viernes, 13 de febrero de 2015

650. Domingo VI B – Jesús y el leproso suplicante



Homilía para el Domingo VI del tiempo ordinario, ciclo B
Mc 1,40-45
 


Textos bíblicos de este domingo:
Lev 13,1-2.44-46 (en conexión con el Evangelio)
1Cor 10,31-11,1 (lectura continua de san Pablo)
Mc 1,40-45 (lectura central)

Texto bíblico:
Se le acerca un leproso, suplicándole de rodillas: “Si quieres, puedes limpiarme”.
Compadecido, extendió la mano y le tocó diciendo: “Quiero, queda limpio”. La lepra se le quitó inmediatamente y quedó limpio. Él le despidió encargándole severamente: “No se lo digas a nadie; pero para que conste, ve a presentarte al sacerdote y ofrece por tu purificación lo que mandó Moisés”.
Pero, cuando se fue, empezó a pregonar bien alto y a divulgar el hecho, de modo que Jesús ya no podía entrar abiertamente en ningún pueblo; se quedaba fuera, en lugares solitarios, y aun así acudían a él de todas partes.

Hermanos:
1. Sexto domingo del tiempo ordinario. El próximo ya estaremos dentro de la santa Cuaresma, que paso a paso nos llevará hasta la Pascua, todo ello con sus lecturas propias cada día.
Estamos todavía sin salir del capítulo primero de san Marcos, que nos marca de modo tan expresivo la ruta de Jesús. Hoy, un leproso, arrodillado a los pies de Jesús, que suplicante pide a Jesús lo que solo él le puede dar: la salud. No hace falta mucha imaginación para saber que ese leproso soy yo mismo.

2. De nuevo el santo Evangelio pone al vivo ante nuestros ojos un acontecimiento, un encuentro. A lo mejor lo más difícil del Evangelio es identificar a este leproso, que no tiene nombre. Con la Biblia en la mano podemos hablar mucho de leprosos, tristemente. Y la primera lectura de hoy nos remite a la antigua ley que daba prescripciones sobre la lepra, en el Levítico. Una vez a una religiosa que había servido en una leprosería le oí decir que estos textos del Antiguo Testamento no se podían leer allí, en la leprosería. Era indignamente para los leprosos tener que oír lo que de ellos se había escrito en el Antiguo Testamento como palabra de Dios. En efecto, hace falta un tanto de cultura religiosa – quizás, un mucho – para que tales pasajes no produzcan indignación y escándalo. Se trata de unas viejas creencias y prácticas, religiosas e higiénicas, en medio de una gran miseria. El leproso era como un muerto en vida, la mayor pobreza que podía existir, un excluido de la sociedad y del culto.
Gracias a Dios la lepra es una  enfermedad ya vencida en el mundo, y de la que se ha descubierto que, pese a la repulsión que produce, no es contagiosa.

3. Jesús está ante un leproso. No es el único caso del Evangelio. Jesús curará a diez leprosos, nos dice san Lucas (Lc 17,12), y a los apóstoles les dará mandato y poder para limpiar leprosos (Mt 10,8). Jesús ante un leproso. ¡Cuántas veces, en su íntima oración, se habría visto a sí mismo como un leproso, cuando oraba recordando que él era el Siervo de Yahvéh, que pinta la Escritura: “desfigurado no tenía aspecto humano, no tenía aspecto humano”! (Is 52,14).
Hoy hablamos de la periferia. El leproso era la última periferia en aquel tiempo. A nosotros, franciscanos, el leproso nos recuerda el encuentro de san Francisco con  los leprosos de Asís y el abrazo al leproso, que eso fue lo que sanó espiritualmente a Francisco.
Hubo un leproso en Asís,
maloliente y muy llagado,
y Francisco le dio un  beso…
y fue Francisco sanado.

