martes, 18 de noviembre de 2014

621. Gracias, mi santa madre Iglesia



Gracias, mi santa madre Iglesia

A los 50 años de constitución dogmática

Lumen gentium, sobre la Iglesia

21 noviembre 1964 – 2  noviembre 2014


Dentro de unos días

Dentro de unos días, el 21 de noviembre, memoria de la Presentación de la Virgen María, se cumplen 50 años de la fecha en que fue promulgada la constitución dogmática sobre la Iglesia, titulada, por sus primeras palabras “Lumen Gentium” (Luz de las gentes).
Para quienes amamos a la Iglesia como madre y miramos la vida con cierto panorama este recuerdo es más que recuerdo; es parte de nuestra vida que remueve muchos sentimientos.
Ha sido justamente el cura joven de mi pueblo, Javi (don Javier Martín Martija), querido por todos, quien semanalmente nos zarandea a las “misioneras” y “misioneros” del pueblo regados por el mundo, enviándonos la Hoja parroquial, el que me ha suscitado estas vivencias. Nos cuenta lo que pasa, y desde la India a México, pasando por Uruguay, Venezuela, Ecuador y Cuba escribe a José María Heredero misionero (y muy veterano), Rufino María Grández misionero, Roque Grández misionero, Luisa Fernández misionera, Santiago Fernández misionero, Tere Fernández misionera, Carlos Bernal misionero, Lidia Fernández misionera.
Hoy nos dice:
 En la primera página de la HOJA de esta semana hablo de los 50 años que cumple esta semana la LUMEN GENTIUM... ese documento que dio la vuelta a la manera de entender la Iglesia... aún nos queda tiempo para acabar de asimilarlo y de hacerlo vida.
Y comentamos los 50 años de la advocación mariana "María, Madre de la Iglesia"... ¡¡Que nuestra Madre, la Virgen del Burgo os bendigaaaaaa y nos bendiga a todos!!!
Gracias, Javi; aunque, callados, sabes que estamos en la brecha, por Jesús, por su Reino, por su divina utopía que sustenta nuestra vida. Y con una ilusión siempre mayor, sí por cierto.
Aquel día, hace cincuenta años, yo tuve un inmenso gozo y me place revivirlo. Tenía 27 años, cuatro y medio de sacerdote, y recién estrenaba mi grato oficio de profesor de Sagrada Escritura en Pamplona, en un Teologado de capuchinos de unos cuarenta alumnos…
Todo aquello lo vivíamos con pasión, con el ardor de la juventud. Se trataba de nuestra Madre, la Iglesia.
Hoy vuelvo sobre entonces y tengo entre mis libros el Diario del Concilio, de Jacinto Argaya, obispo, editado muchos años después…, en 2008 (Jacinto Argaya, Diario del Concilio. Edición y notas de Xavier Basurko y José María Zunzunegui. Publicaciones Idatz, San Sebastián 2008, 625 páginas). Hay que saber que este obispo asistió a las 168 congregaciones generales de las cuatro sesiones del Concilio (1962-1965), sin faltar a una sola. Al final de la Introducción escribe. “Lo que en el Concilio vi, oí y viví es lo que con fidelidad transcribo en estas memorias, sin otro objetivo que el de servir a la Iglesia con entero amor” (p. 26).
Es que, además, don Jacinto no solo escribió su propio diario, sino que recopiló todo lo que pudo – cualquier papel que se repartía – y en la actualidad 134 volúmenes encuadernados en rojo, cada uno con su propio índice del contenido, dan fe en la Biblioteca del Seminario de San Sebastián del Archivo conciliar de don Jacinto Argaya.
 ¡Qué libro más interesante el de su Diario, que da testimonio sincero, por hablar en lenguaje casero – de todo lo que allí se iba cociendo, y constatando siempre que, al final, la Providencia ponía su firma!


Aquel 21 de noviembre de 1964

Sigamos con don Jacinto Argaya, que era hermano de un capuchino, sencillo y querido P. Carlos Argaya (1905-2000). Casa natal de ambos hermanos en Vera de Bidasoa (Navarra). Don Jacinto había nacido en 1903, y durante los años del Concilio era obispo de Mondoñedo (Galicia) y de allí pasó a ser obispo de San Sebastián en 1968 hasta su jubilación en 1979.
El día 21 de noviembre de 1964 se aprobó con un sí rotundo la constitución sobre la Iglesia: 2.151 votos a favor, 5 en contra. Realmente comenzaba una era nueva en la Iglesia. El episcopado español, en sí de valía, andaba rezagado y disperso… Hombres como Argaya vivían los debates y preocupaciones del momento; así el tema de la “libertad religiosa” que se postergaba para la sesión siguiente, tema candente en España y más ante el declive del general Franco, que se veía venir.
Este documento sobre la Iglesia sería la base de otras constitución, llamada “constitución pastoral” sobre la Iglesia en el mundo. El teólogo Congar la anhelaba como “la tierra de promisión”; es expresión suya.
Los teólogos peleaban entre sí, y, por ejemplo, el título de “Mater Ecclesiae” no logró pasar al texto de votación (por razones que no es del caso examinar aquí). No obstante, el Papa Pablo VI lo asumió y por su autoridad personal lo proclamó en el discurso conclusivo de la sesión, con el aplauso aquiescente del colegio episcopal.
Es interesante, y animado, recuperar lo que entonces se decía y se vivía. Traslado aquí la página de la vuelta de la sesión el Concilio, al día siguiente de estos acontecimientos.

