viernes, 27 de febrero de 2015

656. Domingo II Cuaresma B – Jesús transfigurado en el monte



Homilía para el Domingo II de Cuaresma
Mc 9,2-10
 

Domingo II de Cuaresma, Ciclo B
Gn 22; Rm 8,31-34; Mc 9,2-10


Texto evangélico:

Seis días más tarde Jesús toma consigo a Pedro, a Santiago y a Juan, sube aparte con ellos solo a un monte alto, y se transfiguró delante de ellos. Sus vestidos se volvieron de un blanco deslumbrador, como no puede dejarlos ningún batanero del mundo. Se les aparecieron Elías y Moisés, conversando con Jesús. Entonces Pedro tomó la palabra y dijo a Jesús: “¡Maestro, ¡qué bueno que estemos aquí!. Vamos a hacer tres tiendas, unas para ti, otra para Moisés y otra para Elías”. No sabía qué decir, pues estaban asustados. Se formó una nube, que los cubrió y salió una voz de la nube: “Este es mi Hijo amado; escuchadlo”. De pronto, al mirar alrededor, no vieron a nadie más que a Jesús, solo con ellos.
Cuando bajaban del monte,  les ordenó que no contasen a nadie lo que habían visto hasta que el hijo del hombre resucitara de entre los muertos. Esto se les quedó grabado y discutían que quería decir
Aquello de resucitar de entre los muertos.


Hermanos:

1. En el camino de Cuaresma que nos lleva hasta la Pascua, marcado por seis etapas – cada una de ellas inicia con uno de los seis domingos de la santa Cuaresma -  el primer domingo es todos los años Jesús en el desierto, llevado pro el Espíritu y orando a su Padre, Dios, tentado y vencedor del demonio. El segundo, aparentemente todo lo contrario: Jesús transfigurado, irradiando esa gloria que recibe del Padre y que anticipa el estado de la Pascua. Parecería que un Evangelio de este género sería más propio para el tiempo pascual.
Pero todo tiene su razón. Lo que celebramos cada vez que celebramos la Eucaristía es el Misterio pascual de Cristo, se trate del tiempo de Adviento, de Navidad, de Cuaresma, de Pascua o del tiempo ordinario. Y el domingo especialmente, todos y cada uno de los domingos conmemoramos la Pascua del Señor y es la fiesta primordial de los cristianos.

2. Pero hay un detalle que también nos puede sorprender. En la transfiguración de Jesús en el monte aparecen Moisés y Elías – o Elías y Moisés, como prefiere escribir san Marcos, por algo será – y entonces lo propio sería recordar algo de la historia de Moisés o de Elías. Y, sin embargo, la lectura era de Abraham. ¿Por qué este desajuste? Y todos los años, el segundo domingo de Cuaresma recordaremos a Abraham, en una escena u otra de su vida. Tenemos saber por qué razón.

3. Miren hermanos, si estamos atentos a las lecturas veremos que la Iglesia nos instruye con una catequesis. En las semanas de Cuaresma en la primera lectura se va haciendo un recorrido de la Historia de salvación de Dios con su pueblo, según esta secuencia:
el primer domingo, la historia de salvación en los orígenes del mundo;
el segundo, la historia de salvación en Abraham, como lo acabamos de escuchar;
el tercero, en la época de Moisés;
el cuarto, en la época de los reyes;
el quinto, la historia de salvación en los profetas.
Y el sexto, llamado domingo de Pasión, es entrada de Jesús en Jerusalén, con su mensaje apropiado.
Por todo esto se nos va mostrando cómo la Cuaresma es un camino hacia la Pascua del Señor.

4. Centrándonos, pues, en el mensaje de hoy, ante nosotros tenemos dos cuadros: uno, Abraham en el Monte Moria; otro, Jesús en el Monte de la Transfiguración, identificado como el Monte Tabor, aunque ninguno de los evangelistas que nos han relatado este episodio nos habla del monte Tabor, que aparece en los salmos.
Veamos, primero, lo que nos está diciendo Dios por medio del creyente Abraham. La historia de Abraham es mi propia historia, y nos está haciendo ver lo que Dios pide a quien ama, y lo que debe darle el creyente. El resumen podría ser esta frase: El todo es la medida del amor.

5. Cuando Abraham tenía 99 años Dios le promete un hijo. Dios le había pedido al principio sacrificar todo el pasado; ahora le pedía machacar todo el futuro. La primera oblación fue grandísima; esta última fue total.
Abraham no objetó, ni pidió explicaciones. Dios le pedía todo, y Abraham le dio todo. Abraham es el hombre de la fe y del amor.        
Cuando Dios vio que Abraham le había dado todo, le perdonó la ofrenda, y un carnero fue la sustitución del hijo.
Pero observad lo que nos ha dicho san Pablo en la segunda lectura: Dios no se perdonó a sí mismo. Entregó a su Hijo a la muerte, y no quiso sustitución por el Hijo. No quiso el sacrificio en holocausto de un carnero o de una oveja; no quiso ninguno de aquellos de los sacrificios del Templo. Dios entregó a su Hijo a la muerte por mí.
Y san Pablo discurre: “El que no perdonó ni a su propio Hijo, antes bien le entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará con él graciosamente todas las cosas?” (Rm 8,32).
Esta es nuestra fe, hermanos; ésta es la fe que meditamos en Cuaresma, camino de la Pascua.

