martes, 28 de octubre de 2014

613. Aniversario del Padre Ignacio Larrañaga 3/3



Padre Ignacio Larrañaga, de gracia en gracia

(Memoria y homenaje, 28 octubre 2014)


Hay que dejar que la vida sea coronada por la muerte, supremo acto de amor, para volver ahora la mirada a todo el trayecto y contemplar ya desde la altura con sabiduría, en unidad, armonía y transparencia todo lo ocurrido. Ahora la vida comienza a dar su secreto. Lo que al momento de vivirlo no se veía del todo, porque no estaba acabado, ahora todo junto se ve. El paso a la eternidad abre el fulgor de la sabiduría.
Pensamientos que acuden a mi mente al evocar ahora la vida de mi hermano Ignacio Larrañaga Orbegozo (1928-2013), al entrar en el primer aniversario de su muerte (+ 28 octubre 2013), acaecida aquí en Guadalajara, Jalisco. Exactamente en la Casa de Oración Nazaret (Camino Antiguo a la Capilla del Refugio 1904 – Municipio de Ixtlahuacán de los Membrillos, Jal).
He tratado de documentarme, acudiendo a los archivos y a sus libros. ¿Quién era Ignacio?, me pregunto. ¿Y cómo se comprende la incomprensible obra que hizo, incomprensible en cuanto a la proporción de las cualidades, al modestas que el Señor le regaló, y la magna misión que cumplió en la Iglesia? “Mi hermano Ignacio”, he dicho, evocando que él y yo somos hijos de la misma provincia capuchina, que nos educó y nos vio crecer. Pienso con sencillez que tengo una respuesta que puedo documentarla: la historia de Ignacio fue una historia de gracia y amor. Una historia que del principio al fin condujo el Padre de la gracia y Dios de misericordia.
Cuando la vida del Padre Ignacio era un espectáculo famoso, de aeropuerto en aeropuerto, pudo abrir su corazón a sus hermanos Guías, y en cierto modo hijos espirituales, hijos entrañables, con estas palabras, cercanos a sus 70 años:
“No recuerdo haber planeado proyectos de corto o largo alcance a lo largo de mis días, ni haber tomado iniciativas para el futuro. Cuando me detengo y comienzo a concentrarme para mirar atrás, tengo la sensación de no haber sido yo un sujeto activo, de no haber hecho nada, al contrario, de lo que tengo impresión es que Alguien ha suplantado mi personalidad. Alguien hablaba en vez de mí, caminaba en mi lugar, tomaba iniciativas y trazaba rutas que yo luego las recorría. No había camino; había que hacer el camino al andar; pero mientras caminaba, alguien extendía delante de mí el mapa y la ruta. He repetido en múltiples oportunidades que siempre he vivido con la percepción de que alguien abría las puertas y yo, simplemente, entraba por las puertas, eso sí, resueltamente” (Circular número 9 del P. Ignacio Larrañaga a los Guías de Talleres de Oración y Vida, cuando la aprobación pontificia del 15 de octubre de 1997).
El párrafo se refiere más específicamente a los últimos decenios en Chile, donde tantas cosas iban sucediendo, desde que se iniciaron los Encuentros de experiencia de Dios en 1974. En aquellos meses finales de 1997, cargado de emoción, a ruego de sus íntimos y confidentes nació “La rosa y el fuego”, como una memoria litúrgica de los pasos principales de su vida, al vaivén de muchas emociones. Me atrevo a pensar que, a veces, las lágrimas fluyeron de sus mejillas, mientras la mano, sin una documentación crítica a su lado, iba desgranando la historia.
Esa presencia de Dios en los Encuentros y en los Talleres, la podemos retrotraer al inició de todo, y ver que todo estuvo bien.  “Todo está bien”, frase que aprendió a  decir en momentos de aguda crisis en el fondo, todo había sido gracia, pura gracia, en el hilo de su vida, lo adverso lo mismo que lo favorable, los momentos que habían estado próximos a la hecatombe lo mismo que los altos efluvios de oración. El Señor amoroso había sido el mismo, tras las fluctuantes apariencias humanas.
“Todo es gracia”, exclamó Teresita del Niño Jesús en un momento señalado de su enfermedad. Todo es gracia en la vida de Ignacio. Intentaré decirlo narrativamente; e ir poniendo, gracia tras gracia (algunas), el recorrido de su vida. La Casa donde murió, la mejor casa de ejercicios de las muchísimas que conocía, tiene amplios paseos y allí, haciendo cursas en hileras hay muchos bolas esféricas de piedra. ¿Qué es este capricho decorativo? No es tal; observa bien. Son 150 bolas, divididas de diez en diez, y detrás de cada decena un pequeño pilar como la imagen e un misterio. ¡Ah, son las cuentas del santo rosario esparcido por la hierba!
Es un símbolo de lo que empiezo a narrar: las cuentas de gracia engarzadas en el hilo de la vida del Padre Ignacio Larrañaga.

