domingo, 21 de septiembre de 2014

597. Hacia una lectura iluminada y amorosa de las santas Escrituras


Hacia una lectura iluminada y amorosa
de las santas Escrituras


Rufino María Grández, O.F.M.Cap.

Estimado Sr. Obispo, [Leopoldo González González, Obispo Auxiliar de Guadalajara, Jalisco],
Hermanos todos en el amor a las santas Escrituras,
amor que nos une y motiva aquí nuestra presencia: Paz y Bien.

1. Íncipit: La Biblia, Poesía y amor de Dios

Se me ha encomendado una de las tres ponencias bíblicas que son parte muy significativa de este día consagrado a la Sagrada Escritura, en este programa de la animación bíblica de la pastoral, en esta XII ASAMBLEA  BÍBLICA DIOCESANA  (21 de septiembre de 2014, Instituto Bíblico Católico - «La Palabra de Dios nos acompaña siempre en nuestro peregrinar» - Lema: «Yo estaré con Ustedes hasta el fin del mundo Mt 28,20»). El texto bíblico que figura en el logotipo de este Centro Bíblico Católico, el Libro abierto para el imperio de la Cruz de Cristo, dice: “Lámpara es tu palabra para mis pasos, luz en mi sendero” Sal 119.105.

El tema escogido a libre voluntad por mí dice así: LA LECTURA ILUMINADA Y AMOROSA DE LAS SANTAS ESCRITURAS. Me estoy refiriendo a ese trato diario con la Escritura que para nosotros, tocados por esta gracia, ha de ser ocupación constante. La Biblia sobre nuestro escritorio, la Biblia en nuestros librero, la Biblia en la capilla a mano en nuestro reclinatorio, la Biblia en nuestro bolso de mano, la Biblia en nuestro cartapacio de viaje, la Biblia confidente que nos pone en el latido de Dios, corazón a corazón.
Se trata, pues, de leer la Biblia, pero con una lectura traspasada de luz de amor. Una vez en el Día del estudiante se me ocurrió hacer unas coplillas festivas para la Estudiantina capuchina de la Casa de Formación Santa Verónica (Cuautitlán Izcalli, Edo de México) y uno de esos versos caprichosos llevaba por título: Resumen de toda la Biblia. Era el versículo primero del Génesis: “Al principio creó Dios el cielo y la tierra”, y la coplilla cantaba:
Resumen de la Biblia
“Al principio creó Dios el cielo y la tierra” (Gn 1,1)

Bereschit bará Elohim (Gn 1,1)
Y eso… ¿qué quiere decir?
Que está loco... y que nos ama   
desde el principio hasta el fin.

O, si quieren, vaya otra a propósito de Lc 2,51: “Su madre guardaba en el corazón” 
El corazón es un cofre
y cabe toda la Biblia:
se comienza aquí en la tierra
y en el cielo se termina.
Dice el refrán que no hay dos sin tres. Vaya la tercera a propósito del versículo final del Evangelio de Juan: “Si se fueran a escribir...”  (Jn 21, 25)
Mil treinta y ocho capítulos
el Antiguo Testamento;
pero el Nuevo es uno solo:
Jesús en el Sacramento.

Sin darme cuenta y antes de entrar en tema estoy diciendo que la Biblia es poesía. Sí, lo es; es poesía del corazón, aunque unas cosas estén escritas en prosa y otras en verso. Toda la Biblia es la vibración poética del Dios de amor. La Biblia es un vuelo del Espíritu, el batir de las alas de Dios.
Dice el texto sagrado, al comienzo de Ezequiel: “El año treinta, el día cinco del mes cuarto, estando yo entre los deportados junto al río Quebar, se abrieron los cielos y tuve visiones de Dios” (Ez 1,1). Vino, pues, la palabra del Señor sobre Ezequiel hijo de Buzí, sacerdote. Continúa el texto: “Allí se posó sobre él la mano del Señor” (v. 3).
Si no se posa la mano del Señor sobre nosotros no podremos leer las santas Escritura. Dando clase a los seminaristas del Palafoxiano de Puebla, quizás también se posó sobre mi hombro la mano del Señor para abrir la Torá orando, y compusimos esta oración

Torá bendita, luz de las naciones  
Al empezar el estudio de la Torá
Homenaje y súplica

Torá bendita, luz de las naciones,
yo beso reverente letra y tinta
por donde corre sangre de los cielos,
igual que te besó Jesús Mesías.