6. Pasemos a la Transfiguración. Fue cuando la vida de Jesús iba avanzando. Aquella popularidad primera había pasado. El rechazo era cada vez más patente.  Jesús tiene que orar. Su refugio sólo puede ser Dios mismo. Y sube a la montaña a orar, acompañado de los tres que van a ser sus confidentes en el Huerto de Getsemaní.
¿Y qué ocurrió? Que cuando el hombre está en el abismo de la nada, entonces aparece la luz de Dios. Se dejó ver lo que Jesús llevaba dentro. Llevaba en su corazón a Moisés y a Elías, la Ley y los profetas. Conversaban con él. Eran la oración íntima de Jesús.
La Nube misterio de la Presencia divina los cubrió, como había cubierto a María en la Anunciación, y de en medio de la Nube se escuchó una voz. “Este es mi Hijo amado, escuchadle”.
Esa voz iba dirigida a Jesús, para confortarle en su camino; e iba dirigida a nosotros, para mostrarnos al Hijo como Evangelio y vida.
Jesús es el Hijo amado del Padre. No puede inventarse definición mejor.

7. Desde esta declaración entendemos lo que es la vida de Jesús, y lo que, por él, con él y en él, es igualmente nuestra vida.
Jesús es el Hijo amado del Padre, y yo soy el hijo amado, la hija amada.
La historia de Jesús conmigo va a ser una historia de amor. El amor pide todo y el amor da todo.
El Padre no perdonó a su Hijo. Le pidió todo: la muerte en Cruz. Y le dio todo: la resurrección, la gloria, el tener en la historia una legión de amadores cual nadie los tuvo. Nosotros mismos somos los amadores del Hijo, somos regalo que el Padre da a su Hijo.
Hermanos, como Abraham, el Padre de la fe; como Jesús, con nadie comparable, vayamos por la senda del amor. Esta es nuestra Cuaresma.

Señor Jesús, una sola te pido: Que el todo sea la medida de mi amor, hoy, al recibirte en la Eucaristía y todos los días de mi vida. Amén.

(Guadalajara, 27 febrero 2015).

Poema-himno para orar, sobre la frase:
El todo es la medida del amor

El todo es la medida del amor
y es Abraham la prueba luminosa,
el fiel que amó, creyendo y esperando:
creer y amar son una misma cosa.

Llamado fue en la cumbre de su vida
y todo lo dejó en la patria hermosa;
salió sin otro rumbo que la fe,
sin más seguridad que una Persona.

El Dios de la Palabra fue su ruta
y la amistad con Dios fue su corona;
su vida fue Divina Providencia
dejándose en quien nunca se equivoca.

Un hijo tuvo, don de la Promesa,
regalo de la fe que se abandona,
y Dios que se lo dio se lo quitaba,
y fue el amor mayor que la congoja.

Amar del todo es tránsito sin ver,
decirle a Él: lo que me diste toma,
y déjame decirte que te amo,
y tú, mi Dios, sabrás hacer tu obra.

Que Dios pide el pasado y el futuro,
que sólo hay una entrega generosa.
Amor del todo amor tan sólo hay uno:
decirle “Sí” con cuerpo y alma toda.

¡Mi Dios y Padre mío, aquí me tienes,
de ti nací y el alma a ti retorna:
con este hijo haz cuanto te agrade,
y guste yo tu gracia deliciosa! Amén. (Puebla, 9 marzo 2009).


TRATADO DE LA TRANSFIGURACIÓN

Para entrar más y más en el misterio del Transfiguración el lector puede visitar estos lugares de nuestra reflexión en este blog:

196. Transfigurado (1): Jesús hombre, mi divina hermosura.
197. Transfigurado (2): La conversación de Moisés y Elías con Jesús (Meditatio cordis)
199. Transfigurado (3): La luz tabórica del rostro.
200. Transfigurado (4): ¡Escuchadle!: La Biblia, lugar de la Transfiguración.
201. Transfigurado (5): Los ecos del silencio.
202. Transfigurado (6): ¡Escuchadle!: Y el silencio de Dios.

Como himnos para la Transfiguración en mercaba.org / El pan de unos versos / Año litúrgico / Cuaresma: Himnos en torno a los domingos de Cuaresma.
1   Segundo domingo: Aquel hombre que asciende a la montaña
 2 Segundo domingo: Llega el Reino de Dios en ese rostro
 3 Segundo domingo: Ha transido tu carne

1 comentarios:

Anónimo dijo...

Este domingo el pasaje evangélico nos expone la idílica escena presenciada por los discípulos más escogidos de Jesús. No fueron todos, como cabría esperar y suponer, sino solamente tres.
En aquella escena no fue más interesante el lugar donde sucedió, ni con quién estaba Jesús en ese momento, aunque tenga su importancia. Lo verdaderamente importante fue el cambio de forma de Jesús. María Magdalena no reconoció a Jesús en aquel jardinero porque se presenta bajo una forma distinta. Los discípulos de Emaús tampoco reconocen a Jesús en aquel compañero de camino. Los discípulos tampoco lo reconocen cuando se les aparece junto a la orilla del lago.
Jesús se transfigura. El poder de Dios se manifiesta en él haciendo que su rostro brille como el sol y sus vestidos, tal vez de un color “opaco”, se transformen en un blanco luminoso. Jesús se manifiesta a los apóstoles en su dimensión divina, que es su verdadera dimensión. Les dice que él es infinitamente más de lo que ellos ven.
Jesús lleva a sus discípulos a una montaña alta, lugar privilegiado de la revelación de Dios. Los evangelistas saben su nombre, pero lo omiten. Jesús, significativamente, no se manifiesta en el monte Sión, en Judea, que había escogido Dios para manifestar su presencia en medio de su pueblo. Jesús, inaugura la Nueva Alianza de su pueblo y se manifiesta escogiendo un monte diferente, aunque sea innominado.
Juan José.

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