sábado, 16 de agosto de 2014

583. Domingo XX A - Jesús fuera de su tierra de Israel: la “cananea”



Homilía para el domingo XX del tiempo ordinario, ciclo A

Mt 15,21-28

 
 
Texto evangélico:
Jesús salió y se retiró a la región de Tiro y Sidón. Entonces una mujer cananea, saliendo de uno de aquellos lugares, se puso a gritarle: «Ten compasión de mí, Señor Hijo de David. Mi hija tiene un demonio muy malo». Él no le respondió nada. Entonces los discípulos se le acercaron a decirle: «Atiéndela, que viene detrás gritando». Él les contestó: «Solo he sido enviado a las ovejas descarriadas de Israel». Ella se acercó y se postró ante él diciendo: «Señor, ayúdame».  Él le contestó: «No está bien tomar el pan de los hijos y echárselo a los perritos».  Pero ella repuso: «Tienes razón, Señor; pero también los perritos se comen las migajas que caen de la mesa de los amos».
Jesús le respondió: «Mujer, qué grande es tu fe: que se cumpla lo que deseas».
En aquel momento quedó curada su hija.

Hermanos:
1. Podemos pensar correctamente que este Evangelio nos ofrece nos vertientes de reflexión, las dos de gran iluminación para nosotros:
- Una es la que aparece más evidente: el encuentro de la cananea con Jesús: la fe que rompe murallas, todas las murallas, fe de una mujer conquistadora que hace doblegarse a Jesús. “Lo que quiere una mujer, Dios lo quiere”, célebre dicho, que en su origen puede tener hasta cierta malicia; pero que, en otro sentido, nos muestra del modo más noble el poder cautivador de la mujer creyente.
- Otra vertiente de reflexión es: Jesús en tierra pagana, Jesús misionero fuera de las fronteras sagradas de Israel.
Iniciamos nuestra homilía con esta segunda consideración.

2. En la imagen que un cristiano tiene de Jesús no ha pasado por la cabeza esta pregunta: ¿Por qué Jesús no fue misionero, fuera de Israel? ¿Por qué tampoco lo fueron sus discípulos, a los que Jesús les dio consignas para ser misioneros, pero más tarde?
Comparadas con datos puramente externos la vida de Pablo y la vida de Jesús, vemos dos esquemas diferentes. Jesús nace en Israel y su ministerio se va a desarrollar solo en Israel. Pablo nace fuera de Israel, en Tarso de Cilicia, hoy Asia Menor. Ya antes de ser cristiano era fanático misionero, y lo que llamamos su conversión le sorprende en Siria, camino de Damasco adonde se dirigía con cartas de Jerusalén para perseguir a la secta de los discípulos de Nazareno. Y, apenas conocer a Jesús, se fue a los Nabateos, Arabia, probablemente a anunciar allí la fe que perseguía. Y luego lo vemos lejos de su patria y lejos de Jerusalén, incansable misionero. Son varios miles de kilómetros – así han contabilizado los expertos – los que ha recorrido a pie el Apóstol de los gentiles. Dos vidas configuradas de modo muy distinto la de Jesús y la de Pablo al servicio del Reino, no pudiendo entenderse la misión de Pablo sin el mandato de Jesús resucitado: “Id y haced discípulos a todos los pueblos”, como termina el Evangelio de san Mateo.