No vino a destruirte el Nazareno,
que te aprendió de labios de María;
te amó temprano más que los Rabinos
cuando de niño con ellos discutía.

Te amó y te rescató desde tu entraña,
porque al mirarte al Padre Dios veía,
te quiso pura, original y plena
y vio que el Evangelio en ti nacía.

Encuentro de la fe y de la historia,
de Dios amor que en ti se traslucía,
Torá, que eres hermosa como esposa
porque de ti surgió la Profecía.

Torá de bendiciones y promesas,
Torá de una alianza compartida,
en ti me encuentro yo y en ti descanso,
si te alcancé, Torá, Sabiduría.

¡Mi Dios, mi Creador, mi amor en trance,
que Dios de otra manera no serías,
te adoro en Escritura y Sacramento,
desde tu Libro lléname de vida! Amén. (Puebla, 17 agosto 2011).

Quiero, pues, hermanos, hacer mías aquellas palabras de Pablo al comienzo de Romanos: “Tengo ganas de veros para comunicaros algún don espiritual que os fortalezca, para compartir con vosotros el mutuo consuelo de la fe común: la vuestra y la mía” (Rm 1,11-12). La Iglesia es comunión: es comunión en la Eucaristía y es comunión en la Biblia compartida.

2. Comunión en la Biblia compartida

Cuando yo abro la Biblia, vean ustedes qué misteriosa red de comunión se establece entre mí, lector que se favorece del fruto de innumerables generaciones cuyos ojos han estado fijos en Jesús (Hb 13) como los míos, y el Libro Sagrado. Tengo ante mí, en este caso, el volumen editado como versión oficial de la Conferencia Española, firmado en la solemnidad de Santiago, apóstol, patrón de España, 25 de julio de 2010, texto oficial para proclamarlo en la liturgia, para servirse de él nuestros pastores en la cartas a los fieles, y los catequistas en la entrega de la fe de la Iglesia.
Esta Biblia, en sus páginas introductorias, tiene los nombres de los 24 especialistas procedentes de universidades de España, Paris, Roma (23 hombres y una mujer, Nuria Calduch Benages, religiosa).
No es ninguna fantasía pensar que, al acariciar esta Biblia, al abrirla, al clavar mis ojos en sus páginas sondeando sus secretos, yo estoy en comunión en esos 45 años de trabajo emprendido en España tras el Concilio para presentar la traducción más hermosa para la liturgia. Una gran red de personas anónimas ha ido tejiendo lo que yo tengo entre manos. En una marejada de amor silencioso ha llegado este navío a puerto.
Pero no es solo el equipo de los que han trabajado esta Biblia, que ahí está – esperamos – para muchos decenios, aunque una traducción será siempre una obra de nunca acabar. Como estudioso del texto original, yo veo en cualquier edición crítica, que ha de estar a la base de una traducción, una selva espesísima que alude a papiros y códices sobre los que se trabaja en laboratorio para conseguir el texto más fiable. ¿Quién es el autor de todo ello? Una turba de investigadores que pacientemente estaban trabajando para mí sin que ellos lo supieran.
De estas consideraciones bien podemos concluir que la mera lectura de la Biblia, texto que alimenta mi fe y enardece mi pasión de amor, mi ímpetu para ser anunciador del mensaje, es un acto teológico-eclesial, que yo lo puedo vivir como una celebración girando en torno a Cristo. Los obreros de la Biblia son – o somos, por lo que humildísimamente nos toca como simple profesor – un coro de discípulos que han puesto a Cristo Jesús, el Señor, como vida de su vida y meta de su esperanza.
En suma, una lectura de la Biblia, en fe y profundidad, es una vivencia eclesial de alta calidad, que consolida la Iglesia que Jesús nos ha dejado.
Ahora podemos pasar a eso niveles de lectura que acepta la Biblia, libro de nuestra fe hasta la vuelta del Señor.

