martes, 30 de diciembre de 2014 1 comentarios

639. Año Nuevo 2014 - La bendición del Señor



Homilía para el Día de Año Nuevo, Octava de Navidad
Núm 6,22-27 y Lc 2,16-21


Textos bíblicos:
Del libro de los Números 6,22-27
El Señor habló a Moisés: “Di a Aarón y a sus hijos, esta es la fórmula con la que bendeciréis a los hijos de Israel:
El Señor et bendiga y te proteja,
Ilumine su rostro sobre ti y te conceda su favor.
El Señor te muestre su rostro y te conceda la paz.
Así invocarán mi nombre sobre los hijos de Israel y yo los bendeciré”

Del santo Evangelio según san Lucas 2,16-21
Fueron corriendo y encontraron a María y a José, al niño acostado en el pesebre.
Al verlo, contaron todo lo que se les había dicho de aquel niño. Todos los que lo oían se admiraban de lo que les habían dicho los pastores, María, por su parte, conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón. Y se volvieron los pastores dado gloria y alabanza a Dios por todo lo que habían oído y visto, conforme a lo que les habían dicho.
Cuando se cumplieron los ocho días para circuncidar al niño, le pusieron por nombre Jesús, como lo había llamado el ángel antes de su concepción.

Hermanos:
1. La octava de Navidad, día de Año Nuevo en el calendario civil, nos ofrece una insondable riqueza espiritual:
- Es el día de la bendición del Señor, bendición que recibimos como augurio de todo el año que estrenamos.
- Es el día de santa María Madre de Dios en el misterio de la Encarnación.
- Día de Año Nuevo, que desde hace un tiempo quiere ser consagrado como Día de la Paz.

2. Quisiera insistir principalmente en lo que significa la bendición de Dios. Esta que acabamos de escuchar, tomada del libro de los Números, es la bendición principal que tiene Israel, bendición que, por medio de Moisés, el Señor confió a Aarón y a sus hijos, es decir, a los sacerdotes.
Algunos la llaman “la Bendición de san Francisco”, porque es la bendición que san Francisco copió de su puño y letras en un pequeño pergamino, para entregársela al que era su confesor el hermano León, que estaba pasando por una grave tentación. El hermano león la guardó en su pecho, y hoy todavía se conserva. No tiene expresiones de san Francisco; sino solo que al final añadió: el Señor te bendiga, hno. León.
Se trata de invocar el nombre de Dios y hacer que baje tres veces del cielo sobre la comunidad de Israel, y sobre cada uno en particular, bendición dirigida a todos, pero redactada en singular. Personalizada en cada uno, algo que nos sorprende. No es: “El Señor os bendiga”, sino, diciéndola sobre el pueblo: “El Señor te bendiga”.

3. El nombre sacrosanto de Dios no se podía pronunciar, el nombre de Yahweh. Solo se puede pronunciar cuando Dios te da permiso. También san Francisco tenía esta actitud reverencial frente al Dios Altísimo:
“Altísimo, omnipotente, buen Señor,
tuyas son las alabanzas, la gloria y el honor y toda bendición.
A ti solo, Altísimo, corresponden,
y ningún hombre es digno de hacer de ti mención”.
Nadie es digno de hacer de ti mención. Esto es cierto; pero es más cierto lo que dice la Plegaria Eucarística: “nos haces dignos de servirte en tu presencia”.
Dios se digna derramar sobre nosotros su bendición. Ellos invocarán mi nombre sobre los hijos de Israel y yo los bendeciré. Lo importante y decisivo es esto. Yo los bendeciré.
Y si la bendición que recibimos es la bendición de Dios, nunca se puede borrar.
En este pasaje sagrado vemos que solemnemente tres veces es invocado el nombre del Señor, como lo recalca la versión latina del texto sagrado:
El Señor te bendiga…
El Señor ilumine su faz sobre ti…
El Señor vuelva su rostro hacia ti…
("Benedicat tibi Dominus et custodiat te!
Illuminet Dominus faciem suam super te et misereatur tui!
Convertat Dominus vultum suum ad te et det tibi pacem!").