Regreso a España.- El día 22, por ferrocarril, emprendo mi viaje de regreso de Roma a España. Viajan en el mismo tren mons. Garrone (Toulouse) y mons. Puech (Carcasona), excelentes amigos míos. En el mismo vagón viajan también: mons. García Goldáraz (Valladolid), mons. Gúrpide (Bilbao), mons. Bascuñana (Solsona) y mons. Rendeiro (Faro-Portugal).
A lo largo del viaje, comentamos las declaraciones hechas a la prensa por mons. Helder Cámara (Recife-Brasil). Este discutido prelado, preconiza lo siguiente: Constitución de un senado de la Iglesia universal compuesto por cardenales, patriarcas y representantes de cada Conferencia nacional de obispos. Sería convocada a lo menos una vez al año. Uno de sus cometidos será la elección de nuevo Papa. La Curia romana será órgano ejecutivo del Papa, del senado episcopal y de las comisiones postconciliares. Los obispos somos los sucesores de los Apóstoles; pero ¿quiénes serán los sucesores de los profetas y doctores? ¿No serán, acaso, los teólogos, investigadores, sacerdotes y laicos señalados? En su acción misional -sigue diciendo el mismo obispo- debe la Iglesia huir de toda especie de paternalismo y de colonialismo espiritual. Debe revisarse el Índice de libros prohibidos, y conceder un gran perdón o jubileo para todas las censuras, con ocasión del Concilio. En la próxima sesión, debe hacerse por aclamación la canonización de Juan XXIII.
Interesantes estos puntos de vista del discutido prelado brasileño. De él tengo un grato recuerdo. A mi simple petición, me entregó para mi archivo conciliar todo el material, muy cuantioso, que el poseía en Roma.
Realizado felizmente el viaje, en Hendaya me espera mi hermana Pilar. En casa encuentro a mi santa madre que con sus 88 años va tirando bien.
Al día siguiente emprendo viaje a Mondoñedo, llegando por la tarde. Visito a la patrona de la diócesis, la Virgen de los Remedios. Seguidamente, en el Seminario, doy a seminaristas y superiores una larga impresión del Concilio. El día 27 les dirijo otra charla relacionada con el esquema de Seminarios”.


Una persona de mi generación ante esta nueva imagen de Iglesia

Los de mi generación, los que queríamos estar en el hoy de la Iglesia, vivíamos lo que iba trayendo el Concilio, con sorpresa sí, pero sin trauma. Y ciertamente que en el campo intelectual la teología nueva, que nos iba inoculando el Concilio, dilataba más y más el corazón. Para uno de mi formación ¿qué traía el Concilio? Una esperanza sin límites, a saber
- una Biblia releída
- una fe repensada
- una fe celebrada.
Todo era igual, si pensamos que el Concilio no reprobaba una herejía nueva, no alumbraba nuevas verdades y bebía de la tradición pura de la Iglesia. Y al mismo tiempo todo era distinto, todo cobraba una frescura original.
Luego hemos sufrido – y mucho – al ver cómo ciertos valores, apoyados en elocuentes palabras que fascinan pero que en el fondo no te convencen, se iban desmoronando, valores que eran monumentos que nos sustentaban. ¿Cómo no sufrir al ver el deterioro progresivo que va teniendo la vida religiosa, que es mi casa..., al comprobar que los mayores, beneméritos, van llenando nuestras pacíficas enfermerías, al tiempo que no se ve el relevo de los jóvenes?
Esto ha venido por el Concilio, pero no ciertamente de las palabras genuinas del Concilio, si sabemos leer con la sabiduría de Dios.
El que lee el Concilio, y se deja conducir por él mismo, no por ningún teólogo queda enamorado de la Iglesia