3. Los tres modos de lectura y encuentro con la Biblia

Muchas veces he dicho en clase y ahora tengo una nueva oportunidad de repetirlo en esta nueva aula de “animación bíblica de la pastoral” que hay tres modos, tres niveles de lectura de la Biblia de cara a su propio misterio.

a)  Ante todo, hay una lectura inicial llamada exégesis histórico-crítica, a la que ya de entrada podemos atribuirle dos características:
- lectura del todo necesaria para la Iglesia que camina al paso de los tiempos, de las ciencias: ciencias del lenguaje, ciencias de la crítica histórica. Lectura necesaria para la Iglesia como tal, mas no para cada individuo en particular.
- Y al mismo tiempo lectura insuficiente, lectura del todo insuficiente si se detuviera ahí.
El texto que yo tengo ante mis ojos es un texto que tiene una larga historia detrás de sí. El Concilio Vaticano II, como nunca se había hecho antes, aceptó que los Evangelios tienen una historia antes de desembocar en la página que yo leo. Jesús ciertamente es el origen; si no lo fuera, los Evangelios serían una invención, un cuento religioso. Los apóstoles han entregado la herencia de Jesús a las comunidades, y las comunidades han mezclado con su propia vida la vida de Jesús y las enseñanzas de Jesús. Y desde aquí los narradores, los evangelistas, que son verdaderos autores, han puesto por escrito lo que Jesús hizo y enseñó. Esto explica la variedad de los textos, los diversos perfiles y teología en esa convergencia unánime hacia la persona de Jesús. Los Evangelios son uno, y son cuatro al mismo tiempo. Los tres sinópticos avanzan paralelamente (Marcos, Mateo y Lucas), Juan es muy distinto, con un lenguaje sapiencial, sentencioso…, con discursos de estilo muy diferentes de los que encontramos en los tres primeros.
Son conclusiones pacíficamente poseídas de la ciencia de hoy, que la Iglesia ha aceptado de buen grado, dando un paso adelante con respecto a siglos anteriores, que no habían percibido el problema. En la instrucción “Sancta Mater Ecclesia” sobre La verdad histórica de los Evangelios del 24 de abril de 1964, de la Pontificia Comisión Bíblica, se decía taxativamente: “Si el exegeta no pone atención en todas estas cosas que se re­fieren al origen y composición de los evangelios y no aprovecha todo lo bueno que han aportado los recientes estudios, no cumplirá real­mente su oficio de investigador, cuál fue la intención de los autores sagrados y lo que realmente dijeron”.
Así pues, desde el punto de vista de estudio, este tipo de investigaciones no es facultativo, sino, a la altura de la ciencia de hoy, necesario. Si no se admite este proceso, se cae en un fundamentalismo, que pese a su apariencia espiritual seca las santas Escritura.
Hace unos días  mostraba a los alumnos diversas clases de Biblia apreciando el valor de cada uno. Entre ellas, una de una terminada Iglesia protestante. Nuestros hermanos utilizan la clásica traducción de Reina-Valera, siglos XVI y XVII, que es muy buena, pero sus explicaciones varían según las Iglesias. La Biblia que yo tenía en mano comenzaba: Génesis, y debajo decía: Escrito por Moisés por el año 1500. Cosa similar para el Éxodo, Levítico, Números y Deuteronomio (es decir, los cinco libros que llamamos “Pentateuco”). Esto hoy no se puede sostener; esto es ignorar tradiciones y documentos con los que siglos después de los hechos se escribieron las tradiciones.

