martes, 20 de enero de 2015

644. Oblación por la Unidad de la Iglesia



Oblación por la Unidad de la Iglesia

Semana de la Unidad de la Iglesia, para recordar la palabra de Jesús cuando oró al Padre en aquella oración después de la Cena, que era la consagración – o la epíclesis – de su Pasión:
Padre santo, guárdalos en tu nombre a los que me has dado, para sean uno, como nosotros…
No solo por ellos ruego, sino también por los que crean en mí por la palabra de ellos, para que todos sean uno, como tú, Padre, en mí y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado (Jn 17,11. 20-21).
¿Qué es la unidad? El corazón me dice que es el ápice del amor. El amor es unitivo. Mirando la última profundidad del ser, descubro que yo quisiera, sin dejar de ser yo, ser uno con la persona a quien amo. Es el eco del ser que resonaba al principio del Génesis. “…y serán los dos una sola carne” (Gen 2,24).
Inútil hacer filosofías de la unidad: hay que vivirla desde el claro del ser, desde la vocación del amor.
El año 2001 di unas clases en el “Instituto de Teología Espiritual de Barcelona” (dirigido por el eminente maestro de Sagrada Liturgia Pedro Farnés) sobre este anhelo de la Unidad de la Iglesia, que brota de las santas Escritura. Aquellas reflexiones pasaron a ser un librito: Oblación por la unidad.
El lector lo tiene a su disposición en: mercaba.org. Desde el portal del sitio puede entrar en: El pan de unos versos / Sumario / Oblación por la Unidad.
De aquellas páginas, he aquí un poema para orar. Pensamos en una comunidad orante que, por la noche, en el oficio nocturno eleva sus plegarias al Padre tomando la fibra más sensible del corazón de Jesús: Que sean uno.
Muchas almas consagradas han hecho una oblación de vida por los sacerdotes; así santa Teresita del Niño Jesús. Una oblación de vida por la Unidad es equivalente, y no faltará quien la vea… hasta más en la órbita de la Oración Sacerdotal de Jesús.

Oh Padre de Unidad, misericordia,
que soy un pecador y en ti confío;
al Hijo de tu amor, que es nuestro abrazo,
a ése has de mirar, oh Padre mío.

Recibe nuestras lágrimas sinceras,
gemido del Espíritu divino,
y acepta la oblación de nuestra vida,
oh Padre, unida al llanto de tu Hijo.

Que sea nuestro claustro silencioso
coloquio al corazón, pasión contigo;
que el mundo entero sepa que lo amamos,
que es suya nuestra casa, el Pan y el Vino.

No tardes más, no tardes, Padre amado,
y haznos uno, como pan de trigo;
no tardes, por piedad, no tardes, Padre,
que estamos todos muy arrepentidos.

Los salmos de la noche lo susurren,
llegando hasta tu pecho enternecido;
¡a ti la Gloria y la Unidad, oh Padre,
a ti, eternamente agradecidos! Amén.

Barcelona, 4 de abril de 2001.

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