1. La gracia del caserío, la gracia de Loyola, la gracia de Olatz.
Su caserío se llamaba Txanton, en el barrio de Beristáin, en el municipio de Azpeitia, dentro de cuya demarcación está Loyola, solar de Ignacio de Loyola. Caserío en este caso es decir familia patriarcal, mesa de muchos hijos, trabajo autónomo honrado, padres que han sabido gobernar la familia. En esa casa de piedra, como otras similares, nació Ignacio (28 mayo 1928). Ya otra hermana se llamaba Ignacia. Su nombre completo, junto los apellidos de origen sería: Ignacio Larrañaga Orbegozo Larrañaga Larrañaga. La primera gracia que recibió Ignacio fueron sus padres, cristianos convencidos – cada uno con sus propias características -  como la gran mayoría de las parroquias de entonces. El humus familiar fue una gracia de espesor insondable.
Lo que fue la madre para él es bien sabido y ha quedado constante en aquel libro homenaje de los guías cuando sus 50 años de sacerdocio, Jubiloso Jubileo. Y apreció igualmente al reciedumbre de fe de su padre, silencioso y profundo. Su padre…; séame permitido citar, con cierta complacencia unas palabras de puño y letra de Ignacio: “Curitiva, Brasil, 25 de febrero. Querido hermano mío Rufino: Paz. Estando yo todavía en Caracas recibí tu carta fraterna. Solo Dios sabe cuánto agradezco esa delicadeza, y mucho más todavía el haber participado en el funeral de mi padre (que en Gloria esté). Que el Señor te recompense con su amistad cada día más densa”.
Su familia fue gracia. Hay que mencionar a Mari Carmen
Loyola fue gracia. Y san Ignacio le enseñó la vía del discernimiento, que es la clave y filigrana de los Ejercicios espirituales. Cuentan sus colaboradores que cada año, al llegar san Ignacio, este otro Ignacio leía una vida de su paisano y patrón.
Olatz. Pero seguramente que Olatz fue más gracia. La vieja ermita de la Virgen de Olatz (siglo XIII, talla en madera policromada), a medio camino en la recta entre Azpeita y Loyola, patrona de Azpeitia, ha sido muy importante en la infancia de aquel niño. “Hay que saber que siempre que pasaba una temporada en su caserío natal (Txanton), antes de marcharse, se despedía con una celebración eucarística a la que invitaba a guías, talleristas, simpatizantes, etc., en la cual nos enriquecía con su homilía”  (Enrike Larrañaga, Guía emérito de Talleres, 5 mayo 2014).
Y días después completa su información este testigo. “Última homilía de Ignacio Larrañaga en Olatz, 1 septiembre 2013. La Virgen de Olatz, patrona del pueblo de Azpeitia, es una ermita-basílica donde en tiempos de Ignacio Larrañaga había una escuela unitaria, y adonde acudía Ignacio Larrañaga en sus primeros años de su vida y aprendió a leer en euskera y sus primeras nociones culturales. Le tenía un cariño especial a este lugar rústico pero evocador, que le traía muchos recuerdos de su niñez. 58 días antes de su muerte, pudimos escuchar sus últimas palabras en público. A los tres días 4-9-2013 salía para Brasil, para dar cuatro semanas de Culminación y a continuación viajar a México para seguir con sus S. C. en Matzatlán, Guadalajara donde murió. Esta homilía no la vas a encontrar en ninguna parte, yo me he hecho estos días por pura Providencia. Una persona la había grabado en su móvil, procuraremos pasar a un CD para conservar su voz” (Enrike Larrañaga, Elgoibar, 15 mayo 2014; la hemos transcrito en la entrega anterior de este blog). En suma, Olatz fue la gracia de la Madre, gracia de toda la vida, gracia que vuelve en la ancianidad.