b) Una verdadera interpretación de las santas Escrituras no puede quedarse en este primer estadio: tiene que pasar a ser una interpretación teológica; más aún, preferentemente teológica. Expliquemos qué es esto.
Una de las cosas hermosas que ha hecho el Papa Benedicto XVI, papa iluminoso y valiente, ha sido escribir un libro sobre Jesús: Jesús de Nazaret (3 vol. Planeta 2007-2012).  Aclaraba en el prólogo: “Sin duda, no necesito decir expresamente que este libro no es en modo alguno un acto magisterial, sino únicamente expresión de mi búsqueda personal “del rostro del Señor” (cf. Sal 27,8). Por eso, cualquiera es libre de contradecirme. Pido solo a los lectores y lectoras esa benevolencia inicial, sin la cual no hay nada comprensible” (vol. I, 20).
“Hay que decir, ante todo, asegura en el mismo Prólogo, que el método histórico - precisamente por la naturaleza intrínseca de la teología y de la fe – es y sigue siendo una dimensión del trabajo exegético a al que no se puede renunciar” (p. 11).
El Papa propiciaba una lectura teológica: “Una cosa me parece obvia: en doscientos años de trabajo exegético la interpretación histórico-crítica ha dado ya lo que tenía que dar de esencial. Si la exégesis bíblica científica no quiere seguir agotándose en formular siempre hipótesis distintas, haciéndose teológicamente insginificante, ha de dar un paso metodológicamente nuevo volviendo a reconocerse como disciplina teológica, sin renunciar a su carácter histórico”  (Prólogo al vol. II, 6-7).
Hay que avanzar en profundidad y abordar la Escritura con un método teológico. Es decir, la pregunta esencial del intérprete es  ¿Qué está diciendo Dios? Si Dios habla, se está comunicando, y su Palabra es revelación y amor. ¿Qué está diciendo Dios? No: ¿Qué me dice este texto? Porque esta misma pregunta la puedo formular yo leyendo a Platón, a Aristóteles, o el Quijote. ¿Qué está diciendo Dios?
Entramos en los campos dilatados de la teología, como ciencia de la fe. Comenzamos a entrar en la espesura de la fe. Ahora el escriturista es, por necesidad, teólogo.
Primera operación: leer todos los textos en la unidad global de toda la Escritura. Toda la Escritura es el regazo maternal en el que se mece cada texto.
Segunda operación: leer cada texto en densidad propia, en su teología propia, en su mensaje propio. Un ejemplo: Cuando Pablo habla de “carne” y “espíritu”, la palabra carne, que a lo mejor en una traducción popular la sustituimos por otra, en la teología judía tiene un propio contenido. Escuchemos este pasaje célebre de la carta a los Filipenses: “Los circuncisos somos nosotros, los que damos culto en el Espíritu de Dios y ponemos nuestra gloria en Cristo Jesús, sin confiar en la carne. Aunque también yo tendría motivos para confiar en ella. Y si alguno piensa que puede hacerlo, yo mucho más” (Flp, 3,3-4).  Y da sus título gloriosos para poder “confiar en la carne”: ser judío de pura raza, hebreo hijo de hebreos, cumplidor y fanático de la Ley…, todo eso es carne, todo eso – tan estimable en sí, es carne frente al don de Dios, que es el conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor, por quien lo perdí todo.
Al entrar en la Escritura, se impone, pues, una lectura teológica, para abrirnos a “la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor” (Flp 3,8).

