miércoles, 27 de agosto de 2014

587 Cuando el toro cogía a Manolete y yo entraba en el seminario



Cuando el toro cogía a Manolete 
y yo entraba en el seminario

Meditatio

El día 27 de agosto es para mí días señalado, fiesta particular. Mi mente se llena de escenas, que nada tiene por qué interesar al lector, que no obstante me atrevo a comunicar desde la serena soledad de mi celda capuchina en esta mañana plácida de agosto, día de santa Mónica, madre de san Agustín.
La campana del barrio residencial tocó a misa de 8.00, luego tocará a misa de 12.00 – misa de jubilados y gente pacífica, con alguien que llevará dentro una pena desgarradora – y este hermano capuchino humildemente irá a decir la misa, a celebrar la santa Eucaristía, para vivir el eterno momento de Jesús de Nazaret. Todo comenzó en aquel 27 de agosto de 1967 (hace 67 años), cuando este niño que en diciembre cumpliría 11 años llegaba en tren a Alasua con sus padres y una hermanita de meses llevada en brazos de la mamá. No volvería a ver a mi padre que prematuramente nos dejaba, cuando iba a cumplí 40 años, rumbo a la eternidad (1 dic. 1947). De él que queda, aparte del monumento grandioso de su vida humilde y ejemplar, una carta entrañable.
Aquel día era la feria de Linares por san Agustín (28 agosto), y en la tarde de san Agustín toreaba y caía en la plaza Manolete (Manuel Rodríguez Sánchez, 1917-1947, que moría en el hospital de Linares a las 5 y 3 minutos de la madrugada del día siguiente. Todos los años, al llegar mi “histórico” aniversario (histórico para mí), los periódicos hablaban de Manolete. Y hoy mismo, 67 años después, hay riadas de información por las redes; puedo leer, por ejemplo, el ABC de aquel día. A los jóvenes no les dirá mucho que  Juan Ignacio Luca de Tena (dicen que todavía caliente el cuerpo del diestro) compuso a su memoria un poema al que puso música el maestro Jacinto Guerrero:

En la plaza de Linares
cuando más brillaba el sol
un toro negro de Miura
frente a frente lo mató.
Mejor torero de España
el mundo te consagró.
¡Ay Manuel, Manuel Rodríguez,
de los toreros la flor…!

La vida es como es y como tú la mires, y todavía más, para eterna sorpresa, como la mira Dios, es decir, Dios conmigo. Al fin, el que me va a dar el veredicto, va a ser Dios mismo, ese a quien llamamos con los salmos “mi Dios”, que es el Dios de la ternura, el Dios de la alianza, el Dios de  mi esperanza…
Dios mío… ¡cuántas cosas! Y mil más que se concitan en mi mente…, y ninguna es digresión, porque van todas girando en torno a lo mismo; Dios y yo. Y lo que voy escribiendo no es una tesis con sus partes que yo deba presentar con esquema ordenado al profesor, sino balidos de mi corazón que Dios, con infinita ternura, escucha y acoge, porque habla uno de sus hijos…

* * *
Comenzaba el seminario menor: a esto me quería referir, y en mi caso el Seminario Seráfico de la Divina Pastora de las almas, advocación capuchina.
Cuando uno recuerda, queda abrumado… Yo tenía 10 años y casi nueve meses (* 5 diciembre 1936), y no era el más jovencito de mi curso de 32 compañeros, que detrás de mí había dos, si no eran tres. Con el paso de los años me quedé el más joven. A la hora de la ordenación sacerdotal, trece años después, el grupo éramos ocho.
Hoy pienso todo aquello y me embarga un silencio reverente, que sin ser dulzón está lleno de ternura, de comprensión, de piedad…, quizás también de dolor y de espera. Me comprenderá el lector sabio y prudente que insista en este vocabulario del diccionario español y universal. Un silencio meditativo que no es la fuga del análisis de los sistemas que entonces se empleaban, sino que es, más bien, el silencio meditativo ante el abismo del misterio de la vida.
¡La vida es un profundo misterio! ¡Sí, es misterio! He aquí toda la sabiduría que  en mi tránsito he logrado acumular.
Misterio no es enigma. El enigma se ríe de nosotros. El misterio, no. Abre sus brazos para llevarnos a Dios.
Misterio es la vía de hoy, y misterio la vida aquella. El seminario de entonces, seminario seráfico, era un internado; los doce meses del año internado, y al año siguiente, doce meses de internado. Así, uno, dos, tres, cuatro, cinco años, que era el “curriculum” de humanidades antes de pasar a la filosofía, y de la filosofía al noviciado.
Al mirar atrás, uno dice: Ya pasó. Dios se las compuso para que el adolescente emergiera como un jovencito normal y luego como un joven generoso.
Psicólogos, no se precipiten en anatematizar aquella educación en internado – que no es la ideal, para la que no soy propicio… que ya hace luengos años que pasó – sino consideren algunas claves con las que un adolescente, pese a todo, pudo salir a flote.
Yo entiendo desde mi altura que el seminario se mantenía gracias a dos pilares graníticos que lo sostenían:
El primero el convencimiento de que Dios se había cruzado en mi vida, de que Dios estaba muy presente, de que Dios me había llamado… como a los apóstoles, de que las almas me esperaban… Hoy se habla de “gérmenes” de vocación. A mí me hubiese sorprendido en aquella edad que me hubieran hablado de gérmenes de vocación. Ayer, y más hoy, para mí es evidente una verdad Fontal: que el Espíritu santo habita y opera en el alma de un niño. Por eso, es muy difícil para mis lóbulos mentales pensar que se pueda profanar a un niño, a una niña…, tocarle (abrazarle, besarle) con una intención que no sea pura. (Cosa distinta, y psicológicamente comprensible, es la pasión apetitiva de dos jóvenes, de dos adultos, que se buscan para satisfacer un oscuro y misterio placer como placer de la vida).
El niño y el adolescente son santuarios que infunde reverencia.
Lo segundo que sostenía el seminario, sistema que idealmente no es el mejor ni mucho menos, era la generosidad. El seminario, la información mental que recibíamos era la generosidad… ¿Un niño puede ser de verdad generoso? Un niño puede ser generoso más que caprichoso, generoso a tal grado que esté al borde del escrúpulo, accidente morboso que está a pocos milímetros de la generosidad. Un niño generoso…, generoso…, casi seguro termina escrupuloso. Entonces el afecto materno sería su mejor sanación… “Hijo mío, no tengas miedo”.
Ese “hijo mío” difícilmente lo podrá escuchar un niño fuera de los labios y del beso de su madre.
¿Que un seminario, el mejor seminario, tenga grandes lagunas? Sin ninguna duda. El mejor seminario debería ser la propia familia, hasta que el niño haya pasado a ser adolescente, y el adolescente se haga joven, y el joven reciba el espaldarazo de sus padres, padres auténticos e iluminados:

Hijo mío, no eres nuestro, eres de Dios; la vida es tuya, tú decides. Pero no te engañes: no sucumbas ante el placer o el dinero, que eso es trampa. No te empeñes en carrera u oficio donde más vas a ganar, más vas a dominar, más vas a disfrutar. Lánzate allá donde vas a ser más tú mismo, según los deseos más profundos de tu corazón. Escojas o lo que escojas, piensa que si no eres nuestro, tampoco te perteneces. No seas ruin ni mediocre; sé generoso. Queremos lo más grande para ti. Piensa que nunca es más grande el ser humano, que cuando se entrega al servicio de los otros, de corazón, gratuitamente y con todas sus fuerzas. La causa de los hombres es la causa de Dios. Que sea la causa de tu vida. ¡Mira adelante! No te confundas ni a la derecha ni a la izquierda. Sé de Dios y que Dios te conduzca, hijo mío, solo Dios. Cumple lo que Dios quiere para ti, la voluntad de Dios. Tu madre y yo eso es lo que queremos. En nombre de Dios nosotros te bendecimos.

No me dijo este testamento mi padre, porque murió cuatro días antes de que yo cumpliera 11 años. No me lo dijo mi madre, porque era muy sencilla y sabía vivir pero no hablar. Pero, sin palabras, yo les he escuchado… que esto me decían con su vida.
¿Por qué fui al seminario? No porque me llevaran, ciertamente, sino porque yo fui. Pero ¿por qué fuiste? Ya dije que la vida, la de ayer y la de hoy, es un misterio de adoración.
Por eso, sanando heridas, traumas y complejos… yo te bendigo, Padre del cielo, porque un día, 27 de agosto de 1947, mis padres de la tierra con la “chiquilla” que iba en brazos (mi hermana María Jesús), me presentaron, ¡tan niño!, en el Seminario Seráfico de la Divina Pastora de Alsasua (Navarra). Guadalajara, Jalisco, 27 de agosto de 2014.

Este soy yo, mi Jesús

En recuerdo,
que es memoria sacramental.

Este soy yo, mi Jesús,
con cara de niño bueno,
o soy un poquito tú…
en tus ojos que reflejo.
Mi foto de seminario,
recién llegado del pueblo,
¿Para qué viniste aquí,
tú, niño tan tempranero?
Yo quiero ser sacerdote,
capuchino y misionero.

Este soy yo, soy el mismo,
ayer y cuando hoy me veo,
un pequeño desvalido
que al mirar está pidiendo,
te mira porque le mires
con tus ojos, Nazareno,
y le eches una caricia
con tus ojos sonriendo,
que cuando vaya a dormir
tú balancees su sueño.

Este soy yo, contemplando
lo que a mi modo yo anhelo,
camino de santidad
con un corazón inmenso,
para salvar a las almas
perdonando y bendiciendo…
Como el apóstol navarro,
pues soy Javier de abolengo,
y si a ser mártir nos llaman,
para ser mártir me ofrezco.

Este soy yo, mi Señor,
como viste, muy ingenuo,
mas de ser como me hiciste,
pecador,  no me avergüenzo.
Mira Jesús, bondadoso,
lo que sentía y lo siento,
tu ternura era mi pan,
así lo quisiste y quiero,
me hiciste niño muy niño
y es lo mejor que yo tengo.

Guadalajara, Jal., 27 agosto 2014

1 comentarios:

Anónimo dijo...

Conozco una familia que también tuvo entre sus miembros vocaciones en la más tierna edad. Lo mismo que usted nos relata.
En el caso que cito eran siete hermanos, de los cuales, religiosos fueron como sigue: dos varones, jesuitas; un varón, salesiano; dos mujeres, jesuitas. Todos viven.
Hace poco tuve ocasión de visitar a un conocido, religioso trapense.
Durante la interesante conversación le hice la pregunta "de rigor": ¿qué hubiera sido de él si hubiese nacido en una familia de otra cultura y religión?. La respuesta fue la esperada: no hubiese sido trapense. Cierto. Muy cierto.
Sin embargo es de hacer notar que MUCHOS FUERON LOS LLAMADOS, Y POCOS LOS ESCOGIDOS. Muchos entraron en los seminarios en la tierna edad, pero, después de unos años de estudios (bachillerato), se salieron.
Es la cara y cruz de la misma moneda.
Saludos.
Juan José.

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