4. La bendición de Dios para su pueblo es su Hijo amado y no hay mayor regalo que él nos pueda hacer. Al darnos a su Hijo nos ha dado todo, porque en él está todo bien.
San Pablo inicia sus cartas con un saludo, que es la bendición de Dios. Nos dice: “A vosotros, gracia y paz”. En esas dos palabras se resumen todos los bienes de Dios: la gracia y la paz.
La gracia es Jesucristo, el don de Dios, la amistad con Dios.
Y la paz es igualmente Jesucristo: “Él es nuestra paz”, les dirá a los efesios. La paz es la reconciliación que Dios ha establecido consigo mediante su Hijo Jesucristo.
A vosotros, pues, gracia y paz. O dicho de otra forma: “La gracia y la paz de parte de Dios Padre y de Jesucristo, el Señor”.
He aquí el misterio de Navidad, he aquí el comienzo del año. No sabemos los sucesos concretos que nos han de ocurrir este año. Pero sí sabemos una cosa: que lo que pase será “gracia y paz” de parte de Dios, nuestro Padre y del Señor Jesucristo. Podría venir la muerte, pues somos caducos, pero la muerte también será gracia y paz.

5. Hermanos, dejadme abrir el corazón. Dios es nuestra bendición, que nos da toda su gracia. España es un país laico, y parece que no se puede pronunciar el nombre de Dios para no ofender a nadie. En la noche de Navidad Su Majestad el Rey dio un mensaje para todos los españoles. De los ocho millones, o más, que le escucharon nadie pudo oír el nombre de Dios, porque no sonó.
La Reina de Inglaterra en su mensaje de Navidad decía:
“Para mí, personalmente, la vida de Jesucristo, Príncipe de la Paz, cuyo nacimiento celebramos hoy, es una inspiración y un punto de anclaje en mi vida. Un verdadero modelo de reconciliación y de perdón. Alargó su mano en gestos de amor, aceptación y sanación. El ejemplo de Cristo me ha enseñado a buscar siempre respetar y valorar todas a todas las personas: de cualquier fe o de ninguna”.
Y recordando los cien años de la guerra mundial de 1914, siguió hablando de la reconciliación: “…En esa glacial Nochebuena de 1914 muchos de los soldados alemanes cantaron Noche de Paz, con su cautivadora melodía filtrándose entre las líneas enemigas. Ese villancico es, todavía hoy, muy querido, un legado de la tregua de Navidad, y un recordatorio para todos nosotros de que, incluso en el más improbable de los rincones, la esperanza puede ser cultivada. Una muy feliz Navidad para todos vosotros”.
Palabras de una reina, que merecen especial consideración.

6. Hermanos, a los ocho días de Navidad seguimos felicitándonos: ¡Feliz Año Nuevo! ¡Feliz Año Nuevo con el regalo de Dios que se nos entrega, por medio de santa María Virgen, Madre de Dios!
Madre de Jesús, Madre de Dios, Reina de la paz. Trae la paz a nuestros corazones. Amor y paz en esta hora torturada de México, amor y paz en mi patria, nunca olvidada, de España; amor y paz en la santa Iglesia en medio de las tormentas que la agitan, amor y paz en el mundo entero. Reina de la paz, ruega por nosotros. Amén.

México D.F.,  30 diciembre 2014.
domingo, 28 de diciembre de 2014 4 comentarios

638. A los cuatro años de Las hermosas palabras del Señor



A los cuatro años de "Las hermosas palabras del Señor"


