viernes, 3 de octubre de 2014

601. En la noche de san Francisco... y al amanecer



En la noche de san Francisco
 Imagen que envía y comparte Ana Mateos
de la fraternidad seglar franciscana de los
capuchinos de México D.F.

Mio diletto fratello francesco.

En esta noche ungida de tu tránsito me atrevo a pensar como si te viera. De ninguna manera quiero tratarte a ti como trato a Jesús, de ninguna manera, pero un poquito cobijado al aire del Señor.
Es de noche, las flores descansan. Mi alma también quiere descansar. Lo he intentado habiendo purificado mi corazón en la Iglesia. Intercede por mí para que este descanso del ser sea un descanso junto al costado de Jesús.
Desde pequeño las fiestas me han producido, con frecuencia, un misterioso poso de tristeza, que quizás pueda llamarse mejor “nostalgia”. No es fácil de decir porque yo mismo no lo he entendido; en todo caso, es como una llamada de amor, como gemido del pájaro solitario en el tejado.
Hermano Francisco, eres un mito sagrado. Y parece que nadie puede hablar de ti sin haberse bautizado en una ciencia franciscana, que tanto nos ha enseñado, pero que, al final, me confina en mi propia soledad… herida suavemente, entre tú y yo, entre Jesús, mi Señor, mi amor crucificado, y yo, pobre siervo suyo.
Saltándome la historia de casi ocho siglos, si hubiera tenido la suerte – la providencia – de hablar contigo, casi tengo la humilde presunción de que te habría comprendido. En nuestra conversación, tú, gigante, te habrías hecho para mí pequeño como yo. No habría tenido ante ti ni miedo ni vergüenza; habría comprendido que soy digno de tu amor. Y entonces habría entendido: ¡Esto es la fraternidad, Dios mío! La fraternidad: dos flores ante sí con el viento que les mece, en el jardín de Dios. Y se habrían caído de mis manos, de mi cabeza también, miles de estudios eruditos, serios, gestados por congresos y capítulos, de teólogos (yo, aprendiz, también actor y víctima); habría comprendido sencillamente que la fraternidad es puramente amarse.
A ti te gustaba añadir: “con un corazón puro”. Claro, que si es amarse, es amarse con un corazón puro.
Sabes que desde hace años tengo una banderita que la levanto en el momento oportuno: Sería el hombre más feliz del mundo con la gracia de un corazón humilde, sencillo y puro.
Pero vuelvo a la Porciúncula, nuestra cuna y casa, para seguir abriéndote mi corazón en esta mi edad ascendente, antes de que el Ángel nos lleve a la morada del Altísimo, donde tú habitas.

* * *
Soy pensador, fruto de mis pecados, y también vigor de un amor sincero que busca.
Me habrías acogido con bondad, me abrías mostrado incluso tu cariño, que yo lo hubiera agradecido; mejor, que ahora mismo lo agradezco.
Francisco, hermano, ¿qué te parece nuestra gloriosa historia?
Y hasta imagino que habrías bajado, ruborizado, tus tiernos ojos, como diciéndome sin palabras:
- No hablemos de eso, el asunto es otro.
- Pues, ¿cuál es el verdadero asunto que nos importa?
Lo estoy oyendo:
- La humildad, la sencillez, la insignificancia. Nuestros anales, a lo mejor, son un bastión para no pasar a nuestro primitivo jardín.
- Me dan ganas de replegarme, de callar, de cultivar el silencio de la humildad.
- Pero tampoco es eso, si la humildad tiene escaparate, en él se exhibe al punto la sabiduría insensata…
- ¡Ay, hermano…!
- ¿Ni me darás permiso para quejarme…? ¿Ni sabré opinar, ni sabré estructurar, ni sabré hacer teología…?
- Vete más al fondo, mi querido hermano Rufino…
- Te interrumpo: Gracias por haberme dicho lo que me acabas de decir.
- Pues ¿no habías comprendido que soy más pequeño, más insignificante que tú…?
- No, no lo había comprendido; mi ciencia no lo alcanza. Pido al Señor la sublime gracia de comprenderlo… para aplicármelo con todos mis hermanos los hombres.
Me despido – y no me voy – déjame pensar amando un rato… en esta noche de tu tránsito (que no he podido celebrar, si bien ahora lo estoy celebrando), noche de Pascua, noche de Encarnación, noche del eterno sí de Dios al hombre amado.