3. Estamos iniciando estas consideraciones en el momento en que el Papa venido de Buenos Aires, el Papa Francisco, está muy lejos de Roma, en Corea del Sur. El viernes, Asunción de María, el Santo Padre beatificaba a 124 mártires coreanos, en Seúl, los beatos Paul Yun Ji-Chung y 123 compañeros mártires (beatificados en la solemne celebración de la Eucarístía, a las 10.00 de la mañana, en la Puerta de Gwanghwamun, Seúl).
La misión de la Iglesia llegó a aquellas lejanos costas, y el Papa, en su homilía, nos daba unos datos altamente interesantes y desconocidos para nosotros: “En la misteriosa providencia de Dios, la fe cristiana no llegó a las costas de Corea a través de los misioneros; sino que entró por el corazón y la mente de los propios coreanos. En efecto, fue suscitada por la curiosidad intelectual, por la búsqueda de la verdad religiosa. Tras un encuentro inicial con el Evangelio, los primeros cristianos coreanos abrieron su mente a Jesús. Querían saber más acerca de este Cristo que sufrió, murió y resucitó de entre los muertos. El conocimiento de Jesús pronto dio lugar a un encuentro con el Señor mismo, a los primeros bautismos, al deseo de una vida sacramental y eclesial plena y al comienzo de un compromiso misionero. También dio como fruto comunidades que se inspiraban en la Iglesia primitiva, en la que los creyentes eran verdaderamente un solo corazón y una sola mente, sin dejarse llevar por las diferencias sociales tradicionales, y teniendo todo en común (cf. Hch 4,32). Esta historia nos habla de la importancia, la dignidad y la belleza de la vocación de los laicos…” (Homilía en la misa de beatificación).

4. Tornemos, pues, al Evangelio de Dios, donde vemos a Jesús fuera de Israel en la tierra de Tiro y Sidón. San Marcos, que es el primero que nos da esta noticia, ausente en los Evangelios de san Lucas y san Juan, nos dice: “Desde allí fue a la región de Tiro. Entró en una casa, procurando pasar desapercibido, pero no logró ocultarse” (Mc 7,24). Podemos resumir la actitud de Jesús de esta manera:
Jesús tiene claro que Dios, su Padre, le ha enviado a las ovejas perdidas de la Casa de Israel, que son todas, y opta por centrar su misión en los reducidos confines de la Tierra de Israel. Reúne a los Doce, que van a ser los continuadores de su obra, pero la consigna inmediata es que se atengan al mismo territorio que Jesús va a evangelizar. Al mismo tiempo, los envía a la misión futura, en la que hoy estamos nosotros, y de la que el santo Papa Juan Pablo II dijo: la misión de la Iglesia está en sus comienzos.

5, Y ahora entramos en la deliciosa escena de la mujer llamada aquí cananea y en otro lugar “siro-fenicia” (Mc 7,26: "La mujer era pagana, una fenicia de Siria"), es decir de la región de Siria y Fenicia. Es una mujer pagana, que no pertenece a la herencia de Israel.
Pero el Espíritu de Dios no tiene fronteras y obra donde quiere sin que nadie pueda imponer reglas.
Esta mujer, que nos conquista el corazón, ha oído de Jesús y quiere arrancarle un milagro para su hija. Tiene una fe inquebrantable, a prueba de bomba, diríamos en nuestro lenguaje.
No está bien tomar el pan de los hijos y echárselo a los perritos, le dice Jesús. Pero la mujer, a la que Dios ha dado un corazón intuitivo para penetrar la verdad, tiene una contestación genial, para rebatir a Jesús como Jesús está deseando oír:
Tienes razón, Señor; pero también los perritos se comen las migajas que caen de la mesa de los amos.
Que era como decirle:
Entérate bien; mi Señor: no te estoy pidiendo pan, te estyr pidiendo las migajas que caen de la mesa para los perritos que andan por ahí. Yo soy un cachorrito, ¡Anda, por favor…!
La contestación de Jesús nos enternece hasta las lágrimas.
Mujer, qué grande es tu fe: que se cumpla lo que deseas.

6. Es maravilloso que Jesús hable así, porque eso llega hasta nosotros. No sabemos cómo se llamaba aquella mujer, ni su hija. No importa. Las maravillas de Dios se operan en personas anónimas como nosotros, que no vamos a dejar en herencia un nombre en la historia.
Hermanos, ¡qué Evangelio más precioso para que nosotros lo tomemos como guía de vida!
Terminamos orando a Jesús: Señor Jesús, danos una fe como la de aquella mujer que tocó tu corazón. Amén.

Guadalajara, Jalisco, sábado 16 de agosto de 2014.

Como Cántico de comunión sobre este Evangelio, puede verse:
Qué grande es tu fe, mujer

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