2. La gracia del Seminario Seráfico en Alsasua, Navarra (1940-1945).
Acababa de cumplir los 12 años cuando Ignacio Larrañaga fue al Seminario de los Capuchinos, en Alsasua, pueblo limítrofe a la provincia de Guipúzcoa. Son centenares los niños que hemos pasado por ese seminario, entrando a la misma edad, y quizás antes, para cursar los cinco años llamados de “Humanidades”. En “La rosa y el fuego” (1997) Ignacio ha rememorado, a distancia de más de cincuenta años, lo que fue aquella época de adolescencia e inicio de juventud. Un balance nada halagüeño; más bien, negativo.
Otros podrán rebatirle, pero Ignacio, desde su vivencia, desde su propia subjetividad, habla con sinceridad. De aquí surge una pregunta, que es el veredicto final: cómo pudo aguantar aquellos años y no huyo a su casa…
Unos años después, repasando esta época ante sus Bodas de Oro sacerdotales, se hace la pregunta y da la respuesta. Oigámosle.
“Ahora, a mis 74 años, cuando miro hacia atrás y evoco aquellos años, que asombrado pensando cómo yo no huí a mi casa paterna, cómo pude perseverar. Y me respondo a mí mismo que mi perseverancia se debió a dos factores: en primer lugar, en el fondo de aquel muchachito palpitaba ya desde entonces la tenacidad típica de los vascos; en segundo lugar, también me retenía allí una sólida piedad centrada en Jesús, piedad que me había sido transmitida por mi padre.
En los momentos de desamparo de los helados días invernales del seminario, cuántas veces me agarré al recuerdo de mi padre, que en las noches de Semana Santa nos convocaba al seno de la familia a nosotros, sus hijos, niños todavía, para hablarnos de Jesucristo crucificado con tanta inspiración, concentración y pasión que nos con movía hasta las lágrimas.
Ese recuerdo me acompañó durante muchos años, y cuando lo evocaba en los momentos críticos del seminario, me infundía un coraje invencible” (Testimonio autobiográfico recogido en Jubiloso Jubileo, 55).
No hace falta ser teólogo de altos vuelos, para responder, resumiendo los cinco años de Alsasua: fue gracia, pura gracia, una historia de gracia, la gracia del Seminario Seráfico de Alsasua. Si Ignacio Larrañaga, a impulso de aquel malestar continuo, deja el Seminario, es lícito pensar. Se acabó la vocación, se acabó el P. Ignacio que hemos conocido.
Por otra parte, con un sentido crítico de la historia, podemos matizar las palabras efusivas del Padre Ignacio.
Me parece a mí que de Alsasua se puede rescatar una gracia, que Ignacio no la ha mencionado. Aquel muchachito Ignacio era músico, como tantos y tantos eminentes guipuzcoanos. Eso les sale del alma. Guipuzcoa, con adustas gentes, es como un inmenso pozo de armonía. La “música vasca” es algo muy especial, e Ignacio llevaba esta fibra en el alma.
En el Seminario Seráfico de Alsasua se cultivaba mucho la música; también la música vasca, que los castellanos aprendíamos. Desde el primer año había clase de música; y al pasar al segundo curso, a los 12 o 13 años…, se escogía del curso a tres o cuatro muchachitos más hábiles para que aprendieran piano, lo cual duraba todo el tiempo del seminario. Entiendo que Ignacio fue elegido, y que aprendió piano desde entonces. Y esto fue una gracia inmensa para el futuro de su vida; un detalle de primerísima categoría en el existoso funcionamiento de sus jornadas de oración. ¿Por qué él, si también había otros bastantes? Me atrevo a pensar: porque alguien de verdad lo quería…, aunque el adolescente, al parecer, no se enterase.

