lunes, 6 de octubre de 2014

603 Silencio: retiro a 87 seminaristas



Silencio
Retiro a los 87 seminaristas de 1° de Filosofía.
Seminario de Guadalajara; Jalisco
Viernes, 3 octubre 2014

TÚ ERES VIDA, PALABRA Y SILENCIO


I. Desde el misterio de la vida

1. La vida está llena de momentos sucesivos, envueltos en palabras o silencios, alimentados de sentimientos que son pasiones. Todo ello mes nuestra intimidad, la cual es invulnerable.

2. Memoria y anhelo. De cara al pasado, la vida es memoria; de cara al futuro, la vida es anhelo, que se refleja como esperanza o como temor. Esta es la riqueza de la vida, que aparece como más grande que aquel que la posee y trata de definirla. El hoy es la vivencia que surge en el encuentro entre la memoria y el anhelo.

3. Soledad o compañía es otra de las vivencias que configuran nuestro yo profundo. Soledad es estar yo ante mí, yo conmigo, yo dentro de mí. El descubrimiento primero que otorga la soledad es este: que yo estoy “dado” en medio del mundo, en medio del tiempo, y que Dios es la última realidad de mi propia soledad existencia; Dios es la exigencia absoluta de mi existencia.

4. La vida es acción o pasión, logro o frustración, gozo y sufrimiento; vacío, plenitud o medianía. La vida, ante todo, es estar. Estar es poseerse.

5. La vida es quietud o fuga, fuga de sí camino de nada. El huir nunca es solución de nada; es simple liberación del momento para tener que retornar.

6. La vida es el encuentro consigo, encuentro en gracia, encuentro en pecado. La herida del pecado puede ahogar la gracia; pero la gracia es más poderosa que el pecado.

7. La vida es un profundo misterio, que se puede aceptar en abandono y paz. El misterio es la palabra inmediata que pronuncia la vida. La vida es Misterio, pero no enigma. El enigma es como un acertijo caprichoso, cuya solución no te es dada; el misterio – tremendo y fascinante – tiene una infinita solución: adoración, abandono, amor.

8. La vida es el encuentro de la criatura desvalida con el Infinito personal. Es el reencuentro del Yo en Dios.

9. La vida es la realización de un solo proyecto: el amor. Quien ha encontrado el amor, ha encontrado el sentido de la vida y el fruto de la misma. Más allá del amor no hay fruto más exquisito. Y con el amor empalmamos la vida presente con la eternidad.

10. La vida es un clamor sublime de inmortalidad, de fecundidad, de fusión con el universo entero, de deificación. Todo el ser es un clamor que no se puede acallar. Quien pretende ignorar el clamor, acallar el clamor, se está asesinando.

11. Cada vida tiene una palabra dominante, tiene un mensaje que entregar. ¿Cuál es el mío? Dígase: Ternura, que es una palabra divina, porque es la ternura de la Encarnación.

12. Cada vida tiene un dolor. Ese dolor está como consustanciado al ser; lo llevamos dentro y nos acompaña en todo momento. El dolor de la vida tiene una función primaria: ser mi propio redentor, activando de continuo mi propia oblación.

13. La vida del ser humano es la trinidad del Yo, de Dios, del Otro. Y los tres son uno. Si falta uno de los tres la vida torna a la nada.


I. El silencio acogiendo
 el misterio de la vida

14. El ruido es el primer depredador de la vida. Cuando el ruido golpea nuestro corazón tenemos la sensación de que alguien, ajeno a nosotros mismos, invade nuestra casa. Pero si abrimos la puerta al ruido, nosotros mismos nos convertimos en ruido y acabamos gozando aquello que antes nos daba cierta repulsa.

15. Se impone un examen sobre los ruidos de nuestra vida, que pueden ser los siguientes:
o   Ruidos agresivos, estridentes que rechazamos (ruidos de motores, de circulación, de propaganda de venta…)
o   La música, como sonido que agrada, que suaviza, apacigua, eleva…, esa no es “ruido” (El P. Larrañaga, organista, escribía sus libros con fondo musical, nos ha confidenciado). Pero hay otra música de antro…; esos ruidos no elevan.
o   Música que crea dependencia (las canciones de moda…), hasta el punto de no poder estudiar sin música, viajar sin música, caminar sin música…
o   Ruidos ambientales en nuestras casa, sin ese esa sonoridad íntima que da el silencio, por ejemplo el silencio nocturno.
o   Los ruidos interiores, el alboroto y la falta de paz, sin ese mínimo de armonía callada que necesitamos.



