sábado, 27 de diciembre de 2014

637. Domingo de la Sagrada Familia 2014 - El amor, corazón de la familia



Homilía para el Domingo de la Sagrada Familia

Lc 2,22-40





Texto evangélico:
Cuando se cumplieron los días de su purificación, según la ley de Moisés,  llevaron a Jerusalén  para presentarlo al Señor, de acuerdo con lo que está escrito en la ley del Señor: “Todo varón primogénito será consagrado al Señor”, y para entregar la oblación, como dice la ley del Señor “un par de tórtolas o dos pichones”.
Había entonces en Jerusalén un hombre llamado Simeón, hombre justo y piadoso que aguardaba el consuelo de Israel; y el Espíritu  Santo estaba con él. Le había sido revelado por el Espíritu Santo que no vería la muerte antes de ver al Mesías del Señor. Impulsado por el Espíritu, fue al templo. Y cuando entraban con el niño Jesús sus padres, para cumplir con él lo acostumbrado según la ley, Simeón lo tomó en brazos y bendijo a Dios, diciendo:
“Ahora, según  tu promesa, puedes dejar a tu siervos irse en paz.
Porque mis ojos han visto a su Salvador
A quien has presentado ante todos los pueblos: luz para alumbrar a las naciones y gloria de tu pueblo Israel”.
Su padre y su padre estaban admirados por lo que se decía del niño. Simeón los bendijo y dijo a María, su madre:
“Este ha sido puesto para que muchos en Israel caigan y se levanten; y será como un signo de contradicción – y a ti misma una espada te traspasar – para que se pongan de manifiesto los pensamientos de muchos corazones”. Había también una profetisa, Ana, hija de Fanuel, de la tribu de Aser, ya muy avanzada en años. De joven había vivido siete años casada, y luego viuda hasta los ochenta y cuatro; no se apartaba del templo, sirviendo a  Dios con ayunos y oraciones noche y día. Presentándose en aquel momento, alababa también a Dios y hablaba del niño a todos los que aguardaban la liberación de Jerusalén. Y, cuando cumplieron todo lo que prescribía la ley del Señor, se volvieron a Galilea, a su ciudad e Nazaret. El niño, por su parte, iba creciendo y robusteciéndose, lleno de sabiduría; y la gracia de Dios estaba con él.

Hermanos:

1. El domingo que sigue a la Navidad es el domingo de la Sagrada Familia. Es una invitación para pensar qué es la familia cristiana, de acuerdo a lo que nos dice el misterio de la Encarnación.
El texto del Evangelio nos presenta una familia israelita, una familia inserta en la comunidad de Israel, de acuerdo a las tradiciones sagradas marcadas en la tradición de las sagradas Escrituras. Y el entorno de esta escena va al compás de la misma: Simeón y Ana, ellos independientes entre sí, son dignos representantes de la familia que ha gestado la tradición sagrada de Israel. La genuina familia de Israel, la de antaño y también la de hoy, es la familia que surge en la bendición y la alabanza.
Sin duda que Israel sigue teniendo hoy un mensaje que anunciar al mundo, el mensaje de la auténtica familia, en la cual es el centro; sin Él no hay familia.

2. Estos pensamientos iniciales los estamos expresando en una circunstancia singular: en el mes de octubre se celebró un sínodo extraordinario de obispos, con participación de matrimonios cristianos, sobre la familia. En este sínodo se ha recogido abundante material de reflexión invitando a las diócesis para que todos los cristianos se interesen por el tema y ofrezcan, por los cauces legítimos de opinión, sus aportes para el sínodo ordinario en el próximo octubre.

3. Parece lo obvio, al hablar de la familia, hablar de los problemas de las familias, problemas por los cuatro costados. Muchos jóvenes que quieren formar hogar no lo quieren formar ante Dios, con la bendición, sino como un contrato en el registro civil de la sociedad. Primer problema, raíz de muchos otros. Pero mi misión no es hablar de problemas y tinieblas, sino decirte sencillamente qué es la familia, tal como fluye del proyecto de amor que Dios ha tenido con ella.
Al final del Sínodo los Padre enviaron un saludo y mensaje al mundo. No quería esquivar dificultades, pero su misión primera era hablar de la luz, del amor, de la paz que disfruta una familia, que se endereza por ese camino.
Escuchen, hermanos, un párrafo de este mensaje, que no es una visión romántica de la familia, sino una visión de armonía, de amor y de paz, que Dios quiere para sus hijos en las familias:
“… También está la luz que resplandece al atardecer detrás de las ventanas en los hogares de las ciudades, en las modestas casas de las periferias o en los pueblos, y aún en viviendas muy precarias. Brilla y calienta cuerpos y almas. Esta luz, en el compromiso nupcial de los cónyuges, se enciende con el encuentro: es un don, una gracia que se expresa –como dice el Génesis (2, 18)– cuando los dos rostros están frente a frente, en una “ayuda adecuada”, es decir semejante y recíproca. El amor del hombre y de la mujer nos enseña que cada uno necesita al otro para llegar a ser él mismo, aunque se mantiene distinto del otro en su identidad, que se abre y se revela en el mutuo don. Es lo que expresa de manera sugerente la mujer del Cantar de los Cantares: “Mi amado es mío y yo soy suya… Yo soy de mi amado y él es mío” (Ct 2, 17; 6, 3)”.

4. La familia es un proyecto de amor compartido, sencillamente es esto, dispuestos todos a dar lo que mejor tienen de sí. Y primero los esposos entre, de acuerdo a la fórmula sagrada que se juraron un día ante el altar: Yo te acepto y me entrego a ti, en la salud y en la enfermedad, en la prosperidad y en la adversidad todos los días de mi vida.
Esto es sublime, hermanos, sin duda; tan sublime que sólo con la gracia de Dios se puede sustentar. Nosotros, cada uno, a nada que nos descuidemos, observamos el egoísmo escondido que llevamos, que nos hace infelices.

5. Esa es la entrega de los esposos entre sí, pero la familia es una pequeña comunidad o, si se quiere, contras palabras, una sociedad, la primerísimas de todas las sociedades que existen en el mundo, que no puede ser atropellada por nadie. Y la vida de esta sociedad es la entrega y el amor.

6. El misterio de la Navidad es el misterio de Dios con nosotros. Ahí vemos el amor que supera todo amor; y ese amor celestial, que no pasa  ni nunca pasará, es como el alma de lo que busca la familia: vivir en el amor; vive en el amor quien se ha sentido amado por Dios.
Pedimos, pues, a Jesús que florezca el verdadero amor en todas las familias.

7. Señor Jesús, tú nos has traído del cielo, lo más bello, lo más precioso, lo más difícil: el amor. Te pedimos el verdadero amor para nuestras familias. Que Dios sea el corazón y la consistente felicidad de las familias. Y ¡gracias por todas las familias que así lo están experimentando! Amén.

Desde México, D.F., sábado 27 diciembre 2014.

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