3. La gracia en la marejada más agitada de mi vida: los dos años de Fuenterrabía (1945-1947): salvada su vocación.
Nada cuenta el P. Ignacio, en sus escritos autobiográficos, de los dos años de Fuenterrabía, que fue un momento crucial en su vida, su primera conversión podríamos decir: “Yo tenía por aquellos años entre los 18 y 19 años. Venía yo del Seminario de Alsasua bastante desorientado, vacilante en la vocación, entre-viendo muy incierto mi futuro. Fue en este contexto que yo me refugié, allá en Fuenterrabía, bajo el alero del P. Bernabé, y él me acogió con un interés que aún ahora me emociona. Mi relación con él no fue tan solo la típica entre un Director Espiritual y el dirigido. Fue otra cosa y mucho más… Podría yo afirmar que Aita Santua  [Nota: en vasco “padre santo”, como la gente le llamaba al P. Bernabé de Larraul] me sostuvo de pie en la marejada más agitada de mi vida; la perseverancia en la vocación se la debo a él” (Carta del P. Ignacio Larrañaga, Puerto Rico, 8 marzo 1991, a fr. Rufino María Grández, para escribir la Vida del P. Bernabé, 1907-1988).
Si examinamos el boletín de calificaciones de las asignaturas de aquellos dos años, vemos efectivamente que este muchacho está en crisis.
“La perseverancia en la vocación se la debo a él”, confiesa paladinamente. Pero hay otras delicadezas en este mundo de la gracia. Oigamos más de aquella larga carta:
“Muchas veces, más bien frecuentemente, me decía que oraba por mí, que me ponía 'en sus manos maternales' (recuerdo que esta expresión me emocionaba y me animaba sobremanera). Cuando las cosas no iban bien, me decía que se sometía a grandes mortificaciones que las ofrecía por mi progreso.
Recuerdo que en una oportunidad le dije que en los cinco años de Alsasua nunca había llegado a ser "hijo de María". Esa noticia le entristeció visiblemente. Pero reaccionó pronto y llegó a decirme que "no importa", que en el futuro llegaría a ser no solo buen hijo de María, sino también un apóstol de María. ¿Una referencia al futuro autor de El silencio de María” (Véase. R.M. Grández, Vida del Padre Bernabé…, vol. I. p. 276).

4. Noviciado en Sangüesa, Navarra (1947-1948): la gracia de ser capuchino.
Ignacio Larrañaga recibió el hábito capuchino el 14 de agosto de 1947, cambiando el nombre como era uso centenario de la orden, y llamándose a partir de entonces, durante unos veinte años, Fr. Jesús María de Azpeitia, P. Jesús María de Azpeitia. Todavía en un primer trabajo de Cuadernos Franciscanos de renovación del CEFEPAL firmará fr. Jesús María de Azpeitia.
Ignacio Larrañaga, que vivió la parte más prolongada de su vida fuera de la “rutina” de una fraternidad corriente, se sintió capuchino siempre, aunque desde determinado momento el hábito lo usara solo en contadas ocasiones…Estas vísceras franciscanas las puso de manifiesto en “El Pobre de Asís”, y muy explícitamente lo ha dicho. Él nacido junto al solar de Loyola, y apreciando altamente a su santo paisano, no se sentía de espíritu jesuita, sino franciscano.
¿Desde cuándo y desde dónde le venía todo esto? Desde siempre y de su pueblo, podríamos responder. Con todo, el año del Noviciado es el año del carisma de familia. No tenemos páginas personales; sí el testimonio de su íntimo Camilo Luquin, recordando aquel año y al que fuera el maestro de novicios: “El sabio y santo varón, fray Antonio de Caparroso, que fue su maestros de novicios, le dejó una profunda huella por su espíritu contemplativo y su ardiente oración, a pesar de que no tuvo un trato particular con él, de acuerdo también con su congénita tendencia a la soledad” (Una aventura del Espíritu, Asociación internacional TOV, México, p. 16).

