viernes, 22 de agosto de 2014

586. Domingo XXI A – La Iglesia de Jesús.



Homilía para el domingo XXI, ciclo A.

Mt 16.13-20
Error de dicción: no es domingo XXII sino domingo XXI

Texto evangélico:
Al llegar a la región de Cesarea de Filipo, Jesús preguntó a sus discípulos: «¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?».  Ellos contestaron: «Unos que Juan el Bautista, otros que Elías, otros que Jeremías o uno de los profetas». Él les preguntó: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?». Simón Pedro tomó la palabra y dijo: «Tú eres el Mesías, el Hijo del Dios vivo».
Jesús le respondió: «¡Bienaventurado tú, Simón, hijo de Jonás!, porque eso no te lo ha revelado ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos.  Ahora yo te digo: tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder del infierno no la derrotará.  Te daré las llaves del reino de los cielos; lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos».  Y les mandó a los discípulos que no dijesen a nadie que él era el Mesías.

Hermanos:
1. En la fiesta de los santos apóstoles Pedro y Pablo (29 de junio) la Iglesia proclama este pasaje del Evangelio; lo lleva haciendo siglos y siglos. La Iglesia de Roma se siente fortificada; las otras Iglesias cristianas, a las que con el espíritu del Concilio podemos llamar “Iglesias hermanas” en la fe del único Señor y salvador Jesucristo se sienten heridas, juzgando que nosotros, católicos, hemos acaparado una primacía jurídica que no nos corresponde, porque argumentan que el texto tiene otro peso espiritual que quizás nosotros no captamos.
Una semana al año, en enero, del 18 al 25, fiesta de la conversión de san Pablo se dedica a este asunto crucial del ecumenismo.
2. Por esta razón no quiero centrar mi homilía en el ecumenismo. Pero sí que quiero recordar una declaración sabia y humilde que hizo el Papa san Juan Pablo II, al escribir su encíclica sobre la unidad de los cristianos, Ut unum sint, convocando a obispos y teólogos. Ha pasado el tiempo de las polémicas. Las polémicas, los enfrentamientos por causa de la unidad de la Iglesia, no tienen salidas. Escribía el Papa con sencillez y humildad:
“Que el Espíritu Santo nos dé su luz e ilumine a todos los Pastores y teólogos de nuestras Iglesias para que busquemos, por supuesto juntos, las formas con las que este ministerio pueda realizar un servicio de fe y de amor reconocido por unos y otros ».
Tarea ingente que no podemos rechazar y que no puedo llevar a término solo. La comunión real, aunque imperfecta, que existe entre todos nosotros, ¿no podría llevar a los responsables eclesiales y a sus teólogos a establecer conmigo y sobre esta cuestión un diálogo fraterno, paciente, en el que podríamos escucharnos más allá de estériles polémicas, teniendo presente sólo la voluntad de Cristo para su Iglesia, dejándonos impactar por su grito « que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado» (Jn 17, 21)?” (Enc. Ut unum sint, 95-96).

3. Nuestra reflexión, en esta hora que vivimos, se va a centrar en una palabra de Jesús: “mi Iglesia”. ¡Qué hondura, qué transcendencia puede tener esta expresión de Jesús: mi Iglesia! Jesús no ha hablado a Pedro de “tu Iglesia”, ni a los apóstoles de “vuestra Iglesia”. La Iglesia no es de los apóstoles, la Iglesia no es de Pedro. La Iglesia es solo de Dios, la Iglesia es del Espíritu Santo, la Iglesia es de Jesús.
Nosotros titulamos esta sección del Evangelio poniéndole un epígrafe: “El primado de Pedro”. Al decir eso, nos fijamos en Pedro, como si todo el acento descargara sobre Pedro. Pero se puede considerar lo que aquí pasa desde otra perspectiva: mi Iglesia. Podríamos, pues, titular esta escena: La soberanía de Cristo sobre su Iglesia, soberanía que ha recibido del Padre.