III. El silencio. antítesis del ruido,
como experiencia de humanización

16. El silencio lleva consigo la queda melodía del Espíritu. El primer fruto del silencio es la acogida de mí mismo, el encuentro original conmigo mismo, el don de mi propia intimidad. El ser, que he encontrado en mí mismo, Yo soy yo en medio del universo. Dios no reprocha ni acusa; Dios acoge. A tal modo que “el silencio es la acogida de mí mismo”, el hallazgo de mi propia invulnerable identidad.

17. El silencio despierta la vena contemplativa que llevamos dentro, y nos prepara para la purificación y la unión. El silencio, pues, nos invita a ser contemplativos.

18. El silencio nos abre al sentido de la belleza. La belleza suscita el gozo interior, y es puerta y primer peldaño del amor. No se puede amar sino lo que es bello (es decir, aquello que yo percibo como bello).

19. El dinamismo íntimo de la belleza nos lleva al éxtasis y la embriaguez espiritual. Y nos hace intuir que la intimidad lleva en sí misma el germen divino de la fecundidad. El silencio es la fecundidad de los espíritus.

20. El silencio nos invita a caer en la hondura del ser. Nos humaniza, porque aviva en nosotros algo que nos supera y nos transciende a nosotros mismos. Hay un silencio fruitivo, sabroso al paladar. Hay un silencio doliente, traspasado por una espada (muy propio para la poesía). El silencio y el amor van tan emparejados, que no hay un amor hondo sin largos ratos de gustarse en silencio.

21. El silencio nos recrea en la intimidad. Jesús nos dice: “Tú, en cambio, cuando ores, entra en tu cuarto, cierra la puerta, y ora a tu Padre, que está en lo secreto, y tu Padre, que ve en lo secreto, te lo recompensará” (Mt 6,6).

22. El silencio expande la afectividad. Los grandes espirituales silenciosos pueden ser inmensamente afectivos, aunque nadie lo supiera, afectividad que aflora en las células del cuerpo.





IV. El silencio, a la escucha de la Palabra

23. La Palabra nace de las profundidades de Dios, de su misterio recóndito, por eso lleva el germen divino. San Ignacio de Antioquía dice de Jesucristo: “El mismo Jesucristo, nuestro Dios, ahora que está con su Padre, es cuando mejor se manifiesta” (a los romanos 3,2).

24. La Palabra que impregna el ser en el silencio. La Palabra de Dios, sedimentada “por escrito” en la Escritura (la Palabra transciende también la Escritura) la asumimos en tres niveles:
- Palabra estudiada analíticamente con un método “histórico-crítico”: labor necesaria y del todo insuficiente.
- Palabra penetrada científicamente con una exégesis teológica: labor necesaria, mas no completa.
- Palabra vivida como Palabra de Encuentro con el Dios viviente: aquí nos espera el Señor.

25. El silencio purificado acoge la Palabra: Encarnación y misterio pascual. Silencio quiere decir:
- Purificación de los pecados. Sin pureza de corazón no hay silencio.
- Anhelo unitivo de Dios, habiendo dejado fuera las cosas que no son Dios.
- Abandono en el amor divino, dejándose amar por quien nos amó primero. Entonces, sí, la Palabra habla.

26. La Iglesia tiene una pedagogía para escuchar la Palabra. Es la lectura litúrgica de la Biblia, especialmente la lectura en la Misa. Se nos ha expuesto con detalle esta “pedagogía” en el amplísimo documento de Introducción al Leccionario de la Misa (2ª edición típica del 21 de enero de 1981), que se puede encontrar en las primeras páginas de nuestros “Leccionarios” de altar.