5. Las gracias de los últimos años de la carrera sacerdotal: Zaragoza (1948-1950) y Pamplona (1950-1953).
Ignacio avanzó “de baluarte en baluarte, hasta ver a Dios en Sión”. Ignacio no fue un especulativo, sino un intuitivo y vital, y los años de juventud fueron decisión en la configuración, caminando a velas desplegadas. Acercándose a él, con el respeto que da el alma de un hermano – jamás evaluable por ningún test, por ningún laboratorio psicológico – podemos descubrir un componente armónico de cualidades que trazan los perfiles de su personalidad. Y en cada cualidad podemos signar una palabra; gracia; por ejemplo, la gracia sobrenatural del bien saber escribir, soporte eficacísimo de su ministerio mundial. He aquí, pues, unos rasgos de la “gracia de su personalidad”.
1)    Su espíritu esteta para abordar la vida desde la categoría fragante de la belleza, del ensueño.
2)    Su fibra musical, que le distinguía entre sus compañeros.
3)    Su capacidad de escritor. En aquellos años de oro del teologado de capuchinos en Pamplona, se cultivaba la literatura, como afición de leer y como afición de escribir. Se publicó la revista literaria “Vértice”, digna de competir con otras del rango de la geografía eclesiástica. Ignacio, joven estudiante teólogo, publicó cinco poemas. Uno de los poetas, así reconocido entonces, posteriormente de poesía y otros temas, me manifestaba llanamente: “…esos cinco poemas no dan  para gran cosa”. En puridad literaria puede ser así, pero la vena de escritor de Ignacio Larrañaga ahí está. La literatura de Ignacio, para algunos un tanto empalagosa, es buena…, toda transida de imaginación y poesía. Y lo cierto es que le ha servido maravillosamente como vehículos de su mensaje. Ignacio Larrañaga, una vez afectivamente aceptado, se lee con gusto. Y esto también es gracia.
4)    La armonía de su espíritu entre lo transcendente y lo social. Hay dos tendencias radicales en el corazón de Ignacio: lo transcendente absolutamente gratuito y lo social. Lo sintió vivamente en los años de Teología en Pamplona, como miembro de la Academia Colegial de Apostolado Social, y en sus primeros años de ministerio en Chile, cuando participó en la toma de la catedral de Santiago. Tuvo oportunidad de estudiar unos meses Ascética y Mística en Comillas, Santander (septiembre-diciembre 1955). No llegó a formarse el Instituto de Espiritualidad que se había anunciado y esos meses estudió por libre, bajo la dirección de uno de los eminentes profesores, P. Hernández. “Son en total unas diez horas las que dedico al estudio…De momento estoy estudiante el tema de la dirección espiritual… Estoy muy contento y optimista…En lo único que resulta deficiente todo esto es en lo referente a lo social; además no hay ningún profesor que nos pueda orientar…” (Carta al P. Provincial, Ricardo de Lizaso, 19 octubre 1955). El P. Larrañaga (entonces Jesús de Azpeitia, así firma en su carta) es plenamente consciente de que espiritualidad y sociología deben ir estrechamente unidas, sin duda como gracia de Dios. Fue una de las cosas que tuvo que resolver. Al fin, los Talleres de Oración se llamaron Talleres de “Oración y Vida”.

5. La inmensa gracia de ser sacerdote (22 diciembre 1952) y las gracias que fue recibiendo de joven sacerdote: San Sebastián (1953-1955), Pamplona (1956-1959).

La gracia de Comillas. A medida que avanzamos vamos entrando más en la espesura. El joven sacerdote entró con ímpetu en el mar de la gracia. Hay un episodio, hasta ahora desconocido, de una importancia excepcional que le acaeció en aquellos meses que, siendo miembro de comunidad de capuchinas de San Sebastián (del verano de 1953 hasta final de 1955, y concretamente en noviembre de 1955).
El dato más importante de estos años es la iluminación que recibió en un pueblo al ir a predicar la fiesta del Sagrado Corazón de Jesús en 1957, como lo ha contado muy extensamente en “El fuego y la rosa”.
Esta gracia singular estuvo precedida por otra similar, que se desconoce. En carta del 15 de noviembre de 1955 a su confidente de Curso P. Gonzalo de Irurita, le abre su corazón: “Hace cuatro días exactamente me sentía más pesimista que otras veces, no había hecho ninguna oración especial, no había tenido una preparación especial; no había hecho ninguna petición especial.
Era a la noche antes de acostarme, me sentía muy pesimista, sin encontrar consuelo en nada de lo humano... cuando me arrojé, como quien dice, en brazos de Dios, me puse de rodillas con la cabeza inclinada hasta el suelo, como dicen que oraba Jesús... y yo no sé qué pasó.... me invadió una idea extraordinaria de Dios...Dios que era infinitamente bueno y cariñoso..."Padre"... una idea puramente teológica y filosófica y una idea pura-mente evangélica... y Jesús el que llevaba (mediador según S. Pablo ) a todos al Padre... Desde entonces creo que soy otro....
Desde entonces solamente con Dios me encuentro como en mi elemento… Yo que antes iba a las visitas y a la oración con bastante rutina y porque había que ir, ahora en cambio en todas partes estoy descentrado si no estoy expresamente con Dios. Mi mayor consuelo es estar en la iglesia o salir a pasear para conversar con Dios” (Carta suministrada por el archivero del Archivo Histórico de Capuchinos de Pamplona, fr. José Ángel Echeverría, doctor en Historia de la Iglesia. “…en la carpeta personal hay dos cartas de Ignacio a Gonzalo, que estaban en un sobre que decía que no se abrieran hasta la muerte de los interesados. Según mi opinión son decisivas para su biografía espiritual” 24 agosto 2014).