c) Y con todo, tampoco la teología es la lectura del encuentro. Podemos hablar de esta lectura del encuentro.
La Biblia, que es toda ella, historia salutis de Dios con el hombre, nos invita a sumergirnos en ella como parte de esa historia de salvación. La Biblia no es un tema de oración, sino que ella misma se convierte en oración encuentro con Dios. En ese momento la Biblia está naciendo, como acontecimiento de Dios en el mundo, en la Iglesia, en mí.
No sé si se podrá materializar este tipo de lectura, pero sé que existe. Si, en efecto, la Biblia es palabra actual para todas las generaciones, en culturas tan diversas como ha ido estando la raza humana, según edades históricas y latitudes geográficas, la Biblia, sacramento del dialogo de Dios con el hombre, sacramento de la respuesta del hombre a Dios, tiene que tener una fuerza ingénita para transcenderse a sí misma y ser vivida, conforme el Espíritu de Dios nos dé, como acto de permanente iluminación y encuentro.
Comprendo que esto que estoy diciendo es difuso, y hasta se podría tachar de pseudomístico. Con todo, creo que no ser iluso si insisto en que en este lenguaje hay algo de intuición. ¿Esa es la “lectio divina”, la lectio espiritual…? Quizás sea algo más y, en todo caso, un tanto diferente.
Hablo de una lectura pasiva. El texto ahí, como Jesús en el santísimo sacramento. Yo escucho al Dios infinito que es más grande que todas sus palabras.
Toda la tradición nos ha dicho que Cristo es la presencia y eje de las Escrituras. Como plasmó san Jerónimo en el prólogo de su comentario a Isaías, “Ignoratio Scripturarum, ignoratio Christi est” (S. Hieronymus, Com. in Is, citado por Dei verbum, 25).
Se trata en consecuencia, de bajar al puro manantial de la Escritura, olvidados de todo lo que sabemos por crítica textual, por teología, de volver al puro manantial de donde nace la Biblia, que nos lo revela el misterio de la Encarnación, el misterio de la Trinidad.

4. La Escritura leída desde el corazón de la Liturgia

La Sagrada Escritura la leemos en nuestra mesa de trabajo, en la capilla, acaso en el asiento del autobús, acaso junto a la almohada, como lo aconsejaba san Jerónimo a la virgen Eustoquio, hija de santa Paula: “Que el sueño te pille con el libro en la mano, y, cuando cabecees, que tu cabeza caiga sobre el libro excelso."  (San Jerónimo: 349-c. 419), Epistola XXII, 17, ad Eustochium. “Hieronymus leía con la débil luz de un candil de aceite, peligroso, maloliente y caro”).
Con todo, el lugar privilegiado es la liturgia en la praxis actual de la Iglesia, todos los actos liúrgicos cuentan con la presencia de la Palabra de Dios; y de modo eminente en la Eucaristía y en el oficio Divino. Entonces la Biblia pasa a ser “materia” sacramental. Cristo está presente cuando “se proclaman” y también cuando “se explican” las Escrituras.
Partiendo de esta convicción hemos de saber cuáles son los modos según los cuales acerca la Iglesia los libros sagrados a los cristianos. Podemos hablar de tres círculos o de tres niveles, que suponen distinto grado de conocimiento de la Escritura.
Primer nivel: Qué textos escoge la Iglesia de entre todos los capítulos de la Biblia para los cristianos acuden a misa todos los días y días festivos.
Segundo nivel: Si, además de los domingos, un fiel cristiano, una cristiana, participa todos los días en la celebración de la misa. El círculo se ensancha enormemente.
Tercer nivel: Si, además de ello, un cristiano, una cristiana, reza a diario la Liturgia de las Horas, un derecho que se le da en el bautismo como hijo de Dios, se ensanchan más y más el espaio otorgado a los textos sagrados.