V. En Jesús, que es la Palabra viviente
del Padre.
La vida de Jesús, transida de la oración
como armonía y comunión con el Padre y el Espíritu Santo


Nuestro retiro tiene un punto focal y terminal: Jesús.
Contemplemos a Jesús en oración. Oración y acción en Jesús son la misma dinámica de vida; son la unidad de su persona. En Jesús, obviamente, no hay “oración + acción”. Esta composición amenazaría la unidad de su ser.
Con todo, “psicológicamente” hablando, la representación que nos hacemos es esta, como se dice en los párrafos citados a continuación: Su actividad diaria estaba tan unida con la oración que incluso aparece fluyendo de la misma.
Recogemos a continuación los textos evangélicos referentes a Jesús en oración, según la sistematización que encontramos en el número 4 de la “Ordenación de la Liturgia de las Horas”, para que nos hagamos tres preguntas:
Primera: ¿Soy consciente de esa realidad evangélica de Jesús en oración?
Segunda: De acuerdo a este modelo ¿qué es lo que Dios me está pidiendo para que yo sea configurado con Cristo orante?
Tercera: ¿Qué medios concretos tendría yo que promover conscientemente de mi parte para que Dios pudiese actuar en mí pro este camino?


“El Hijo de Dios, "que es una sola cosa con el Padre" (Jn 10, 30), y que al entrar en el mundo dijo: "He aquí que vengo, oh Dios, para hacer tu voluntad" (Hb 10, 9; cf Jin 6, 38), se ha dignado ofrecernos ejemplos de su propia oración. En efecto, los Evangelios nos lo presentan muchísimas veces en oración:
o   cuando el Padre revela su misión (Lc 3,21-22),
o   antes del llamamiento de los Apóstoles (Lc 6,12),
o   cuando bendice a Dios en la multiplicación de los panes (Mt 14,19; 15,36; Mc 6,41; 8,7; Lc 9,16; Jn 6,11),
o   en la transfiguración (Lc 9,28-29),
o   cuando sana al sordo y mudo (Mc 7,34)
o   y cuando resucita a Lázaro (Jn 11,41ss)
o   antes de requerir de Pedro su confesión (Lc 9,18)
o   cuando enseña a orar a los discípulos (Lc 11,1),
o   cuando los discípulos regresan de la misión (Mt 11,25ss; Lc 10,21ss)
o   cuando bendice a los niños (Mt 19,13),
o   cuando ora por Pedro Lc 22,32).

Su actividad diaria estaba tan unida con la oración que incluso aparece fluyendo de la misma, como
o   cuando se retiraba al desierto o al monte para orar (Mc 1,35; 6,46; Lc 5,16; cf. Mt 4,1 y paralelos; 14,23)
o   levantándose muy de mañana (Mc 1,35),
o   o al anochecer, permaneciendo en oración hasta la cuarta vigilia de la noche Mt 14,23. 25; Mc 6,46. 48; Lc 6,12).

Tornó parte también, como fundamentalmente se sostiene, en las oraciones públicas, tanto en las sinagogas, donde entró en sábado, "como tenía por costumbre"' (Lc 4,16),
o   como en el templo, al que llamó casa de oración (Mt 21,13 y paralelos),
y en las oraciones privadas que los israelitas piadosos acostumbraban recitar diariamente.

o   También al comer dirigía a Dios las tradicionales bendiciones, como expresamente se narra cuando la multiplicación del pan (Mt 14,19 y paralelos; 15,34),
o   en la Ultima Cena (Mt 26,26 y paralelos),
o   en la comida de Emaús (Lc 24,30),
o   de igual modo recitó el himno con los discípulos (Mt 26,30 y paralelos).

Hasta el final de su vida,
o   acercándose ya el momento de la Pasión (Jn 12,27s)
o   en la última Cena (Jn 17,1-26),
o   en la agonía (Mt 26,36-44)
o   y en la cruz (Lc 23,34. 46; Mt 27,46; Mc 15,34),
el Divino Maestro mostró que era la oración lo que le animaba en el ministerio mesiánico y en el tránsito pascual. "Habiendo ofrecido en los días de su vida mortal oraciones y súplicas con poderosos clamores y lágrimas al que era poderoso para salvarlo de la muerte, fue escuchado por su reverencial temor" (Heb 5, 7) y con la oblación perfecta del ara de cruz "perfeccionó para siempre a los santificados" (Heb 10, 14); y después de resucitar de entre los muertos vive para siempre y ruega por nosotros (Hb 7,25)” (Ordenación general de la Liturgia de las Horas, n. 4).

Señor Jesús,
condúceme por tus caminos:
confío en ti,
me abandono en ti.

Guadalajara, 3 de octubre de 2014

Fr. Rufino María Grández, O.F.M.Cap.

1 comentarios:

Anónimo dijo...

¡Oh bendita soledad! Te bendigo. En ella conozco el verdadero amor, quien es Jesús, Dios.

Nelly.

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