6. Y la inmensa gracia de ir a Chile, la puerta de todas las gracias posteriores

Seguramente que esta es la carta principal de todas las que ha escrito el P. Ignacio, la más transcendente por las repercusiones que tuvo.
Para contextualizar la carta puede venir bien saber cuáles son las misiones que el P. Ignacio Larrañaga dio en las Islas Canarias en aquella campaña de 1958

En la isla de El Hierro: Misión de Erese (23 enero – 5 febrero) / Misión de Frontera (9 – 16 febrero) / Misión de Pinefr (16 – 23 febrero) / Fin de las misiones: 24 febrero
En la isla de La Gomera: Misión de La Laja (hasta el 16 de marzo) / Misión de Hermigua Alta (16 marzo) / Misión de Estanquillo / Misión de San Pedro / Misión de Hermigua / Misión de las Rosas / Misión de la Palmilla / Misión de Ingenio Alto / Misión de Ingenio Bajo / Misión de Macayo / Misión de Tanargada / Misión de Vallehermoso (8 – 15 junio 1958)


Carta del P. Ignacio Larrañaga
pidiendo, en el día en que cumplía 30 años, la gracia de ir a Chile
(Cortesía del Archivero de Capuchinos, Fr. José Ángel Echeverría)

Era superior provincial el P. Florencio de Artabia, que lo fue tres trienios en la Provincia (1948-1951: 1957-1960; 1960-1963), y fue también consejero general de la Orden, hombre muy apreciado, que irradiaba prudencia y paternidad.
El P. Ignacio escribe desde Villahermoso, el municipio más importante de la isla La Gomera, utilizando hojas membretadas de los PP. Franciscanos (Capilla de la Venerable Orden Tercera).