4. Aquí contemplamos al leproso, de rodillas, suplicante, que con sus ojos, con sus manos, con el grito que exhala de su pecho, está diciendo: ¡Cúrame!
La oración del leproso es una oración soberana:
“Si quieres, puedes limpiarme”.
Nos acordamos de Job, un leproso del Antiguo Testamento, símbolo de todo el sufrimiento humano. Job oraba estallando con múltiples sentimientos. Se revolvía en él todo el dolor humano. Oraba dolorosísimamente, con rebeldía, dejando escapar sentimientos absurdos, pero, al fin, oraba con fe, y fue escuchado.
La oración de este enfermo del Evangelio es la oración rendida, humilde y pura, que es la oración del que sabe que no puede más, oración humilde, confiada y pura; ejemplo altísimo de la oración perfecta en el dolor: “Si quieres, puedes limpiarme”.
Dentro del pecho se nos tiene que quedar grabada esta oración, que enterneció a Jesús:
“Si quieres, puedes limpiarme”, “Si quieres, puedes limpiarme”

5. Estamos analizando la vivencia del enfermo: el camino del dolor que elevó su corazón de la miseria hasta aquel que podía ayudarle. Nunca vuelve uno del dolor siendo el mismo (lo leí en un poeta). Lo más sorprendente es que este hombre cree en el poder de Jesús. ¿De dónde lo conocía…? ¿Qué había oído de él…? A lo mejor no es más que un conocimiento de intuición, que es tan importante, porque la fe, en el fondo, es una intuición de lo divino; no una evidencia; en realidad, para la fe nada es evidente. Y hay otros caminos de certezas distintos de la evidencia.
“Si quieres, puedes limpiarme”
 En ese “Si quieres” está el secreto y la hermosura de este hombre que ora en su desgracia. Al fin, la oración es un abandono total en la bondad de alguien que puede ayudarnos.
“Si quieres, puedes limpiarme”

6. Y ¿cuáles son los sentimientos de Jesús? Compadecido, extendió la mano y le tocó diciendo: “Quiero, queda limpio”.
 El enfermo tocó el corazón de Jesús, la fibra de su amor compasivo. Y entonces Jesús ejerció la misión central de su ser de Dios encarnado. Extendió la mano, y le tocó diciendo: Quiero.
Lo mismo que la voluntad de Dios creó el mundo – Dios lo dijo y existió (recuerda un salmo) – la voluntad de Jesús crea el mundo nuevo: Quiero.
Yo pregunto cuáles serán los “quereres” de Jesús sobre mí, para saber cuál es la maravilla que Dios espera hacer en mí. El “Quiero” de Jesús es el comienzo de la nueva creación. “Quiero, queda limpio”.

7. La contemplación de esta escena nos lleva a la contemplación de Jesús en intimidad personal. Jesús expande su vida hacia a mí y cura; y la curación que él realiza es el contagio con su divina. Muchas veces en el confesionario hago esta sencilla reflexión:
Mire, la confesión persona; pero también sana, y aparte de la paz que uno siente, cuando se confiesa, siente también salud… agilidad, fuerzas nuevas, alegría. Y donde está la salud están las ganas de vivir. El perdón de Dios vivifica.
Señor Jesús, que has compartido tu divina humanidad sanando, sáname también a mí mediante los sacramentos, especialmente por la Eucaristía y dame una fe fuerte y abandonada, como para decirte: ¡Si quieres, pues curarme! Amén.

Guadalajara, viernes 13 febrero 2015.

DIRECTORIO HOMILÉTICO

Acaba de ser publicado esta Semana por la Congregación para el Culto y disciplina de los Sacramentos el Directorio homilético, fruto exquisito de la renovación que se ha ido dando en la Iglesia en Liturgia, Sagrada Escritura y Pastoral. Una lectura de reflexión y estudio es del todo necesaria para el sacerdote que celebra y predica, y será sumamente ilustrativa y enriquecedora para la Teología y la Piedad para todo cristiano culto que se acerca con amor a la Palabra de Dios. Documento teórico y práctico. Muchas veces requiere en el lector una formación teológica. Véase, como ejemplo, dos números iniciales, cuando se comienza a definir qué es exactamente una homilía y qué no es.
“…Siendo parte integrante de la Liturgia, la homilía no es solo una instrucción sino que es también un acto de culto. Leyendo las homilías de los Padres descubrimos que, muchos de ellos, concluían el discurso con una doxología y con la palabra «Amén»; habían entendido que la finalidad de la homilía no era solo la de santificar al pueblo, sino la de glorificar a Dios. La homilía es un himno de gratitud por las magnalia Dei; no solo anuncia a los que están reunidos que la Palabra de Dios se cumple cuando se escucha, sino que alaba a Dios por este cumplimiento.

