viernes, 16 de enero de 2015

643. Domingo II B – Los dos primeros discípulos; y tú te llamarás Pedro



Homilía para el Domingo II del tiempo ordinario, ciclo B

Jn 1,35-42

Texto bíblico:
Al día siguiente estaba Juan con dos de sus discípulos y, fijándose en Jesús que pasaba, dice: “Este es el Cordero de Dios”. Los dos discípulos oyeron sus palabras y siguieron a Jesús. Jesús se volvió y, al ver que lo seguían, les pregunta: “¿Qué buscáis?”. Ellos le contestaron: Rabí (que significa Maestro), ¿dónde vives? Él les dijo: “Venid y veréis” Entonces fueron, vieron donde vivían  y se quedaron con él aquel día; era como la hora décima.
Andrés, hermano de Simón Pedro, era uno de los dos que oyeron a Juan y siguieron a Jesús; encuentra primero a su hermano simón y le dice: “Hemos encontrado al Mesías (que significa Cristo)”. Y lo llevó a Jesús. Jesús se le quedó mirando y le dijo: “Tú eres Simón, el hijo de Juan; tú te llamarás Cefas (que se traduce: Pedro)”.

Hermanos:
1. Ya estamos dentro de la vida pública de Jesús, terminado el ciclo navideño que concluyó el domingo pasado. Estamos en lo que se llama “tiempo ordinario”, que son 34 semanas, las cuales serán interrumpidas por el largo período de la Cuaresma y de la Pascua.
Al decir “tiempo ordinario” no queremos decir tiempo de “segunda categoría” con los respecto a los tiempos especiales. No es eso. Se trata de que en el tiempo ordinario consideramos el misterio de Jesús en su totalidad, en su integridad, que es el misterio pascual – muerte y resurrección del Señor – y en los tiempos especiales (Adviento, Navidad, Cuaresma, pascua), sin perder esta orientación clave, nos detenemos a considerar aspectos particulares del misterio insondable de Jesús. Cada domingo, hermanos, celebramos el misterio pleno de Cristo, significado mediante su muerte y resurrección, y su vida perene con el Padre, como ahora mismo lo estamos celebrando.

2. Decíamos, pues, que hemos entrado en la vida pública de Jesús. La escena que tenemos a la vista es la elección de los primeros discípulos. En el Antiguo Testamento era Dios en persona el que elegía, y así lo demuestra el episodio narrado en la primera lectura: Dios elige a Samuel, Dios en persona habla a Samuel, jovencito. “Samuel, Samuel…Habla, que si siervo escucha… Mira,  voy a hacer algo en Israel, que a cuantos lo oigan les zumbarán los oídos…” (1Sal 3,10-11). [Corregido: 1Sam 3,10-11].
En el Nuevo Testamento no habla Dios, cuando elige; habla Jesús, que está mostrando su categoría divina. De otra manera nos e podría comprender esta escena.

3. Sin embargo, el acontecimiento narrado por el evangelista está narrado como un encuentro entrañable, como una escena de íntima amistad, que llena el corazón con un sentimiento suave de admiración y de paz.
“¿Qué buscáis?”. Rabí, ¿dónde vives? Él les dijo: “Venid y veréis”. Eran las cuatro de la tarde (la hora décima), una hora que recordarán todos los días de su vida. Ya el sol iba cayendo  y comenzaba la hora de la intimidad, la noche. Los judíos comenzaban – y comienza – el día a partir de la puesta del sol y el texto sagrado añade que se quedaron con él aquel día, esto es, se quedaron con él aquella noche. ¡Qué corta y breve fue aquella noche, porque el diálogo de los tres se alargó hasta el amanecer!
¿De qué hablaron…, cómo se hicieron amigos y más que amigos…? Todo eso pertenece al terreno de la imaginación y del amor?
¿Quiénes eran los tres de la conversación? Jesús, en el centro, y a su lado Andrés y otro discípulo. Esta forma anónima de identificarse, a lo mejor está diciendo que el otro discípulo es sencillamente el narrador, Juan mismo. Eran, en todo caso, aquellos dos interlocutores dos discípulos de Juan, dos personas que, con la Escritura en sus manos, andaban en búsqueda de la aparición del Mesías, unos hombres interesados por la esperanza de Israel.
El resultado de aquella conversación fue como un rayo fulminante: Hemos encontrado al Mesías.