“Vallehermoso, 4 de mayo de 1958
M.R. Padre Provincial
Pamplona

Muy reverendo y amado Padre Provincial: Paz y Bien
Me dirijo a Su Reverencia con el mismo respeto y veneración de siempre, y esta vez hasta con cierta extraña emoción, - y no sé por qué -.
Hoy cumplo treinta años. Y desde esta altura estoy mirando mi vida y me zarandean los sentimientos más encontrados. Y este Impacto interno de sentimientos de que en este momento soy presa me ha decidido a ponerme sobre la máquina y hablar un rato con Su Reverencia, con la seguridad de que me atenderá.
Yo le doy las más vivas gracias por haberse acordado de mí para estas campañas apostólicas de este archipiélago. Hoy, en el picacho de mis treinta recientes años, si se me acercara la hermana muerte... solamente hoy, me atrevería afirmar de mi vida: "no fue del todo inútil mi vivir, algo se ha hecho”. Estos cinco meses de ininterrumpido trabajo me dan cierta seguridad ante el Señor. Gracias por haberse acordado de mí.
 Podemos afirmar sin exageración que en los cuatro meses pasados se ha trabajado a destajo, a marchas forzadas. No se han escatimado esfuerzos; antes bien se puede afirmar que los misioneros lo han dado todo en la pelea. Todo .esto bien lo sabe el Señor.
En todas partes se nos trata bien; la alimentación es excelente, y debido a esto pueden recuperarse las energías idas y se pueden soportar las campañas una tras otra, en cadena.
El fruto va siendo, - al menos en apariencia, - muy copioso, a pesar de nuestra indignidad. Parece que el Señor se complace en bendecir a los pueblos por donde pasamos y fructificar nuestra palabra. Loado sea por su misericordia.
Los párrocos con quienes convivimos en nuestras correrías quedan contentísimos y hasta casi nos veneran - a pesar de nuestra indignidad -. Y no digamos nada del entusiasmo de los pueblos; no puedo detenerme en la enumeración de detalles porque, verdaderamente, de tantos que son van cayendo casi todos en el olvido.
La campaña de La Gomera va resultando cuajada de luz y brillo, cosa que tal vez no pudiéramos afirmar otro tanto de la campaña anterior. De todo se hablara. En las tres campañas vamos actuando juntos el P. Javier y servidor, con una compenetración y complementación que quizás pudiera calificarse de ideal. Loado sea el Señor. En fin, cuando ten-gamos la dicha de encontrarnos hablaremos largamente de todo.
Y ahora entro en mi problema obsesionante de los últimos años; perdone mi insistencia, y espero que sabrá comprenderme.
Cada día me siento más vacío e insatisfecho en el cotidiano quehacer del convento. ¿Es que quizás soy algo raro? ¿Es que estoy equivocado y no sé entender con precisión el valor de la obediencia? Hay veces en que se me ha dicho y me he dicho a mí mismo: sí, haciendo esto cumplo la voluntad de los superiores, cumplo también y lleno la voluntad de Dios sobre mi vida. Otras veces esta consideración, ascéticamente exacta, me parece barata. Suelo pensar que si la vida de San Pablo y la de otros muchos "descontentos" de la hagiografía hubieran sonado según el canon de estas consideraciones, quizás la Madre Iglesia estaría muy atrás.
De todos modos, yo, como súbdito suyo (y súbdito de un Superior "padre") me tomo la confianza de exponer mis sentires. Solamente en estas campañas apostólicas me encuentro a mí mismo y encuentro a Dios. Yo he repetido muchas veces en la intimidad que para ser santo y grande delante de Dios necesito salir del convento y de su vida cómoda y fácil y echarme a la vida de privaciones, fríos, hambres, cansancios, fatigas, sueños... y allí encuentro a Dios. No hay para mí mejores ratos de oración ni visitas más sabrosas al Santísimo que cuando me encuentro con los pies mojados y fríos, en una ermita con goteras y corrientes frías. Mis mejores rosarios son cuando los rezo después de un sermón moral agota-dor con la garganta rota, los pulmones fatigados y sudando. Para encontrar a Dios, yo nece-sito salir del convento y encontrarme en un mundo de privaciones y sufrimientos. ¿Es que soy raro, Padre Provincial?
Pero por encima de estas razones o razonamientos hay otras cosas con caracteres alarmantes. El mundo agoniza. En los días de descanso pasé por el inmenso e incomparable valle de la Orotava de Tenerife con sus 35.000 habitantes y con solo dos sacerdotes y con dos capillas de protestantes... Dicen que este fenómeno es común y ordinario en América. Y mientras desde allí nos llegan gritos de agonía y el Papa nos tiende os brazos implorando ayuda, no parece conveniente que uno gaste los mejores años de su vida sobre un teclado de órgano.
Yo he consultado con muchos padres que han llegado de las Américas y he pensado que el país más adecuado para mis ilusiones es Chile. Hasta mis cincuenta y cinco o sesenta años quisiera gastarme en una interminable evangelización de aquellas regiones, lo mismo que acabamos de hacerlo en estas tierras. Y si mi destino es o fuera cualquier otro país como Argentina, Ecuador, Arica...temo que se frustren mis deseos por la vida parroquial u otro ministerio que no conjugue con mi modo de ser.
Así, pues, imploro y formulo oficialmente mi petición:
Es mi deseo que se me destine a Chile y solamente a Chile por las razones que acabo de exponer. Tengo cierta prisa, porque temo que si no consigo mi deseo en el trienio presente, casi de seguro van a pique mis ilusiones ya que habrían de retenerme indefinidamente en la Provincia.
Y si acaso se, piensa que interesa retenérseme en la Provincia pera utilidad, prestigio o cualquiera otra finalidad de la misma, piense Padre Provincial que es algo tremendo y dra-mático y abiertamente contrario al Reino eso de enviar a aquellas tierras personal fracasado o adulterado, como si aquello fuera el vertedero de los escombros y ruinas de acá. Aquella tierra es "Iglesia" lo mismo que nuestra tierra, pero con el agravante de que aquella está en agonía, a punto de expirar como está avisándonos el Santo Padre.
Y no estaría de más el recordar que no son los sanos los que necesitan de médico sino los enfermos y que Él no vino, a salvar a los justos sino a los pecadores. La Provincia está al servicio de Jesucristo, - no olvidemos nunca esto - y si el Señor necesita allí apoyo y ayuda, vámonos allí aunque la Provincia quede mermada en fuerza y brillo.
Va siendo historia eterna aquel grito angustioso de la Escritura:
"Los pequeños pidieron pan y no hubo quien se lo repartiera". Mientras en nuestra ben-dita tierra está la gente harta y hastiada de tanta palabra y manjar espiritual, literalmente van muriéndose de hambre en tierras de América porque no hay quien les reparta pan.
Y además hay muchos segadores en esos campos; pero como hay tantos segadores para tan poco campo, muchas veces en vez de cortar trigo tropiezan unas hoces contra otras para perjuicio del Campo. Ya es pena que el mundo esta tan necesitado de sacerdotes, vivamos ahí estorbándonos y dándonos de codazos los unos contra los otros…”

