lunes, 16 de marzo de 2015

659. Cinco Pláticas cuaresmales - 1

1. Jesús, el Hijo exaltado 
“no se avergüenza de llamarlos hermanos”


En el ambiente reflexivo de la  Cuaresma

Hermanos:
1. Desde siempre la Cuaresma ha sido un tiempo de reflexión para los fieles. Desde el centro de la diócesis (en nuestro caso arquidiócesis de Guadalajara) se invita a todas las Parroquias a que posibiliten estas reflexiones que, por cierta acomodación del lenguaje, las llamamos “Ejercicios Espirituales”.  Desde la Vicaría de pastoral se nos ha enviado una propuesta, un hermoso folleto redactado por un padre experto en misionología. El folleto tiene este título: “LA FORMACIÓN PERMANENTE DEL DISCÍPULO MISIONEROS”. Ser discípulo de Jesús pro el bautismo es ser misionero. Eso quedó rotundamente afirmado en el documento de Aparecida, en Brasil (2007), cuando se juntó el episcopado de América latina y Caribe. Precisamente una persona importante en la redacción final del documento fue el arzobispo de Buenos Aires, cardenal Jorge Mario Bergoglio, hoy Papa Francisco.
Y en este folleto se nos van exponiendo cinco temas, pensando que estos Ejercicios Cuaresmales – creo yo – son cinco días, de lunes a jueves, como ocurre en capellanía dependiente de la Parroquia de San Martín de Porres, a saber:
1.    La formación humana y comunitaria del discípulo misionero.
2.    La formación espiritual del discípulo misionero.
3.    La formación intelectual del discípulo misionero.
4.    La formación pastoral del discípulo misionero.
5.    La formación permanente del discípulo misionero.
(Nota. Vicaría diocesana de pastoral. Arquidiócesis de Guadalajara, Jalisco, La formación permanente del discípulo misionero, Ejercicios cuaresmales 2015., del P. Edgar Iván Preciado mariscal, Misionólogo. 26 pp., tamaño revista).
Todo ello con un método de análisis muy hermoso, que se va abriendo paso estos años, el Ver, Juzgar y Actuar, método muy conocido, pero entendido cristianamente desde su raíz, de esta manera:
1.    Ver con los ojos del Padre.
2.    Juzgar con los criterios del Hijo.
3.    Actuar bajo el Impulso del Espíritu Santo.

La fe entendida como encuentro con Jesús
2. Me dice el rector de esta iglesia que puedo hablar de lo que vea oportuno, conociendo como conozco las condiciones de nuestra feligresía. Me ha parecido, hermano, que acudiendo a la inspiración de Aparecido, vamos a hablar del “discípulo misionero”, sí, pero desde ese punto céntrico y esencial donde se ha coloca el documento referidos. ¿Qué es la fe? Se preguntaban allí los obispos, viendo a este pueblo de hoy y haciendo memoria de 500 años de evangelización. La fe es un encuentro, nos decían. Y esta categoría de encuentro es de una fecundidad inexhausta. La fe no es la aceptación de un código de verdades; es la aceptación de Jesús mediante el encuentro personal. Una persona frente a otra personal. La fe es siempre personal.
Encontrar a Jesús es enamorarse de él, algo así, pero mucho más, como cuando un hombre ha encontrado a la mujer de su vida. La fe más que por la vía intelectual va por la vía afectiva, pero no por un afecto efímero y pasajero, sino por un afecto vital que está en la esencia del ser. Célebres aquellas palabras del Papa Benedicto XVI al principio de su primera encíclica Deus caritas est, Dios es amor (25 dic. 2005): “No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva”.
Efectivamente yo no soy cristiano pro un programa alternativo que yo puedo ofrecer al mundo, sino pro un encuentro personal que he tenido con Jesucristo, a quien en consecuencia he entregado toda mi vida.
Todo esto está en total sintonía con aquello que nos decía el papa en su primera homilía al mundo, al asumir el ministerio de sucesor de Pedro: “Nosotros existimos para enseñar Dios a los hombres. Y únicamente donde se ve a Dios, comienza realmente la vida. Sólo cuando encontramos en Cristo al Dios vivo, conocemos lo que es la vida. No somos el producto casual y sin sentido de la evolución. Cada uno de nosotros es el fruto de un pensamiento de Dios. Cada uno de nosotros es querido, cada uno es amado, cada uno es necesario. Nada hay más hermoso que haber sido alcanzados, sorprendidos, por el Evangelio, por Cristo. Nada más bello que conocerle y comunicar a los otros la amistad con él. La tarea del pastor, del pescador de hombres, puede parecer a veces gravosa. Pero es gozosa y grande, porque en definitiva es un servicio a la alegría, a la alegría de Dios que quiere hacer su entrada en el mundo” (24 abril 2005).
3. De este encuentro con Jesucristo os quiero hablar yo estos cinco días. Y de esta manera:
1.     Nuestro encuentro con Jesucristo a través de esta carta que se llama la Carta a los Hebreos.
2.     Nuestro encuentro con Jesucristo a través de las cartas del Apóstol san Pablo.
3.     Nuestro encuentro con Jesucristo a través de los escritos de san Juan.
4.     Nuestro encuentro con Jesucristo a través de los santos evangelios y como ejemplo san Marcos.
5.     Nuestros encuentro con Jesucristo día a día a través de la celebración de la Eucaristía


