martes, 9 de septiembre de 2014

592. Oración de petición, comunión infalible en Jesús



Jesús presente, en unión con el Padre, seguridad de su Iglesia

Meditatio sobre Mt 18,19-20

El Evangelio del domingo pasado (XXIII del tiempo ordinario, Mt 18,15-20) hablaba de ese camino de caridad, de genuina fraternidad, que hay que emprender para abordar progresivamente, y salvarlo, al hermano que ha caído en pecado. Si ningún paso de caridad ha obtenido el efecto deseado, venía la exclusión. Y concluía con dos frases que nos abren a un profundo misterio existente en el corazón de Dios Padre, traspasado al corazón de su Hijo, en una reciprocidad total de vida y amor.  Quisiéramos asomarnos a este misterio fascinante, pilar seguro de mi esperanza, de mi abandono. Dice el texto sagrado:
 “Os digo, además, que si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo, se lo dará mi Padre que está en el cielo. Porque donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio  de ellos” (Mt 18,19-20).
Mirando con cuidado el contenido de ambas frases (y más si tenemos el texto original delante), percibimos que estas dos frases forman un conjunto unitario de sentido. La “principal” es la primera; la segunda es “complementaria” y “explicativa” de la primera. Pero también la segunda se puede leer separada y en sí mismas, como un axioma, sea lo que sea lo que precede. Se puede leer absolutamente así: Donde están dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo, en medio de ellos.
La declaración de Jesús, hablándonos de las relaciones que se dan en su Iglesia (“mi Iglesia” Mt 16,18), pone en nuestro corazón varias preguntas:
¿De qué tiempo está hablando Jesús: del tiempo en el que él vivía, o el tiempo en que nosotros vivimos?
¿Quién es el que concede, mi Padre o Jesús?
¿Qué significa “cualquier cosa” que piden dos que se ponen de acuerdo? Nótese que algunas versiones, como la Biblia de Jerusalén, resaltan un inciso de la frase cuando Jesús dice que podemos pedir todo “sea lo que fuere” recalca este tipo de traducción, matiz nada despreciable.
¿Cuál es el significado de esa presencia de Jesús “en medio de ellos”, en medio de nosotros?
¿Qué nos está diciendo Jesús del Padre y qué nos está diciendo de sí mismo? ¿Adónde apunta esta declaración de Jesús: a una “autodeclaración” basada en la conciencia que tiene de sí mismo, o a una simple afirmación del poder de “mi Padre”?
¿Son sutilezas de lenguaje lo que estamos diciendo, que anula la fuerza expresiva del conjunto, o son, más bien, matices y matices, perfiles definidos, que uno va descubriendo a medida que uno avanza en sus consideraciones? Estas nuevas “oportunidades de sentido”, que enriquecen más y más el texto, mejor dicho, la comprensión del texto, pueden traer nuevos veneros de luz a nuestra alma, entrando directamente en el texto con un corazón contemplativo. Por aquí queremos avanzar, no precisamente por vericuetos académicos que pueden ser útiles y necesarios en otro momento. Con la gracia de Dios así procederemos. Escuchemos lo que adentro va sonando.

* * *
1. Jesús está hablando de sí mismo y está hablando simultáneamente del Padre. Justamente la relación de “Padre-Hijo” y de “Hijo-Padre” es la clave de unidad de este texto.
 Está hablando Jesús-Hombre, Jesús histórico, pero está hablando con una conciencia que supera la conciencia de todo hombre. Ningún hombre, ni por imaginación ni por recurso alguno como la agudeza de entendimiento, puede tener la conciencia personal de “ser divino” que aquí se refleja.
Ningún hombre puede descubrir que es “Hijo de Dios”. Ese es un descubrimiento infinito, y el hombre no puede alcanzar lo infinito. Si Jesús habla de esta manera no lo hace por efecto de un descubrimiento que hiciera de sí mismo con el paso de los años, por ejemplo, tras el bautismo. Ese descubrimiento sería ilusión y engaño; estamos tocando el misterio de la autoconciencia de Dios humano, que no puede tener una solución teológica. Sencillamente ignoramos el misterio: no sabemos cuál es ese punto de confluencia de lo divino y lo humano en Jesús, verdadero Dios y verdadero hombre, tan hombre como Dios, tan Dios como hombre. No hay talleres para analizar este fenómeno, por ejemplos comparativos o cosa similar.
Jesús, te acepto con fe, y doy el paso a ti, dejando enredos y problemas, y perdiéndome en ti, que no tienes más que un Yo – un Tú para el diálogo – en tu unicidad que es la que quieres compartir conmigo.

2. Está hablando, por tanto, el único Jesús que hoy existe, el Jesús de mi fe, que es Hijo de Dios, que vive en comunión indisoluble con Dios. Desde aquí, y solamente desde aquí, podemos hacer “hoy” exégesis. Todos los planos anteriores quedan fundidos en un solo.
El Evangelio de san Juan llegará a formulaciones más explícitas, tales como “Yo y el Padre somos uno” (Jn 10,30). Y en el sermón de la cena, Jesús hablará, con variedad de expresiones, de esa igualdad y reciprocidad que existe entre el Padre y el hijo; igualdad en el amor, igualdad en el poder; igualdad en la comunión.