Este día del 28 de diciembre tiene un significado sencillo, luminoso y secreto, para este viandante, que camina por la vida a la sombra de Jesús. Con la fecha que da el programa ante el que estoy escribiendo, el 28 de diciembre de 2010, hace cuatro años, subió para ondear en mi tejado esta banderita: “Las hermosas palabras del Señor”.  El interesado puede recorrer 637 número atrás y leer de qué se trataba: era un “blog” que quería ir exponiendo las palabras del Señor, calificadas esencialmente como “hermosas palabras”.
Ya he contado en su momento que fue un hermano de hábito, el joven Néstor Wer, entonces profeso temporal hoy profeso perpetuo, quien me lanzó cariñosamente a la palestra. Superada una primera timidez, me lancé; hoy meditativamente ante el rostro que ilumina mi vida, hago un balance. Ocurre que, por circunstancias, me he reencontrado con Néstor (él vive aquí como estudiante de teología, y quien esto escribe, a más de medio millar de kilómetros en Guadalajara); somos el joven y el mayor, y brindamos con los mismos sentimientos. Así es, gracias a Dios. En informática, por instinto y herencia, él es un artista; yo un discípulo. Él lleva la red de los capuchinos de nuestro distrito en México.
A medida que mis días avanzan y que las alas se despliegan por la cumbre, mi visión de la vida es más simple, mi amor a la Escritura más sabroso, mi llamada a la oración más insistente, mis temores menos agitados, mi tristeza (¡oh cuánta ante el rumbo de lo que nos rodea…!) más cernida, mi esperanza callada más pura, mi dolor más silencioso.
Internet ha sido para mí la rama donde el pajarito ha posado sus dos patitas para mover la cabeza a derecha e izquierda, lanzar un piído y volar. Cada homilía que escribo es un vuelo gentil, que quisiera llevar la alegría de Jesús. Me dirán que me he servido de un hermoso titular para airear, aleteando, otras palabras que no son precisamente de Jesús, sino palabras mías, sentimientos míos, poemas… en los que revolotea el yo del pajarito, más bien que la exégesis del profesor…, la voz del predicador, si acaso no la sacudida enérgica del profeta del Evangelio.
Yo reconozco, y a la vista está, que hay en “las hermosas palabras del Señor” innumerables páginas de mi álbum de vida… El Internet propicia la intimidad a los cuatro vientos para quien pueda entrar en la onda de esa intimidad, si bien es cierto que la última intimidad solo para él o para quien un día, en diálogo de gracia, haya destapado mi corazón. No obstante, si a alguna persona le he brindado los “posts” que libremente puedo subir a estas áreas de la comunicación, he podido decirle con sinceridad: Si lo lees (no puedo pedir esa paciencia), ahí estoy, ese soy yo… Lo digo sin presunción, con el candor que puede tener una persona mayor, a la que poquito a poco los años, los médicos... le van quitando posibilidades, y el Señor, a su vez, le va dando otras por otro costado.
No puedo pleitear, claro está.  Pero únicamente me atrevo a decir que mi vida y las hermosas palabras… son las dos alas del mismo pajarito, volviendo a la imagen que de repente se me ha ocurrido.
Yo quisiera que Jesús y yo camináramos al unísono, y en esto le copio a san Pablo y a todos los santos y santas. “Para mí vivir es Cristo”. No es un pecado el decirlo, sino un sencillo anhelo; no me importa que sea o no realidad (entiéndaseme...), pero sí un sincero anhelo de que se cumpla. El objetivo es uno: que Cristo sea él mismo. Y que mi vida (que no puede tener interés para ningún periódico) sea, en el fondo, "una hermosa palabra del Señor”.
Gracias a ti, hermano, hermana, que has acogido estas palabras. Deseo también para ti, en toda verdad, que tu vida sea "una hermosa palabra del Señor”.
México, D.F., Convento capuchino de la Inmaculada Concepción y San Pío de Pietrelcina, domingo 28 de diciembre de 2014.
Fr. Rufino María Grández, O.F.M.Cap.
sábado, 27 de diciembre de 2014 0 comentarios

637. Domingo de la Sagrada Familia 2014 - El amor, corazón de la familia



Homilía para el Domingo de la Sagrada Familia

Lc 2,22-40





Texto evangélico:
Cuando se cumplieron los días de su purificación, según la ley de Moisés,  llevaron a Jerusalén  para presentarlo al Señor, de acuerdo con lo que está escrito en la ley del Señor: “Todo varón primogénito será consagrado al Señor”, y para entregar la oblación, como dice la ley del Señor “un par de tórtolas o dos pichones”.
Había entonces en Jerusalén un hombre llamado Simeón, hombre justo y piadoso que aguardaba el consuelo de Israel; y el Espíritu  Santo estaba con él. Le había sido revelado por el Espíritu Santo que no vería la muerte antes de ver al Mesías del Señor. Impulsado por el Espíritu, fue al templo. Y cuando entraban con el niño Jesús sus padres, para cumplir con él lo acostumbrado según la ley, Simeón lo tomó en brazos y bendijo a Dios, diciendo:
“Ahora, según  tu promesa, puedes dejar a tu siervos irse en paz.
Porque mis ojos han visto a su Salvador
A quien has presentado ante todos los pueblos: luz para alumbrar a las naciones y gloria de tu pueblo Israel”.
Su padre y su padre estaban admirados por lo que se decía del niño. Simeón los bendijo y dijo a María, su madre:
“Este ha sido puesto para que muchos en Israel caigan y se levanten; y será como un signo de contradicción – y a ti misma una espada te traspasar – para que se pongan de manifiesto los pensamientos de muchos corazones”. Había también una profetisa, Ana, hija de Fanuel, de la tribu de Aser, ya muy avanzada en años. De joven había vivido siete años casada, y luego viuda hasta los ochenta y cuatro; no se apartaba del templo, sirviendo a  Dios con ayunos y oraciones noche y día. Presentándose en aquel momento, alababa también a Dios y hablaba del niño a todos los que aguardaban la liberación de Jerusalén. Y, cuando cumplieron todo lo que prescribía la ley del Señor, se volvieron a Galilea, a su ciudad e Nazaret. El niño, por su parte, iba creciendo y robusteciéndose, lleno de sabiduría; y la gracia de Dios estaba con él.

