qué significa esto, hermanos, de que en la vida y en la muerte somos del Señor? Significa que el Señor es el centro y sentido de nuestra vida; es el centro, sentido y esperanza de nuestra muerte.
La vida humana se puede planificar con muchos intereses, con múltiples perspectivas. En todo caso el cristiano ha de poner como centro y eje al Señor. Esto es lo que quita todo egoísmo y lo que da hermosura, pleno sentido y fecundidad a nuestra existencia, una vida consagrada a Dios, una vida consagrada al bien de los hombres.
Por la gracia y misericordia del Señor hoy se presenta mi madre ante la presencia de Dios, diciendo: Aquí está la esclava del Señor, aquí está hija. Y confiamos firmemente que Jesucristo, al darle el abrazo de acogida y bienvenida, le diga: ¡Bien, sierva buena y fiel, pasa al banquete de tu Señor!

4. La Iglesia no quiere elogios fúnebres en los funerales; no, ni es eso lo que hacemos. Pero la Iglesia sí que quiere escuchar las alabanzas del Señor, y oír el canto de los cristianos, que es el canto de la Virgen María: Mi alma proclama la grandeza del Señor, mi espíritu se alegra en Dios, mi salvador, porque ha hecho maravillas en la humildad de su esclava.
La vida humana, vivida en plenitud, tiene que cerrarse con este cántico de amor y agradecimiento, que es el canto de la Virgen María, y que lo escuchábamos ayer como lectura del Evangelio.
Resuene en los labios de mi madre; y puesto que ella no puede hablar en la tierra, resuene en los labios de los creyentes, que estamos celebrando el fruto de la redención, al mismo tiempo que la Eucaristía es siempre intercesión y perdón de los pecados.
    
5. ¿Cuáles son las maravillas que Dios ha realizado a lo largo de cien años en esta hija suya?
El haberla mantenido en la fe, en la esperanza y en el amor. El 1 de diciembre de 1947 moría mi padre, cuando iba a cumplir 40 años. Han sido más de sesenta años de viuda, acompañada ciertamente por el amor de todos sus hijos, pero 60 años de soledad de lo que más amaba en esta tierra, 60 años sostenidos por su inmensa fe cristiana, haciendo del dolor resignación, esperanza y lucha.
A nuestra madre las gracias ante la presencia del Señor, por su valor y entereza, por su entrega incondicional a la familia, por su corazón abierto a todos los familiares, con cariño, sin excepción para nadie.
Esto significa que en la vida y en la muerte somos del Señor.
En este mismo ámbito y por manifestar la obra de Dios en nuestros corazones, me place recordar cuáles eran los pilares de la vida de esta cristiana, mi madre y nuestra madre, que nos deja una senda luminosa: La Eucaristía, el Rosario y el Vía Crucis.
Hay una misa para enfermos, transmitida por la TV a las 12.00 del mediodía. Siempre que le era posible la seguía, para tener día a día el alimento de la palabra de Dios. Anhelaba igualmente  el banquete eucarístico, siempre que podían llevarle la sagrada Comunión. Como acción de gracias le gustaba recitar: “Alma de Cristo, santifícame; Cuerpo de Cristo, sálvame”, que sabía de memoria.
El santo Rosario que lo rezaba a diario, si sus fuerzas se lo permitían; el Via Crucis, recorriendo a diario los pasos de Jesús camino del Calvario.
Bien sabemos que una vida cristiana, si se centrara en uno mismo y no se abriera a los demás, sería subjetiva e ilusa. Nuestra vida de discípulos de Jesús, allí donde nos encontremos y en la profesión que ejerzamos, debe ser una vida de servicio y amor a los demás. Esto ha sido muy visible en la vida de mi madre.

6. Pasemos al santo Evangelio que hemos proclamado. ¿Qué son las Bienaventuranzas que Jesús ha proclamado y que acabamos de escuchar como lectura de funeral?
Puede pensarse que las Bienaventuranzas son las virtudes fundamentales que Jesús nos quiere inculcar.  Ciertamente, pero, por encima de eso, las bienaventuranzas son las felicitaciones que Jesús pronuncia sobre los discípulos que tiene delante. ¡Qué dicha la vuestra, porque Dios os ha hecho pobres de corazón, puros, misericordiosos...!
Hermanos: ¿Quién puede ser pobre de corazón? Nadie, si Dios mismo no interviene y le hace de verdad pobre y humilde.
¿Quién puede ser de verdad puro,  íntegro de corazón, misericordioso...? Nadie, absolutamente nadie, si Dios mismo no lo hace..., y, naturalmente, el ser humano se deja hacer.
Por eso, ante el cadáver de mi madre, podemos repetir las Bienaventuranzas del Señor: Bienaventurados los pobres de espíritu...
Dichosa tú, madre, porque el Señor te hizo pobre de corazón, te hizo humilde, te hizo pura, te hizo misericordiosa...
Él te purifique de toda mancha, al encontrarte ahora con su divino rostro, y te guarde consigo por toda la eternidad.
Quiero concluir estas palabras con un texto que está en el Ritual. Cuando se actualizó el Ritual de exequias, a un servidor le pidieron un canto de despedida para el difunto, que pudiera ser incluido como palabra de la Iglesia en el Ritual. Lo compuse y fui incluido. Y muchas veces he pensado: ¡Qué a gusto se lo diría yo a mi madre en el día de su despedida! Pues ha llegado la hora, y esto que yo lo pienso para todo cristiano salvado por la muerte y resurrección de Cristo, yo lo proclamo, como hijo, con amor y con fe, para mi madre:
Cristiano, (cristiana), vive con Cristo,
entra en su gozo;
por su perdón y su gracia
canta victoria.
¡Dichosa tú, ya salvada;
entra en la vida!
Nosotros, los que quedamos,
testigos de la esperanza,
formando una sola Iglesia,
te acompañamos!
Amén.

Alfaro, 15 de agosto de 2008

Hoy sello tu memoria






Hoy sello tu memoria, madre mía,
y guardaré silencio consagrado,
yo callo, mis versos se han callado,
mas tú serás misterio y cercanía.

El tiempo ha hecho aquello que debía,
y ya es ella el ayer que ya ha pasado
comunión con Jesús resucitado,
triunfal espera para el claro Día.

Ya todo es armonía y santa paz,
y no queda recuerdo dolorido,
La vida avanza, avanza en su verdad:
que sea yo el siervo decidido,
dador de amor, de luz y humanidad,
y mi Jesús que sea mi latido.


Comunicado. Con este soneto se cierra la serie de XXXVI sonetos compuestos en memoria de mi madre. En mercaba.org puede verse anteriormente la publicación de
SONETOS CELESTIALES para mi madre en la Comunión de los Santos. Conmemoración de los Fieles Difuntos 2009. [Eran entonces 27 sonetos].


Guadalajara, 14 de agosto de 2014
 

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