Múltiples caminos para el encuentro con Jesús

4. Para encontrarse con Jesucristo hay múltiples caminos, y a Dios no le vamos a poner reglas. Dios entra en directo en todos los corazones y actúa como quiere. Si un sacerdote a un penitente que hace muchos años que nos e ha confesado, con respeto y cordial, le pregunta: “¿Qué le ha impulsado a usted a venir hoy al sacramento, después de hace tantos años?”, el sacerdote no sabe la respuesta que le va a dar. Es muy fácil que le diga sencillamente:
- Pues, la verdad, no lo sé, pero yo quería poner mi vida en orden.
Esta persona está delatando que Dios estaba dentro de su corazón y le ha traído aquí. Sencillamente Dios nos dirige a cada uno.

5. Un medio principalísimo para encontrar a Dios para nosotros que de continuo venimos al templo son las santas Escritura, que escuchamos siempre que venimos a la misa. Forzoso es decirlo que muchas veces no entendemos las lectura, o porque nos e transmite con verdad y vida el mensaje cuando se leen, o porque en tantas ocasiones no nos percatamos de ello.
Tengo un ejemplo reciente en mi experiencia: la carta a los Hebreos. Si a un cristiano corriente le preguntamos: ¿te has fijado en esa lectura de la Carta a los hebreos? Acaso la respuesta sea:
- No me he fijado, y además no sé exactamente qué es eso de la carta a los Hebreos.
Con este modo de hablar, hermanos, no acuso, sino que constato una realidad. ¡Qué necesario es el estudio de la Sagrada Escritura en grupos para examinar los textos, compartirlos y ver la riqueza sin fondo que allí se esconde!

Asomándonos a la Carta a los Hebreos

6. Escuchen, hermanos. Cuando hablando de las cartas de los apóstoles nos acordamos principalmente del apóstol san Pablo. San Juan Crisóstomo se quejaba predicando a su comunidad de Constantinopla: Todavía hay cristianos que no saben que las cartas de san Pablo son 14. La Carta a los Hebreos sería, según ello, la carta final de san Pablo, la carta número 14 de ese “corpus” de doctrina, inmenso, que él ha legado a  la Iglesia. Hoy los biblistas dicen que no es así. En la carta a los Hebreos no aparece el hombre de Pablo, ni al principio ni al final, y el tema y el estilo es bien distinto del que san Pablo. Nada impide pensar que un cristiano de aquellos tiempos, un tanto tardío, predicador y muy versados en las santas Escrituras nos quiera dar una síntesis de la fe anunciando a Jesucristo como único y sumo sacerdote, haciendo una síntesis que nadie la había hecho en este sentido. Acaso él mismo había pertenecido al clero de Jerusalén.
Lo que sí es cierto es que nos ha dado una síntesis maravillosa de lo que significa que Cristo es nuestro único y sumo sacerdote, y desde ahí purificar y rectificar la verdadera figura del sacerdote, aproximándolo más y más a la Cruz de Jesucristo.

Dos aspectos imprescindibles para configurar a Cristo
Jesucristo es sacerdote, no atribuyéndose un rango de superioridad que reclamaba honores mundanos. Es justamente lo contrario. Lo diré de la manera más resumida.
1)    Jesucristo es sumo y eterno sacerdote, y único sacerdote, porque ha gustado la muerte en favor de todos nosotros. Y así queda establecido para siempre: un solo sacerdote, una sola víctima, un solo altar.
2)    Jesucristo es, sobre todo, Sacerdote porque ha pasado al Padre, donde ofrece e intercede. Jesucristo es una oblación espiritual perene ante el Padre en el cielo; y allí intercede por nosotros. Hay que mirar más al cielo que al Calvario para entender el verdadero sacerdocio de Cristo. Con todo, sin la cruz no hubiera habido sacerdocio de Cristo. Y el que quiera ser sacerdote de Jesús ha de unirse al misterio de la Cruz, estar permanentemente al lado de Cristo Crucificado.
Tenemos a un Sumo Sacerdote celestial que intercede pro nosotros y con el cual tenemos asegurada nuestra salvación. ¡Qué hermoso y consolador es verlo así!
Hace bastantes años estaba muriéndose un religioso anciano de mi comunidad que durante muchos años había sido profesor en Roma de la Sagrada Escritura. Yo era su superior y me acerqué a él con la Biblia para leerle este pasaje de la Carta a los Hebreos: “Ya que tenemos un sumo sacerdote grande que ha atravesado el cielo, Jesús, Hijo de Dios, mantengamos firme al confesión de fe. No tenemos un sumo sacerdote incapaz de compadecerse de muestras debilidades, sino que ha sido probado en todo como nosotros. Por eso, comparezcamos confiadamente ante el trono de la gracia, para alcanzar misericordia y encontrar gracia para un auxilio oportuno” (Hb 4,14-16). Y mientras escuchaba estas palabras que yo le leía lentamente, él iba asintiendo con la cabeza, como diciendo: sí, sí, eso es cierto, eso es verdad…
Jesús es nuestro sacerdote celestial, pero para comprenderlo, hay que partir de la realidad total de todo su ser, que es al mismo tiempo
- el Hijo amado del Padre que ha sido exaltado
- y nuestro hermano que ha padecido lo que nosotros padecemos.