Hermanos:

1. El domingo que sigue a la Navidad es el domingo de la Sagrada Familia. Es una invitación para pensar qué es la familia cristiana, de acuerdo a lo que nos dice el misterio de la Encarnación.
El texto del Evangelio nos presenta una familia israelita, una familia inserta en la comunidad de Israel, de acuerdo a las tradiciones sagradas marcadas en la tradición de las sagradas Escrituras. Y el entorno de esta escena va al compás de la misma: Simeón y Ana, ellos independientes entre sí, son dignos representantes de la familia que ha gestado la tradición sagrada de Israel. La genuina familia de Israel, la de antaño y también la de hoy, es la familia que surge en la bendición y la alabanza.
Sin duda que Israel sigue teniendo hoy un mensaje que anunciar al mundo, el mensaje de la auténtica familia, en la cual es el centro; sin Él no hay familia.

2. Estos pensamientos iniciales los estamos expresando en una circunstancia singular: en el mes de octubre se celebró un sínodo extraordinario de obispos, con participación de matrimonios cristianos, sobre la familia. En este sínodo se ha recogido abundante material de reflexión invitando a las diócesis para que todos los cristianos se interesen por el tema y ofrezcan, por los cauces legítimos de opinión, sus aportes para el sínodo ordinario en el próximo octubre.

3. Parece lo obvio, al hablar de la familia, hablar de los problemas de las familias, problemas por los cuatro costados. Muchos jóvenes que quieren formar hogar no lo quieren formar ante Dios, con la bendición, sino como un contrato en el registro civil de la sociedad. Primer problema, raíz de muchos otros. Pero mi misión no es hablar de problemas y tinieblas, sino decirte sencillamente qué es la familia, tal como fluye del proyecto de amor que Dios ha tenido con ella.
Al final del Sínodo los Padre enviaron un saludo y mensaje al mundo. No quería esquivar dificultades, pero su misión primera era hablar de la luz, del amor, de la paz que disfruta una familia, que se endereza por ese camino.
Escuchen, hermanos, un párrafo de este mensaje, que no es una visión romántica de la familia, sino una visión de armonía, de amor y de paz, que Dios quiere para sus hijos en las familias:
“… También está la luz que resplandece al atardecer detrás de las ventanas en los hogares de las ciudades, en las modestas casas de las periferias o en los pueblos, y aún en viviendas muy precarias. Brilla y calienta cuerpos y almas. Esta luz, en el compromiso nupcial de los cónyuges, se enciende con el encuentro: es un don, una gracia que se expresa –como dice el Génesis (2, 18)– cuando los dos rostros están frente a frente, en una “ayuda adecuada”, es decir semejante y recíproca. El amor del hombre y de la mujer nos enseña que cada uno necesita al otro para llegar a ser él mismo, aunque se mantiene distinto del otro en su identidad, que se abre y se revela en el mutuo don. Es lo que expresa de manera sugerente la mujer del Cantar de los Cantares: “Mi amado es mío y yo soy suya… Yo soy de mi amado y él es mío” (Ct 2, 17; 6, 3)”.

4. La familia es un proyecto de amor compartido, sencillamente es esto, dispuestos todos a dar lo que mejor tienen de sí. Y primero los esposos entre, de acuerdo a la fórmula sagrada que se juraron un día ante el altar: Yo te acepto y me entrego a ti, en la salud y en la enfermedad, en la prosperidad y en la adversidad todos los días de mi vida.
Esto es sublime, hermanos, sin duda; tan sublime que sólo con la gracia de Dios se puede sustentar. Nosotros, cada uno, a nada que nos descuidemos, observamos el egoísmo escondido que llevamos, que nos hace infelices.

5. Esa es la entrega de los esposos entre sí, pero la familia es una pequeña comunidad o, si se quiere, contras palabras, una sociedad, la primerísimas de todas las sociedades que existen en el mundo, que no puede ser atropellada por nadie. Y la vida de esta sociedad es la entrega y el amor.

6. El misterio de la Navidad es el misterio de Dios con nosotros. Ahí vemos el amor que supera todo amor; y ese amor celestial, que no pasa  ni nunca pasará, es como el alma de lo que busca la familia: vivir en el amor; vive en el amor quien se ha sentido amado por Dios.
Pedimos, pues, a Jesús que florezca el verdadero amor en todas las familias.

7. Señor Jesús, tú nos has traído del cielo, lo más bello, lo más precioso, lo más difícil: el amor. Te pedimos el verdadero amor para nuestras familias. Que Dios sea el corazón y la consistente felicidad de las familias. Y ¡gracias por todas las familias que así lo están experimentando! Amén.

Desde México, D.F., sábado 27 diciembre 2014.
 
;