sábado, 1 de noviembre de 2014

616. Domingo 2 de noviembre 2014: Una visita al cementerio bajo el signo de Cristo



Homilía para el domingo XXXI del tiempo ordinario
coincidente con la Conmemoración de los Fieles Difuntos
Evangelio elegido: Lc 23-24 (diversos versículos)



Texto evangélico:
Era como la hora sexta, y vinieron las tinieblas sobre toda la tierra hasta la hora nona, porque se oscureció el sol. El velo del templo se rasgó por medio. Y Jesús, clamando con voz potente, dijo: “Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu”. Y diciendo esto, expiró.
Había un hombre, llamado José, que era miembro del Sanedrín, hombre bueno y justo. Este acudió a Pilato y le pidió el cuerpo de Jesús. Y, bajándolo, lo envolvió en una sábana y lo colocó en un sepulcro excavado en la roca, donde nadie había sido puesto todavía.
El primer día de la semana, de madrugada, las mujeres fueron al sepulcro llevando los aromas que habían preparado. Encontraron la piedra corrida del sepulcro. Y, entrando, no encontraron el cuerpo del Señor Jesús. Mientras estaban desconcertadas por esto, se les presentaron dos hombres vestidos con vestidos refulgentes. Ellas quedaron despavoridas y con las caras mirando al suelo y ellos les dijeron: “¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive? No está aquí. Ha resucitado. Recordad cómo os habló estando todavía en Galilea.

Hermanos:
1. En este 2 de noviembre del año de gracia 2014 se da esta coincidencia que de tiempo en tiempo se tiene que dar; se da el hecho de que la Conmemoración de los Fieles Difuntos, fiesta tan arraigada en el pueblo cristiano coincide con el domingo. ¿Qué celebrar? Sin duda que el domingo, fiesta central de nuestra fe, fiesta del misterio pascual de Cristo que actualiza de forma sacramental la muerte y resurrección del Señor. El oficio divino se reza del domingo, salvo circunstancias particulares; en la celebración de la Eucaristía se toman las lecturas y oraciones que se refieren a los difuntos, pudiendo tomar a libre elección, los varios formularios que existen.
Al tomar el Evangelio de san Lucas, hemos tomado el que corresponde a la misa tercera de difuntos. El de la misa primera es el evangelio del juicio final según san Mateo, que lo proclamaremos este año “A” en el domingo final del año litúrgico, solemnidad de Cristo Rey.
2. Hoy visitamos los cementerios para honrar la memoria de nuestros difuntos. Una visita al cementerio no es una visita ni de cortesía ni de protocolo. Si allí están nuestros seres queridos, esa visita es un encuentro, una visita grave, cargada de sentimientos, que trae infinidad de recuerdos. Reviven nuestros seres queridos, a los que ya no podemos hablar sino con el corazón. Y ¡cuánta vida se agolpa, al tiempo que vamos depositando flores y pronunciamos alguna oración! Muchas veces una congoja en el pecho, para no dejar salir las lágrimas y desahogarse llorando.
Cuando los muertos son recientes, una visita puede ser un desgarro del alma, al mismo tiempo una necesidad que uno no puede eludir. Cuando esa visita es para evocar a un hijo querido muerto en accidente…, para honrar a una hija querida a quien la enfermedad le arrebató en la flor de sus años, la visita, que es como un acto litúrgico, tiene una densidad que se hunde en el hondo del alma.
El camino del cementerio es el camino de la verdad. La muerte es el camino de todos. Esto es lo que le decía David a su hijo Salomón, heredero del trono: “Yo emprendo el camino de todos. Ten valor y sé hombre. Guarda lo que el Señor tu Dios manda guardar siguiendo sus caminos, observando sus mandamientos” (1Re 2,2-3).
Pero la vida sígueme, por muchas espadas que se vayan atravesando en el camino. La vida sigue y la vida es un camino de esperanza.
3. Una visita al cementerio no es solo una vista familiar; es una visita al vecindario y a la ciudadanía. El cementerio es una ciudad con sus fotos, nombres, y tantos y tantos conocidos con los que nos cruzamos. Visita en la que las palabras se quedan atrás y los sentimientos nos invaden.
4. Pero hay un sentimiento principal, que ese sí nos da la vena de nuestra meditación: Dentro de unos años, o acaso dentro de poco, yo también seré un ciudadano del misterio, y alguien vendrá a ponerme unas flores y a rezarme una oración. ¿Cuál es la eternidad que me espera? ¿Qué hay detrás de ese velo tupido de la muerte?
Aquí es donde se yergue para el cristiano la esperanza viva, que nos da un futuro hacia adelante, y hacia atrás un sentido pleno de la vida que vamos desgranando. Todo esto, para eterno consuelo, tiene una palabra llena de vida: Jesús.
5. El misterio de Jesús en su cúspide tiene dos palabras que abrazan nuestra vida: muerto en la cruz, en compañía de todo el cosmos que lo proclama, y del mismo templo donde se rasga el velo, para decir que definitivamente tenemos acceso a Dios; y resucitado en la madrugada, el primer día de la semana, poseedor de una vida inmortal. ¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive? El cementerio no es solo un acta de defunción, es, sobre todo, para el cristiano una serena celebración de la esperanza.
Sobre la tumba de mi padre – luego tumba de mi padre y de mi madre – grabé una inscripción cristiana, inspirada en los antiguos monumentos funerarios de los cristianos: ¡Vive con Cristo! Es un augurio de paz eterna: “in Christo vivas”: que vivas con Cristo.
6. Este es el mensaje central de la vida cristiana, proclamado decididamente por Pablo y toda la comunidad apostólica, enternecedoramente recogido en los relatos evangélicos de la pasión, muerte y resurrección del Señor.
Nos sacude de emoción lo que nos ha contado san Lucas. “Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu”. Y diciendo esto, expiró.
Lo que Jesús dijo al morir no fue una jaculatoria de resignación, sino un grito de triunfo. Jesús se abandonó en Dios, sabiendo que su vida no caía en el vacío. “Padre” fue la última palabra, uniendo la vida de Dios todopoderoso con sus años vividos en la tierra: su fatiga, su predicación, sus milagros, todo, absolutamente todo, quedaba recogido en este grito filialmente triunfal: “Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu” Así murió Jesús; así quiero morir yo, abrazando todas las penas de mi vida, pero poniéndolas en manos de Dios todopoderoso, que no me ha de abandonar, porque es mi Padre: “Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu”.
7.  Señor Jesucristo, tú eres el Viviente que vive y da vida. Unido a ti, yo quiero que mi muerte, abandonado en las manos del Padre, sea una muerte como la tuya, una muerte que sea el triunfo del amor de Dios en mi vida y en el mundo entero. “Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu”.
Guadalajara, Jalisco, 31 octubre 2014.

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