4. La obra de Jesús no es un proyecto humano ni puede administrarse como tal. Hay una serie de expresiones que delatan esta soberanía intransferible:
- Yo edificaré: no la va a edificar Pedro.
- Esa que es “mi Iglesia”, no la tuya, sobre la cual no tienes más potestad sino la que yo te entregué.
- Yo te daré las llaves…
- Yo te concederé que lo que ates en la tierra sea atado en el cielo.
- Yo haré que las puertas del infierno no prevalezcan sobre ella.
Si la Iglesia de Jesús hubiera sido “Iglesia de Pedro” o “Iglesia de los apóstoles”, la Iglesia habría desaparecido en el vendaval de la historia. Pero la Iglesia no es esa: la Iglesia, la de ayer, la de hoy, la de siempre, es la Iglesia de Jesús. Quien vive en ella es Jesús; quien inspira en ella es el Espíritu Santo, no Pedro ni Juan, ni los apóstoles.

5. Esto que estamos diciendo no es protestantismo, para nada; es puro catolicismo, es una meditación de las palabras del Evangelio sin salirnos de ellas. Estamos desentrañando esta expresión: “mi Iglesia”.
A la hora de componer el derecho de la Iglesia, el gobierno de la Iglesia, las potestades múltiples que se ejercen en la Iglesia, habremos de decir que el mejor modo de gobierno o de otro ejercicio de poder es aquel que mejor traduzca la soberanía absoluta de Cristo, conscientes de la precariedad y versatilidad de todo lo humano.
Desde hace décadas la palabra “comunión”, vieja palabra del Nuevo Testamento (koinonía), tiene una prestancia singular. No lo olvidemos, hermanos: la Iglesia antes que jerarquía es comunión. La comunión de hermanos expresa de un modo más adecuado, más inmediato, más vital la soberanía y la presencia de Cristo en medio de nosotros, que las estructuras jerárquicas, que no negamos.

6. Estos pensamientos parecerían ser una clase de teología que hay que ir matizando en todos sus perfiles. Pero no es esa nuestra intención. Al contrario, estamos meditando en esa palabra insondable de Cristo “mi Iglesia”, para que el aliento de Jesús nos transfunda un inmenso y entrañable amor a su santa Iglesia.

7. La Iglesia de Jesús es hermosa, por eso, por ser Iglesia suya. ¡Qué bella eres, Iglesia! Por esa Iglesia uno puede dar su vida, por ser Iglesia de Jesús.
Si uno descubre así la Iglesia, como la suprema obra que Dios ha realizado en el mundo a través de su Hijo amado, se abre un  horizonte nuevo y surge dentro de mí la generosidad.
Las concreciones del amor vendrán enseguida de por sí, porque esta contemplación nos ha de llevar inmediatamente a la vida.

8. Señor Jesús, gracias por habernos revelado qué es la Iglesia como obra del Padre. Con tu fuerza, cuenta conmigo en favor de tu santa Iglesia. Amén.

Guadalajara, viernes 22 agosto 2014.

4 comentarios:

Carlos dijo...

Padre, qué bello video. Soy Carlos, no sé si me recuerde. Lo vi el domingo once de agosto antes de entrar al templo. Que Dios, nuestro padre, lo colme de bendiciones hoy y siempre

Fr. Rufino Ma. Grández, OFMCap dijo...

Querido Carlos:
Fue la primera vez que nos encontramos, o, al menos, que nos hablamos. Me tocaste el corazón. Gracias, Carlos, porque desde tu silla de ruedas irradias a Jesús Resucitado. Ruega por mí

Anónimo dijo...

Tiene usted mucha razón en lo que manifiesta, fray Rufino.
La Iglesia no ha sido, ni es, de ningún ser mortal, sino de Cristo. Es Cristo quien edifica su Iglesia, el que reúne a su pueblo, el PUEBLO DE LA NUEVA ALIANZA EN SU SANGRE.
Curiosamente no consta que a Pedro le diese la llave de esa Iglesia, sino le da las llaves del REINO DE LOS CIELOS. Más tarde a Pedro le concedería el PASTOREO DE CORDEROS Y OVEJAS, no la propiedad.

Perfectamente claro.
Juan José.

Anónimo dijo...

Y otro dato muy interesante a tener en cuenta:
- Jesucristo no habla en presente sino en futuro cuando dice EDIFICARÉ MI IGLESIA.
- Se entiende, pues, que la iglesia, como PUEBLO DE LA NUEVA ALIANZA, no se edifica en el momento en que Jesucristo lo dice, sino más tarde, algunos años más tarde.
- Juan José.

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