viernes, 9 de enero de 2015

641. Domingo del Bautismo del Señor, año B: Tú eres mi Hijo amado, en ti me complazco




Homilía para el Domingo del Bautismo del Señor,
Mc 1,7-1
 
 

Texto bíblico:
Y [Juan] proclamaba: “Detrás de mí viene el que es más fuerte que yo y no merezco agacharme para desatarle al correa de sus sandalias. Yo os eh bautizado con agua, pero él os bautizará con Espíritu Santo”.
Y sucedió que por aquellos días llegó Jesús desde Nazaret de Galilea y fue bautizado por Juan en el Jordán. Apenas salió del agua, vio rasgarse los cielos y al Espíritu que bajaba hacia él como una paloma. Se oyó una voz desde los cielos:
“Tú eres mi Hijo amado, en ti me complazco”.

Hermanos:
1. El Bautismo de Jesús cierra el ciclo navideño, y abre el tiempo ordinario que seguirá hasta el inicio de la Cuaresma con el Miércoles de Ceniza, que este año cae el día 18 de febrero.
Bautismo del Señor, esto no es un episodio más en la vida de Jesús, como si dijéramos un episodio fortuito en la cadena de su vida. El Bautismo es un acontecimiento que parte la vida de Jesús en dos: la vida oculta y la vida pública. De aquí arranca definitivamente esa trayectoria que describen los Evangelios como la vida del Salvador. Del bautismo irá al desierto; del desierto a la predicación itinerante por sinagogas y aldeas. La predicación de Jesús crea una comunidad, la comunidad de discípulos, que es la comunidad mesiánica del Reino, y en esta comunidad están los Doce elegidos, los Apóstoles. El final fue la Cruz y la Resurrección, y de la Resurrección de Jesús esa comunidad de discípulos suyos, que somos sus testigos en el mundo.
Todo arrancó de aquel momento en que Jesús, por decisión propia inició su camino con una Bautismo.

3. Según ello, el Bautismo de Jesús está dentro de la vocación de Jesús y es el acto inicial de su misión.
El Evangelio de hoy enlaza el bautismo de Jesús con la predicación de Juan: “Detrás de mí viene el que es más fuerte que yo y no merezco agacharme para desatarle al correa de sus sandalias. Yo os eh bautizado con agua, pero él os bautizará con Espíritu Santo”
Jesús va a bautizar con Espíritu Santo. Nadie había bautizado con Espíritu Santo. Y juan tampoco. Juan reconoce que empieza la hora definitiva de Dios.
En esta hora de Dios, se rasgan los cielos. Vio rasgarse los cielos y al Espíritu que bajaba hacia él como una paloma.

4. El Bautismo es la primera teofanía que acontece en la misión de Jesús. Hoy se rasgan los cielos. S están cumpliendo aquello que pedía el profeta: “¡Ojalá rasgases los cielos y descendieses!” (Is 63.19).
San Marcos, el evangelista que nos da el testimonio más antiguo, nos dice que en aquella experiencia – que ninguno de nosotros podrá ni comprender ni explicar – vio y oyó. Todo su ser, que había bajado a lo profundo del pecado del hombre, solidarizándose con él, al subir del agua, entró en trance: vio y escuchó.
¿Qué es lo que vio? Vio que el Espíritu baja sobre él en forma de paloma; era alguien real ante sus ojos.
Y escuchó. No hablaba la Paloma, sino aquel que enviaba a la Paloma: Tú eres mi Hijo amado, en ti me complazco.

5. Estamos ante el misterio insondable de la Trinidad vivido por Jesús como constitutivo de su ser:
Él era el Hijo.
El Padre le hablaba.
El Espíritu le invadía.
¿Qué le decía el Padre?  En ti me complazco.
Jesús no era un pecador. El Bautismo se administraba en relación con el pecado. Pero Jesús no era un pecador, como yo lo siento de mí mismo. Jesús había nacido de la santidad de Dios, y era capaz de transmitir el Espíritu de Dios que él mismo recibía del Padre.

6. Hermanos, el misterio del bautismo de Jesús es la primera forma en que se revela el misterio de la Trinidad que ha de culminar en la resurrección de Jesús.
Desde ahora ya no se podrá ver  a Jesús sino como el consagrado por Dios para la misión divina del Reino. Por eso es impresionante la frase siguiente que escribe el evangelista para iniciar la vida de Jesús. Dice. “A continuación, el Espíritu lo empujó al desierto” (v. 12). Jesús lleva dentro una fuerza divina que no le ha de abandonar en ningún instante de su vida. Jesús no podrá hacer nada que no esté inspirado por el Espíritu, que no esté en obediencia amorosa a la voluntad del Padre. Lo que ocurre en el bautismo es la revelación total de tu persona.

7. Nos detenemos, pues, ahora ante el misterio de Jesús para preguntarnos llenos de admiración y amor: ¿Quién es realmente Jesús, Jesús infante, que lo acabamos de contemplar en su nacimiento, Jesús niño, Jesús joven, Jesús adulto…? “Jesús, al empezar, tenía unos treinta años” (Lc 3,23), escribirá Lucas justamente cuando acaba de narrar el Bautismo. Pero a los treinta años una persona ya ha dado la orientación definitiva de su vida. ¿Quién puede aclararnos el silencia de esta vida que se hunde en la intimidad de Dios?
Justamente acabamos de pronunciar la palabra clave, a intimidad con Dios. De aquellos treinta años de silencio apenas emerge un episodio: cuando Jesús, a los doce años, dejó desconcertados a María y a José, porque debía estar “en la casa de mi Padre”, o “en las cosas de mi Padre”, que, al final, es lo mismo (Lc 2,49).
La figura de Jesús es esta: el que vive en las cosas de Dios. De él no sabemos nada sino esto: que vivía con Dios.
Precisamente esa vida con Dios es la que le lleva al Bautismo. Jesús quiere estar donde nosotros, en las raíces de nuestro ser, allí donde bulle nuestro pecado, del cual él nos ha liberado.

8. Señor Jesús, reconocemos la verdad de tu Bautismo que nunca comprenderemos. Tú estás donde estoy, para sacarme a mí de donde estoy yo, y hacerme estar donde tú estás. Me uno de corazón a ti, porque yo sé que la voz del Padre, que te cubre a ti, por ti y desde ti, me envuelve igual a mí: Tú eres mi Hijo amado, en ti me complazco.
Guadalajara, viernes, 9 enero 2015.

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