Dada su naturaleza litúrgica, la homilía posee también un significado sacramental; Cristo está presente, tanto en la asamblea reunida para escuchar su Palabra como en la predicación del ministro por medio del cual


el mismo Señor que ha hablado una vez en la sinagoga de Nazaret, ahora enseña a su pueblo. Así se expresa la Verbum Domini: «la sacramentalidad de la Palabra se puede entender en analogía con la presencia real de Cristo bajo las especies del pan y del vino consagrados. Al acercarnos al altar y participar en el banquete eucarístico, realmente comulgamos el Cuerpo y la Sangre de Cristo. La proclamación de la Palabra de Dios en la celebración comporta reconocer que es Cristo mismo quien está presente y se dirige a nosotros para ser recibido» (VD 56).


5.                      En cuanto parte integrante del culto de la Iglesia, la homilía debe ser pronunciada solo por los obispos, sacerdotes o diáconos. La unión íntima entre la mesa de la Palabra y la mesa del Altar comporta que «la homilía la pronuncia ordinariamente el sacerdote celebrante» (Ordenación General del Misal Romano 66), o, de todos modos, siempre debe ser pronunciada por quien ha sido ordenado para presidir o estar en el altar. Enseñanzas válidas y exhortaciones eficaces pueden ser también ofrecidas por guías laicos bien preparados, pero estas exposiciones tienen que prever otros contextos; la naturaleza intrínsecamente litúrgica de la homilía exige que solo sea proclamada por quien ha sido ordenado para dirigir el culto de la Iglesia (cf. Redemptionis sacramentum 161).

1 comentarios:

Anónimo dijo...

Estimado fray Rufino:
Considero muy interesante su homilía sobre el pasaje evangélico de este domingo.
Es conocido que en el antiguo Israel había infinidad de leprosos, todos los cuales malvivían obligatoriamente aislados en las afueras de las ciudades.
El leproso del Evangelio, eludiendo la norma religiosa, se acerca a Jesús para que le cure. Jesús, eludiendo la norma religiosa, no sólo no se conforma con acercarse al leproso, sino que prefiere que se le tache de impuro y le toca. Sabia enseñanza para aquellos que “pasan de largo” ante personas desfiguradas por la miseria y por el dolor.
Jesús hace el bien sin importarle el qué dirán. Cura a un enfermo en día de sábado, y toca públicamente a un leproso y le cura. Podía haberle curado desde lejos, como en el caso del sirviente del centurión romano, pero prefiere tocarle. Prefiere que todos vean lo que hace, para que sepan que el bien está por encima de toda norma.
“Desfigurado no tenía aspecto humano”. Isaías nos habla del terrible tormento (flagelación) que sufrió Jesús en su pasión, que desfiguró su aspecto físico, algo que era norma ese suplicio, cono nos cuenta Cicerón (“In Verrem”, cap.II). El progresivo deterioro físico producido por la lepra, iba invariablemente acompañado del deterioro psíquico.
Finalmente es obligado aclarar la existencia de un problema textual en el pasaje de san Marcos. Los manuscritos nos muestran dos versiones del mismo hecho. En una de ellos se emplea la palabra SPLANGNISTHEIS (compadecido), y en la otra ORGISTHEIS (furioso). La segunda procede del Codex Bezae, al que respaldan tres manuscritos latinos. Dado que se trata de un testimonio presente tanto en fuentes griegas como latinas, los especialistas en crítica textual consideran que esta lectura alternativa se remonta por lo menos al siglo II. Un hecho llamativo es que los textos de san Mateo y san Lucas, que son casi palabra por palabra idénticos al de san Marcos, al relatar este pasaje evangélico omiten por completo la palabra de la reacción de Jesús.
Saludos.
Juan José.

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