3. El ser humano es indigencia – también Jesús lo era – y requiere la oración de petición. Nosotros pedimos porque no tenemos. Si tuviéramos, no nos haría falta pedir, porque ya lo teníamos, aunque fuera como don otorgado.
Más aún, mientras el ser humano sea creatura y no Creador, habrá de reconocer que puede ser llenado con los dones de su Creador.

4. Aquí comienza el misterio que queremos abordar. La Iglesia es indigente y necesita, hoy y siempre, del don de Dios, en toda época, en todo momento de la historia, en cada día, en cada hora, en cada minuto, la Iglesia, como no puede abastecerse a sí  misma necesitar “pedir” el don de Dios, y vivir de ese don de Dios que se le otorga.
Jesús nos dice dos cosas que va a realizar su Padre Dios:
- La primera, que como Padre (y en atención  a su Hijo, por mediación de su Hijo) va a conceder el don.
- La segunda, que lo va a conceder siempre.

- Y hay una tercera: que va a conceder incluso “cualquier cosa que le pidan” dos que se han juntado en el nombre del Señor.
Son afirmaciones absolutas, que no admiten excepciones ni reinterpretaciones. Urge, pues, entenderlas para captar la grandiosa verdad que encierran en sí mismas, porque la evidencia histórica parece decir lo contrario. ¿Es que no nos convenimos en un lenguaje unívoco, o es que, más bien, no acabamos de asomarnos al abismo de sentido del texto?
Pedimos los cristianos, “unidos dos y tres” y millones y millones, y durante años y años, ese bien supremo que es la unidad de los cristianos, y no acabamos de conseguirlo, y vemos cuándo lo vamos a conseguir.
Entonces, ¿la palabra firme de Jesús no se cumple? Lo cual es blasfemo el plantearlo, y blasfemo el mero pensarlo.
O más bien, ¿nuestra ceguedad del misterio nos impide ver la realidad absoluta de la palabra de Jesús que siempre se cumple, pues Jesús siempre es escuchado por el Padre?
Sin duda, que el misterio hay que decantarlo por aquí.

5. Me alzo, por lo tanto, hasta el corazón del Padre y allí veo al Padre unido a Jesús – en el Espíritu Santo o con el Espíritu Santo, que aquí no se nombra, pero en la totalidad del Evangelio bien podemos contemplarlo – y ¿qué veo?
Veo, por de pronto, que la Iglesia vive en el corazón del Padre, vive en Jesús con el Padre. Esa realidad originaria es una realidad permanente y ha de ser su realidad final. La Iglesia está deificada desde su origen; es Iglesia celestial, siendo una Iglesia pobre peregrinante, acosada de necesidades.
La Iglesia es lo que es desde sus raíces celestiales, y Jesús es lo que es viviendo hoy con el Padre. El tiempo pasado no podrá regresar. Soy Iglesia celestial, aun siendo Iglesia peregrina, cercada de necesidades. La unidad absoluta de la Iglesia en el corazón de Dios, que abarca la eternidad, me invita a hablar así.

6. En esta Iglesia celestial, en la que vivo en la tierra, todo está consumado, toda está dado, al darnos Dios el don de su amor. Jesús está presente y constituyente como don del Padre, asegurando el ir y venir de toda gracia.
Yo sé que Jesús me lo da a todo, cuando mi hermano y yo (mi hermana y yo), tomamos conciencia de que somos y existimos en él, mirándole a él, y por él al Padre.
Entonces yo me veo penetrado del don. Toda la vida, desde sus vivas raíces, raíces trinitarias, es don. Voy caminando como don, como afirmación de Jesús, como transparencia de su gracia, como resplandor de su gloria, splendor gloriae.
La palabra final de Jesús de que todo será concedido, afecta, primeramente a su propia dignidad. Siendo yo, en el camino difícil de mi vida, regalo de Jesús, Jesús se está afirmando a sí mismo.
Por eso, que Jesús nos conceda todo cuanto le pedimos, no es algo que redunda primero en ventaja nuestra… Que él nos lo conceda es gloria y ganancia suya; es su afirmación ante el Padre.
Por eso, la oración cristiana “natura sua” (por su propia naturaleza) es interés de Jesús, ganancia de Jesús, emanación de su gloria.
La eficacia de la oración, eficacia ilimitada que no excluye ningún don, está ahí, es interés de Jesús.
Puedo decirle, por tanto, a mi Señor, a Cristo, esposo mío y espso de la Iglesia: Lo que te pido, Jesús, no te lo pido por mí… Te lo estoy pidiendo por ti.

Bajo tu luz, Señor Jesús,
con tu amor y por tu amor, que empieza a ser la entrada en el infinito amor.

Guadalajara, Jal, 9 septiembre 2014.

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