Veamos el contenido del primer nivel. La Iglesia ha establecido un ciclo rotativo de tres años, que llamamos, A, B y C. La primera lectura es del Antiguo Testamento (salvo en Pascua, que no se lee el Antiguo Testamento para manifestar de este modo que las promesas están cumplidas); la segunda del Nuevo Testamento; la tercera de los Evangelios.
Prestemos atención, para hacer un balance, a la lectura de las cartas de san Pablo y demás escritos apostólicos del Nuevo Testamento. El cristiano que participa fielmente los domingos en misa ha escuchado 150 páginas (por hablar con números redondos, multiplicando por tres las 52 semanas del año) de la Biblia cada año; y en tres años 450 (siempre en números redondos).
El panorama es totalmente distinto de aquel de nuestra infancia: en la misa había dos lecturas, la epístola y el Evangelio, en latín, y cada año las mismas. No había misal y leccionario, sino en un solo volumen, en el Missale Romanum, aprobado según los decretos del Concilio de Trento, el sacerdote tenía las oraciones de la misa para todos los días del año (propio del tiempo y propio de los santos) y las lecturas para todo el ciclo litúrgico.
Como se ve por esta mera estadística, el viraje ha sido total. La Iglesia ha abierto de par en par las sanas Escrituras a todos sus fieles.
¿Con qué criterios se han elegido las lecturas dominicales?
Ante todo, biblistas competentes han ido señalando de los libros bíblicos cuáles son los capítulos más relevantes que no se deben ignorar. Es un criterio objetivo y sensato, si bien toda la Biblias sea Palabra de Dios.
De su parte los liturgistas han examinado cuál son las perícopas que leído tanto la liturgia latina como la liturgia oriental como otras liturgias venerables, aunque no estén en comunión con la Iglesia católica. Es otro criterio objetivo e importante.
No entremos en el segundo y tercer nivel, de quienes escuchan la Escritura a diario en la misa, y a diario en el rezo del oficio divino, que – repito – no es privativo para los monjes, clérigos, religiosos y religiosas, sino que el pan de la palabra está disponible en el oficio divino, a todos los hijos de Dios que deseen rezarlo.
Incluso más: muchas, muchísimas veces, las perícopas escogidas están cortadas: del versículo tal se pasa a tal otro, y quedan huecos en el texto, por razón de brevedad o por otras razones. El que reza el oficio divino puede tomar la Biblia aprobada para la liturgia y leer el texto seguido e íntegro.

5. Los libros apropiados para los tiempos litúrgicos

Con este punto final entramos en algo de mucho interés para la vida espiritual de la Iglesia. La verdadera dirección espiritual de la Iglesia es la liturgia, y en la liturgia cumple una función de verdadera maestra la Escritura. Con el paso de los siglos se han ido seleccionando libros y perícopas para los distintos tiempos litúrgicos. Conviene saberlo; porque entonces es otro sabor el que alcanza la lectura de la Escritura. Podemos dar un elenco de estas selecciones.  He aquí, a modo de ejemplo, para ser matizado un elenco

1.     Las 9 lecturas de la Vigilia pascual
2.     Los 4 Cánticos de Yahveh (Isaías) y la Semana Santa
3.     Los Evangelios de la resurrección en la Semana de Pascua
4.     Los Hechos de los Apóstoles como libro pascual
5.     El Apocalipsis como libro pascual
6.     La primera Carta de Pedro como posible homilía pascual para el tiempo de Pascua.
7.     Las conversaciones de la Cena como lecturas de Pascua.
8.     Las lecturas de la Vigilia de Pentecostés (Babel, Sinaí, Ezequiel, Joel).
9.     Las polémicas con los judíos en las semanas posteriores de Cuaresma, del Evangelio de Juan.
10.           La “lectura temática” de los días ordinarios de Cuaresma (ayuno, oración, conversión, penitencia…)
11.           Éxodo, Números y Deuteronomio libros propios de Cuaresma.
12.           Isaías como profeta del Adviento.
13.           La carta a los Colosenses como libro de Navidad.
14.           La primera de Juan como libro de Navidad.
15.           El Cantar de los cantares como libro de Navidad, para celebrar las nupcias sagradas de Dios con la humanidad por el Hijo de su amor;  y de Pascua.

Conclusión

Voy a concluir, hermanos en la fe, mirando el lema de nuestro Centro Bíblico Católico. “Lámpara es tu palabra para mis pasos, luz en mi sendero” (Sal 119,105, seguramente que es el versículo más célebre de los 176 que tiene este salmo).
El autor sagrado pensaba en la Torá, que contenía toda la revelación de Dios para ahora y para la eternidad. Después de la venida de Jesús esa lámpara es Jesús, luz verdadera que vino a este mundo. Esa palabra es él mismo.
Todos nosotros estamos convencidos de ello. Si estudiamos la Biblia no es por erudición. Es por Jesús. Permítanme decirlo con la doxología eucarística: “Por él, con Él y para Él todo honor y toda gloria, Por los siglos de los siglos. Amén.

Zapopan, Jalisco, 16 septiembre 2014. (Conferencia pronunciada el 21 de septiembre de 2014).

0 comentarios:

Publicar un comentario en la entrada

 
;