Estos dos principios, estas dos primeras y fundamentales realidades definen el ser de Cristo, y de esto se habla en el capítulo primero y segundo de este esplendoroso escrito de la Carta a los Hebreos.

Jesús exaltado a la derecha de Dios

El autor empieza grandiosamente presentándonos a este Cristo que vive en el cielo, que es el único que existe:
“En muchas ocasiones y de muchas maneras habló Dios antiguamente a los padres por los profetas. En esta etapa final, nos ha hablado por el hijo, al que ha nombrado heredero de todo, y por medio del cual ha realizado los siglos. Él es reflejo de su gloria, impronta de su ser. Él sostiene el universo con su palabra poderosa. Y, habiendo realizado la purificación de los pecados, está sentado a la derecha de la Majestad en las alturas, tanto más encumbrado sobre los ángeles cuanto más sublime es el nombre que ha heredado” (Hb 1,1-4).
Nuestra contemplación se pierde aquí abierta a lo infinito. ¿Quién es el Jesús del encuentro?
Es el Hijo.
Es el heredero.
Es aquel por medio del cual Dios ha realizado los siglos; es el Señor de la historia.
Es la irradiación de su gloria.
Es la impronta, la plasmación del ser divino del Padre (“Dios de Dios”, dirán los  Concilios).
Es el sustentador del universo que ha creado.
Es el que ha hecho la purificación de los pecados.
Es el que se ha sentado a la derecha de la Majestad.
Es el que está por encima de los ángeles.
La fe me lleva hasta ahí: ese es el Jesús que yo he encontrado, el que se ha adelantado a mí para encontrarse. Ese es el Jesús que a mí me identifica.

Es mi hermano: Jesús no se avergüenza de llamarme hermano suyo, porque, en verdad, es mi hermano

Ahora bien, la sorpresa de la Carta no está en esta sublime descripción del Hijo (que es nuestro único y sumo Sacerdote), sino en lo que añade:
- que Jesús es mi hermano
- que si fuera mi hermano, no pudiera ser mi único, sumo y eterno sacerdote.
Tenemos que leer con atención el capítulo segundo de la carta. Jesucristo no es hermano de los ángeles, porque no se “angelizó”. Jesús, por el contrario, es hermano de los hombres, de todos los hombres sin excluir a nadie (al hipotéticamente más criminal). Por ser mi hermano es el “jefe de la salvación”. Jesús es “mi santificador” por ser mi hermano.
Con el siguiente párrafo llegamos a una hondura sin fondo en la cristología del Nuevo Testamento, al identificar a  Jesús como hermano de los hombres – repetimos – hermano de todos los hombres.
“Convenía que aquel para quien existe todo [Dios Padre], llevara a muchos hijos a la gloria perfeccionando mediante el sufrimiento al jefe que iba a guiarlos a la salvación. El santificar [Jesús] y los santificados [los hombres, todos los hombres] proceden todos del mismo. Por eso no se avergüenza de llamarlos hermanos, pues dice:
Anunciaré tu nombre a mis hermanos,
en medio de la asamblea te alabaré (Sal 22,23)” (Hb 2,10-12).

El encuentro con el Hijo y mi hermano Jesús

Jesús, yo confieso que soy “el fruto de un pensamiento de Dios”.
Yo confieso que fue creado para un encuentro, el encuentro contigo.
Yo confieso que tú eres el heredero y que esa herencia la quieres compartir conmigo.
Yo confieso que te he encontrado, que me has enamorado.

Guadalajara, Jalisco, lunes de la IV semana de Cuaresma.
Escrito especialmente para memoria de quienes me han escuchado esta predicación y compartido con todos los que quieran leerlo.

1 comentarios:

Anónimo dijo...

PUESSSSSS
MUY BIEN SOLO QUE HAY QUE ACTUALIzassssssseeeeeeeeee

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