4. Hoy los intérpretes del Evangelio nos dirán que hay que distinguir estratos en la composición de los textos evangélicos que ha recibido la Iglesia. Según Mateo, Marcos y Lucas, hubo un momento solemne en la vida de Jesús, en el cual el Señor cambió el nombre a Simón; le dio el nombre simbólico de Roca y le confió un ministerio específico en la Iglesia.
Probablemente san Juan, que no cuenta aquella sabida escena de Cesarea de Filipo cuando Jesús confiere a Simón el primado en la comunidad apostólica, ha anticipado este designio al inicio del Evangelio. Jesús, que asume las funciones de Dios, es el Señor de su Iglesia en el inicio y en el correr de los siglos.
Pero en el Evangelio de san Juan hay una escena, que no existe en los evangelios sinópticos. Después de la resurrección Jesús se aparece a los discípulos junto al lago de Tiberíades, y después del almuerzo, por tres veces le pregunta a Pedro: Simón, hijo de Juan ¿me amas? Apacienta mis ovejas, apacienta mis corderos…
Es el Evangelio que ha tomado el Papa Francisco este viernes en la catedral de Manila   para dirigirse a los obispos y sacerdotes, religiosos, religiosas y toda la comunidad reunida. Y ha comenzado hablando de este modo:      
«¿Me amas? ... Apacienta mis ovejas» (Jn 21,15-17). Las palabras de Jesús a Pedro en el Evangelio de hoy son las primeras que os dirijo, queridos hermanos obispos y sacerdotes, religiosos y religiosas, seminaristas y jóvenes. Estas palabras nos recuerdan algo esencial. Todo ministerio pastoral nace del amor. Toda vida consagrada es un signo del amor reconciliador de Cristo. Al igual que santa Teresa de Lisieux, cada uno de nosotros, en la diversidad de nuestras vocaciones, está llamado de alguna manera a ser el amor en el corazón de la Iglesia…”

5. Está muy claro según los Evangelios que la autoridad en la Iglesia solo puede ser un servicio de amor, de humildad, de estar a los pies de todos. Simón ni por su temperamento, ni por su voluntad es un hombre firme; es buen corazón, pero débil. Bien lo sabemos por sus negaciones.
Pues a este ser débil Jesús escoge para que sea la Roca, la Piedra de la Iglesia. No será Pedro; será Jesús en él. Pero, por su comportamiento, va a mostrar muy claramente que solo Jesús es la firmeza y la roca de la Iglesia. Eso fue ayer y eso seguirá siendo a través de los siglos.

6. Señor Jesús, al meditar en estas palabras y en esta escena del santo Evangelio, te pedimos que abras nuestros ojos para verte a ti en medio de la santa Iglesia. Pese a todas nuestras debilidades, tú eres el que nos conduces, el que nos das seguridad y esperanza. Jesús, danos la alegría, la humildad y el gozo de la fe. Amén.

Guadalajara, viernes, 16 enero 2015.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Todo perfecto salvo algún error:

“Samuel, Samuel…Habla, que si siervo escucha… Mira, voy a hacer algo en Israel, que a cuantos lo oigan les zumbarán los oídos…” (1Sal 3,10-11)."

NO ES 1SAL, SINO 1SAM.

Saludos. Juan José.

Anónimo dijo...

Es conocido que los evangelistas no se prodigaron en informar acerca de las estaciones del año en que se producen los acontecimientos de la vida de Jesucristo, salvo en alguna ocasión: SE CELEBRABA EN JERUSALÉN LA FIESTA DE LA DEDICACIÓN. ERA INVIERNO, Y JESÚS ANDABA EN EL TEMPLO POR EL PÓRTICO DE SALOMÓN. El pórtico de Salomón estaba en lo más alto del monte Moriah. Su estructura proveía protección de las lluvias invernales y del fuerte sol del verano. Esto nos da a entender que Jesucristo buscaba protegerse y calentarse, y que nadie le había invitado a entrar en alguna casa o en las cámaras del Templo en las que había fuego.
Tampoco sabemos si ese hecho aconteció en invierno, en que el sol empieza a caer, como usted dice, pues el mismo Jesucristo advierte: ORAD PARA QUE VUESTRA HUIDA NO SUCEDA EN INVIERNO. El aviso no es baladí: en invierno los caminos estaban tan impracticables a causa del clima que resultaba épico trasladarse de un lugar a otro.
En el pasaje que nos ocupa no conocemos en qué estación del año sucedió. Lo único que se sabe es que la forma de contar el tiempo fue la romana, no la hebrea. Así pues, la HORA DE DÉCIMA se hallaría entre las 14,00 horas y las 17’00 horas, contando los inicios de los solsticios de verano e invierno. No es, como se observa, una hora determinada.
Saludos.
Juan José.

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