Rápido comentario
Esta carta merece un análisis penetrante. ¡La Providencia de Dios! Él pedía mucho, pero Dios, en fe y en obediencia, le estaba concediendo muchísimo más de lo que pedía.
Él preveía: “Hasta mis cincuenta y cinco o sesenta años quisiera gastarme en una interminable evangelización de aquellas regiones”. Y el Padre de amor infinito le concedió gastarse no hasta los 55 o 50 años, sino hasta el final, cumplidos los 85; y no en campañas misionales sino en este otro regalo para la Iglesia: orar y enseñar a orar.
(Continuará, en forma de libro, si el Señor me lo permite, con la gracia Dios…)

Guadalajara (antes de ir a la misa que concelebraremos en la Casa Nazaret), hoy martes 28 de octubre de 2914.

Fr. Rufino María Grández, O.F.M.Cap. 

El conjunto completo de las entregas escritas con motivo del primer aniversario del P. Ignacio Larrañaga son cuatro, que puedes consultar:
610. Aniversario del Padre Ignacio Larrañaga 1/3 (ORACIÓN  DE ANIVERSARIO recordando al Padre Ignacio Larrañaga, 25 octubre)
612. Aniversario del Padre Ignacio Larrañaga 2/3: Como el Canto del cisne. Última homilía del Padre Ignacio Larrañaga en la ermita de Ntra. Sra. de Olatz (Azpeitia) 1 de Septiembre de 2.013
613. Aniversario del Padre Ignacio Larrañaga 3/3 Padre Ignacio Larrañaga, de gracia en gracia (Memoria y homenaje, 28 octubre 2014). Carta que escribió al P. Provincial el día que cumplió 30 años (4 mayo 1958), pidiendo ser destinado a Chile.
614. Transfigurado (Padre Ignacio Larrañaga). Transfigurado, poema (Vivencia de una misa aniversario que hemos vivido en el lugar donde murió el P. Ignacio, en la Casa de Oración Nazaret)
 

3 comentarios:

Victoria L. Herrera dijo...

Bendito sea Ud. Padre Rufino por estos tesoros que tratamos de conservar, gracias a Ud.

Fr. Rufino Ma. Grández, OFMCap dijo...

Gracias, Victoria L. Herrera, por sus palabras estimulantes. No la conozco, pero que en el LIBRO DE CONDOLENCIAS a la hora del tránsito del Padre Ignacio Larrañaga Ud escribió con la sabiduría de su corazón:
• 02/11/2013 09:56 Victoria de Herrera desde Quito
Segunda lectura Domingo Noviembre 27/2013, Primer día Semana Culminación, Guadalajara, México: 2 Timoteo 4: 6-8 ... se acerca la hora de mi muerte...he llegado al término de la carrera... ahora me espera la corona merecida que el Señor, el Juez justo, me dará aquel día\" La música callada, la soledad sonora, la cena que recrea y enamora. ¡Silencio y Paz! Victoria de Herrera Coordinacion 3 Quito, Ecuador

Victoria L. Herrera dijo...

Fray Rufino, que hermosas sus palabras. Son un balsamo. Lo sigo avidamente en sus publicaciones. Espero conocerlo. Aqui, desde el Centro y Mitad, como diria Santa Teresa, le envio un carinoso abrazo

Publicar un comentario en la entrada

 
;