Qué es lo que me gusta de la Iglesia para estar enamorado de ella

1. Lo primero y esencial es que la iglesia sea la comunidad de Jesús: son dos realidades inseparables, del todo inseparables. No existiría Jesús, si no existiese la Iglesia que nos lo ha entregado. La Iglesia entrega a Jesús no como el mensajero portador entrega su mensajería; nos lo entrega viviéndolo, siendo ella misma Jesús transparentado.
Cuanto más nos adentramos en la Biblia esto es más que obvio.
Jesús ha nacido de la Iglesia, pues la Iglesia es su casa y en ella se nos ha dado a conocer. Cualquier frase del Evangelio me lo está diciendo. Todas, todas son un latido de la Iglesia.
Pero si ese Jesús anunciado no fuera el fondo viviente de la Iglesia, ayer, hoy y siempre, la Iglesia sería una creación vaporosa de nuestra fantasía.
Esta visión mística de la Iglesia es radical y radial para amarla. Es la visión de las Cartas de la cautividad: la Iglesia, amada de Dios, esposa de Cristo.
Hay otra visión que balancea esta, que el Concilio la ha asumido: la iglesia pueblo peregrinante de Dios. Aquí estoy yo, que, siendo Iglesia, soy iglesia en camino, con la tara de mis pecados que yo mismo, el primero, observo y lamento. No importa. La iglesia planeada por Dios vence a esta Iglesia partícipe de mis miserias.

2. Me enamoro de la Iglesia porque la Iglesia es la santa humanidad de Jesucristo. Al decir “humanidad de Jesucristo” doy testimonio de mi propia humanidad, que él ha asumido. Toda raza, toda cultura, toda miseria, toda grandeza pertenece a esta humanidad, amasijo de mi ser. Por esto es bella la Iglesia, porque no me alejo de mí mismo si le amo a ella. En ella me encuentro y reencuentro, yo, pecador.

3. Amo a la Iglesia porque yo soy un enriquecido de una tradición sedimentada en mí, y yo mismo quiero ser un tesoro para la Iglesia. Mi forma de pensar no se ha generado de la nada; ha venido de un humus que se me ha dado. Es toda la tradición que me sustenta, tanto que puedo afrontar el riego infinito de la eternidad, de mi destino eterno, desde base que me configura, mi ser Iglesia. A la hora de la muerte, por la fe, me entregaré en paz del Dios en quien creo y que mis ojos no lo han visto, pero mi corazón gravita en él.
De la Iglesia arranca la última posibilidad de mi ser. Pero, al  mismo tiempo, si bien no sé precisar el detalle, yo mismo soy un tesoro para la Iglesia, una posibilidad con la que mi Dios Creador, mi Jesús Redentor, cuenta.

4. La Iglesia es mi apertura al mundo. El Concilio nos ha hecho vibrar ante todo lo humano. Todo lo humano está divinizado pro el misterio de la Encarnación. La verdadera Iglesia de Jesús, la que uno intuye al leer las santas Escrituras, y como más allá de la Escritura, es la que abraza al mundo.
Y no pienso solo en todos los católicos, en todos los cristianos, sino que pienso en todos los que buscan a Dios, e incluso en todos los que  no lo buscan e incluso lo rechazan. La Iglesia, como Alianza de amor, es justamente apertura a toda religión. Nadie puede saber el rumbo de las religiones en el futuro. Acaso el fenómeno religioso de la multiplicidad de religiones persista hasta el fin del mundo; al parecer, sí, No será un fracaso de la Encarnación, sino una forma misma de condescendencia divina, que la Iglesia me enseña. La Iglesia, sin proselitismo, desde su silencio y amor, está destinada a ser en la peregrinación humana, el elemento emanante y conglutinante que lleva el hombre a Dios.

5. Amo a la Iglesia por su interioridad. María es el sacramento de la interioridad de la Iglesia. Me agrada que sea el capítulo que corona la constitución de la Iglesia. La constitución tiene frases sorprendentes cuando habla de María; avanza por la vía del amor y en el amor descubre a la madre de Jesús y madre nuestra. Dice la Lumen Gentium, a propósito de la acción y presencia intercesora de María. “La Iglesia no duda en confesar esta función subordinada de María, la experimenta continuamente y la recomienda a la piedad de los fieles, para que, apoyados en esta protección maternal, se unan con mayor intimidad al Mediador y Salvador” (n. 62).
Nadie podrá demostrar nunca esta acción intercesora de María, la Madre. Está ahí, descubierta por el camino del amor. Es que estamos metidos de lleno en la Iglesia del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

¿Qué más decir…? Si esto es no más que un balbuceo a borbotones para que no se le quite la palabra al corazón, sin ordenar, sin estructurar ideas, como en ejercicio de cátedra…

Así veo la Iglesia, desde el latido del Concilio, y en esta Iglesia deseo vivir y morir hasta que el pecho rinda su último respiro.

Guadalajara, Jal,, 18 noviembre 2014

0 comentarios:

Publicar un comentario en la entrada

 
;