* * *
Hermano Francisco, la vida se me va, fluye de mis dedos, y entonces… ¿qué?
Mi corazón contempla y lo que ha visto es que mi Padre es Dios, y que “mi gloria a otro no cedo” (según ya lo dijo Isaías). ¡Qué montañoso, qué insensato sería mi orgullo, si tuviese la absurda pretensión de acaparar la gloria de Dios para mí!
¿Tendrá mi querida Orden de san Francisco una palabrita que decir al mundo, como cuando, chico aún, el pregonero del pueblo, en la esquina de la calle, daba el bando de parte del ayuntamiento?
Sí, amante hermano Francesco: que, primero, no nos podemos gloriar de nada, de nada…, y segundo, que quisiéramos entregar con nuestra vida un granito de humildad.
- Hermano Francisco, ¿por qué no reducimos todo nuestro mensaje a eso, y se acabó la lección…?
Y he oido como si me dijera:
- Yo lo bendigo.
- Querido fratello ¡llevo dentro tantas cosas…, y se me revuelven! (Como si fuesen chapulines vivos en una perola…)
Quisiera preguntarte…, pero cuando iba a sacar la pregunta, antes de que pienses y respondas, como si tu alma se hubiera metido en la mía, me digo:
¿Y… para qué?
Mas pienso que no es ni desprecio, ni insolencia, ni audacia en mal sentido; que es simplemente una pregunta del corazón, que late y quiere vivir, y quiere también muchas cosas saber…
Dios mío y mi Señor Jesucristo, dame esa humilde sabiduría que diste a tu siervo Francisco de Asís.
Todo es vuestro, vosotros de Cristo, y Cristo de Dios, dijo Pablo.
Soy franciscano, y creo que me entendería bien con mi hermano san Francisco por su inmensa, inmensísima, humildad. Su humildad habría sido la puerta de acogida.
Es de  noche, y el caer de mil palabritas me está diciendo que ya puedo cerrar esta carta, que va como una flecha de amor.
Confío, hermano Francisco, que como es una carta, y no es ninguna lección, me lo habrás entendido todo, de corazón a corazón…
Tengo sueño…y junto a mí la Biblia y detrás la almohada.
Sea todo santificado en virtud de los merecimientos de la Pasión de Cristo.
Permíteme: me postro junto a ti, y te ruego que traces sobre mi frente la señal de la cruz.
Francisco, hermano Francisco, fratello Francesco

Desde Guadalajara, a la otra parte del mundo, en la noche del 3 de octubre del año de gracia 2014.



Al amanecer

Mi hermano Roque, capuchino,
 desde el Ecuador, por san Francisco. Gracias, Roque

Hermano Francisco:
Amanece; se han despertado las flores. También yo. El reloj, por ser tu día, llevaba un rato de propina. Pero yo me he despertado antes del despertador, y el dulce sopor de la madrugada, al cobijo de las sábanas, era una cuadrilla de pensamientos que venían a darme las mañanitas. Los he recibido, revoloteadores, y he caído en oración…
Había una palabra que me asediaba dulcemente: Ternura…, ternura… Y me acordaba de lo que dijo el Papa en su primera homilía: No debemos tener miedo de la bondad, más aún, ni siquiera de la ternura.
Ternura, ternura…veterana amiga y compañera de mi diccionario, que pienso que Jesús me la enseñó.
Pienso, caro fratello, que con ella, con la ternura, podemos hacer el esquema, el mensaje, el compendio de tu vida… y la pedagogía de la nuestra. Tenemos medio a la ternura. La ternura de Dios se ha manifestado en ti, pobrecito, que no tuviste más mérito que dejarte perder en ella.
He ido a la máquina que ahora tecleo.
Y permítanme sin vanidad. Me he encontrado, como en bandeja de desayuno, este obequio que venía de la tierra. De pronto nombres que desconozco, amigos – dulces hermanos, dulces hermanas – a quienes quisiera dar un abrazo de amor. Como si fuesen tarjetas que recibía, he visto lo que me ha entregado esta máquina de desayunar, 310 nombres que eran procedentes de:
México 65  United States 43  Puerto Rico  35  Spain  35  Colombia  26  Peru 19  Venezuela  15  Chile  13  Argentina  13  Ecuador 8  Nicaragua  6  El Salvador  4  Honduras  4  Brazil  4  Morocco  3  Ireland  3  Italy  2  Bolivia  2  Costa Rica  2  Guatemala  2  Dominican Republic  2  Japan  1  Canada  1  Poland  1  Uruguay 1
Estas tarjetas, estos nombres anónimos con su bandera nacional como signo del país de donde venían, ¿qué me dicen? ¿Qué famoso soy yo? Ridículo, vergüenza… Estas personas que me han visitado han buscado a san Francisco: Tránsito de san Francisco, y bajo ese título, como a escondidas, ha aparecido este hermano menor capuchino.
Justo ahora mismo recibo este mensaje de quien meses hace nada sé: “Muchas gracias, Rufino. Acabo de leer lo del tránsito de San Francisco, hermoso, muy hermoso, y ahora en cuanto te deje, iré junto al Sagrario y pasaré con ÉL la tarde, en silencio enamorado, mirándonos…” ¡Qué hermoso unir Tránsito de san Francisco y de rodillas ante el Sagrario…! No hay mayor gratificación para uno a quien pueden llamar escritor, comprobar que sus palabras esparcen una siembra de amor.
Los que amamos a san Francisco nos cruzamos una felicitación.
¡Paz y Bien, hermanos! ¡Paz y Bien!, nos repetimos. Pace e bene! Nos conozcamos o seamos una bella presencia ignorada, nuestro corazón vibrante, nuestra sangre materna (la de Francisco, que unía, en el río de Dios, la de Pietro Bernardone y Madonna Pica) nos hace vivir en comunión, pues hermanos somos.
Gracias, en particular, a los que os habéis hecho sentir.
Gracias de corazón. Un abrazo lleno de bondad y de ternura.

Guadalajara, Jalisco, 4 de octubre de 2014.

Fr. Rufino María Grández, O.F.M.Cap.

 

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